Mostrando entradas con la etiqueta James Franco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Franco. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2018

Los No Oscar 2017 IV: Actores


ACTOR DE REPARTO

5. Steve Carell por Battle of the Sexes
A estas alturas poco le queda por demostrar ya a Steve Carell y menos en el terreno cómico. En Battle of the Sexes coge a un potencial villano y lo dota de humanidad y complejidad. Su Bobby Riggs no es un mero machista, es un tipo que paga todas sus inseguridades e insatisfacciones con las mujeres, buscando llamar la atención y volviendo a ser una estrella. Carell lo dota de un carisma retorcido logrando que sea un personaje interesante, a pesar de que como espectador deseas con todas tus ganas que le cierren la boca.

4. Barry Keoghan por The Killing of a Sacred Deer
Keoghan ha sido, sin duda alguna, una de las revelaciones del 2017. Si en Dunkirk, la epopeya bélica de Christopher Nolan, interpretaba a lo que en Galicia llamamos miñaxoia, un pobre chaval torpe e inofensivo; en la última película de Yorgo Lanthimos encarna a un pequeño monstruo: inquietante, atrevido, bestial e insufrible. Menuda demostración de talento. Ojalá Keoghan nos aterrorice durante muchos años.

3. Arnoud Valois por 120 battements par minute
La interpretación de Valois está cargada de emoción. Aunque su personaje es central en 120 bpm, porque al fin y al cabo a través de sus ojos el espectador se sumerge en el mundo de la lucha (activista) contra el SIDA, posiblemente sea el que tiene menos momentos de lucimiento. Sin embargo, aporta corazón, lucidez y templanza. Es imposible no encariñarse de Valois y del compromiso con el que aborda un personaje tan sencillo y tan plausible. Un buen actor para interpretar a un buen hombre.

2. Armie Hammer por Call Me By Your Name
Si la historia de amor de entre Elio y Oliver (o viceversa) funciona es gracias a la química que desprenden cuando están juntos y a la construcción naturalista que hacen Timothée Chalamet y Armie Hammer de sus personajes. Una de las grandes virtudes de Hammer es el magnetismo que desprende, es imposible no mirarlo. Pero quizás sea su forma de mirar la que dota de tanta personalidad a su personaje. Sus ojos muestran alegría, cansancio, deseo y tristeza. Su mejor trabajo hasta la fecha.


1. Michael Stuhlbarg por Call Me By Your Name
El único que podría rivalizar con Michael Stuhlbarg por el título de actor del año es su compañero de reparto e hijo en la ficción, Timothée Chalamet. Si éste ha sido la gran revelación del curso, Stuhlbarg ha reafirmado su estatus de secundario de lujo que mejora todas las películas en las que aparece. En The Post tiene un papel breve, en The Shape of Water saca oro de un personaje bastante secundario y en Call Me By Your Name firma un trabajo de los que se recuerdan durante mucho tiempo. Ese padre liberal, intelectual y cariñoso pide a gritos una película para sí mismo o una trilogía entera. En su rostro, Stuhlbarg logra capturar toda la experiencia vital de un hombre que vive su vida sin sobresaltos, alejado ya de la pasión propia de la juventud, quemado por la vida, por sus insatisfacciones. Todas sus secuencias son interesantes, Stuhlbarg hace un trabajo encomiable.

ACTOR

5. Robert Pattinson por Good Time
La carrera que se está labrando Robert Pattinson encadenando proyectos con autores de prestigio es digna de estudio. En Good Time, la historia de un atraco fallido, encarna a un delincuente que intenta sobrevivir mientras lucha por liberar a su hermano. Pattinson lo da todo, tanto física como emocionalmente.


4. Jeremy Renner por Wind River
No soy un especial fan de Jeremy Renner, pero en Wind River está soberbio, encarnando a un hombre que ayuda a una agente del FBI a investigar el asesinato de una chica en una reserva india. Un hombre tranquilo lleno de dolor por dentro. Consiguió llegarme como nunca lo había hecho hasta ahora.


3. James Franco por The Disaster Artist
Franco se lanzó sin red a interpretar a un personaje tan indescifrable y ridículo como Tommy Wiseau. Su mérito, más allá de conseguir una imitación perfecta del actor/cineasta más vapuleado de la historia, reside en su capacidad de humanizarlo, de lograr transmitir la pasión de Wiseau por la idea de hacer cine. Además Franco hace gala de su sensacional vis cómica. Descacharrante.

2. James McAvoy por Split
Asumir el reto de interpretar a un personaje con más de veinte personalidades distintas (aunque no las vemos todas) y resultar a ratos gracioso, a ratos escalofriante, a ratos entrañable y a ratos terrorífico, sin caer en la parodia o el ridículo, tiene un mérito descomunal. Lo que hace James McAvoy es, ni más, ni menos, que una de las grandes exhibiciones interpretativas de la década. La crítica estadounidense falló a la hora de reivindicar este trabajo, de ahí que ni oliera la nominación al Oscar.


1. Nahuel Pérez Biscayart por 120 battements par minute
Si tuviera que elegir una palabra para definir el trabajo de Pérez Biscayart sería pasión, porque eso es lo que desprende en pantalla. La pasión con la que su personaje maneja su vida y la pasión que el actor transmite por su trabajo y por la obra que está ayudando a levantar. Cada vez que hace acto de presencia en 120 bpm, una película bastante coral, concentra la atención del resto de personajes, en el plano interno y de los espectadores en el externo. Una interpretación rabiosa y vitalista de un hombre enfermo de SIDA que se niega a rendirse fácilmente y lucha por seguir viviendo a su manera, fiel a sí mismo.

lunes, 8 de enero de 2018

Una película de Hollywood y un castillo

MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO de Gustavo Salmerón
THE DISASTER ARTIST de James Franco 

Tommy Wiseau quería hacer una película, una película de Hollywood de verdad, para ser exactos. Julita Salmerón quería un castillo (porque los hijos y el mono ya los tenía). Ambos tenían un sueño irrisorio a ojos de la mayoría de las personas. Sin embargo, y en contra de todos los consejos y del(o que entendemos por) sentido común, ambos lo llevaron a cabo. Espero que el lector de este artículo no considere esta afirmación un spoiler. Pues ni The Disaster Artist, ni Muchos hijos, un mono y un castillo se sustentan sobre el enigma de la llegada (o no) del héroe (o no) a la meta. Partiendo por lo tanto de premisas extrañamente similares, las obras de James Franco y Gustavo Salmerón, apuestan por tramas bien distintas. Mientras Franco relata el cómo Wiseau llevó a cabo su sueño, Salmerón analiza las consecuencias de la consecución. Encontrándose los dos films en el por qué de las decisiones tomadas por sus protagonistas. Así, The Disaster Artist es una obra militantemente hedonista, tan irónica como naif, tan meta como inocente. El espectador nunca sabe hasta qué punto James Franco admira a Tommy Wiseau o se ríe de él. Posiblemente ni Franco lo sepa. En cambio, Muchos hijos, un mono y un castillo, es una obra netamente reflexiva. Aborda, desde el humor, el pasado (la guerra civil, el franquismo...) y su influencia en el presente (¿las cosas que hemos poseído a lo largo de nuestra vida forman parte de nosotros mismos? ¿nos hemos apoderado de ellas hasta ese punto?), pero también la importancia de la familia, la vejez, la muerte y hasta la crisis económica. Que una sola película sea capaz de enlazar la guerra y la crisis del 2008 es casi un milagro artístico y discursivo.

Mientras The Disaster Artist se proyecta hacia el futuro: persigue tus sueños, una idea-fuerza que ha marcado para siempre a la generación millenial o Y. Muchos hijos lo hace hacia el presente y hacia el pasado: vive siendo consciente de quién eres, de dónde vienes y a quién (y qué) tienes. Esto provoca que la película de los Salmerón (está claro que es una obra familiar) tenga alcance universal, no tanto en el espacio (es una obra muy española y mucho española), como en el tiempo, porque es, sin duda, un film transgeneracional. A través del discurso, a ratos delirante, a ratos brutalmente lúcido, de Julita Salmerón, Muchos hijos deconstruye a la señora bien española, explica los últimos 100 años de nuestro país y entrelaza la generación de la guerra con la generación X. España es así, caótica, peculiar, apasionante, morriñenta de un país que nunca existió y familiar. Somos personas brutalmente familiares, aún a día de hoy. La institución sobre la que se sustenta toda la sociedad. En cambio The Disaster Artist habla de la familia que eliges (ese concepto): tus amigos. Reivindica así que ante las adversidades la amistad es un refugio impenetrable. Greg Sestero no duda, ni por un segundo, en abandonar a su madre en San Francisco y lanzarse a la aventura con su nuevo mejor amigo, Tommy Wiseau. En The Disaster Artist no existe el pasado, de hecho nada sabemos del de Wiseau, ni de dónde ha sacado todo el dinero que malgasta en The Room, ni de dónde viene, ni cuantos años tiene. En la película de Franco sólo existe un potencial futuro en el que puedes alcanzar tus sueños y enmendar un presente en el que no lo haces. Puro discurso para millenials. Y sí, funciona, es una dosis lisérgica de esperanza.



En última instancia, ambas obras son dos manifiestos sobre la pulsión irrefrenable de hacer cine. En una extraña, pero bien hilada, reflexión meta-cinematográfica circular (puesto que comienza a esbozarla al inicio del film y la continúa al final del mismo), Julita Serrano le explica a su hijo Gustavo, a la postre director de la obra, lo que a los espectadores realmente les interesa. Ellos (Nosotros) no quieren saber las historias de una vieja loca, que un día se vuelve millonaria y unos años después acaba siendo desahuciada de su castillo. Lo que desean es una película bien hecha, con un buen guion, una buena dirección y una buena fotografía. Lo que Tommy Wiseau, el personaje y el cineasta, definiría como "una película como se hace en Hollywood". Es decir, una película con dinero. Sin embargo, el éxito imposible de The Room y los esforzados éxitos de The Disaster Artist y Muchos hijos, demuestran lo contrario. El público quiere una buena historia. Las de dos personajes tan fascinantes (y fascinados) como Wiseau y Salmerón lo son. Las películas de Franco y Salmerón son dos relatos apasionantes sobre los sueños, sobre la obligatoriedad emocional de seguirlos y sobre el cine, sobre el arte de hacer cine.