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miércoles, 14 de octubre de 2015

El shondismo se expande, el murphysmo se contrae


Más allá de los grandes autores televisivos (Simon, Weiner, Sorkin, Gilligan, Ryan, Winter…) y de una nueva generación de creadores (Esmail, McKinnon, Dunham…), hay dos nombres que acumulan hoy por hoy mucho poder e influencia en la televisión estadounidense: Shonda Rhimes y Ryan Murphy. La primera reina plácidamente en el territorio dramático de las networks, el segundo, trabaja a caballo entre el cable y la televisión en abierto. Ambos, al igual que la mayoría de los autores del cable que hemos mentado anteriormente, trabajan siempre con las mismas cadenas, Rhimes con ABC, Murphy con el conglomerado FOX (con la network del mismo nombre y con su canal de cable, FX). A pesar de que no despiertan la unanimidad crítica de otros grandes nombres y que tampoco ejercen un control tan férreo sobre sus series, es innegable la autoría de ambos sobre sus producciones. Su influencia es tal, que me voy a tomar la licencia de emplear los conceptos shondismo y murphysmo (perdón si puede resultar sexista usar el nombre de ella y el apellido de él, pero Shonda es Shonda y Ryan es un nombre muy random). Lo haré para analizar los caminos que ambos están emprendiendo. Para ello, parto de la teoría de que mientras Rhimes se abre cada vez más a todo tipo de públicos y su influencia ha desbordado a su propia productora, Murphy hace series para sus seguidores, cada vez más inaccesibles para otro tipo de espectadores, profanos en su mundo.

Shonda’s ABC

La actual programación de ABC podría dividirse en dos tendencias, por un lado las series familiares (Once upon a time, Modern Family, The Middel, Blackish, Fresh off the boat…) y por otro, los dramas culebronescos, que estén o no producidos por Shondaland (la productora de Rhimes) son, en su práctica totalidad, puro shondismo. Así, tenemos el bloque de la noche de los jueves en el que se emiten las tres series de Shondaland: la veterana, Grey’s Anatomy, la canónica, Scandal (Escándalo para los amigos) y la aperturista, How to get away with murder. Pero también series que se mueven por parámetros parecidos, como la veterana Nashville, con sus peleas de bitches, sus corruptelas y sus líos empresariales, o la debutante Quantico. Si el estreno la temporada pasada de HTGAWM, marcaba una nueva fase de expansión en el universo Shonda, al ser una serie de su productora pero en la que ella no escribe ni ejerce de jefa, Quantico supone la confirmación de que el shondismo se ha apoderado de ABC. La serie, que se centra en una agente del FBI acusada injustamente de cometer un atentado terrorista, es una especie de Homeland pasada por el filtro del shondismo, con sus líos de alcoba, sus torsos sudorosos y, sobre todo, sus giros de guion loquísimos. La serie está contada desde dos líneas temporales, por un lado el pasado, en la academia del FBI, que recuerda, inevitablemente a Grey’s y Murder. Por otro lado, el presente, que va más en la línea de serie conspiranoica pura, que tanto gusta en USA, y con la que juega de forma muy efectiva Scandal. Lejos de anquilosarse, el shondismo sigue abriéndose a nuevos géneros y temas, adaptándolos desde un estilo narrativo claro y que mezcla diversión sin prejuicios, incluso mamarracha, con seriedad (otra cosa es que al espectador le parezca seria la mezcla). En la midseason llegarán a ABC, una nueva serie de Shondaland, The Catch, y otro drama conspiranoico con una guionista, salida de esta factoría, detrás, The Family.

Sólo escribo para mí

Si el shondismo se expande y no exige fidelidad(espectadores que no ven Grey’s en cambio se acercan a Murder, por ejemplo), el murphysmo se contrae y se vuelve casi una religión. Su nueva serie, Scream Queens, no deja de ser la fusión de las dos principales ramas de su universo: la teenager (Popular, Glee) y la “adulta” (Nip/Tuck, American Horror Story). No hay nada nuevo. Es el Murphy de siempre elevado a la máxima potencia. Por eso Scream Queens está llamada a enamorar a su público objetivo y resultar chirriante para todos los demás. Ryan Murphy y Brad Falchuk escriben, únicamente, series para sí mismos. Si te gustan bien, sino, vete a otro lugar. Su universo funciona por contracción, casi como si estuvieran destilándose a sí mismos, persiguiendo la esencia última de su obra. Esto se ve en Scream Queens pero también en American Horror Story: Hotel. Si el shondismo aplica su fórmula base a nuevos productos, intentando seducir a nuevos espectadores, el murphysmo reutiliza tanto géneros como fórmulas para seducir a los ya seducidos. Una corriente busca cazar al público generalista, la otra se enfoca a su público nicho, y si de paso incorpora nuevos espectadores, mejor, pero no es prioritario. Así, Scream Queens es vista (y defendida) por los seguidores más fieles, no son muchos pero son ruidosos y están entregados a la causa. Las bajas audiencias se ven compensadas por la alta repercusión social. En cambio Hotel, ha arrancado con muchos espectadores, entre los cuales hay convencidos y escépticos. Estos últimos no son nuevos espectadores, y aquí está el quid de la cuestión, sino antiguos convencidos que hoy se acercan a la marca AHS y universo de Murphy con cautela. ¿Por qué? Porque en su afán ser cada vez más excesiva, mamarracha, esteta, banalmente violenta y pura, la serie ha terminado por expulsar a los seguidores que no creen en el estilo narrativo del tándem Murphy/Falchuk a pies puntillas. AHS comenzó siendo una serie de terror (más bien un thriller psicológico) con toques de humor netamente murphyanos, para convertirse en un show murphyano con trazos, dejes y reminiscencias del thriller psicológico y del cine de terror. El cambio ha sido lo suficientemente grande como para disminuir el número de fans entregados, pero a la vez aumentar la entrega de los mismos. Por ahora seguiré viendo Hotel, pero ya me he bajado de Scream Queens, no es una serie para mí. Eso sí, no han engañado a nadie, Coven, Freak Show, Hotel y Scream Queens han dado lo que prometían: Ryan Murphy en vena.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Ya es Navidad en Shondaland

Me encantaría poder decir que yo hice esto en el paint, pero no, es, de verdad, la imagen de la productora


Este jueves ABC emitió las winter finales (los yankees generando conceptos a la velocidad de la luz) de sus tres dramas producidos por Shondaland, la compañía de la todopoderosa Shonda Rhimes. Tras años buscando una serie que lograra sostener el inicio de esta noche en el horario de 8 a 9, la cadena de Disney descubrió que la solución llevaba una década en antena: Grey’s Anatomy. Adelantó de esta forma las dos series de Rhimes y en el hueco dejado por Scandal en el horario de 10 a 11, en el que las networks programan dramas (adultos, se supone), confió en otra serie de su factoría, aunque no esté escrita por la propia Shonda: How to get away with murder. Le han entregado así una noche entera de su programación, confirmando su posición de poder dentro de la industria televisiva, y a la vez han logrado que esta misma noche de los jueves, la más competitiva de la televisión americana, sea en la que mejores audiencias cosechan. Jugada redonda. Gana Disney y gana Shonda. Es lo que tiene el poder, que no suele perder nunca.

How to get away with murder o Ser más shondista que Shonda
Empiezo por Murder porque es la novata y porque al fin y al cabo es una sangre sucia dentro del shondismo. He de decir que era muy escéptico con ella. Sobre todo tras los primeros 4-5 capítulos. Los principales problemas que le veía eran: una protagonista que no era capaz de cargar con la serie, un coro de niñatos poco interesante a su alrededor (salvo el gayer turbio), y unos casos mal hilados con la trama principal. Y sus principales virtudes: la estructura a medio camino entre Revenge y Damages, su atmósfera nocturna y la inmoralidad de personajes e historias. Llegados a este parón de Navidad y a falta de sólo 6 capítulos, me bajo del carro de los escépticos y me sumo al de los convencidos. Murder es una serie que lleva el shondismo a territorios más oscuros. Dijo mi sestra, mientras veíamos el último capítulo, que el sexo en esta serie le resulta asqueroso. Yo no iría tan lejos, pero está claro que el sexo en esta serie es algo sucio. En realidad el sexo es poder en Murder. Y está desposeído de afecto. De hecho el principal problema que le veo ahora a la serie es que no me creo sus relaciones afectivas (salvo el affaire gayer turbio-chinorri riquiño). Algo que ya le pasaba a Scandal, y que desde luego no le pasa a Grey’s, que cuida mucho más los sentimientos. En el fondo Murder es la profundización del modelo Scandal: mugre, giros y poder. Pero aquí sin restos de moralidad. Lo cual se agradece. El último capítulo, el que nos describe cronológicamente qué pasó la noche del crimen con el que empezó la serie, es desde luego, el mejor emitido hasta el momento. Con los giros justos y necesarios, con una mejor presentación de los personajes y con las dosis de oscuridad y oyoyoyoy necesarias. Nos quedan 6 capítulos de infarto. En ABC han aprendido del error que han cometido con Revenge y la decisión de que la temporada tenga sólo 15 capítulos no podría ser más acertada. Así sí.

Scandal o La coca nunca es suficiente (con spoilers)
Esta temporada de Escándalo empezó de una forma bastante dispersa, con las piezas del tablero bastante desperdigadas, y con el cansino triángulo amoroso Olivia-Jake-Fitz en el centro de la acción. Sus principales aciertos fueron colocar a Abby como secretaria de prensa de la Casa Blanca e introducir al personaje de Portia de Rossi como gran villana de este curso. Después, claro, reincidieron en errores del pasado: la agencia ultrasecreta del ultraperverso padre de Olivia; darle poca cancha al mejor personaje de la serie (Mellie); Huck y todo lo que tiene que ver con él; y la trama del puto de Cyrus, que junto con el conflicto en el imaginario West Angola nos recuerda que, de verdad, Shonda sigue creyendo que está haciendo The West Wing. Pero, como siempre, y a pesar de todos los fallos, Escándalo sigue siendo jodidamente divertida, sobre todo cuando se centran en la banalidad de la política en vez de en el ultraespionaje. Los guionistas manejan muy bien el ruido mediático y los golpes bajos de Washington, e incluso las conspiraciones más grandes que la vida misma, pero el espionaje les queda muy grande. En la winter finale, por fin, esa dispersión de las tramas se ha terminado. Ya tenemos un dibujo completo del mapa. Fitz escoge tan bien a las mujeres como a los Veeps. Las cartas están sobre la mesa y la protagonista a la intemperie tras intentar apagar la luz de ese sol de cocaína que era su todopoderoso padre. Ahora sí, que empiece el show. Sofá, palomitas y vino blanco preparados.
                                                                                                                                                            
Grey’s Anatomy o Eran las relaciones, ¡estúpida! (con spoilers)
A lo mejor esta impresión es algo que sólo tengo yo, pero a mí este arranque de temporada me está pareciendo lo mejor que ha hecho Greys en varios años. Tras las estúpidas tramas de “arruinamos el hospital”, “compremos el hospital” y “gestionemos el hospital”, creo que han recordado cual es el punto fuerte de la serie, las relaciones afectivas entre sus personajes. Así, hemos tenido dos capítulos que me han parecido fantásticos: el de Meredith buceando en su memoria de niña y el de la terapia matrimonial de Callie y Arizona. Y la winter finale camina en esa dirección, dejándonos un montón de frentes abiertos en el plano personal para después de navidades. El más importante, que venía gestándose desde la temporada anterior, es el ligado a la crisis matrimonial de Meredith y Derek. Como una ola que ves avecinarse pero crees que no te romperá encima. Se veía venir esta trama pero creíamos que no se atreverían. Pues bien, se han atrevido. Y la decisión es muy acertada porque Derek hace varias temporadas que no juega ningún papel en la serie, que como Owen, es un mero florero, y sobre todo porque necesitamos reconectar con Meredith. Tienes un problema grande cuando la protagonista de tu serie se ha vuelto insufrible, y eso pasó con Meredith el año pasado en su enfrentamiento a Cristina y ha vuelto a pasar este con su enfrentamiento con Derek y su nueva hermana. Greys necesita ayudarnos a entenderla, ayudarnos a que recobremos el cariño por su victimismo. No será fácil, pero si la tratan con cariño, estamos ante una trama que puede dar mucho de sí. Al igual que la de April/Avery, la de Geena Davis o la de Callie/Arizona. Greys es la primera serie que veo los viernes, creo que es el mejor indicativo de lo mucho que la estoy disfrutando.

lunes, 21 de abril de 2014

She is the scandal*

SCANDAL - Tercera temporada


Actriz de raza










Terminó el pasado jueves en ABC, la tercera temporada de Scandal (Escándalo para los amigos y para Jimmy Kimmel), el The West Wing meets Gossip Girl de la todopoderosa Shonda Rhimes. Con 3.4 en los demográficos logró el mejor dato de audiencia de su historia y se confirmó como el drama (¿?) de network de moda entre las masas, y sobre todo entre las señoras de Omaha (equivalente yankee a la señora de Cuenca). Si la primera temporada fue un ensayo y la segunda una explosión (de wtfuckismo) esta tercera ha sido quizás la que se perdió en el bosque tras tomar el camino equivocado. En la disyuntiva entre campaña electoral y conspiración de agencia de seguridad, Rhimes escogió la segunda. Y como en los dibujos animados, eligió el camino tenebroso lleno de depredadores.

A partir de aquí spoilers a cascoporro
La trama política, o lo que de ella quedó
Iniciábamos el curso con las elecciones presidenciales al final del camino. Shonda fichó a Lisa Kudrow (la primera y por ahora única actriz de verdad que ha pisado esta serie) como una ambiciosa y carismática candidata a la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Armó una trama interesante alrededor de ella, poniendo a Olivia Pope (Kerry Washington, dándolo todo, por desgracia) como su estratega de campaña. Lo lógico hubiera sido que a mitad de temporada Kudrow se deshiciera de Reston (candidato asesino nº 1) en las primarias y que Fitz (candidato asesino nº 2) hiciera lo propio con su propia y desertora veep, la desquiciada y cómicamente sublime Langston (candidata asesina nº 3). Dedicando los capítulos post-parón de Navidad a resolver cual de los dos sería el nuevo Commander in chief. Error. La trama de Kudrow se cerró precipitadamente con su retirada de las primarias con un trama de “mi hermana es en realidad mi hija” de por medio cutre hasta para esta serie. Y con ella se cerraron las puertas a la vía electoral. La campaña voló bajo el radar a pesar de que la incorporación de Langston (Kate Burton) le dio cierta vidilla. Pasó tan inadvertida que llegados a los últimos capítulos descubrí, ante mi asombro, que estábamos a 4 días de las elecciones, cuando yo pensaba que estábamos a cuatro meses. No hubo convenciones, casi no hubo sondeos, vimos 4 minutos de debate, Reston salió otros 4 en toda la temporada y no nos paseamos en bus de campaña por Ohio, Florida y Pennsylvania. No Ohio, no party.

Aún así, los mejores momentos de la temporada vinieron por este lado, lo cual corrobora la idea de que Shonda falló al planear la gira de su Freak Show este año. En primer lugar, nos dio la mejor secuencia de la serie, esa en la que Olivia hablando con el jefe de gabinete, Cyrus (Jeff Perry, la coca hecha actor)  se da cuenta de lo que dijimos antes, los tres candidatos a presidente son unos asesinos. Autoconsciencia pura. Parte del encanto trash de Scandal reside en que su equipo cree estar haciendo un solvente drama político cuando en realidad están haciendo trashismo televisivo metanfetamínico. ¿Cómo coño va a ser esta serie un producto de calidad? No, no lo es y esa secuencia demuestra que muy en el fondo ellos también lo saben. Scandal es puro delirio. En segundo lugar, nos dio esa maravillosa y demencial trama en la que el jefe de gabinete de la Casa Blanca empuja a su marido periodista a seducir al marido de la ultra-cristiana vicepresidenta, para destruir la posible carrera presidencial de la misma, trama que termina con ésta matando a su marido y el susodicho jefe de gabinete tapando el crimen. Esto sólo puede pasar en Scandal. El drama cómico definitivo. Y en tercer lugar, fue muy divertido como Shonda jugó, desde su propia visión oligofrénica, con la política USA. Por un lado lanzando a una vicepresidenta contra su jefe en la carrera por la reelección, cosa que no pasa desde el inicio de la Unión. Por otro, mostrando a su manera el magma ideológico que es el GOP (el Partido Republicano). Mientras Fitz (Tony Goldwyn) representa lo que en la vida real es el GOP moderado y pro-negocios (en Scandal en realidad Fitz es un peligroso comunista que ama a los inmigrantes, la educación, los gayers y la sanidad), Langston ejemplifica al GOP cristiano radical (no confundir con el Tea Party o los libertarios, igual de locos, pero que son otras facciones extremistas). En el Juego de Tronos de Scandal, los ultra-cristianos están locos (y son unos asesinos), los republicanos moderados son unos viciosos (y son unos asesinos) y los demócratas son simplemente unos asesinos. Bien. La mirada al mundo de la política americana de Shonda Rhimes es algo así como la secuencia en infrarrojos de Kill Bill. Cambiando la katana de La Novia por un pene de plástico.

La gran conspiración
Sin embargo el eje de esta temporada de Scandal fue el B-316, esa agencia gubernamental secreta (y que se finanza gracias a un algoritmo: guau) que tiene lo peor de la NSA, lo peor de la CIA, lo peor del Ejército y lo peor del FBI. Todo en uno. El mal definitivo. Así, nos movimos todo el rato en el peligroso terreno de la conspiranoia con personajes tan desatados como el padre de Olivia, todopoderoso comandante de la agencia, que tras caer en desgracia monta su propio plan de asalto al poder a lo House of Cards, la enajenada terrorista madre de Olivia, con una agenda criminal tan esquizofrénica como ella misma o “el otro hombre” de Olivia, ascendido a comandante de la agencia que supuestamente le destrozó la vida. El problema de todos estos mimbres no es lo absurdos que resultan, sino lo poco graciosos que terminan siendo. Este juego de ajedrez de atentados y amagos no acaba de cuajar no por ser completamente surrealista, sino porque no es divertido, porque esta gente no habla sobre gladiadores con traje o el six pack de líder del mundo libre. Se supone que son gente seria, pero sólo son gente aburrida.

About Mellie y el thriller psicosexual  definitivo
Filosofía americana
Mi personaje favorito de la serie, por ser la más fiel representación del público objetivo de la misma es Mellie (Bellamy Young y sus caras de crazy bitch 500 pueblos más allá de un ataque de nervios), esa primera dama puteada por su marido que nos tiene que caer mal porque le gusta mucho el poder, dice Shonda. Como si no fuera suficiente con que tu marido te aborrezca y tenga a su amante metida todo el día en su despacho, para que uno se pueda apiadar de esta pobre alma en suplicio, enferma de ambición, y reina del estilismo y el verbo más trash al otro lado del charco, nos han dado una historia para perdonarla. Sí, para perdonarla. En una serie de asesinos, terroristas y golpistas tenemos que perdonar a Mellie. ¿Y cuál es esa historia? Pues que su suegro la violó en el inicio de la carrera política de su marido y ha vivido todos estos años sin saber quién es el padre de su hijo. Guau. A Shonda Rhimes le pasa en Scandal lo que a Ryan Murphy en Glee, no tiene ningún problema en irrumpir como un elefante en una cacharrería en temas profundamente serios, tornándolos con su estruendoso paso en algo descacharrante. Uno no se puede tomar en serio a Mellie porque Mellie no es un personaje serio. Porque Scandal no es una ficción seria.

Si todo lo dicho hasta ahora parece escrito desde la oficina de Jordan Belfort en The Wolf of Wall Street o la de Paco Marhuenda en La Razón, me he guardado para el final la trama más enajenada de la televisión de los últimos tiempos: el thriller psicosexual de Huck (Guillermo Díaz, el peor actor que he visto jamás) y Quinn (Katie Lowes). Descrita en una palabra: babas. Babas por todas partes, dos tipos asquerosos escupiéndose y babándose y fornicando. Una trama sucia hasta la nausea. En primetime de una network propiedad de Disney. Gracias. De verdad, gracias, me he reído como creí que no era capaz de hacerlo. El futuro del drama psicológico era esto. Las femme fatale han pasado a mejor vida. Post-fatalismo. Post-fluídos. Post-todo.

En definitiva, una temporada mal planteada, que en vez de darnos política-fricción, que es lo que nos gusta, lo que hace a Scandal tan irreal y tan divertida, nos enredaron con una trama high-concept demasiado gris para una serie que si algo no es, o no puede ser, es monótona, seria, aburrida. Con esto no quiero decir que no me lo he pasado bien esta temporada, que no me he reído a mandíbula abierta, simplemente creo que pudo haber sido todo mucho más absurdamente gracioso. Scandal no es una buena serie, de hecho es como una droga dura, jodidamente mala, jodidamente adictiva.

* Título por obra y gracia de mi pequeña hermana

sábado, 14 de diciembre de 2013

La aliasización de Escándalo, la escandalización del Show de Coñi y Panetone y el Globo de esta última

SCANDAL / NASHVILLE


Connie pensando en un pueblo de Texas de cuyo nombre no quiere olvidarse

Esta semana ABC, la cadena de las señoras de Omaha (el equivalente americano a las señoras de Cuenca españolas), ha mandado a sus palacios de invierno a dos de sus culebrones más ilustres, el Scandal (Escándalo) de Shonda Rhimes y el Show de Coñi y Panetone ambientado llamado muy originalmente Nashville. Lo ha hecho firmando dos capítulos muy pasados de rosca (marca de la casa), pero para sorpresa del personal Nashville le ha ganado la partida a Scandal en cuanto a cuota de locura en los minutos finales. Lo cual no hace más que confirmar lo que veníamos viendo a lo largo de esta temporada, Nashville se está escandalizando, y le está sentando muy bien eso de abrazar definitivamente su condición de culebrón trash bañado en bourbon y antidepresivos.

En la capital del gran estado de Tennessee todo el mundo se acuesta con todo el mundo, la traición está a la vuelta de la esquina, los personajes que se incorporan cada vez son más tróspidos, los líos familiares más imposibles, las tramas político-empresariales más absurdas y la música... la música bien, gracias, es lo único serio de la serie. Es tan de agradecer el mal gusto de los estilismos y los giros narrativos como el buen gusto de la selección musical.

Tras coquetear con la idea de ser una obra televisiva seria a lo largo de su primera temporada, y fracasar en el intento, reconforta ver como definitivamente saben qué serie quieren hacer. O más bien que serie quieren hacer todos los involucrados menos Connie Britton, que está redefiniendo el concepto de conducir con el piloto automático. Ante la negativa de Kyle Chandler, Jason Katims y Peter Berg (entre otros) a hacer la película de Friday Night Lights (clear eyes, full hearts, can't lose!)que cerraría el círculo cine-tele-cine, Connie Britton, hasta el coño, ha decidido ser más Coñi que nunca, lo cual podría parecer malo, pero en realidad no lo es, no necesitamos que se tome en serio a sí misma, la diva (sin voz) del country Rayna James no es un personaje serio.

En las antípodas parece estar su co-protagonista, Hayden Save the cheerleader Panettiere, Panetone para los amigos. Si Coñi está atrapada (todo por la pasta) en una serie que no le gusta y en un personaje que no comprende (¿puede alguien hacerlo?), Panettiere, que sí sabe cantar, está en su salsa, con una carrera a la deriva tras la debacle que terminó siendo Heroes, Nashville es su bote de salvación, y se está agarrando a él como el tigre Richard Parker en Life of Pi (Lee, 2012). Y por segundo año consecutivo, la HFPA (la asociación de la prensa extranjera en Hollywood, VVC, Viejos Verdes y Corruptos para nosotros) la ha nominado al Golden Globe a mejor actriz de reparto. Y este post pretende ser un for your consideration de su candidatura. ¿Por qué? 1. Por el bien de las risas. 2. Porque realmente se lo merece teniendo en cuenta que sus rivales son una señora de un telefilme que nadie ha visto ni nadie verá; Janet McTeer, tan cargante y poco creíble como siempre en ese error bbcero que fue The White Queen; Sofia Vergara por hacer de herself y Monica Potter por interpretar en Parenthood a la líder política, madre amantísima, entregada esposa y survivor sin igual, Kristina Braverman... NO. Esta categoría es el gran cuadro de estos Golden Globes y viendo la fauna, casi que el mejor ejemplar es Hayden Panettiere, que saca adelante con mucha entrega a una especie de Taylor Swift que intenta tomarse en serio a sí misma.

Kerry Washington en el baño tras el final de la gala de los Emmys

Nominada a un Golden Globe, pero como protagonista, está también Kerry Washington, la divarraca negra televisiva definitiva. Y su Olivia Pope no da patadas (aún) pero cada día su laberinto personal se parece más al de Sydney Bristow en Alias (JenniGa, siempre en nuestros corazones... NO). Shonda ha decidido esta temporada que ella pervivirá dónde otros perecieron (véase Mike Kelley en la segunda temporada de Revenge): en las macro-conspiraciones con elementos familiares de por medio, el modelo Alias. Para ello ha fichado a una actriz seria, Khandi Alexander, y ha abandonado lo procedimental. ¿Acierto o error? Aún es muy pronto para sentenciar. A mí siempre me ha parecido que lo más divertido de Scandal son los líos político-sexuales patilleros, las tramas de supuesta dimensión política ridículas y los affaires sexuales expuestos ante una prensa que más que nunca es un cúmulo de ratas. 

Pero he de reconocer que al contrario que Revenge, Scandal está sabiendo llevar con cierto interés la trama de la organización ultrasecreta mumala. Lo mejor de la temporada, además de cada aparición de Mellie (Diosa), ha sido la trama de Lisa Kudrow, que aún siendo generalmente absurda era interesante y entretenida. Quiero aclarar que cuando digo "lo mejor" no quiero decir bueno, quiero decir divertido. Scandal no es una serie buena aunque el AFI (American Film Institute) la juntara en su lista de las 10 mejores series del año con 9 genialidades. Scandal es un producto muy loco, muy absurdo, muy gracioso, muy adictivo y muy insustancial aunque Shonda crea estar haciendo lo contrario. Un día dije que Scandal era Gossip Girl meets The West Wing, y lo mantengo, aunque cada vez con menos cantidad de la segunda y más cantidad de Alias.