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viernes, 2 de marzo de 2018

Los No Oscar 2017 III: Actrices


ACTRIZ DE REPARTO

5. Elisabeth Moss por The Square
¿Qué hace Elisabeth Moss es una película sueca? A una de las mejores actrices de su generación (y de nuestros tiempos) la televisión y el cine indie (el de verdad, no el que cuesta 19 millones de dólares para poder competir en los Spirit) se le han quedado pequeños. En The Square brilla con sólo un puñado de minutos en pantalla. Gracias a su trabajo, entre inocente, desencantado y kamikaze, la película nos regala dos de sus mejores secuencias: un incomodísimo coito y una, no menos incómoda, conversación posterior, entre su personaje y el del protagonista.

4. Kirsten Dunst por The Beguiled
Hay un grupo reducido de actrices que me resultan siempre fascinantes. Kirsten Dunst, desde The Virgin Suicides, es una de ellas. The Beguiled tiene un reparto femenino en estado de gracia, sin embargo la actriz que me impacta en la película es Dunst, tan frágil (en apariencia), tan enclaustrada, tan enferma de soledad




3. Lois Smith por Marjorie Prime
Hacer un retrato tan preciso de la demencia senil en medio de una fábula de ciencia ficción, tiene mucho mérito. Lois Smith está inmensa en Marjorie Prime. Aquellos que hemos visto la peor cara de la senectud en personas a las que queríamos, podemos dar fe de que Smith clava ese estado de inconsciencia consciente, en el que las certezas se difuminan y el pasado y el presente se confunden.

2. Bria Vinaite por The Florida Project
El descaro, la energía y el desencanto con el que Bria Vinaite interpreta a su personaje en The Florida Project, hacen que esta historia de una madre y una hija que sobreviven de mala manera en las delirantes proximidades de Disney World sea creíble. Vinaite es un vendaval de aire fresco. Su trabajo es intenso, excesivo y, finalmente, doloroso. Tiene un buen puñado de secuencias memorables.


1. Holly Hunter por The Big Sick
Holly Hunter, una de las ganadoras del Oscar a la mejor actriz más indiscutibles de la historia por su icónico papel de The Piano, rozó este año la nominación gracias a su versatilidad interpretativa. Hunter está sensacional en las secuencias dramáticas de la película, relacionadas con la enfermedad de su hija y sus crisis matrimonial. Pero aún está mejor en las cómicas, devorándose al protagonista y revelándose como una gran lanzadora de one-liners.

ACTRIZ

5. Haley Lu Richardson por Columbus
Una de las miradas (y de las sonrisas) más puras, transparentes y creíbles del 2017. Richardson desprende sensibilidad en cada una de sus secuencias en Columbus, logrando que el espectador vea a ese niña que tuvo que crecer demasiado pronto para lidiar con una madre compleja. Y cómo ello le provocó una herida que no deja de supurar. Ojalá le espere una gran carrera, será un placer verla.

4. Emma Stone por Battle of the Sexes
Un año después de ganar el Oscar, Emma Stone firma una de sus mejores interpretaciones en Battle of the Sexes, encarnando a la tenista Billie Jean King. Stone liftea en el terreno cómico y lanza un buen puñado de golpes ganadores en el dramático, mostrando a una mujer comprometida e imperfecta, en estado de constante frustración. Una mujer icónica para el feminismo sumida en dos guerras, una contra el menosprecio patriarcal al tenis femenino, otra contra el rechazo a la homosexualidad de la sociedad... y su incapacidad personal de asumir quién es.

3. Jennifer Lawrence por mother!
Hay algo mágico en la capacidad de los intérpretes de entregarse por entero a la película que están haciendo. En mother! Lawrence pone en el asador hasta el último centímetro de su piel y se nota. Es un trabajo kamikaze, de un nivel de implicación personal y emocional asfixiante. Muy alejada de la dramedia de David O'Russell, demuestra que es una actriz de una versatilidad inconmensurable.

2. Jessica Chastain por Molly’s Game
Recitar a Aaron Sorkin durante más de 2 horas tiene, ya de por sí, muchísimo mérito. Lograr que su aluvión de  palabras no te ensombrezcan, más aún. Chastain es una estrella, quizás no una estrella popular, pero sí una cinematográfica. Puedes echarle encima lo que quieras, porque conseguirá transpirar carisma por los cuatro costados. Pocas actrices tienen la presencia que tiene ella. Se come la pantalla.


1. Vicky Krieps por Phantom Thread
Menuda bestia. Vicky Krieps y su cara hermosamente anodina, neutra y gélida, se devoran a uno de los mejores actores del mundo, Daniel Day-Lewis. Como si no pasara nada. Con una parsimonia pasmosa, con una sutileza desasosegante, Krieps va transformando a su Alma en uno de los personajes más retorcidos e hipnóticos de los últimos años. El arte de actuar tiene que ser esto. Es increíble que no esté nominada al Oscar. Carne de interpretación icónica.



jueves, 21 de mayo de 2015

La última balada de Mad Men

MAD MEN - Última temporada


Spoilers hasta el último plano de Mad Men

Mad Men es una de las series que más me han marcado en mi vida. En el próximo número de Zapping Magazine escribiré un análisis más serio (en la medida de lo posible) sobre ella, pero en mi blog quiero vomitar mis sentimientos, más que enarbolar ideas mínimamente interesantes. La serie de Matthew Weiner da para sesudos análisis. Una coña habitual que tenemos muchos fans es que Weiner parece escribir la serie pensando en las tesis doctorales y papers que se escribirán sobre ella. Buscando siempre el “guau” del estudioso, enredándonos en múltiples significados que algunas veces, y esto lo creo de verdad, no existen. En cierta forma Weiner muchas veces no es, sino que aparente ser, y eso le vale para embelesarnos. ¿Os suena? Sí, como Don Draper (Jon Hamm convertido en icono, vaya entrega total la suya), que nunca ha sido Don Draper, sino Dick Whitman, y que se pasó gran parte del relato seduciéndonos con su juego de apariencias. El whisky, el tabaco, las mujeres y los anuncios como tapaderas, como sábanas que cubren sofás mohosos y polvorientos. Don Draper primero se construyó, y después, ha terminado por deconstruírse, en un bucle sin fin. No hay salvación para Don, porque Don no es Don. Nunca podrá ser una persona que no es. Su papel, su invención, ese inventarse a sí mismo, jamás funcionará, porque está condenado al fracaso desde su concepción. Ni todo el dinero del mundo puede hacer olvidar el pasado.

Siempre hemos entendido los títulos de crédito (quizás los más relevantes narrativamente de la historia de la televisión, o de la tele que yo he visto, por lo menos) como un resumen de la caída de Don Draper, es decir, como un resumen/premonición de la serie. Pero en realidad Don nunca se estrella contra el suelo. Por eso en el final de Mad Men no podía haber un evento dramático conclusivo. Walter White tenía que morir. Tony Soprano también (aunque a ninguno de los dos los vemos morirse en pantalla, con lo cual su muerte es potencia en estado puro). Don Draper no. La condena de Don es mucho peor que la de Walter y Tony, él está condenado a caer eternamente. A construirse y demolerse, una y otra vez. A intentar ser otra persona que no es. Quizás Mad Men sea la reflexión más letal e hiriente sobre la identidad. Quizás estamos poco acostumbrados a afrontar el problema identitario, cuando en realidad la identidad (¿quién soy?) es uno de los mayores dilemas del ser humano contemporáneo.

Volver a empezar


Y así llegamos al debate sobre el final. Esa sonrisa de Don haciendo yoga rematada por el anuncio de Coca-cola. La mayoría de la gente lo ha interpretado como que se le ocurre la idea y vuelve al mundo de la publicidad. Sin embargo, algunas personas lo han interpretado desde una visión esperanzada y optimista (Don recupera el rumbo, será un enorme publicista) y otros desde una óptica pesimista (Don volverá a ese mundo de apariencias que es la publicidad). De ello podemos inferir, que efectivamente Mad Men es una serie tan rica en matices y abierta a la libre interpretación que nos sumerge en mil y un debates irresolubles. Ese desafío que supone para el espectador es uno de sus grandes logros. En cuanto a mi posición, yo soy pesimista, en mi vida en general y en este caso en particular. Don no volverá a ser Don, básicamente porque no es Don, no puedo serlo, no lo será jamás. Es Dick jugando a no ser él mismo. Weiner nos lo deja claro a lo largo de toda la temporada, sobre todo en el antepenúltimo episodio, el descomunal Lost Horizon (7x12), en el que Don intenta encontrar a su enigmática camarera, otra superviviente malherida de por vida; y en el trágico The Milk and Honey Route (7x13), en el que Don se encuentra con otro trilero de la vida como él, con otro Dick, con otro farsante, y exorciza los fantasmas de la guerra con aquellos veteranos. Por eso que vuelva al mundo del que ha huido implica volver a iniciar el ciclo de auge-caída, construcción-destrucción. Por muy alto que llegue, siempre estará condenado a precipitarse hacia el infinito. Pero a la vez, siempre habrá una esperanza, porque al momento más bajo, le sucederá el comienzo de un nuevo ascenso. La esperanza de seguir en pie cada día, para bien o para mal.

Saliendo del debate sobre la identidad de Don, ese anuncio de Coca-cola es una pulla deliciosa a las macro-corporaciones. Uno de los grandes símbolos del capitalismo y el poderío económico americano, apropiándose de las ideas hippies en su beneficio. Y Weiner se convirtió en Gramsci. El poder apropiándose de discursos contra-hegemónicos para perpetuar su hegemonía. Deliciosamente pérfido. Esto nos lleva directamente al debate histórico sobre la relevancia de Mad Men. En los últimos años, bajo mi percepción, en el pseudo-canon televisivo se está imponiendo la percepción de que The Wire y The Sopranos son las dos series más relevantes de la 3ª Edad de Oro de la televisión. A ellas se les suelen añadir Breaking Bad, The Shield o sí, Mad Men. Por ello resulta interesante comparar a las sacrosantas obras de Simon y Chase (y Weiner, ojo, que él se convirtió en autor allí, Don-Peggy, claro) con la creación de Weiner.

En una entrevista digital en El País, Enric González, antes de ser decapitado como muchos otros, dijo “en ciertos aspectos los guionistas (de Mad Men) tienen más mérito que Los Soprano o The Wire, porque se trata de una historia simple, sin venganzas mafiosas ni persecuciones policiales.” Así, mientras que The Sopranos y The Wire son series de acción, Mad Men es una serie de emoción. Y por otro lado, mientras The Wire es una serie que se maneja en el sistema social, The Sopranos y Mad Men lo hacen en el personal. Sin que ello implique que no se metan ambas a analizar sus respectivas épocas desde múltiples perspectivas. Porque lo hacen, sobre todo Mad Men, como bien hemos visto con la violencia, el racismo, la política o el machismo (esa secuencia del penúltimo episodio de Betty, su marido y el médico es, simplemente, de lo mejor que se ha escrito y dirigido este año). Esto me llevaría a decir que si trazo una línea entre las tres, The Wire y Mad Men ocuparían los extremos y The Sopranos estaría en el centro. Obviamente esta es una categorización de andar por casa. Sin ningún valor, sólo una reflexión rápida.

Aquí mando yo

Hasta ahora sólo he hablado de Don. ¿Y los demás? Los demás han tenido un cierre. Y sí, vuelvo al debate identitario. Los demás han encaminado sus vidas porque saben quién son y hacia dónde se dirigen. Hacia el futuro. Don en cambio se dirige a un futuro que es, de nuevo, el pasado. Peggy (Elisabeth Moss ha crecido ante nuestros ojos hasta transformarse en una de las mejores intérpretes de su generación) ha encontrado la estabilidad emocional y laboral que necesitaba, la realización en los dos planos que siempre parecía inalcanzable. Tanto ella como Joan (Christina Hendricks, ácida y delicada, una bomba) han completado su proceso de empoderamiento en un mundo recalcitrantemente machista. Ambas son fascinantes y sólidas como rocas. Pocos personajes femeninos han tenido una evolución tan rica desde el arranque de su relato hasta el final del mismo como Peggy y Joan. El viaje personal de Pete (Vincent Kartheiser, un actor viscoso, fantástico) también ha sido extraordinario, un viaje de redención. Pete siempre fue ese hombre que se dejaba manejar por sus diablos interiores. A veces mezquino, otras autodestructivo. Pero por fin ha descubierto qué es lo que quiere en la vida. Ha tropezado (sobre todo moralmente) tantas veces que al final ha aprendido. Los seres humanos, a veces, sólo aprendemos a base de palos. Y el proceso de Roger (John Slattery, siempre tan encantadoramente irónico) ha sido similar, pero sin tanta hondura moral y con más LSD y jovenzuelas. En cuanto a Betty (January Jones, gélida e inaccesible) y Sally (Kiernan Shipka tiene un gran futuro por delante), esa madre y esa hija siempre al borde del acuchillamiento mutuo, han encontrado la paz antes de la muerte de la primera. Es triste ver como a veces, sólo ante situaciones trágicas somos capaces de unirnos. Weiner maltrató durante varias temporadas al personaje de Betty, pero por fin nos la ha devuelto. Betty sigue siendo fría, estirada y conservadora hasta el final. Deslizándose hacia lo inevitable aferrada a sí misma. “He sido toda mi vida una luchadora, por eso sé cuando retirarme”. Su dignidad ante lo inevitable tiene una fuerza demoledora, así como la madurez que ha alcanzado Sally. Retomemos lo que dije de Peggy y Joan, qué progresión dramática la de las mujeres de Mad Men, qué maravilla. Otra vez: ¡qué jodida maravilla! El plano de Betty sentada fumando y Sally fregando los platos es precioso, triste, sencillo, sincero, enternecedor. Todo en uno.

Un plano para la historia

Para terminar, quiero pararme en la oda al teléfono que se ha marcado Weiner en ese Person to person (7x14) final. Todos los grandes momentos dramáticos del capítulo, salvo la despedida Peggy-Pete, han sido con el teléfono de por medio. Todos. Es como si Weiner convirtiera el discurso de aceptación del Oscar de JK Simmons en arte. Jódete whatsapp, viva el teléfono. Viva la posibilidad de hablar con una persona, de escuchar su voz, su risa, su tristeza. La última conversación telefónica entre Don y Peggy es ya una de mis secuencias televisivas favoritas. Algunos sostienen, quizás con razón, que el elemento telefónico le restó garra al momento cumbre del capítulo, la despedida de los dos protagonistas. Pero es más coherente en el relato que hilvanó Matthew Weiner. Don está perdido, no es más que un quejido al otro lado de un aparato, a miles de kilómetros de distancia. Don se está deshaciendo como un azucarillo que cae sobre el café. La caída, siempre la caída. Y Peggy no puede hacer nada por evitarlo. Nadie puede arreglar a Don, porque es un puzle irresoluble, ya que de partida le faltan piezas.

Voy a parar de escribir ya. Es difícil dejar de hablar de algo que me apasiona. Mad Men es, quizás, la serie que más me ha vapuleado emocionalmente en mi vida. Es muy importante para mí. Siempre lo será. Pasarán los años y la seguiré idolatrando. Se la pondré a mis hijos. Y a mis nietos. Pervivirá, porque las obras maestras son imborrables.

viernes, 20 de febrero de 2015

Los No-Oscar 2014 V: Actrices

ACTRIZ DE REPARTO

5. Imelda Staunton por Pride
Es increíble el poco respeto general que se le tiene a Staunton frente a otras grandes damas del cine británico como Helen Mirren o Judi Dench (Maggie Smith y Vanessa Redgrave juegan en otra liga, en mi humilde opinión). Staunton vuelve a demostrar en Pride que es una actriz total, capaz de encarnar a cualquier tipo de personajes con la misma solvencia. Saltar del drama a la comedia en un mismo plano y resultar brillante en todos y cada uno de sus registros. En Pride emociona y hace reír. ¿Qué más se le puede pedir?

4. Érica Rivas por Relatos Salvajes
Ni Darín, ni Sbaraglia, ni la concha de tu madre, la verdadera estrella de ese circo de pista múltiple que es Relatos Salvajes es sin duda alguna La Novia (Uma, siempre en mi corazón), interpretada con un desparpajo, una densidad y una capacidad de mutación impresionantes por Érica Rivas. Si el gran personaje femenino del año es la Amy Dunn de Rosamund Pike en Gone Girl, La Novia de Rivas es su reflejo en clave de retorcidísima comedia. A partir de ahora cuando alguien me pida que lo grabe, huiré despavorido.

3. Jessica Chastain por A most violent year
Hemos incurrido, yo el primero, en una glorificación desmedida de Jessica Chastain en el último lustro. La histeria ha llegado al punto de pedir premios para ella antes de ver su interpretación o indignarse, como este año, porque la dejaran fuera de los Oscar. Jessica Chastain está fantástica en A most violent year. ¿Hay alguna vez que no lo esté? Despoja a su rostro de toda candidez y se transforma en un complejo cruce entre femme fatale y matriarca todopoderosa. Aunque yo sí la hubiera nominado (mi quinteto sería Arquette, Stone, Clément, Watts y Chastain), no me parece ningún escándalo que no se colara en la terna. Otros trabajos mejores de Chastain están por llegar. Arranqua el film con mucha energía, devorando cada una de sus secuencias, desprendiendo muchísima tensión con la mirada, pero durante la segunda hora su personaje se diluye, y el film se transforma en el via crucis personal de Oscar Isaac. Jessica Chastain firma otro personaje hipnótico para una carrera que en menos de un lustro ya es digna de ser recordada.

2. Naomi Watts por Birdman
Si Michael Keaton y Edward Norton se parodian a sí mismos (y algo más, reflexionan en profundidad sobre sus carreras y sus miedos), Naomi Watts, en un trabajo sutil, delicado, hace algo similar. Esa actriz con talento atormentada por sus inseguridades y malas decisiones es una de las composiciones más valientes y delicadas que ha hecho jamás Watts. Bien merecía la nominación al Oscar. Pena que el (enorme) trabajo de Emma Stone la eclipsara. Volverá a ofrecernos otras grandes interpretaciones, seguro.

1. Suzanne Clément por Mommy

Suzanne Clément, al igual que Anne Dorval, retoma una variante del personaje que ya interpretó hace 5 años en la ópera prima de Dolan, la profesora que funciona de pegamento entre una madre y un hijo a la deriva. Entre medias, dio un recital interpretando a la protagonista de Laurence Anyways, esa mujer enamorada sumida en una relación imposible. En su tercera colaboración con Dolan, entrega una interpretación superlativa como una mujer con problemas para hablar, asustada, triste, deprimida. Un trabajo muy sutil, la calma entre los dos protagonistas del film. Fabulosa.

ACTRIZ PROTAGONISTA

5. Kristen Wiig por The Skeleton Twins
Poco a poco, Kristen Wiig se está convirtiendo en una gran actriz de comedia dramática. Le falta hacer un film con un gran cineasta (hola Alexander Payne, hablo contigo), pero desde luego The Skeleton Twins es un gran paso adelante en su carrera como actriz de nivel. Esta hermana autodestructiva y perdida en su vida, aburrida, que vive en estado de hibernación, es un papel muy jugoso con potentes secuencias tanto cómicas como dramáticas, y Wiig borda con la misma solvencia unas y otras. Su fantástica química con Bill Hader me ha regalado algunos de los minutos más divertidos de mi año cinéfilo.

4. Scarlett Johansson por Under the skin
En los dos años que llevo haciendo Los No Oscar en este blog, tres nombres se han repetido ambas veces. De Gyllenhall e Isaac ya hablé ayer, hoy es el turno de Johansson, que si el año pasado puso su voz al servicio de la historia de Spike Jonze en Her, este año (en realidad estamos ante un film de 2013 también) entregó su cuerpo a la exhibición audiovisual de Jonathan Glazer en Under the skin. Una interpretación tan física y magnética como el propio film. Era fácil caer en el ridículo, y Johansson no lo hace. Vuelve a estar, otra vez (he aquí un fan fatal), fantástica.

3. Elisabeth Moss por The One I love
Los que me conocen sonreirán al ver a Elisabeth Moss en esta lista y por una película que no conoce ni el tato. Sí, es cierto, soy totalmente parcial con respecto a Moss, la quiero demasiado. La quiero desde que era la hija de POTUS en The West Wing. La quiero por Top of the lake pero, obviamente, la quiero sobre todo por Mad Men. Hecha la confesión, Elisabeth Moss está brillante en su papel [SPOILER] doble, en esta cinta de ciencia ficción conceptual (sí, me acabo de inventar, precisamente, el concepto), en la línea de Coherence, Another Earth o The Man from Earth, es decir, grandes ideas, presupuestos mínimos. La película se juega toda su credibilidad en la capacidad de Moss y su partenaire, el niño bonito del indie, Mark Duplass, de sostener una premisa muy retorcida y que empuja a sus protagonistas a sacar a la luz lo peor de sí mismos. Elisabeth Moss está increíble, pintando esa fragilidad, esa furia, esos monstruos parapetados en lo más oscuro de sus entrañas. También está resplandeciente, casi chispeante, en los momentos de enredo o de comedia negrísima. Es un trabajo muy complejo y completo. Una pena que la película haya pasado totalmente desapercibida ya no sólo en los premios, sino entre crítica, público y cinéfilos.

2. Jenny Slate por Obvious Child
Sin duda alguna Jenny Slate ha sido la actriz cómica del año (los Golden Globes haciendo siempre tan bien su trabajo oiga). Es imposible no reírse con ella en Obvious Child. Ya sea haciendo stand-comedy, ligando o lidiando con sus crecientes problemas. Slate logra conseguir que hasta las secuencias dramáticas del film sean graciosas, y que tengan mucha chispa. Obvious Child duele cuando menos te lo esperas, y ello se debe en parte a que Slate logra dotar al personaje de un patetismo enternecedor, de una ironía dulce.

1. Anne Dorval por Mommy

Para los que creíamos que la Katey Sagal de Sons of Anarchy era la choni de mediana edad definitiva, Mommy nos ha demostrado que estábamos equivocados, Sagal es un terremoto pero no tiene la naturalidad y la hondura dramática de Anne Dorval, la mujer que sustenta en su casi inquebrantable optimismo e instinto de supervivencia, gran parte de la película de Dolan. Si Anne Dorval no fuera la bestia interpretativa que es, que tan rápido se pasa de la comedia al drama, de la romcom al cine social, del drama psicológico al emocional, sin todo eso, Mommy no sería la película mayúscula que ha terminado siendo. Dorval hace creíble y palpable cada una de sus secuencias. Inspira ternura, respeto, cariño y fascinación. Tiene una presencia apabullante. Es una fuerza de la naturaleza. Ella y no la solvente, pero corriente, Felicity Jones de la aún más corriente The Theory of Everything debería haber estado nominada al Oscar. Hubiéramos tenido uno de los quintetos de actriz protagonista de mayor nivel de la historia. Pero la desaparición del film frente a Ida o Leviathan y la presencia de la descomunal Marion Cotillard de Deux jours, une nuit, hizo imposible el sueño. Aquí está mi No-Oscar, Señora Dorval.