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domingo, 10 de abril de 2016

Crimen, raza y ¿castigo?

AMERICAN CRIME STORY: The People v. O.J. Simpson




American Crime Story aterrizó en la televisión estadounidense en medio de intensos debates sobre el racismo que aún impera en la sociedad americana y en su sistema político-legal. Estados Unidos sigue siendo un país dónde las tasas de mortalidad y de encarcelamiento de los hombres negros son muy superiores a las de los hombres blancos.  Tras el asesinato a manos de la policía de un joven negro desarmado en Ferguson (Missouri) en el verano de 2014 y los disturbios que dicho asesinato desataron, el problema del racismo ha vuelto a ser una prioridad nacional, recordando a todos los estadounidenses que la elección del primer Presidente negro no había cambiado ni las mentalidades de las personas, ni los procedimientos legales y de seguridad, ni los condicionantes socio-económicos. La televisión ha intentado reflexionar sobre el racismo en medio de este clima de tensión racial creciente. Ya sea de forma episódica, como The Good Wife o Scandal, ya sea a través de la comedia, como The Carmichael Show, o ya sea colocándolo en el corazón mismo de su relato, como en American Crime. Así, la televisión le ha ganado limpiamente la partida a su hermano mayor, el cine, dónde los negros siguen siendo invisibilizados por una industria gobernada por hombres blancos. American Crime Story: The People v. OJ Simpson, ideada y escrita por el tándem Scott Alexander y Larry Karaszewski, guionistas de The People v. Larry Flint, otro relato judicial mediático y mediatizado, bajo el auspicio del hombre-marca Ryan Murphy, aquí productor y director, ha venido a continuar y amplificar las reflexiones que todas estas series habían llevado a cabo antes, convirtiéndose en una de las ficciones más interesantes y trascendentes de este 2016.

(A partir de aquí se hablará abiertamente de lo acontecido durante el caso O.J. Simpson)

O.J. Simpson, un famoso jugador retirado de la NFL (la Liga de fútbol americano) es acusado de haber asesinado a su ex-mujer y a un hombre que se encontraba con ella en el momento del crimen. Tras darse a la fuga antes de ser detenido, y volver finalmente para entregarse, es sometido a un proceso judicial televisado en vivo y en directo para todo el país, llegándose a producir altercados en torno al mismo. A partir de esta jugosa premisa, Alexander y Karaszewski desarrollan un fantástico estudio de personajes, pero sobre todo elaboran un riquísimo estudio social de un país fragmentado y que no ha sabido enfrentarse a su doloroso pasado.

En el último capítulo de la ficción, el décimo, ya en su media hora final, tras darse a conocer el veredicto del jurado, el abogado principal del Dream Team de O.J. Simpson (Cuba Gooding Jr.), Johnnie Cochran (un inmenso Courtney B. Vance) se acerca, magnánimo en la victoria, al segundo de abordo del equipo de la fiscalía, Christopher Darden (Sterling K. Brown). Ambos son, además del propio O.J., las dos únicas personas negras relevantes en el relato, además, claro está, de los miembros de un jurado mayoritariamente compuesto por negros. Toda la secuencia transcurre en el interior de los juzgados, en un piso completamente vacío y entre claroscuros. Cochran, tras reconocer el inmenso trabajo llevado a cabo por Darden, le dice que una vez que las aguas se apacigüen, le encantaría ayudarlos para que vuelva “a formar parte de la comunidad”. La comunidad negra. A la que siguiendo las tesis de Cochran, Darden había traicionado al trabajar para unos aparatos legales y policiales, la Fiscalía y la policía de Los Ángeles, dominados por blancos, para encarcelar a un ciudadano negro. No a un ciudadano negro cualquiera, sino a un ciudadano negro famoso y respetado, al que Cochran, con su estrategia a lo largo del juicio, transformó en un símbolo del racismo sistemático contra los negros. Darden, que a lo largo del juicio había sucumbido una y otra vez a la manipulación que Cochran hizo de sus propios sentimientos, empujándolo hacia la traición a su propia raza, mantiene en esta secuencia una templanza que no había demostrado hasta el momento. Ya no tenía nada que perder, porque la sentencia del caso O.J. había destruido todo en lo que creía: una justicia igual para todos, basada en la verdad y no en la raza.

-    - Bueno, nunca me marché. ¿Crees que no entiendo la situación? La entiendo. Es venganza. O.J. es el primer acusado negro de la historia en librarse porque es negro.
-    - La gente verá quién es la policía en realidad...
-   - Y también lo bien que sabes darle la vuelta al sistema. No hay ningún escalón hacia los derechos civiles. La policía de este país seguirá arrestándonos, pegándonos, matándonos. No has cambiado nada para la gente negra aquí. Excepto, por supuesto, que eres uno rico y famoso en Brentwood.



Esta conversación resume a la perfección qué pretende contar la primera entrega de esta antología criminal. Cómo Cochran convirtió el caso O.J. en un juicio mediático masivo en torno a la corrupción de la policía y el racismo del sistema, sacando a la luz las heridas abiertas de un país que había vivido salvajemente la esclavitud y la segregación y dónde 25 años antes había sido asesinado Martin Luther King. O.J. un hombre negro, exitoso deportista y celebrity, que vivía en un barrio de clase alta, y por lo tanto blanco, rodeado de blancos, como su mejor amigo Robert Kardashian (David Schwimmer), y de espaldas a esa comunidad negra de la que hablaba Cochran, termina convirtiéndose en la última esperanza de dicha comunidad, en el hombre que encarna las ansias de venganza de millones de personas aplastadas por un sistema en el que no se ven representados. 

El juicio a O.J. Simpson y su sentencia exculpatoria, sacudieron a un país que a mediados de los 90, vivía una calma aparente, bajo la que supuraban el odio, el racismo, la violencia y el machismo. De hecho, destacaría fundamentalmente tres aspectos de ACS: su dibujo del racismo, no sólo de blancos hacia negros, sino también a la inversa, dibujando a un país profundamente dividido; la panorámica socio-cultural de los Estados Unidos pre-11-S y pre-masificación de internet, a través de la televisión cómo gran teatro del mundo; y en tercer lugar, cómo ahonda en la violencia, física, simbólica, laboral y mediática que genera el machismo. La fiscal Marcia Clark (la mejor Sarah Paulson desde AHS: Asylum) se convierte así en la protagonista del relato, teniendo a Cochran como antagonista. El sensacional y complejo dibujo que hace la serie de una mujer luchando contra terribles dinámicas de poder machistas es sensacional. Y alcanza su culmen en el maravilloso Marcia, Marcia, Marcia (1x06), en el que la fiscal tiene que lidiar a la vez con sus problemas familiares, la estrategia destructiva de su rival, el acoso mediático y sus propios miedos e inseguridades. El capítulo es un sensacional retrato del acoso al que se ven sometidas muchas mujeres en situaciones de poder en un sistema controlado por hombres. Junto con el último episodio y el antepenúltimo, el del jurado (sus prácticamente nulas deliberaciones en la finale son oro), uno de los episodios más vibrantes y lúcidos de una ficción que viajado a los 90 para reconstruirnos aquello años y demostrarnos que la sociedad americana no ha cambiado tanto, que sigue, como ya se veía en su hermana American Crime, acosada y fracturada por problemas muy similares.

lunes, 22 de febrero de 2016

El cable de qualité en los tiempos de Netflix

VINYL/BILLIONS/AMERICAN CRIME STORY



Hoy poy hoy, toda conversación sobre series de televisión termina, irremediablemente, incluyendo a Netflix. La plataforma ha conseguido situarse en el centro del panorama audiovisual mundial. Ya sea por la expansión de su negocio por casi todo el planeta, o por el vertiginoso aumento de su producción propia. Todo gira en torno a Netflix. Sus series son la nueva referencia seriéfila, hasta el punto de que Netflix parece ser una HBO para todos los públicos, una HBO de masas. Precisamente, estos canales de cable ven amenazados sus modelos de negocio por la pujanza de las plataformas online. Netflix busca producir a la vez obras audiovisuales de calidad, obras masivas y obras de nicho. Pretende ocuparlo todo, ya sea el espacio de Showtime, el de ABC o el de Comedy Central. Y lo está consiguiendo. Ello no implica que, efectivamente, los canales de cable de calidad puedan venirse abajo, pero desde luego la competencia de Netflix hace que tengan que potenciar su marca. Teniendo en cuenta este contexto, vamos a analizar, brevemente, los potentes estrenos invernales de HBO, Showtime y FX.

Vinyl (HBO)
El guionista Terence Winter vuelve a HBO, poco más de un año después del final de Boardwalk Empire, de la mano de Martin Scorsese para hablarnos de la industria discográfica en el New York de los 70. Drogas, mafias, violencia y mucha música. El piloto, de casi 2 horas de duración, está dirigido por el maestro Scorsese con el nervio habitual de su cine, dejando un buen puñado de secuencias espectaculares. Lo mejor del arranque, además de la dirección de Scorsese, fue un inconmensurable Bobby Cannavale, que da vida al protagonista, la excelente selección musical y la maravillosa fotografía de Rodrigo Prieto. Lo peor, algo común en Winter, es la frialdad que supura el conjunto. Vinyl necesita humanizar a sus personajes, transmitirnos la pasión que sienten por la música y dibujar tramas sólidas y novedosas. Si algo nos enseñó Boardwalk Empire es que no se puede emitir un juicio hasta que hayamos pasado el ecuador de la temporada. El arranque combina momentos portentosos, dignos del mejor Scorsese, con un claro desequilibrio narrativo. Podemos estar ante una gran obra, pero también ante una serie a ratos brillante, a ratos fallida. HBO, tras sus pobres datos de audiencia y unas críticas no tan buenas cómo cabía esperar, ha anunciado que está renovada para una segunda temporada.

Billions (Showtime)
Showtime se ha subido a la tendencia actual de escrutar el mundo de las finanzas que nos llevó a la crisis económica global de 2008. Billions sigue a un magnate financiero (Damian Lewis) y a un fiscal que pretende inculparlo (Paul Giamatti). Y en esta breve descripción de la trama principal están lo mejor y lo peor de Billions. Lo mejor, sin duda alguna, Damian Lewis y todas y cada una de sus secuencias. Han logrado construir un personaje complejo, egomaníaco pero también torturado por el peso de su poder (y de su ego). Lo peor, el personaje de Paul Giamatti, dibujado con brocha gorda, caricaturizado incluso. Que el presunto criminal sea un tipo con el que te irías de cañas, mientras que el representante de la ley es un hombre acomplejado y tiránico, es un problema. Tanto narrativo, cómo, sobre todo, moral. El personaje de Damian Lewis no es un antihéroe, está construido casi como un héroe, como una retorcida perversión de los personajes de James Stewart. Mientras que el de Giamatti es un villano al servicio, teóricamente, del bien común. Más allá de las dudas que todo ello me genera, Billions es una serie interesante, compleja pero bien explicada (hola, The Big Short) y que resulta muy entretenida. La audiencia ha respondido muy bien y en Showtime tienen que estar muy satisfechos.

American Crime Story: The people vs. O.J. Simpson (FX)
La factoría Ryan Murphy ha estrenado una nueva serie, American Crime Story, otra antología más para FX, esta basada en casos criminales reales de gran repercusión social. La primera temporada gira en torno al caso OJ Simpson, un famoso ex-jugador de fútbol americano que fue acusado del asesinato de su ex-mujer y el hombre que estaba con ella. Dicho caso, bajo el fantasma del racismo, sacudió los Estados Unidos de los 90. Por suerte, Murphy ejerce sólo como productor y director de los dos primeros episodios, dejando el control narrativo de la serie en manos de los veteranos guionistas Scott Alexander & Larry Karaszewski (The people vs. Larry Flint, referente obvio de esta serie). Así, American Crime Story guarda una continuidad formal con el universo Murphy, pero se aleja en el plano narrativo, ofreciendo un relato mucho más serio y contenido. American Crime Story acierta al construir el relato desde dos ángulos distintos, por un lado nos presenta el caso, tanto desde el lado de la defensa, con OJ (Cuba Gooding Jr.), su amigo Robert Kardashian (David Schwimmer), y sus abogados, Robert Shapiro (John Travolta) y Johnnie Cochran (Courtney Vance); como de la acusación, capitaneada por una sensacional Sarah Paulson en la piel de la fiscal Marcia Clark. Y por otro, haciendo una relectura socio-mediática de un caso que conmocionó al país y que generó un inmenso debate social, pero que también tuvo una honda repercusión en la cultura de masas. El caso O.J. Simpson es el juicio mediático por excelencia. Todo un país, pegado a la televisión juzgando a un ídolo caído. En su riqueza de capas y en su sabiduría para combinar lo criminal con lo mediático, lo legal con lo pop, residen las grandes bazas de una serie a tener muy en cuenta y que está logrando fantásticos datos de audiencia.

miércoles, 14 de octubre de 2015

El shondismo se expande, el murphysmo se contrae


Más allá de los grandes autores televisivos (Simon, Weiner, Sorkin, Gilligan, Ryan, Winter…) y de una nueva generación de creadores (Esmail, McKinnon, Dunham…), hay dos nombres que acumulan hoy por hoy mucho poder e influencia en la televisión estadounidense: Shonda Rhimes y Ryan Murphy. La primera reina plácidamente en el territorio dramático de las networks, el segundo, trabaja a caballo entre el cable y la televisión en abierto. Ambos, al igual que la mayoría de los autores del cable que hemos mentado anteriormente, trabajan siempre con las mismas cadenas, Rhimes con ABC, Murphy con el conglomerado FOX (con la network del mismo nombre y con su canal de cable, FX). A pesar de que no despiertan la unanimidad crítica de otros grandes nombres y que tampoco ejercen un control tan férreo sobre sus series, es innegable la autoría de ambos sobre sus producciones. Su influencia es tal, que me voy a tomar la licencia de emplear los conceptos shondismo y murphysmo (perdón si puede resultar sexista usar el nombre de ella y el apellido de él, pero Shonda es Shonda y Ryan es un nombre muy random). Lo haré para analizar los caminos que ambos están emprendiendo. Para ello, parto de la teoría de que mientras Rhimes se abre cada vez más a todo tipo de públicos y su influencia ha desbordado a su propia productora, Murphy hace series para sus seguidores, cada vez más inaccesibles para otro tipo de espectadores, profanos en su mundo.

Shonda’s ABC

La actual programación de ABC podría dividirse en dos tendencias, por un lado las series familiares (Once upon a time, Modern Family, The Middel, Blackish, Fresh off the boat…) y por otro, los dramas culebronescos, que estén o no producidos por Shondaland (la productora de Rhimes) son, en su práctica totalidad, puro shondismo. Así, tenemos el bloque de la noche de los jueves en el que se emiten las tres series de Shondaland: la veterana, Grey’s Anatomy, la canónica, Scandal (Escándalo para los amigos) y la aperturista, How to get away with murder. Pero también series que se mueven por parámetros parecidos, como la veterana Nashville, con sus peleas de bitches, sus corruptelas y sus líos empresariales, o la debutante Quantico. Si el estreno la temporada pasada de HTGAWM, marcaba una nueva fase de expansión en el universo Shonda, al ser una serie de su productora pero en la que ella no escribe ni ejerce de jefa, Quantico supone la confirmación de que el shondismo se ha apoderado de ABC. La serie, que se centra en una agente del FBI acusada injustamente de cometer un atentado terrorista, es una especie de Homeland pasada por el filtro del shondismo, con sus líos de alcoba, sus torsos sudorosos y, sobre todo, sus giros de guion loquísimos. La serie está contada desde dos líneas temporales, por un lado el pasado, en la academia del FBI, que recuerda, inevitablemente a Grey’s y Murder. Por otro lado, el presente, que va más en la línea de serie conspiranoica pura, que tanto gusta en USA, y con la que juega de forma muy efectiva Scandal. Lejos de anquilosarse, el shondismo sigue abriéndose a nuevos géneros y temas, adaptándolos desde un estilo narrativo claro y que mezcla diversión sin prejuicios, incluso mamarracha, con seriedad (otra cosa es que al espectador le parezca seria la mezcla). En la midseason llegarán a ABC, una nueva serie de Shondaland, The Catch, y otro drama conspiranoico con una guionista, salida de esta factoría, detrás, The Family.

Sólo escribo para mí

Si el shondismo se expande y no exige fidelidad(espectadores que no ven Grey’s en cambio se acercan a Murder, por ejemplo), el murphysmo se contrae y se vuelve casi una religión. Su nueva serie, Scream Queens, no deja de ser la fusión de las dos principales ramas de su universo: la teenager (Popular, Glee) y la “adulta” (Nip/Tuck, American Horror Story). No hay nada nuevo. Es el Murphy de siempre elevado a la máxima potencia. Por eso Scream Queens está llamada a enamorar a su público objetivo y resultar chirriante para todos los demás. Ryan Murphy y Brad Falchuk escriben, únicamente, series para sí mismos. Si te gustan bien, sino, vete a otro lugar. Su universo funciona por contracción, casi como si estuvieran destilándose a sí mismos, persiguiendo la esencia última de su obra. Esto se ve en Scream Queens pero también en American Horror Story: Hotel. Si el shondismo aplica su fórmula base a nuevos productos, intentando seducir a nuevos espectadores, el murphysmo reutiliza tanto géneros como fórmulas para seducir a los ya seducidos. Una corriente busca cazar al público generalista, la otra se enfoca a su público nicho, y si de paso incorpora nuevos espectadores, mejor, pero no es prioritario. Así, Scream Queens es vista (y defendida) por los seguidores más fieles, no son muchos pero son ruidosos y están entregados a la causa. Las bajas audiencias se ven compensadas por la alta repercusión social. En cambio Hotel, ha arrancado con muchos espectadores, entre los cuales hay convencidos y escépticos. Estos últimos no son nuevos espectadores, y aquí está el quid de la cuestión, sino antiguos convencidos que hoy se acercan a la marca AHS y universo de Murphy con cautela. ¿Por qué? Porque en su afán ser cada vez más excesiva, mamarracha, esteta, banalmente violenta y pura, la serie ha terminado por expulsar a los seguidores que no creen en el estilo narrativo del tándem Murphy/Falchuk a pies puntillas. AHS comenzó siendo una serie de terror (más bien un thriller psicológico) con toques de humor netamente murphyanos, para convertirse en un show murphyano con trazos, dejes y reminiscencias del thriller psicológico y del cine de terror. El cambio ha sido lo suficientemente grande como para disminuir el número de fans entregados, pero a la vez aumentar la entrega de los mismos. Por ahora seguiré viendo Hotel, pero ya me he bajado de Scream Queens, no es una serie para mí. Eso sí, no han engañado a nadie, Coven, Freak Show, Hotel y Scream Queens han dado lo que prometían: Ryan Murphy en vena.

martes, 4 de noviembre de 2014

Una historia americana sobre los marginados

AMERICAN HORROR STORY. FREAK SHOW


He aquí una actriz descomunal


American Horror Story. Freak Show, ya ha completado su primer acto, el de presentación, tras la emisión de su capítulo doble de Halloween. Si tras los dos primeros episodios creía que Freak Show podría ser otro chasco como Coven, tras Edward Mordrake (4x03-04) tengo la esperanza de que estemos ante una temporada del estilo de Asylum. Materia prima hay. Tanto por personajes como por posibles tramas. Es verdad que hasta ahora sus mejores secuencias han sido las puramente terroríficas o las que han estado centradas en el pasado de sus personajes, y que por lo tanto el devenir del relato aún se vislumbra entre tinieblas.   

Echando la vista atrás, la antología de Ryan Murphy y Brad Falchuk, más que ser un conjunto de historias de terror, es una gran historia sobre los desheredados. Aquellos que han sido apartado por y del sistema (o Sistema, más bien) y malviven en los márgenes. Locos, brujas y ahora personas con malformaciones. Esto sin hablar de los muertos, porque al fin y al cabo ¿hay alguien más dejado de lado que ellos, que ni siquiera siguen entre nosotros? Podemos mirar por lo tanto a AHS como una serie que habla del poder. Obviamente no estamos ante Game Of Thrones o The Good Wife. En AHS el poder no es un poder político, es un poder más incoloro, que es intrínseco a nuestra forma de vida en sociedad. Hay relaciones de poder en todas partes. En esta serie nos hablan del poder definir normas sociales: “qué es lo normal” y el poder de marginar a los que se salen del molde. No por placer, sino por miedo. Y justo aquí es dónde recordamos que estamos ante una historia de horror. Miedo a lo desconocido, a lo disruptivo, a lo incontrolable. La locura o la magia no son controlables. Tampoco la muerte, claro. Y en Freak Show, como si estuviéramos ante un proceso acumulativo, hay las tres cosas. Esta cuarta temporada es un compendio de lo relatado en las anteriores. Teniendo en cuenta esto, su éxito o su fracaso residirá en si es capaz de construir una historia sólida con una dirección clara o simplemente se quedará en retazos de genialidad. Si el monstruo de Frankenstein será un éxito o un fracaso.

Conocer el pasado de algunos de los personajes más relevantes de Freak Show, ha servido para recordarnos que la historia de los marginados es una historia de dolor y decepciones. De hecho, tanto los personajes de Jessica Lange y Kathy Bates, como el del payaso asesino, son seres apaleados por una sociedad que destruyó sus sueños y los marginó. Se precipitaron desde el esperanzador éxito al más cruel de los fracasos. Toda relación de poder necesita como mínimo dos partes, curiosamente en AHS, ambas partes se mueven por los mismos motivos: el miedo. La gente “normal” por miedo a lo desconocido, los desheredados por miedo al rechazo. Vivimos, por lo tanto, en un mundo controlado por el temor. Y como está controlado, no es libre. No somos libres. Ya no es que estemos presos de los grandes poderes políticos, económicos etc., que también, sino que además estamos presos de nosotros mismos, de nuestros instintos. La práctica totalidad de los personajes de AHS cometen actos malignos, o que desde un punto de vista moral o de justicia podríamos catalogar como tales. Sin embargo, la serie nos muestra que no son gente maléfica. A veces la vida nos lleva por caminos raros. ¿Puede una buena persona verse forzada a cometer un crimen? Quizás sí, porque somos animales sociales y nuestros actos no dependen en su totalidad de nosotros mismos. El mundo que nos rodea condiciona nuestras acciones en mayor o menor medida. Repito, no somos libres, quizás nunca lo hayamos sido ni nunca lo seremos. American Horror Story cuenta una historia que da miedo, aunque muchas veces estemos hablando de un miedo distinto al que produce una puerta que cruje. Un miedo más hondo. Miedo a vivir con miedo.

PD: Inspiración a cargo de Foucault y el cobre.

jueves, 29 de mayo de 2014

Historia de una derrota

THE NORMAL HEART




Este domingo HBO emitió The Normal Heart, tv-movie dirigida por Ryan Murphy (creo que no hace falta presentarlo a estas alturas) y adaptada, a partir de su propia obra, por el dramaturgo Larry Kramer. La película, ambientada entre 1982 y 1983, narra el estallido del SIDA en la comunidad gay de Nueva York a través de activistas e infectados, de hombres luchando (o no tanto) por su supervivencia. El protagonista es Ned Weeks (Mark Ruffalo, camino del Emmy) un escritor que tras intentar luchar contra su homosexualidad en su juventud, vive ahora completamente fuera del armario y en lucha constante contra la comunidad gay neoyorkina, por sus opiniones con respecto a la liberación sexual.

“La política gay es política sexual” Primera puñalada. Nos habían hablado ya  de los terribles años en los que el SIDA surgió en forma de epidemia devoradora, engullendo a parte de una generación de homosexuales, posiblemente la primera en Estados Unidos en vivir con cierta libertad. Lo más interesante de The Normal Heart no es tanto el retrato que hace de la enfermedad, es decir, el plano íntimo, como afecta a los enfermos, como los consume lentamente hasta matarlos, o como consume también a sus seres queridos hasta drenarles las ganas de vivir. No. Eso también está en la película, y funciona, e incluso conmueve (esos increíblemente azules de Matt Bomer apagándose...), pero no aporta nada nuevo. Lo que realmente hace valiosa a esta obra es su dimensión política, el retrato del activismo, de la lucha por lograr la atención de las autoridades. Si en Philadephia (Demme, 1993) se hablaba de discriminación y en Dallas Buyers Club (Vallée, 2013) del papel de las farmacéuticas, en The Normal heart Murphy y Kramer entran a reflexionar sobre el entramado asociativo que montó la comunidad gay para suplir la falta de apoyo del gobierno en la lucha contra la enfermedad. Y así volvemos al inicio de este párrafo, la agenda del activismo gay estaba únicamente centrada en la liberación sexual. No había un movimiento asociativo que reclamara derechos o visibilización del colectivo. Esto provocó que cuando tuvieron que afrontar la amenaza mortal que supuso el SIDA no estaban preparados. No tenían ni los medios, ni la experiencia y ni el valor. A gran parte de los líderes gays les faltó valor. Segunda puñalada.

En The Normal Heart se plantean dos formas antagónicas de alcanzar objetivos desde fuera de las esferas de poder. Puedes cambiar al sistema colaborando con él. O puedes cambiar al sistema enfrentándote a él. Mientras Weeks apostaba por lo segundo, usando cualquier plataforma para lanzar sus polémicos mensajes (“el Gobierno de Estados Unidos está dejando morir a los homosexuales”), el resto de sus compañeros en la lucha, creían en que debían mantener un perfil bajo, no incomodar al poder para así, finalmente, obtener su apoyo en la búsqueda de soluciones para frenar la epidemia. Esta dicotomía está presente en todos los actores que buscan tener cierta dimensión pública. Atacar o colaborar. Aquí mismo, ahora, en este país, en estos tiempos convulsos el asociacionismo está viviendo una época de efervescencia sin precedentes. Al final lo que hacía Ned Weeks no es muy diferente de lo que hizo estos últimos meses el hombre que esté en boca de todos en España actualmente, el eurodiputado electo Pablo Iglesias. La televisión como altavoz. Como medio para un fin político. Este agrio retrato político, de una dureza inusual con el activismo gay, es lo que aporta de novedoso e interesante The Normal Heart, una especie de Milk (Van Sant, 2008) escrita desde el reproche. Pudisteis hacerlo mejor.

Murphy (uno de los gays más poderosos de la Industria) y Kramer escriben así un ajuste de cuentas con  los líderes gays de los 80. The Normal Heart es ante todo la crónica de una derrota. Al final de la película no hay ni siquiera una pequeña victoria moral para el protagonista como sí las había en Philadelphia, Dallas Buyers Club y Milk. Queda sumido en una honda soledad. Derrotado frente al sistema externo (los poderes públicos) y al sistema interno (el resto de activistas). Solo ante el peligro. Un peligro llamado SIDA. Le ha salido una película cruda a Ryan Murphy, la obra más desoladora de su carrera. También la más dramática (aunque tiene esos pequeños estallidos de humor corrosivo marca de la casa) y la más ambiciosa. No es una película perfecta, sigo creyendo que Murphy no acaba de cuajar como director, que le falta estilo, orden, coherencia. Pero es una película muy bien interpretada (salvo Jim Parsons el casting está bien elegido), funciona muy bien narrativamente y sobre todo resulta interesante por ser tan incómoda, por lo oscuro que es su mensaje. Ayer mismo recibió 5 nominaciones en los Critic’s Choice Awards y será una de las producciones con más nominaciones y posibilidades de victoria en los Emmy. Mark Ruffalo, Julia Roberts (en el único personaje femenino, una doctora), Matt Bomer, Joe Mantello e incluso Taylor Kitsch pueden cazar nominación e incluso premio. A HBO le ha salido otra vez una jugada redonda. Su gran rival a priori será la Fargo de FX.

PD: Más de 30 años después, cada día se infectan de SIDA 6000 personas nuevas. La enfermedad sigue siendo una de las primeras causas de mortalidad en todo el planeta. Sobre todo en África, claro, ellos no tienen activistas que luchen por sus vidas, ni medios de comunicación que sirvan de altavoz, ni organismos públicos con capacidad de inversión, ni, claro, farmacéuticas interesadas en mercados de bajísimo poder adquisitivo.

jueves, 23 de enero de 2014

Un sí para el aquelarre

AMERICAN HORROR STORY. COVEN


Demasiadas zorras para tan pocas gallinas

Tras el entusiasmo inicial, muchos espectadores se sintieron decepcionados con el devenir de la tercera entrega de la antología American Horror Story, Coven (aquelarre). Si en Asylum cuanto más se sumergía uno en la historia más claro veía el plan maestro detrás del circo, en Coven pasó un poco como en la primera temporada, que la historia avanzaba a trompicones, como si las tramas fueran escritas sobre la marcha. Entiendo, por lo tanto, el desencanto de parte de la audiencia. Pero, yo he disfrutado tanto este recorrido lleno de baches y tramos cortados por obras, que no puedo negar que a mí Coven me entusiasma. Es obvio que no es Asylum, no tiene esa gravedad, esa entidad narrativa, esa complejidad, esa oscuridad malsana. Coven es puro hedonismo, diversión arrojada a calderos, duelos de zorras multirraciales (gracias), sangre y agujeros de guion muchas veces insalvables (las brujas a veces son muy poderosas y otras veces parece que no tienen ningún tipo de poder). Ah, y Jessica Lange reafirmándose en su título de GMILF definitiva.

Teniendo en cuenta esta vocación ligera, a veces incluso banal, no se le puede negar a Coven que ha sabido salpimentar los múltiples asesinatos y resurrecciones wtfuckeros con alguna reflexión interesante sobre el empoderamiento de la mujer, la aceptación (y la negación) de la muerte y la importancia de las tradiciones socio-culturales. Coven viene a profundizar en esa construcción audiovisual del sur de Estados Unidos como un lugar mágico y tenebroso, de tradiciones arraigadas, quizás frente a un norte carente de un poso tradicional marcado, industrial, urbano.

Interesante resulta también como trata la cuestión del arrepentimiento. En el penúltimo capítulo, Go to Hell (3x12, esa puta locura) Madame LaLaurie (que es un personaje histórico real) escupe que el arrepentimiento no existe, que las personas que dicen arrepentirse sólo se arrepienten de que las hayan pillado haciendo lo que no debían. Sólo se arrepienten de su propia estupidez. Es una visión muy oscura del ser humano. American Horror Story construye (como únicamente la lapidaria Black Mirror de Charlie Brooker diría yo) el retrato de una humanidad condenada a sobrevivirse a sí misma, a sus más bajos instintos. Atrapada en un círculo sin fin de fatalidad (aquí es dónde se viene a situar la cuestión racial y la esclavitud). Es imposible no ver el “la historia es una pesadilla de la que intento despertar” de James Joyce en esas pobres almas atrapadas en su propia inmortalidad.


Helen Mirren, I WIN

Volviendo al inicio, sí, Coven no ha sabido muy bien qué hacer con sus personajes, cómo dirigirlos, o más bien simplemente dirigirlos, ha jugado demasiado la carta del deus ex machina, ha dado la sensación de quedarse ensimismada en su propia mitología, atascada. Pero ha sido un producto divertidísimo, lleno de locura, muchas veces frívolo, sí, pero no hueco. Yo no me he aburrido ni un solo capítulo y en todos me he reído unas cuantas veces. El The Name Game de Asylum apuntaba a que AHS tenía mucho humor en sus cimientos que explotar. Y lo ha hecho, desde la secuencia de la motosierra a la paródica aparición de Stevie Nicks, pasando por Madame LaLaurie viendo Raíces. Ha sabido ser elegante y burda a la vez, gracias a sus actrices (todas extraordinarias, sí, hasta Precious) y a un trabajo de dirección que ha forzado una vez más los límites de la lógica visual. No sé como nadie le ha dado aún a Alfonso Gomez-Rejón una película de terror o un thriller psicológico en Hollywood para que lo dirija. Si a alguien le quedaba alguna duda de su talento, Go to Hell (el golpe sobre la mesa que necesitaba Coven para reafirmarse como un producto de primera) deja claro que Gomez-Rejón aún no ha tocado techo, o tierra, porque sus planos nunca nos dejan ver dónde tiene los pies... y la cabeza.