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martes, 18 de agosto de 2015

Las series del verano 2015

Ahora que ya estamos a mediados de agosto, y por lo tanto ya tenemos 2/3 del verano a nuestras espaldas, es el momento de repasar cuales han sido (o están siendo) las series más interesantes de la estación más desahogada del año en cuanto a consumo de ficciones televisivas se refiere. Mi noción del verano es amplia, así que tengo en cuenta una serie que se puso a disposición de los espectadores a principios de junio, cuando el calor ya apretaba. Si hubiera unos Emmys del verano, éstas serían mis nominadas a mejor serie:

7. Hannibal (NBC)
La serie moribunda más ilustre de la televisión americana. Desde que NBC anunció su cancelación, estamos asistiendo al via crucis de una ficción que estaba condenada a morir desde sus inicios. Demasiado esteta para este mundo. Este año, además, parece que Fuller, Natali y demás implicados se hayan empeñado en que esa condena se llevara a cabo. La tercera temporada del drama psicológico entre Will Graham y el doctor Hannibal Lecter ha sido un “para lo que me queda en el convento, me cago dentro” en toda regla. Hannibal ya no es una ficción narrativa, ha ido un paso más allá, simplemente es una experiencia sensitiva. Ya da igual el relato, lo único que importa es la cruel belleza de sus imágenes. No hay nada igual en la televisión, por eso es tan terrible que se vaya a terminar, no ya sólo para sus espectadores, sino también para el medio, para las series de televisión como arte y como producto cultural.

6. BoJack Horseman (Netflix)
Vi la primera temporada de BoJack Horseman a finales de mayo, por recomendación de un amigo que me aseguró que me iba a encantar. Y sí, lo hizo. A otro amigo se la ha definido esta mañana como “una The Comeback más oscura”. O más que oscura, pesimista. BoJack Horseman es una de esas series, como Mom, por ejemplo, con la que me río muchísimo pero que a la vez me hace mucho daño. Su protagonista es un actor caballo que triunfó en los 90 con una sitcom familiar tipo Padres forzosos o Los problemas crecen, y que ahora, emocionalmente devastado, vive rodeado de alcohol e insatisfacción. Pero no nos llevemos a engaño, BoJack Horseman es una gran comedia, cínica, meta, oscura y retorcida, pero una comedia al fin y al cabo. Una crítica a la totalidad del lado más oscuro de Hollywood, o en el mundo de la serie, Hollywoo. Es la pareja perfecta de la serie de la que hablo a continuación.

5. Unreal (Lifetime)
Quizás ésta haya sido la serie más comentada del verano. Y no me extraña. Unreal es lo que podríamos llamar una devastadora y descacharrante “ensalada de ostias”. La serie gira en torno al rodaje de un programa tipo ¿Quién quiere casarse con mi hijo?. Está basada en The Bachelor, un programa de ABC en el que trabajó una de sus dos creadoras. Las protagonistas son dos mujeres, la productora ejecutiva (la jefa de todo esto que diría Lars von Trier) y una productora con problemas de conciencia (y de crisis mental y emocional), interpretadas, magistralmente, por Constance Zimmer y Shiri Appleby. En medio de sus diversos juegos de manipulación de la realidad, el teórico creador del programa, el “tronista”, las pretendientas y el cámara. A veces Unreal parece ¡Qué ruina de función! con sus enredos de cama y su comedia disparatada, y otras un despiadado drama sobre las vergüenzas de la televisión que grita ¡Network vive!

4. Mr. Robot (USA Network)
¿Una serie de USA Network con Christian Slater? No me acerco a “eso” ni con un puntero láser. Error. Craso error. Mr. Robot no sólo es buena, sino que ha venido a sacudir el panorama de la ficción televisiva actual. Además de brillante es imaginativa. Un informático con serios problemas de conexión emocional y para relacionarse socialmente acaba metido en una conspiración de hackers que pretenden destruir a una macro-corporación que se dedica a corromper todo lo que toca, de ahí que se llame, sin ambages, Evil Corp. Entre el drama íntimo y el thriller psicológico, Mr. Robot es una serie en la que cada capítulo aporta una cara nueva a los diversos personajes y conflictos de la serie. Lejos de resolver nada, cada vez sus personajes están más atrapados. Ya sea el héroe imposible, su mejor amiga o su némesis, ese delicioso y perturbado directivo de Evil Corp. Al igual que Nightcrawler (Gilroy, 2014), Mr. Robot parece la evolución natural de los thrillers urbanos oscurísimos que produjo el cine americano en los 70. Palabras mayores.

3. Halt and catch fire (AMC)
Tras lograr una renovación in extremis, este verano volvió a AMC este drama sobre los pioneros del PC en la década de los 80. Precisemos, Halt and catch fire ya no tiene esa premisa, ahora habla sobre emprendedores en los albores de la era de internet. Y si el año pasado sus protagonistas eran los hombres, pegados al hardware, este año lo fueron las mujeres, y su control del software y de las potencialidades de la red. En esencia Halt and catch fire se ha rebooteado a sí misma. Algo que ya es, per se, muy novedoso. El resultado ha sido otra temporada sensacional, inteligente, vibrante y magnética. A pesar de ello, seguimos en vilo a la espera de saber si AMC le dará una tercera entrega a pesar de sus pésimas audiencias. Donna y Cameron son una de las parejas femeninas más fascinantes de la televisión. Si el año pasado Kerry Bishé y McKenzie Davies fueron capaces, desde sus puestos de secundarias, de robarles la serie a Lee Pace y Scott McNairy, este curso, como protagonistas se han adueñado completamente de la misma. Lo mejor de esta temporada han sido ellas y sus momentos compartidos en esa selva caótica que fue Munity. Lo peor las tramas de un McNairy desconectado de la trama principal y desaprovechado. Halt and catch fire es una de las series con más personalidad de la televisión actual.

2. Sense8 (Netflix)
La inclusión de Sense8 es la trampa que he colado en esta lista (por no perder las buenas tradiciones). Netflix la puso a disposición de sus clientes a principios de junio, por lo tanto, técnicamente no es una serie veraniega. Sin embargo su sentido del espectáculo, su tono y sus reflexiones sobre el amor la convierten en un producto 100% veraniego. Además, gran parte de sus espectadores la han consumido durante los últimos meses, extendiendo el impacto de la misma hasta el anuncio de su renovación, el 8 de agosto (la misma fecha en la que nacieron los protagonistas de la serie). Sense8 es una serie a ratos fascinante y a ratos delirante. Un producto en el que sus creadores, J. Michael Straczynski y los Wachowski, volcaron toda su creatividad, sin filtros, lo cual lo dota de una vitalidad y una pasión desmedidas. Cuatro mujeres y cuatro hombres, cada uno en un lugar del mundo, están conectados mentalmente entre sí. Todos ellos tienen muchos problemas, pero esa conexión les permite ayudarse los unos a los otros a hacerles frente. No me digáis que no es bonita la premisa. Sense8 no es una serie de matices, es un tren que circula destrozándolo todo a su paso, sin detenerse. Más allá de sus fallos (sobre todo los diálogos, el abuso de tópicos y la trama conspiranoica), estamos ante una serie que es puro hedonismo, diversión sin límites, y que además ha construido un grupo de personajes con los que el espectador puede conectar. Un grupo de personajes que te hacen sentir. Y eso es hermoso.

1. Rectify (Sundance Channel)
La semana pasada se emitió el último episodio de esta temporada de Rectify, la serie con la que Ray McKinnon está llevando el paradigma de la slow tv a un nuevo nivel. Este drama sigue la salida de presión de un condenado a muerte por un crimen que no sabemos si cometió, y la repercusión en forma de terremoto emocional que todo ello provoca en su familia. Tras 3 años podemos decir que Rectify es mejor cuanto más se centra en el plano emocional y en las relaciones entre sus personajes, y peor cuanto más insiste en desvelar la verdad tras el crimen por el que fue culpado el protagonista. Brilla con luz propia cuando habla del rabioso presente, pero no deslumbra tanto al analizar el pasado. Es un drama sensible pero también oscurísimo. Me recuerda en la aproximación que hace a sus personajes, a su alma, a In treatment, otra obra fundamental de la slow tv. Un auténtico placer. Está renovada ya para una cuarta temporada.

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Sobre Unreal S01: Hacer buena televisión
Sobre Sense8 S01: Sensibilidad y ¡acción!


viernes, 12 de junio de 2015

3 años de experiencias audiovisuales totales

El Hombre-Guitarra, ese concepto humano tan brutal



Hace más de 1 mes se estrenó, primero en Cannes, y después en todo el mundo, Mad Max: Fury Road, el reboot (¿?) del cineasta australiano George Miller de su propia trilogía ochentera post-apocalíptica. La película, protagonizada por una descomunal (e icónica) Charlize Theron y un sobrio Tom Hardy, lleva recaudados ya más de 318 millones de dólares en todo el mundo y ha generado un aluvión de críticas y opiniones entusiastas. No es para menos. Es un film espectacular. O más que un film, una experiencia audiovisual total. Estar sentado en la butaca del cine durante las dos horas de metraje (medido al milímetro) de Mad Max es como montar en una montaña rusa. Una desconexión total del espacio/tiempo en el que vives. Dejarte embaucar por esa orgía visual y sonora que propone Miller es una experiencia totalmente inmersiva. Precisamente porque la inmersión llega tanto por medio de las imágenes como por el sonido y la música, Mad Max es una obra audiovisual total. Exprime el medio, en este caso el cine, hasta forzar sus límites, jugar con ellos, subvertirlos y explorar nuevos territorios. El blockbuster de Miller continúa lo que experimenté con Gravity en 2013, Whiplash en 2014 (bueno, en realidad la vi ya en 2015, claro) y la Hannibal televisiva de Bryan Fuller desde 2013 y cuya tercera temporada comenzó la temporada pasada. El enorme placer de sentarte en una butaca (o en un sofá) y dejar que te sorprendan, maravillen e impacten.

Como si una vez al año una película me recordara que el cine, además de muchas otras cosas, es el arte de la sorpresa, un espectáculo increíble. Recuerdo que mientras veía la película dirigida por Alfonso Cuarón apretaba con fuerza los brazos de la butaca, como si me fuera la vida en ello. Sentía que si los soltaba acabaría vagando por el espacio. Con Whiplash, en cambio, además de mover los pies, como si estuviera tocando la batería, apretaba las mejillas con las palmas de mis manos mientras me inclinaba hacia adelante, intentando así canalizar por un lado el ritmo y por el otro la tensión, que el film de Damien Chazelle transmite. Mientras que viendo Mad Max me pasó lo contrario, no podía despegar mi cuerpo de la butaca, como si un vendaval de aire me mantuviera atado a ella. Es tal la fuerza que vomita la pantalla (y el sistema de sonido), que me apabulló. Hannibal, por su parte, no me apabulla, me hipnotiza. Mientras las tres películas son frenéticas, tres experiencias asfixiantes, contadas con un ritmo y una intensidad tremendos, la serie es todo lo contrario, pausada, exquisita. Los diversos directores de Hannibal (a destacar la labor de Michael Rymer, Vincezo Natali y David Slade) se recrean en los pequeños detalles, construyen una experiencia terriblemente bella. No nos sumergen en el relato, junto a los protagonistas, sino en la propia piel de estos, incluso va más allá, nos mete de lleno en los objetos que los rodean.
 
Hannibal 3x01

Estas cuatro experiencias audiovisuales son profundamente físicas. Sandra Bullock y Charlize Theron dan buena fe de ello. Pero lo son a diferentes niveles. Mad Max es, ante todo, una película de acción. Gravity es una aventura espacial, frente a los movimientos a velocidad de vértigo que tienen que ejecutar los protagonistas del film post-apocalíptico, Bullock lleva a cabo un baile consigo misma y con los objetos que la rodean, suspendida en la ausencia de gravedad. Whiplash es, sobre todo, un drama psicológico, frente a los planos amplios de Mad Max y los planos largos de Gravity, es una película de planos cortos tanto de encuadre como de duración. Un film pegado al rostro de sus protagonistas, a las manos, a los instrumentos. Gravity es una película elegante, hermosa, Mad Max construye un universo visual (y sonoro) rompedor, precioso en su retorcida imaginación, en cambio Whiplash juega con nuestra realidad cotidiana, bañándonos en sudor y saliva. Frente al nervio de Whiplash, Hannibal hace gala de una tensión plomiza, por medio de la cámara lenta y de planos puramente pictóricos que se clavan en la piel y la sangre de sus personajes. Whiplash y Mad Max son frenesí, Hannibal, recreación, Gravity juega en ambos terrenos, quizás por ello también sea la apuesta que más me fascina de las cuatro.

A nivel sonoro, en los films de Cuarón y Miller la música y los efectos de sonido llegan a fusionarse, en pos de la narración. En el film de Chazelle los sonidos no tienen tanta relevancia, básicamente porque los sonidos que hay en la cinta producen por sí mismos la música que escuchamos. En Gravity la música es extradiegética; en Mad Max la presencia del Hombre guitarra (a tus pies Miller), hace que la música llegue a insertarse en la propia acción de forma directa; en Whiplash es puramente diegética; y por último, en Hannibal aunque hay secuencias de música diegética, generalmente por medio de violines, ésta es mayormente extradiegética y como en Mad Max y Gravity se fusiona con los sonidos de una forma fascinante. En conclusión, ojalá poder ver todos los años obras de este calibre que me hagan vivir el mundo audiovisual como una aventura de descubrimiento, en la que dirección, montaje, fotografía, música y sonido están dotados de una unidad extraordinaria, en pos de la narración, del espectáculo, del objetivo de sorprendernos.

martes, 30 de diciembre de 2014

Mis sophomores de 2014

Una de las gracias de esta lista es comprobar cuantas series de mi top 10 de rookies de 2013 (I y II) están en esta lista de las mejores series de segundo año. El resultado de la comparación es bastante positivo. Sólo se han caído Masters of Sex y Orphan Black, que desde luego han pegado un bajón de calidad muy fuerte en sus segundas temporadas. Tampoco está Dates porque al final resultó ser una miniserie. A las 7 que repiten se suman 3 series que no metí en mi top de novatas el año pasado, las británicas My Mad Fat Diary (no la había visto), In the flesh y The Fall (no tenía claro que fueran a tener segundas temporadas aunque ya se hubieran anunciado, vivo en inopia).

10. Rectify (Sundance Channel)
La primera serie de Sundance Channel, una apología radical de la slow-tv, se ha confirmado este año como una rotunda serie de autor. A mí no me ha fascinado tanto como en su soberbia primera temporada, quizás la noté demasiado empantanada, por eso pasa del 4º puesto al 10º. Aún así, es un placer poder ver obras de este calibre, de esta osadía, como este relato sobre un condenado a muerte que sale de la cárcel, y como sus fantasmas interiores y sus enemigos exteriores lo muelen a palos. A él y a su familia.

9. Brooklyn Nine-Nine (FOX)
El año pasado la puse en el décimo puesto más como un voto de confianza que por haber demostrado merecerlo. Está feo echarse flores, pero acerté. Brooklyn Nine-Nine desde diciembre de 2013 no ha hecho otra cosa que mejorar hasta consolidar su estilo de humor y las dinámicas entre los personajes. Llegados a este punto voy a atreverme a decir que es mi sitcom favorita en antena (sin contar a Parks and Recreation). Larga vida a Jake Peralta and associates.

8. In the flesh (BBC)
A muchos la primera temporada de In the flesh nos conmovió. Yo la devoré en un tren en medio de Castilla e hizo que mi largo viaje fuera más corto y más bonito. Era una historia de zombies inteligente, diferente y sensible. Aún así, su segunda temporada me despertaba muchas dudas. Los primeros capítulos no me gustaron mucho, pero una vez que entré de lleno en la historia, o más bien en los regates de la misma, me volvió a ganar. Tengo muchas ganas de ver cómo la conducen en su tercer año. Gracias, BBC.

7. Orange is the new black (Netflix)
La dramedia de Jenji Kohan pasa del 4º en mi lista de rookies de 2013, al 6º puesto en esta de alumnas de segundo curso. Ya sin el efecto novedad, la serie ha logrado mantenerse a un altísimo nivel, sobre todo gracias a una poderosa villana, Vee, y una aún más grandiosa rival, Red. Ojalá el tercer año sea, por fin, el de las latinas.

6. The Fall (BBC)
Sin duda alguna The Fall (más allá de los finales de Sons of Anarchy y The Newsroom) ha sido la gran sensación seriéfila del final de año. Todo son alabanzas para estre thriller psicológico-policiaco protagonizado por Gillian Anderson y Jamie Dornan. Este toma y daca entre un asesino en serie muy perturbador y la detective obsesionada con darle caza. Pocas series son más perturbadoras. Pocas por no decir ninguna. Parecía difícil mantener la tensión (y el aire enfermizo) del primer año, pero no sólo lo han logrado, sino que la han multiplicado. Excelente.

5. My Mad Fat Diary (E4)
¡Qué serie más maravillosa! Triste, graciosa, tierna, ingeniosa. ¡Y qué música! Le haría el amor con todo el cariño del mundo a su BSO. La historia de caída y catarsis de Rae (soberbia Sharon Rooney) me impactó muchísimo. Una de las series con las que más disfruté este año. Sin duda. Con su final aplaudí de felicidad. Ojalá más series así, series que te insuflen la necesidad de vivir, de tener esperanza.

4. The Americans (FX)
En su segundo año esta historia de unos espías soviéticos viviendo el american way of life en la era Reagan, ha consolidad su estilo (narrativo, ideológico) en este segundo año. A The Americans le da igual ser anticlimática, zambullirse en cuestiones peliagudas como la religión o ser fría como el hielo. A mí también me da igual, mientras siga siendo un drama tan sólido, y sobre todo tan interesante, que te crea tantas dudas interiores.

3. Please Like Me (ABC2)
En ninguna lista veréis a la serie de Josh Thomas en una posición tan alta. Yo mismo reconozco que es muy cuestionable colocarla en este podio por delante de series como The Americans o The Fall. Pero no he podido evitarlo. Sin duda Please Like Me ha sido uno de los más cálidos y graciosos happy places de mi año. Me ha abrazado y me ha hecho sonreír cuando más lo necesitaba. ¿Tiene defectos? Sin duda. Pero se los perdono todos porque conecto mucho con ella. Y más este año, gracias a esa historia de amor imposible. Thomas no es tan profundo como Lena Dunham, pero es más tierno. Sube 3 puestos desde el 6º lugar del año pasado.

2. Hannibal (NBC)
El año pasado dije que era la 9ª mejor serie de estreno. Este año la coloco de 2ª en esta lista. Creo que la evolución está clara. El crecimiento de Hannibal ha sido descomunal. Abandonando el formato procedimental se ha vuelto una serie más contundente, más redonda, mejor planeada. Una joyita audiovisual (esa fotografía, esa música, ese trabajo de dirección), jodidamente retorcida. Que las dos series más perturbadoras de la televisión: The Fall y Hannibal, cuenten en sus repartos con Gillian Anderson no puede ser casualidad. Y menos teniendo en cuenta que Anderson viene de X-Files.


1. House of Cards US (Netflix)


Pues sí. House of Cards fue mi rookie de 2013 y ahora es mi sophomore de 2014. Para mucha gente es una serie fallida, grandilocuente, condescendiente y pretenciosa. Posiblemente tengan razón. Pero también es, por lo menos para mí, una ficción brillante sobre las tinieblas del poder. Sobre el ansia de poder. Ha sido la serie que he devorado este año con la necesidad de un yonki robando morfina. A mí me encantan los thrillers políticos, desde luego soy un espectador cautivo. Es una serie que disfruto y que no quiero que termine nunca. El ascenso de Frank Underwood en la ciénaga política de Washington ha sido toda una experiencia. Veremos qué tal se le dar mantener lo conquistado.

Mención especial: The Comeback (HBO)


Al igual que todas las series de esta lista, The Comeback emitió su segunda temporada en este 2014, sin embargo, no fue su segundo año de vida, ya que la primera temporada se pudo ver en HBO en el verano de 2005. En una de las resurrecciones más sorprendentes (y necesarias) que yo recuerde, la serie de Lisa Kudrow (mis respetos) ha vuelto para hacerme feliz. Una sátira metatelevisiva divertidísima e inteligente. Homenaje y crítica furibunda a la basura televisiva, a la comercialización de la vida y a la banalización del mundo del espectáculo. Valerie Cherish es, para mí, un icono televisivo.

lunes, 25 de agosto de 2014

Emmysalternatives 13/14 y VIII: Series de Drama

Ahora sí, último post, mi top 10 de los mejores dramas de la temporada pasada. Fuera se quedan series como The Killing con su contundente tercera temporada, dos clásicos de FX como Justified y Sons of Anarchy o la siempre brillante Boardwalk Empire.


10. The Newsroom
¿Si no defendemos los sorkinistas a Sorkin quién lo va a defender ya, a estas alturas del partido? Lo único que le falta es que lo arrojen a los cerdos, como harían en una de las series de la que hablaré más abajo. The Newsroom es Aaron Sorkin en estado puro, para bien y para mal, desmedido, un sermón semanal de 50 minutos. En la segunda temporada aprendió de algún error cometido en la primera: sus periodistas ya no son perfectos y las historias inventadas hacen que no esté jugando con las cartas marcadas. Pero desde luego no cambió el rumbo de la serie. The Newsroom es el manifiesto de Sorkin sobre cómo debería ser su país. Idealista y maniqueo. Excesivo. Capaz de escribir los diálogos más inteligentes y las situaciones más sonrojantes. Así es Aaron Sorkin cuando nadie le pone cortapisas, incluido él mismo. Entiendo todas las críticas que se la han hecho, pero no puedo evitar que todo lo que escribe me fascine. Con pocas series los minutos se me hacen más cortos, pocas ficciones me hacen más feliz. Por eso está aquí, aunque suene a sacrilegio.


9. The Americans
Posiblemente The Americans sea todo lo contrario a The Newsroom, lenta, arrítimica, incluso anticlimática, moralmente muy compleja, un magma de ideas en el que nada es blanco o negro. The Americans no tiene un discurso, tiene múltiples elementos que le permiten al espectador formar un discurso propio. El gran debate de esta temporada ha sido ¿patria o familia? Y todo ha girado en torno a la nebulosa zona dónde ambas esferas se mezclan. También ha hablado de la fe en tiempos convulsos, del sacrificio, de los fines y sobre todo de los medios. Deja además un escenario apasionante de cara al año que viene. Los protagonistas cada vez se acercan más al borde del precipicio.



8. Hannibal
Si en comedia le di el Most Improved Player a Veep, en drama se lo merece sin duda alguna la Hannibal de Byan Fuller. La serie más hipnótica, desagradable, barroca y enfermiza de la televisión. Tras una buena primera temporada, Hannibal regresó a NBC convertida en una serie superior, tan buena como para estar en el ranking de los mejores dramas en antena. Con un arranque y una recta final espectaculares, ha terminado por imponer un nuevo tipo de televisión: la sensitiva. Esta serie es ante todo, una experiencia sensitiva trenzada por su belleza visual y sus asfixiantes mundos sonoros. Cuando la forma es forma y fondo.



7. Masters of Sex
El gran estreno del otoño pasado. Esta serie sobre los pioneros de los estudios sexuales irrumpió en Showtime con osadía, sensibilidad y sentido del entretenimiento. Conjugando elementos de culebrón con drama de personajes de primera división creó una serie de relaciones personales muy jugosas, abordó la sexualidad desde el punto de vista de la mujer en los años 60, y trató con tacto y hondura la homosexualidad en la misma época. Conjugar ciencia y sentimientos fue su gran acierto. Ése y fichar a Allison Janney y Lizzy Caplan.



6. Game of Thrones
Otra temporada fantástica de Game of Thrones. Quizás un poco inferior a la tercera, que estuvo mejor hilada, pero aún así maravillosa. Capitaneada por los Lannister la serie siguió reflexionando sobre el poder como máquina de devorarlo todo, empezando por los propios seres humanos que lo poseen o pretenden conseguirlo. Además nos abrió la puerta a Dorne, nos ofreció a unas chicas Stark que ya han madurado definitivamente, aumentó la tensión y la oscuridad de las tramas del norte y nos dejó no pocas peleas (tanto físicas como verbales) de gran altura. En el lado de los peros, no haber dado más tiempo a los acontecimientos de la season finale y sobre todo la trama de Daenerys, muy anquilosada.



5. House of Cards
No tiene pocos detractores la adaptación USA de las novelas de Michael Dobbs. Sobre todo aquí. Entiendo algunas críticas, y soy el primero en reconocer que desde luego no es una ficción redonda. Más bien al contrario, está compuesta de múltiples y afiladas aristas. Sin embargo me parece una serie adictiva. Una fascinante reflexión sobre el cinismo y la podredumbre que rodea a la política de alto nivel. Y además es un thriller negrísimo que te va envolviendo en sus trampas, como si fueras otra víctima más de Frank Underwood en su ascenso a la cima del poder (o en su descenso a los infiernos). En House of Cards la escala de medir no está compuesta de grises. Todo en ella es negro. Todo apesta. Y entiendo que a mucha gente eso la haga desconectar, que no haya asideras emocionales o morales a las que se agarrarse, que todo el mundo sea malo, que todo esté podrido. Además de un tratado sobre el cinismo estamos ante un tratado sobre el pesimismo.



4. True Detective
Irrumpió, con justicia, como un vendaval en el mundo seriéfilo. Una serie que cogía un género mil veces explorado como el de la pareja de detectives a la caza de un asesino en serie, y lo llevaba a territorios sin explorar. 8 capítulos pensados como un todo, escritos por el mismo guionista, Nic Pizzolatto, estructurados en inicio, nudo y desenlace. Fieles a un tempo narrativo particular, que jugaban con los saltos en el tiempo y la verdad y la mentira como elementos narrativos. Y además de eso, un empaque visual inusual para el medio televisivo, con Cary Fukunaga como único director que desde el principio creó una atmósfera abrasiva y deprimente en que poner a bailar a unos personajes hasta arriba de mierda. True Detective no ha inventado nada, simplemente ha encontrado otra forma de contárnoslo… ¿simplemente? No, tiene un mérito descomunal. Cuando veía True Detective se apagaba el mundo a mi alrededor. Sólo había pantanos, apellidos franceses (¡viva Louisiana!) y dos pobres diablos jodidos en el pasado y el presente. Sin duda, qué bueno que llegaste… True Detective.



3. Mad Men         
No soy capaz de verle el desgaste a Mad Men. Lo único que veo es evolución lógica de los personajes, de la historia. Me sigue pareciendo un brillante relato sobre las miserias de la vida. Creo que sigue golpeando el corazón de la misma forma que lo hacía al inicio. Y además este año ha sido pura melancolía. O más que melancolía, frustración por los errores cometidos. También ha ahondado en la familia como trampa y como refugio. Y ha reflexionado sobre como la vida profesional a veces se apodera de todo, quedándose con todos nuestros sueños, nuestras aspiraciones. Todos estos temas los han soltado Weiner y su equipo para hacer que nos cuestionemos nuestras propias prioridades, que pensemos en qué nos quedará cuando ya no nos quede nada. No es un mensaje de “el trabajo mata a las relaciones personales”, más bien va en la dirección de que trascender, hacer algo importante, sentirse realizado, está relacionado tanto con la ambición profesional como con los sentimientos humanos. Como siempre… ouch.



2. The Good Wife
Como ha sido de lejos sobre la serie que más he escrito en el blog este año, llego a la meta sin saber muy bien qué añadir ya. Inteligente, incisiva, delicada, triste, crítica, valiente. Todo eso es The Good Wife y sobre todo esta quinta temporada tan redonda que nos ha ofrecido el matrimonio King. Posiblemente tenga la maquinaria narrativa más precisa de la televisión actual. Todo lo que en ella pasa está trabajado, no existe el deus ex machina, todo es natural, orgánico, todo va hacia una dirección. Esta serie sobre una mujer de ambición y problemas sentimentales crecientes, lo único que sabe hacer es ir hacia adelante. Y no le importa meterse en los líos más espinosos, ya sea la vigilancia indiscriminada de la NSA, la muerte y el sentimiento de pérdida o la corrupción política. Y su gran acierto es que lo hace con un sentido del humor muy fino, que salpica las situaciones más descorazonadoras con chascarrillos. Si a todo esto le sumamos que ha construido a una de las protagonistas femeninas más complejas de la historia de la televisión y a su alrededor ha ido creando una maraña de secundarios e invitados fascinantes, lo que tenemos es la serie con el mejor reparto de la televisión y posiblemente la que mejor nos habla del mundo en el que vivimos.



1. Breaking Bad



Que la serie de Vince Gilligan es ya historia de la televisión es algo que no creo que nadie ponga en duda. Que sus últimos 8 capítulos han sido uno de los mejores finales realizados por cualquier serie espero que tampoco. Si los 8 anteriores que ganaron el Emmy el año pasado funcionaron como introducción al final, como preparación, estos últimos 8 han sido la traca final. Y me han dejado sin aliento de tanto intentar contenerlo y fracasar, y sin palmas de tanto aplaudir. Cuando conoces a la perfección la serie que haces, has construido a un grupo de personajes tan ricos y has plantado durante años semillas tan poderosas, lo único que puedes obtener al final son éxitos. Siempre termino hablando de Ozymandias pero todos y cada uno de estos 8 capítulos es un éxito en sí mismo, una joya a revisionar a lo largo de mi vida una y otra vez. El final de Breaking Bad me ha dolido y me ha encantado. Me ha dejado con la boca abierta, a veces durante minutos, ha cerrado todo lo que tenía que cerrar y les ha dado a los personajes todo lo que necesitaban. Así es como se cierra una historia. Una de las más grandes jamás contadas en televisión. 

sábado, 24 de mayo de 2014

La belleza del mal

HANNIBAL - Segunda Temporada


Frío y certero como un cuchillo bien afilado


Primero la confesión. A mí en su primera temporada Hannibal me parecía una serie visualmente apabullante e hipnóticamente enfermiza, pero también un poco pesada, errática, oscura pero no tensa. Vamos, para mí Hannibal era una serie buena pero que no me enganchaba, que no acababa de llenarme. Una serie de media tabla. En cambio en esta segunda temporada que terminó en NBC el pasado viernes, creo que la serie ha subido tantos peldaños que este año sí, juega con los grandes dramas que luchan por el título. Más allá de las formas (incluso mejores que las del año pasado), el fondo de la serie ha sido mucho más interesante, ha estado mejor hilado, mejor narrado, llevado con más dirección. Lo que el año pasado era visualmente deslumbrante este año ha sido una experiencia inmersiva total. Ninguna serie explota los límites plásticos de la imagen ni la potencia de los mundos sonoros (más que usar la música, que también, usa el ruido, los sonidos desconcertantes) como la de Bryan Fuller. Ninguna. Hannibal es televisión sensorial. El terror estético llevado a su última consecuencia. Como un Argento pero con una historia potente en su epicentro. Una historia sobre el mal y sobre el miedo a caer en las redes del lado oscuro de la fuerza. El mensaje es: todos llevamos un monstruo dentro.

Hannibal además de ser una serie negra, negrísima, es también una serie amoral, que no inmoral. No es una ficción que gire sobre valores, a veces se esgrime, sobre todo por parte de Jack Crawford (Laurence Fishburne) y Alana Bloom (Caroline Dhavernas), pero se hace sin entrar en el fondo de la cuestión, simplemente porque no se pretende desarrollar un discurso moral. Lo que pretenden Fuller y compañía es echar un vistazo al rincón más oscuro del ser humano, a la vertiente más terrible de la humanidad. Y por eso cuanto más grotescas, desagradables y salvajes se vuelven las fechorías del doctor Hannibal Lecter (Mads Mikkelsen, esa bestia interpretativa), mejor es la serie. Sí lo que pretendes es retratar las tinieblas cuanto más tenebrosas sean tus imágenes y tus historias mejor será el retrato que le ofrezcas al espectador. Tan sencillo como eso y a la vez, tan complicado, tan meritorio.

A partir de aquí, spoilers a gogó
Comenzó la temporada con un cambio obligado de estructura. Si en su primer año Hannibal giraba en torno a Will Graham (Hugh Dancy, fantástico), con este capturado y acusado de ser el destripador de Chesapeake, la serie tuvo que desplazar parte de su foco hacia el propio Dr. Lecter. Y esto obviamente hizo que mejorara, porque por muy interesante que sea Graham (que lo es, y mucho, porque Graham somos en el fondo todos nosotros), el gran personaje de la función es Hannibal, el epicentro del mal, la fuente de todo lo malsano. Estableciéndose así el conflicto entre Will y Hannibal como locomotora de la trama. La historia de dos hombres que intercambian golpes y amagos hasta precipitarse a un punto de no-retorno.

El primer tramo de la temporada se extendió hasta la exoneración de Will (inculpando Hannibal al Dr. Chilton). Y tuvo como cima el sensacional segundo episodio dirigido por Michael Rymer (que también dirigió el penúltimo, la otra joya de esta entrega) que arrancó con la secuencia más tensa que yo he visto en esta temporada televisiva (la persecución) y terminó con la Dra. Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson, femme fatale madurita) confesándole a Will que ella sabía que decía la verdad, que no, que no estaba loco. Hannibal era ese monstruo negro de cuernos que él veía. El segundo se caracterizó por ser el del aprendizaje de Will, de cara a convertirse en un nuevo Hannibal, terminando con el asesinato del hombre-criatura que Hannibal mandó para asesinar a Will. Mientras que el tercero, el más asfixiante, el más oscuro, se movió en dos planos enfrentados. Por un lado fue el de la complicidad entre los dos protagonistas, el de la identificación definitiva. Y por otro, desarrolló el plan de Will y Jack para atrapar al buen doctor, con el clan Verger de hilo conductor entre ambos planos. Precisamente fue Mason Verger (monumental Michael Pitt, uno de los actores más turbios del panorama actual) en que nos obsequió, junto a sus cerdos devoradores de carne, los momentos más angustiosos de la temporada.

El punto final fue la hipnótica season finale dirigida por David Slade, en la que las batallas de corte psicológico entre los personajes principales estallaron en una carnicería inundada en sangre. Lejos de la perfección de los planos de Rymer, Slade optó por la recreación en la belleza de la maldad, tirando de demasiada cámara lenta, lo que en los capítulos de Rymer era un festival de recursos en la finale se transformó en mera recreación. El enfrentamiento físico de Hannibal contra Jack, Alana y Will pedía a gritos frenesí, un ritmo acelerado, un montaje salvaje. En cambio Slade optó por la calma. El resultado fue excelente, con planos de una belleza enorme, pero… podría haber sido mejor. Llegados a este punto en el que Hannibal ha sublimado tanto su estilo hasta transformarlo en monumental esteticismo, hay que pedirle que se supere a sí misma. Más allá de eso, fue un capítulo sensacional, de un aire gélido y una atmósfera plúmbea brutales. Al final, en lugar de caer Hannibal en  la trampa, fueron Will y Jack los que cayeron. Cuando miras al mal a los ojos lo único que verás será muerte. Y muerte, sólo muerte es lo que deja Hannibal tras su paso. O más que muerte, dolor. Y sangre. Sabia (y maliciosamente, claro) se cierra el capítulo con Hannibal subido en un avión (¡junto a Du Maurier!, toma giro final) y sus cuatro víctimas (¡Abigail también!) heridas, que no muertas. A Lecter le puede el juego. El amor por el juego psicológico, por enredar a sus víctimas en sus trampas. Le gusta la tensión que le genera sentirse acorralado y el riesgo que entrañan las batallas mentales con jugadores a su altura… o casi.

La tercera temporada debería ser la de la cacería, ya con todas las cartas sobre la mesa, con Hannibal como enemigo público número 1 que va dejando cadáveres por dónde pasa y con sus perseguidores oliéndole la nuca. Y la gracia estará en que no se sabrá quién es la carne de presa, si él o ellos. Como nos deja clara la jugada fracasada de Will y Jack, cuando intentas capturar al mal absoluto tienes que estar dispuesto a corromperte absolutamente. Así de duro, así de terrible.

lunes, 10 de marzo de 2014

Dos cadenas que buscan consolidarse y dos series que lo consiguen

THE RED ROAD, THOSE WHO KILL, HANNIBAL y THE AMERICANS


The Red Road nos demuestra que sin rebeca gris
no hay inestabilidad emocional que alguien se crea

Dos canales, dos nuevas apuestas
La temporada televisiva pasada se vio marcada por la irrupción de la plataforma Netflix en el mundo de la producción de ficción propia. Su llegada a lomos de House of Cards y el comeback de Arrested Development fue un vendaval que se ha visto confirmado esta temporada con el estreno de Orange is the new black y un millonario acuerdo con Marvel para producir series sobre superhéroes de la casa. Sin embargo, no fue el único actor en aventurarse en el cada vez más convulso panorama seriéfilo americano. Dos cadenas, Sundance Channel y A&E, también se lanzaron a la producción de ficción. La primera con la miniserie de Jane Campion Top of the lake, y el drama ¿existencial? Rectify, y la segunda con la precuela de Psycho, Bates Motel, y el policiaco ambientado en el medio-oeste Longmire. Mientras la primera tuvo más suerte entre crítica y premios, la segunda triunfó en audiencias. En esta temporada además de emitir las segundas temporadas de estas series han elevado la apuesta estrenando en los últimos días, The Red Road, Sundance Channel y Those who kill, A&E.

The Red Road es un drama actual ambientado en territorio indio en el que conflictos del pasado entre dos familias, una india y la otra blanca, tienen dramáticas consecuencias en el presente. Tiene como mayor logro, vistos sus dos primeros capítulos, una fantástica atmósfera, y como mayor reclamo a la ascendente (y magnífica, in my opinión) Julianne Nicholson (Masters of Sex, August: Osage County) interpretando a una madre deprimida entregada al alcohol y la histeria. El piloto lo dirige ni más ni menos que James Gray, uno de los grandes autores del cine americano de los últimos años, y su sello se nota en el ritmo lento pero denso del primer capítulo, casi plúmbeo, rocoso. La mente pensante tras la propuesta es Aaron Guzikowski, el guionista de la fantástica Prisoners (Villeneuve, 2013). ¿El pero? El resto del reparto (Jason Momoa incluido) no parece estar a la altura de lo que el drama va a exigir. Su primera temporada tendrá, como ya pasó el año pasado con la fantástica Rectify, solamente 6 episodios.

Si The Red Road me parece una propuesta interesante, capaz de capturar mi atención todo el rato, el piloto de Those who kill, dirigido por Joe Carnahan, se me hizo eterno. Esta serie, creada por Glenn Morgan (cuyo mayor mérito es haber escrito para X Files) es otra nueva adaptación de una serie danesa (esa raza de seres humanos superiores) que se centra en torno a una detective psicológicamente inestable (Chloë Sevigny, siempre maravillosa) y a un profesor universitario no menos desquiciado (James D’Arcy). El problema de la serie es que suena a ya vista, que los protagonistas no acaban de funcionar como pareja y que aún siendo malrollera no terminar de impactar. Pero sobre todo el enemigo está fuera, y se llama Hannibal, que jugando en la misma liga de asesinos en serie sádicos, le gana por goleada.

Hannibal y su visión mortífera del ser humano

Sophomores fortalecidas
La televisión post-Juegos Olímpicos nos ha traído de vuelta a dos de las series que más respaldo crítico tuvieron el invierno pasado. Hannibal, o el mejor drama que ha tenido NBC desde el final de The West Wing. Y The Americans, ese drama de espías (y matrimonios en crisis) en la era Reagan. Si en su primera temporada The Americans me conquistó, hasta el punto de incluirla entre lo mejor del curso televisivo, es verdad que con Hannibal no fui tan entusiasta. Sí, me fascinaba su salvaje y apabullante apuesta visual, pero muchas veces me dejaba demasiado frío, aunque es verdad que la serie fue de menos (el piloto no funcionaba nada bien) a más, como consecuencia de la vorágine psicótica en la que se iba sumergiendo su protagonista, Will Graham, el bueno de Hugh Dancy demostrando que tiene mucho talento.

Sin embargo mi escepticismo para con Hannibal ha saltado por los aires en el arranque de su segunda temporada. Lo único que tengo ahora es fascinación. Las dos secuencias que abren los dos primeros capítulos, dirigidos ambos por Tim Hunter, son brillantes. La tensión elevada a su máximo nivel. Llegué a pasarlo muy mal. El éxito de Hannibal reside en que aunque te repugne lo que ves no puedes dejar de verlo, en que aunque lo que te muestra es terrible no deja de ser hermoso, visualmente bello. Lo cual logra perturbarte intensamente. ¿Cómo puede parecerme apetitoso un trozo de carne humana? ¿Cómo puedo estar horrorizado y fascinado a la vez? Hannibal, además de un drama psicológico escrito con una precisión y unos diálogos sensacionales, es ante todo un tratado visual. Un tratado sobre la belleza del mal. Quizás sea la apuesta visual más salvaje de la televisión. Quizás no, seguro.

Frente a la serie de Bryan Fuller, está la The Americans de Joseph Weisberg, ante todo, sobria, pero no por ello menos asfixiante. Recorrido el camino inicial de este matrimonio de espías rusos que viven peligrosamente, ahora nos movemos en un estado de paranoia constante, con el cuchillo siempre cerca de la garganta de nuestros protagonistas. Cuanto más se acerca uno al precipicio para descubrir lo que hay al final de la caída, más cerca está de comenzar a caerse. Por lógica narrativa el cerco se irá estrechando cada vez más, y como pasa con gran parte de los grandes dramas del cable, al final de la partida, a los protagonistas les tocará perder. Tan interesante como el intercambio de golpes sordos entre la URSS y USA, resulta el rotundo análisis que hace la serie del matrimonio como institución social y de la familia como una crisis constante. Mantener una comunidad de vida compartida es inmensamente difícil, no sólo si eres espía o agente del FBI. No. Es difícil para todos.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Las rookies de 2013 (I)

10. Brooklyn Nine-Nine

Andy Samberg es mi rey de la comedia

Tiene un humor muy blanco, sí. Pero me parece una serie con mucho encanto que ha logrado una buena dinámica de grupo y que tiene un protagonista con mucho carisma. Sí, sé que mucha gente odia a Andy Samberg, pero yo soy un poco muy fan de sus exageraciones. Es la única sitcom de esta lista, así de mal está el género.

9. Hannibal

En la boca del lobo
Hacer una serie tan oscura e insana como esta en una network tiene mucho mérito. Que una operación tan arriesgada te salga bien, más. Hannibal, además de ser una de las series mejor dirigidas (y fotografiadas) de la televisión actual es un cuento perverso que te mete de lleno en un truculento camino hacia la locura. Fue de menos a más hasta embriagarnos. Muchas ganas de ver la segunda temporada.

8. Orphan Black

Una de las grandes parejas cómicas (y múltiples) de este año

Esta serie ha sido uno de mis grandes placeres seriéfilos del año. Me lo he pasado como un enano en esta historia de conspiraciones imposibles hecha con cuatro duros pero con mucho humor y con Ella. La Diosa revelación del 2013: Tatiana Maslany.

7. Dates

El mejor trabajo de Geraldine Chaplin fue parir
Vi Dates en modo bing watching en un tren de larga distancia a través del estado español. Y me tocó. Es divertida, es graciosa, es tierna, es cruda y es inteligente. Este baile de citas no podría estar mejor escrito e interpretado ¡qué delicia!

6. Please like me

Ti, déixate vir

Se nos dijo que era la respuesta australiana a Girls en clave gayer, y algo de eso hay. Su protagonista, al igual que Lena Dunham, hace un yo me lo guiso, yo me lo como, y el personaje que se guarda para sí es igual de repulsivo, y aún así tenemos que amarlo en su maldad cotidiana y excentricidad pasada de rosca. Alrededor un grupo de personajes con mucho encanto. Please like me es televisión de autor. Y muy buena.