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lunes, 16 de junio de 2014

Mi Orange favorita

ORANGE IS THE NEW BLACK - Segunda temporada


La estrella y la prota

Con la aplastante victoria de la Oranje sobre la selección española en el Mundial de Fútbol de Brasil aún retumbando en medios de información, redes sociales y conversaciones entre amigos,  me pongo a escribir sobre Orange is the new black, la escuadra invencible capitaneada por Jenji Kohan representando a Netflix en la temporada de verano. Lejos queda ya la emoción desbordante que levantó el año pasado, tanto por ser realmente buena (y adictiva) como por ser inesperada. Había muchas expectativas para con la adaptación USA de House of Cards y el comeback de Arrested Development, pero  poca gente esperaba el regreso de Kohan a la televisión tras el final de Weeds con verdaderas ganas. Yo, que quise a Weeds con todo mi corazón, tenía fe, pero sinceramente, no creí que la serie fuera a tener el nivel que en efecto tiene, sobre todo que fuera a ser una ficción tan sólida, tan bien hilada. Si Weeds funcionaba por golpes de efecto, OITNB lo hace de una forma más natural, orgánica, sí, hay obviamente giros y sorpresas, explosiones en las tramas, pero la serie no las necesita para avanzar, el simple placer de observar a estas reclusas en su día a día (y en sus respectivos días pasados) hace que el visionado merezca la pena.

Gran parte de las críticas que le hicieron en su primer año a la serie iban dirigidas a su protagonista, Piper Chapman (Taylor Schilling hace un gran trabajo). Ello se debió a que en lugar de ofrecer al espectador un personaje central agradable, cercano, positivo, Kohan dibujó a una protagonista con más oscuros que claros, una protagonista agridulce, egoísta, destructiva. Vamos, una continuación lógica de la Nancy Botwin de Weeds. Se ha debatido mucho sobre machismo ante las críticas que han recibido personajes femeninos (y sus actrices) como Skyler White o Cersei Lannister. Y las críticas a la Piper de OITNB apuntan, en parte, en la misma dirección. Cuanto más imperfectos son los personajes masculinos centrales más nos gustan, pero en cambio no le perdonamos a los femeninos sus errores y maldades. Da igual que Walter White fuera un Anakin Skywalker sumergido en el lado más oscuro de la fuerza, los odios de los espectadores se centraban en su mujer. Justamente lo que se le criticaba al personaje, su egocentrismo sin límites es lo que la hacía interesante, lo que le daba profundidad. Por suerte Jenji Kohan también lo entendió así y Piper sigue siendo una persona muy egoísta. Lo cual la serie usa a su favor para crear situaciones cómicas, ya que todos los personajes se lo escupen a la cara, y ella misma es consciente de ello.

A partir de aquí, puede haber algún spoiler sobre esta segunda temporada de OITNB 
Sin embargo es posible que este año escuchemos menos críticas que apunten hacia Piper como el eslabón débil de la serie porque la misma ha mutado su estructura hacia una ficción mucho más coral que en el primer año. Salvo el primer episodio, totalmente suyo, Piper ha pasado a convertirse casi un personaje más. De hecho la gran trama arco de la temporada ha sido la de la lucha de poder en la cárcel y Piper ha sido totalmente ajena a la misma. De hecho ha sido el personaje que más desconectado ha estado con respecto al resto. Salvo por su amistad con Red (si un Emmy ha de ganar OITNB es el de secundaria para Kate Mulgrew, soberbia) y Nichols (necesito más Natasha Lyonne para el año que viene Jenji), Piper ha sido más un personaje orientado hacia el exterior que hacia el interior. Con una situación de estabilidad dentro de prisión, sus tramas han girado en torno a sus relaciones personales más allá de los muros de la cárcel, con Larry (Jason Biggs), con su amiga, con su familia y sí, con Alex. Cuando se anunció que Laura Prepon no sería actriz regular este año, todos nos echamos las manos a la cabeza, la relación de amor-odio entre ambas fue el motor principal de la serie en su primer año. Sin embargo su ausencia no ha perjudicado a la serie, porque ha estado bien integrada en las tramas, porque a pesar de todo ha aparecido bastante y porque abre pasa a una trama muy interesante de cara al próximo año.

Dejando de lado a la protagonista, es hora de hablar de la gran trama de la temporada, la lucha de poder entre Red y Vee (Lorraine Toussaint). ¿Y quién coño es Vee? La mala. Muchos dramas del cable tienen una estructura que se articula en torno a “el malo de la temporada” por ejemplo, Justified o True Blood, o en sus dos últimas temporadas Boardwalk Empire. Es una estructura bastante clásica, tomada de la literatura, en la que los protagonistas tienen que enfrentarse a un personaje malvado que ha irrumpido en su mundo poniéndolo todo patas arriba. El éxito de la fórmula radica en si ese malo está bien desarrollado y si sirve para que los protagonistas evolucionen narrativamente hablando. En el caso de OITNB podemos marcar un doble check, pero con peros. Vee, una especie de madre-jefa de Taystee (Danielle Brooks) es un gran personaje, ególatra y pérfido, una líder carismática muy manipuladora y también mentalmente muy inestable. El “pero” sería que quizás es demasiado mala. Y eso choca con una serie que trata con dulzura a esta panda de criminales. Mientras el resto de presas cometieron sus respectivos delitos por una razón más o menos entendible, incluso justificable en el campo moral, Vee no, Vee es un personaje tan enfermo de poder que le da igual hacer daño a sus seres más queridos.

En cuanto a cómo ha afectado a los demás personajes la irrupción de Vee en la cárcel, el saldo ha sido muy positivo. Hemos visto a una Red contra las cuerdas muy divertida y muy interesante. Más sabia y reflexiva, más mayor también, más cansada. En cuanto a las negras, Vee arrinconó a Poussey (Samira Wiley, fantástica), situándola de esta forma como el corazón, como el centro emocional de la temporada, y embaucó a las demás llevándolas a un territorio muy turbio, incluso desagradable. Pudimos ver así a una Taystee muy agria, lejos de su optimismo y felicidad habituales. En cierta forma la relación Poussey-Taystee cubrió el vacío que dejó el conflicto entre Piper y Alex. La consecuencia ha sido que las negras no han sido el alivio cómico que fueron el primer año, sino uno de los elementos más dramáticos de la temporada, lo cual ha ayudado a que Crazy Eyes (Uzo Aduba) se haya lucido aún más este año. En cuanto a las blancas, el conflicto entre Red y Vee por controlar el mercado negro en la prisión ha servido para que estas se reagruparan en torno a su líder, después de darle la espalda al final de la primera entrega. El tránsito de Red por el desierto (y el inicio de su camino hacia la vejez) ha sido una de las tramas más interesantes y ha venido a corroborar que es claramente mi personaje favorito de la serie. Nichols y Boo (Lea DeLaria) han sido quizás el motor cómico este año, sobre todo con su competición por ver cuál de las dos follaba más. Morello (Yael Stone) ha ganado en densidad dramática gracias a sus flashback y su “huida”, si antes era entrañable ahora es entrañable y perturbadora. Miss Rosa (Barbara Rosenblat), luchando cara a cara contra su cáncer ha sido otra de las tramas más duras, más emotivas y mejor construidas del curso.

#GaliciaIsTheNewBlack

Esa contraposición entre negras y blancas ha hecho, por el contrario, que las latinas hayan quedado en un discretísimo segundo plano. Quizás, de cara al año que viene, esta sea una de las principales tareas que deba acometer Kohan, convertir a las latinas en personajes tan interesantes como las negras y las blancas. Puesto que más allá de su líder, la commander in chief Gloria Mendoza (Selenis Leyva pide a gritos más protagonismo), las demás carecen de la complejidad del resto del reparto principal. Por lo demás, los flashbacks han vuelto a  funcionar como un reloj, la trama exterior de Larry sigue siendo lo menos interesante de la serie (aunque no creo que haya que eliminarla) y los trabajadores de la prisión han resultado también más interesantes. Así que el balance general es muy positivo, no me atrevería a decir que ha sido mejor esta temporada que la anterior, más bien hablaría de que la serie ha sabido consolidarse y ha demostrado que no es flor de un día, que perfectamente puede prolongarse durante mucho tiempo. Quizás OITNB no sea una comedia, pero desde luego es un happy place.

jueves, 2 de enero de 2014

Jugar con mugre sin ensuciarse las manos

AMERICAN HUSTLE


Redefiniendo el loco loco loco mundo del cabello

La nueva película de David O’Russell (peor persona viva) narra, a grandes rasgos, cómo un agente del FBI (Bradley Cooper, lo más divertido de la función) monta junto a dos timadores (Christian Bale y Amy Adams, solventes, como casi siempre) una operación policial de ilusionismo para desmantelar una red de corrupción que implica a políticos y empresarios de la mafia. Todo ello tras una larga introducción de 30 minutos trenzada en torno a las asfixiantes voces en off de los protagonistas que nos explica como estos tres personajes tan dispares acaban trabajando juntos. Hay que reconocerle, en primer lugar, a American Hustle ser una película ágil, divertida, contada con ritmo gracias a la labor del espectacular reparto y sobre todo al trabajo de dirección de O’Russell. Nunca creí que iba a decir esto pero me ha gustado mucho la puesta en escena, con esos movimientos de cámara hacia delante, como si la película fuera una constante huida, como si el devenir de los acontecimientos se abalanzara sobre los personajes.

El problema de American Hustle es que David O’Russell se estrella otra vez contra Martin Scorsese. Si la convencional dirección de The Fighter (2010) palidecía ante el vals sobre el ring de Raging Bull (1980), en esta ocasión y a pesar de que me parece su trabajo como director más inspirado, más consistente y elegante, la pulcritud, la falta de vísceras con la que se cuenta una historia a priori sórdida y turbia, cae por comparación ante Goodfellas (1990) y Casino (1995), y, aunque aún no la haya visto, seguramente (lo que es aún peor por ser del mismo año) ante The Wolf of Wall Street. En American Hustle, O’Russell entrega un Scorsese para todos los públicos, sin sexo, sin violencia, sin sangre ni muerte, sin cocaína. Estamos ante una película tímida, demasiado correcta teniendo en cuenta que sobrevuela algo tan apestoso como la corrupción y la mafia. No ayuda el empeño de O’Russell en renunciar a darle un potente empaque visual a sus películas, la fotografía de Linus Sandgren no podría ser más anodina, carecer de menos intención.

¡Quién me va a decir a mí que no puedo poner metal en un microondas!

Hay que reconocerle, eso sí, los estallidos de humor marca de la casa(todas las secuencias entre Louis C.K. y Cooper funcionan), el preciso retrato, una vez más, del chonismo histérico de extrarradio (Jennifer Lawrence, excesiva y fantástica) y la inteligencia de construir una película divertida y dinámica sin entregarse a un montaje esquizofrénico, dirigiéndola con estilo, O’Russell no es Scorsese, pero este trabajo es un salto cualitativo en su carrera. Quizás el principal problema, además de la limpieza con la que está contada y la idealización de unos personajes moralmente muy cuestionables (esto también es marca de la casa), es que American Hustle nunca estalla. Te pasas toda la película esperando a que todo y todos salten por los aires y eso nunca llega a pasar, es un coito sin orgasmo, como si en Argo (Affleck, 2012) (no sé por qué son dos películas que me resultan similares) nos dejaran sin la secuencia del aeropuerto (y antes sin la del bazar). Es un trabajo muy entretenido pero jamás llega a ser tenso, y eso en un thriller de estas características es un problema, quizás no tanto de dirección como de guion. Incluso cuando la trama se resuelve y la operación termina lo único que sientes es normalidad, el gran giro se queda a medio camino, no hay pico (en todos los sentidos), simplemente se abalanza el final, te lo has pasado bien, pero no ha sido una noche redonda.