Mostrando entradas con la etiqueta Regina King. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Regina King. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de marzo de 2016

American Crime y las vergüenzas de nuestras sociedades

AMERICAN CRIME – Temporada 2



Cuando ABC estrenó American Crime, una historia americana sobre el racismo, las expectativas estaban por todo lo alto, porque el proyecto venía firmado por el guionista John Ridley, que un año atrás había ganado el Oscar por 12 years a slave. ¿Quién mejor que el hombre que había adaptado la terrible historia de Solomon Northop para hablarnos del racismo actual, mucho tiempo después de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos? Aquella primera temporada de American Crime fue una sucesión de calculados golpes al riñón de un país en el que la herida de la esclavitud sigue supurando en forma de racismo. Con un estilo narrativo seco, una puesta en escena sucia y urbana, y un ramillete de personajes llenos de prejuicios, la serie se situó entre lo más estimulante de la televisión estadounidense de la temporada pasada. A pesar de sus bajísimas audiencias, ABC le dio una segunda temporada a esta antología, que más que criminal, es, sobre todo, americana. Tras ver la segunda temporada, podemos afirmar que Ridley ha planteado American Crime como un mosaico de las vergüenzas latentes de Estados Unidos, y qué es lo que pasa cuando dejan de estar latentes y se visibilizan en forma de explosión violenta, de odio.

De la California teóricamente cosmopolita, liberal e interracial de la primera temporada, hemos pasado a Indiana, en el corazón del Midwest, dónde la cuestión racial, que sigue siendo relevante, porque al fin y al cabo lo es en todo el país, comienza a tener una importancia creciente. Sin embargo, aquí el racismo deja paso al clasismo y a la homofobia. Un joven denuncia, tras intentar ocultarlo, haber sido violado en el transcurso de una fiesta del equipo de baloncesto de un instituto privado. A partir de ahí salta por los aires la paz aparente que reinaba en la comunidad. Concatenándose dos crisis, la social y la familiar. A la cada vez más amplia brecha entre las clases acomodadas y las desfavorecidas, se une un creciente desapego entre lo que los padres quieren para sus hijos y lo que sus hijos sienten, necesitan, temen o anhelan.

A partir de aquí, posibles spoilers

Esta segunda temporada de American Crime bucea en las fracturas sociales, familiares y personales de nuestras sociedades occidentales. En el plano social, retrata cómo el mundo es manejado por las personas que detentan el poder. A través de la manipulación masiva que hace de la historia de la violación la directora del instituto, interpretada por una gélida Felictiy Huffman, una de esas villanas terribles, tanto por lo que hace, como por lo plausible que resulta. Como vemos a diario en las noticias, esas personas que controlan el tablero siempre acaban cayendo de pie, por muy graves que sean las acciones que cometen. American Crime visibiliza así la corrosiva corrupción que nos asola. Ya sea institucional o moral.

En el plano familiar, American Crime reincide en una idea que ya sobrevolaba en la primera temporada: no conocemos a nuestros seres queridos. En la era de la comunicación global, instantánea y constante, nos hemos convertido en seres profundamente incomunicados. Ya otras series como The Leftovers han abordado este drama de primera magnitud. En la serie de Ridley se ven las dos caras de esa moneda. Por un lado, la hiperconexión, con los mensajes que se mandan los adolescentes implicados entre sí. Mensajes llenos de violencia, de dolor, de deseos que avergüenzan al que los tiene, de pulsiones inconfesables cara a cara. De hecho la diferencia entre cómo es uno a través de las redes “sociales” y cómo es uno en persona está en el centro de la trama. ¿Y si en el fondo nuestro yo de las redes sociales se parece más a nuestro yo interior que al que dejamos ver exteriormente? Ouch.

Por otro lado, tendríamos la incomunicación. Entre parejas, entre amigos y, sobre todo, entre padres e hijos. Así tenemos a cuatro madres que han sido incapaces de leer a sus hijos. En primer lugar la madre de la supuesta víctima, interpretada por una desgarradora Lili Taylor, el rostro roto de la impotencia y de la culpabilidad. En segundo lugar la madre del cabecilla del equipo de baloncesto, interpretada por una rabiosa Regina King, más preocupada en el éxito de su hijo que en su propio hijo, y que emplea todas sus armas de persona acomodada y con buenas conexiones, para que éste salga indemne.  En tercer lugar, la madre del presunto violador, a la que da vida una viscosa Emily Bergl, que decidió esfumarse de la vida de sus hijos, evadir responsabilidades y encerrarse en sus miedos, prejuicios y taras. Y en cuarto lugar, la madre de la hija del entrenador, a la que encarna la siempre sensacional Hope Davis, que paralizada por sus propios problemas, es incapaz de evitar que su hija cometa los suyos.  Resulta interesante observar cómo son las madres las que cargan con la culpa de no conocer a sus hijos. Los padres se disuelven en la tragedia. Son ellas el motor de la historia, por sus acciones o por sus omisiones. Incluso aunque los padres estén presentes, sus actos son hacia afuera, jamás hacia adentro. En cambio, las interacciones entre madres e hijos nos dejan vislumbrar qué no ha funcionado en esos hogares, qué estaba roto. Ellas asumen, tras el estallido de la crisis, que sus casas están en llamas y que el incendio lo provocaron más los padres, que los hijos. Ellos no.



Si hasta ahora hemos hablado de los personajes adultos que pululan por la historia, es en el plano personal dónde podemos bucear en los sentimientos de los adolescentes que la protagonizan. El logro más extraordinario de esta segunda temporada de American Crime es, sin duda, el dibujo que hace de la psique de los teóricos antagonistas del relato, si es que este fuera un relato clásico: el adolescente presuntamente violado, interpretado por un frágil y destrozado Connor Jessup, y el presunto violador, al que da vida un turbador Joey Pollari. American Crime es un drama social, un drama familiar, pero sobre todo, un asfixiante drama psicológico. Durante los 10 capítulos que dura esta segunda entrega, perseguimos a estos dos chavales autodestructivos a los que la soledad, la tristeza y la incomprensión (de los demás, pero también de sí mismos) les han destrozado la vida. Ridley y su equipo podrían haberlos juzgado, y haber condenado al presunto violador, sin embargo no lo hacen. Lo fundamental no es saber si efectivamente se produjo la violación, sino indagar en las causas y en las consecuencias que tuvo para ambos, para sus familias y para su comunidad. Lo cierto es que los problemas de ambos no comenzaron con la violación, su camino hacia la destrucción había empezado mucho antes. Quizás por ello, y aunque a muchos espectadores los haya dejado insatisfechos, la decisión de Ridley de optar por un final bastante abierto es congruente con el relato. Ni sus problemas comenzaron con la violación, ni sus problemas terminarán con la resolución judicial de la misma y del posterior asesinato cometido por el personaje de Jessup, tras ser apaleado y amenazado por los compañeros de equipo de su agresor. Como bien podemos ver en el último plano de Pollari, no hay catarsis, sigue igual de destrozado, subiéndose a coches de desconocidos, buscando en su tacto unas emociones que no encontrará. Intentando diluirse en la piel de hombres que sólo buscan sexo fácil y hueco. En cierta forma Pollari toma el testigo del Joseph Gordon-Levitt de Mysterious Skin. Sobre todo en la terrible secuencia en la que uno de esos desconocidos lo golpea e intenta violarlo. No hay salida del laberinto. Ambos están irremediablemente rotos. Y esa es la parte del relato más aterradora y pesimista. Un relato que quizás en su recta final se dispersó intentado ocupar (ideológicamente) demasiados temas: la vigilancia en la era de internet, las armas, los asesinatos en institutos, el sistema judicial... Aún así, American Crime: Segunda temporada, es, ante todo, el letal retrato de una sociedad enferma.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

No podemos abrirnos a los demás

THE LEFTOVERS - Segunda temporada


Spoilers de toda la segunda temporada de The Leftovers

Muchas obras audiovisuales han reflexionado en los últimos años sobre la incomunicación y la soledad urbanas. De la Her de Spike Jonze a la Louie de Louis C.K. Son dos de los grandes dramas vitales que padece la ciudadanía de las sociedades occidentales actuales. Pero hay algo peor que no tener a nadie con el que compartir tus sentimientos: ser incapaz de hacerlo con las personas que te importan. The Leftovers hace hincapié en el dolor que sentimos (o nos auto-infringimos) al no ser capaces de compartir nuestro dolor con los que nos aman. Antes de la desaparición del 2% de la población mundial el matrimonio Garvey ya estaba viniéndose abajo. Básicamente porque no eran capaces de explicarle al otro lo que sentían. La frustración y el dolor que los estaba destrozando por dentro. La incapacidad de comunicarnos es un cáncer del alma que nos carcome lenta e inexorablemente. La insatisfacción compartida es menos insatisfacción.

El miedo a perder todo control sobre su propia vida, Kevin (Justin Theroux, pura entrega) lo entierra en lo más hondo de su alma. Su incipiente locura, la incapacidad de deshacerse de Patti (Ann Dowd, vaya monstruo interpretativo), ese fantasma del pasado que le recuerda todos sus errores y heridas, la sobrelleva sin decirle nada a nadie. Luchando porque nadie se entere de que está a punto de despeñarse, porque sabe (o cree) que nadie le entenderá. Cuando le confiesa a Nora (Carrie Coon, siempre un placer), desesperado, que Patti sigue estando allí, a su lado, estalla. Ya sin esa barrera incomunicativa auto-protectora, se abre a Laurie (Amy Brenneman, siempre misteriosa) cómo nunca se había abierto cuando estaban juntos. Y entonces, definitivamente derrotado, se inmola. Durante su estancia en el reino de los muertos (el hipnótico International Assassin, 2x08), mata a las diferentes Pattis que tenía en su interior. Exorciza sus propios miedos. Y renace. El Kevin resucitado, en cambio, es un libro abierto. Es más sincero de lo que nunca ha sido. Y más libre. Nosotros somos nuestra peor cárcel.


El tema de la incomunicación personal está en las entrañas mismas del relato de The Leftovers. Al fin y al cabo uno de sus elementos centrales y quizás el más perturbador es la existencia de una secta que no usa la oralidad para comunicarse, sino que sólo lo hace a través del lenguaje escrito y el no verbal. Patti, Laurie, Meg (Liv Tyler nunca ha estado mejor) y Eve son las cuatro personas que nos han metido de lleno a lo largo de estas dos temporadas en ese mundo. Las cuatro acabaron sin palabras, pero con pitillos en la boca, porque no podían escapar de su dolor ni transmitirlo. No podían encontrar a alguien que las ayudara. Bucear aún más en la personalidad de Patti nos ha ayudado a entenderla mejor. A entender por qué. Por qué tanto odio. Tanta rabia. Lo mismo se puede decir de Meg, que se apoderó de Ten Thirteen (2x09) y nos llevó, de la mano, pero casi a la fuerza, hacia la unión de los diversos caminos del relato. Quizás los motivos de Eve sean los que no nos han quedado claros. Los podemos suponer. La soledad que produce vivir en un hogar roto, bajo un padre violento y una madre con miedo.

Precisamente esa madre, Erika (Regina King, una de las mejores actrices de la TV actual) ha sido el gran epicentro emocional de esta segunda temporada de la serie de Damon Lindelof. Y los últimos 20 minutos de Lens (2x06) son, en mi opinión, los más crudos y devastadores de la temporada y, quizás, del año televisivo (empatados con la llamada de Don a Peggy en la series finale de Mad Men). Tras contener todo su sufrimiento a lo largo de la temporada (y a lo largo de los últimos años de su vida), Erika explota cuando están a punto de sacrificar a una cabra para pedir al ente divino que les devuelva a su hija desaparecida. En cierta forma, The Leftovers funciona así. El mundo en el que vivimos funciona así. No somos nada más que bombas de relojería a punto de explotar. Cuerpos cargados de dinamita que esperan, callados, invisibles, hasta que no aguantan más y estallan. Tras enfrentarse contra todo el pueblo, Erika libra una batalla final contra Nora, en la que las dos se abren de par en par (y a la fuerza) hasta intercambiarse (o vomitarse) todo su dolor. Todos los momentos miserables que las han llevado hasta ahí. Quizás sea el enfrentamiento más cruel de la televisión de este año. Este acto brutalmente comunicativo entre ambas las destroza, sí, pero también funciona de catarsis para ambas. Cada vez que los personajes de The Leftovers se abren a los demás, acaban aplastados, pero acto seguido comienzan a levantarse. El último capítulo, I live here now (2x10), es una oda a la comunicación, una invitación a entendernos, a personarnos, a recordar nuestras cicatrices, pero sin guardárnoslas para nosotros mismos. Hay personas a las que les resulta fácil abrirse a los demás. Yo no soy una de esas personas. Tampoco los personajes de The Leftovers lo son. Pero lo estamos intentando. Vivimos aquí ahora. En este mundo cada vez más aséptico, vacío, banal: artificial. Confiemos en las personas que nos quieren.