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miércoles, 14 de octubre de 2015

El shondismo se expande, el murphysmo se contrae


Más allá de los grandes autores televisivos (Simon, Weiner, Sorkin, Gilligan, Ryan, Winter…) y de una nueva generación de creadores (Esmail, McKinnon, Dunham…), hay dos nombres que acumulan hoy por hoy mucho poder e influencia en la televisión estadounidense: Shonda Rhimes y Ryan Murphy. La primera reina plácidamente en el territorio dramático de las networks, el segundo, trabaja a caballo entre el cable y la televisión en abierto. Ambos, al igual que la mayoría de los autores del cable que hemos mentado anteriormente, trabajan siempre con las mismas cadenas, Rhimes con ABC, Murphy con el conglomerado FOX (con la network del mismo nombre y con su canal de cable, FX). A pesar de que no despiertan la unanimidad crítica de otros grandes nombres y que tampoco ejercen un control tan férreo sobre sus series, es innegable la autoría de ambos sobre sus producciones. Su influencia es tal, que me voy a tomar la licencia de emplear los conceptos shondismo y murphysmo (perdón si puede resultar sexista usar el nombre de ella y el apellido de él, pero Shonda es Shonda y Ryan es un nombre muy random). Lo haré para analizar los caminos que ambos están emprendiendo. Para ello, parto de la teoría de que mientras Rhimes se abre cada vez más a todo tipo de públicos y su influencia ha desbordado a su propia productora, Murphy hace series para sus seguidores, cada vez más inaccesibles para otro tipo de espectadores, profanos en su mundo.

Shonda’s ABC

La actual programación de ABC podría dividirse en dos tendencias, por un lado las series familiares (Once upon a time, Modern Family, The Middel, Blackish, Fresh off the boat…) y por otro, los dramas culebronescos, que estén o no producidos por Shondaland (la productora de Rhimes) son, en su práctica totalidad, puro shondismo. Así, tenemos el bloque de la noche de los jueves en el que se emiten las tres series de Shondaland: la veterana, Grey’s Anatomy, la canónica, Scandal (Escándalo para los amigos) y la aperturista, How to get away with murder. Pero también series que se mueven por parámetros parecidos, como la veterana Nashville, con sus peleas de bitches, sus corruptelas y sus líos empresariales, o la debutante Quantico. Si el estreno la temporada pasada de HTGAWM, marcaba una nueva fase de expansión en el universo Shonda, al ser una serie de su productora pero en la que ella no escribe ni ejerce de jefa, Quantico supone la confirmación de que el shondismo se ha apoderado de ABC. La serie, que se centra en una agente del FBI acusada injustamente de cometer un atentado terrorista, es una especie de Homeland pasada por el filtro del shondismo, con sus líos de alcoba, sus torsos sudorosos y, sobre todo, sus giros de guion loquísimos. La serie está contada desde dos líneas temporales, por un lado el pasado, en la academia del FBI, que recuerda, inevitablemente a Grey’s y Murder. Por otro lado, el presente, que va más en la línea de serie conspiranoica pura, que tanto gusta en USA, y con la que juega de forma muy efectiva Scandal. Lejos de anquilosarse, el shondismo sigue abriéndose a nuevos géneros y temas, adaptándolos desde un estilo narrativo claro y que mezcla diversión sin prejuicios, incluso mamarracha, con seriedad (otra cosa es que al espectador le parezca seria la mezcla). En la midseason llegarán a ABC, una nueva serie de Shondaland, The Catch, y otro drama conspiranoico con una guionista, salida de esta factoría, detrás, The Family.

Sólo escribo para mí

Si el shondismo se expande y no exige fidelidad(espectadores que no ven Grey’s en cambio se acercan a Murder, por ejemplo), el murphysmo se contrae y se vuelve casi una religión. Su nueva serie, Scream Queens, no deja de ser la fusión de las dos principales ramas de su universo: la teenager (Popular, Glee) y la “adulta” (Nip/Tuck, American Horror Story). No hay nada nuevo. Es el Murphy de siempre elevado a la máxima potencia. Por eso Scream Queens está llamada a enamorar a su público objetivo y resultar chirriante para todos los demás. Ryan Murphy y Brad Falchuk escriben, únicamente, series para sí mismos. Si te gustan bien, sino, vete a otro lugar. Su universo funciona por contracción, casi como si estuvieran destilándose a sí mismos, persiguiendo la esencia última de su obra. Esto se ve en Scream Queens pero también en American Horror Story: Hotel. Si el shondismo aplica su fórmula base a nuevos productos, intentando seducir a nuevos espectadores, el murphysmo reutiliza tanto géneros como fórmulas para seducir a los ya seducidos. Una corriente busca cazar al público generalista, la otra se enfoca a su público nicho, y si de paso incorpora nuevos espectadores, mejor, pero no es prioritario. Así, Scream Queens es vista (y defendida) por los seguidores más fieles, no son muchos pero son ruidosos y están entregados a la causa. Las bajas audiencias se ven compensadas por la alta repercusión social. En cambio Hotel, ha arrancado con muchos espectadores, entre los cuales hay convencidos y escépticos. Estos últimos no son nuevos espectadores, y aquí está el quid de la cuestión, sino antiguos convencidos que hoy se acercan a la marca AHS y universo de Murphy con cautela. ¿Por qué? Porque en su afán ser cada vez más excesiva, mamarracha, esteta, banalmente violenta y pura, la serie ha terminado por expulsar a los seguidores que no creen en el estilo narrativo del tándem Murphy/Falchuk a pies puntillas. AHS comenzó siendo una serie de terror (más bien un thriller psicológico) con toques de humor netamente murphyanos, para convertirse en un show murphyano con trazos, dejes y reminiscencias del thriller psicológico y del cine de terror. El cambio ha sido lo suficientemente grande como para disminuir el número de fans entregados, pero a la vez aumentar la entrega de los mismos. Por ahora seguiré viendo Hotel, pero ya me he bajado de Scream Queens, no es una serie para mí. Eso sí, no han engañado a nadie, Coven, Freak Show, Hotel y Scream Queens han dado lo que prometían: Ryan Murphy en vena.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Persiguiendo a un fantasma

WHITE BIRD IN A BLIZZARD


Shailene haciendo un Sharon Stone 2.0

De los realizadores que nacieron al calor de esa corriente del cine indie americano que se dio por llamar New Queer Cinema, dos son los que han trascendido y han dejado atrás aquellos años primigenios de cine de guerrilla para expandir sus universos cinematográficos. Hablamos de Gus Van Sant y Todd Haynes. Desde Mala Noche y Poison, respectivamente, han virado hacia el drama experimental (y el cine comercial) uno, y una especie de revisión del melodrama el otro. Al contrario que ellos, el otro gran autor del New Queer Cinema que surgió a finales de los 80 y principios de los 90, se ha mantenido fiel a las reglas y mundos de la corriente. Hablamos de Gregg Araki, que este año estrena White Bird in a Blizzard, adaptación de una novela de Laura Kasischke, protagonizada por una de las actrices del momento, Shailene Woodley


Cuatro años han pasado desde que estrenara su último film, Kaboom, un torrente de energía, que se volvía más fascinante cuanto más degeneraba su trama. Un compendio de su mundo rodado a la velocidad de la luz que funcionaba por mera acumulación. Más atrás en el tiempo, exactamente una década, queda Mysterious Skin, su obra maestra, un drama social y psicológico disfrazado de sci-fi. Una película hipnótica de principio a fin, preñada de una especia de oscuro realismo mágico que la hacía especial. Lejos del realismo, Araki hablaba de la pederastia desde el género. Mezclando realidad y sueño para construir una pesadilla. White Bird in a Blizzard es una mezcla descompensada de ambos filmes. Por un lado pretende trascender, ser un drama psicológico sobre la maternidad como trauma vital. Por el otro lado, se deja gobernar por las explosiones de hedonismo propias del Araki más desenfadado, construyendo a la madre que de pronto un día desaparece (una soberbia Eva Green), más como una caricatura que como un personaje real. 



Así, la película no termina nunca por decantarse entre el drama adolescente, el familiar o el thriller. Mientras que en Mysterious Skin el misterio era palpable y todas las tramas caminaban hacia su resolución, en White Bird in a Blizzard Araki se olvida de él hasta el tercio final del film. El resultado es que ha dado a luz una historia que en lugar de discurrir va dando tumbos, tan perdida en sí misma como su protagonista (Woodley, es una intérprete valiente). No ayudan a crear una atmósfera insana unos secundarios que no están a la altura (sobre todo Meloni interpretando al padre) y unas secuencias oníricas rodadas con desgana. Si en Mysterious Skin las ensoñaciones con el pasado funcionaban a la perfección porque eran turbias y emocionalmente potentes, aquí naufragan. No es capaz de establecer Araki una conexión entre la protagonista y el espectador. Llegados a la recta final nos da igual qué pasó con la madre y hacia dónde irá la vida de esa adolescente convertida en adulta. Estamos ante una película fría que debía quemarnos las entrañas. Los flashbacks protagonizados por la madre y contados como si de un cuento de hadas (deformado, malsano) se tratara funcionan, pero el presente narrativo no acaba de hacerlo. Woodley intenta construir un cuadro general de su tormentosa madre y logra pintarlo más gracias a sus recuerdos que a sus pesquisas. No es una mala película, al verla uno respira el cine de Gregg Araki, pero sí es una pequeña decepción, pudo haber creado otra obra maestra y sin embargo ha dirigido una cinta que a ratos captura tu atención haciéndote olvidar el mundo exterior, pero que otras veces es simplemente fallida. Aún así, es un placer ver que el último superviviente del New Queer Cinema sigue empeñado en no cambiar.

lunes, 12 de mayo de 2014

When you play the Game of Bitches, you win or you die

REVENGE - Tercera temporada


Divarraca del culebrón actual

Las historias bíblicas siempre nos han dado mucho juego (y han servido referencia) tanto en el ámbito de la cultura como en la vida en general. Una de las más conocidas, y más fascinantes, es la historia de Lázaro, al que Jesucristo resucitó diciéndole la famosa frase de “levántate y anda”*. Algo así es lo que ha hecho Sunil Nayar con el culebrón de prime-time creado por Mike Kelley, Revenge, en su tercera temporada. Nayar, que tomó los mandos de la serie tras el abandono de Kelley, que se negaba a seguir produciendo temporadas de 22 capítulos, ha logrado resucitar a una muerta. Tras la debacle que fue la segunda temporada de Revenge, Iniciativa mediante, tomó la sabia decisión de seguir moviéndose en círculos para ir directo al meollo de la serie: la venganza de Emanda. El primer tramo de la temporada, es decir, hasta la esperada boda que nos anunciaba el flashforward de la premiere, fue una vuelta a las esencias. A los duelos de perras entre Emanda y Queen Victoria. A los secretos y mentiras. Al ajuste de cuentas. A lo personal. El segundo tramo no se confirmó con eso, con recuperar la Revenge que nos ganó con sus giros locos y sus miradas asesinas en su primera temporada. En su segundo tramo Revenge pisó el acelerador. A fondo.

Esta serie está cimentada sobre la guerra, más o menos encubierta, entre sus dos protagonistas, la heroína vengativa, frente a la mala manipuladora. La gracia siempre estuvo en que ni una era realmente buena ni la otra era totalmente perversa. Ambas se movían en una tonalidad de grises casi negros muy divertida. Esa guerra, siempre en el centro de las historias se fue desarrollando a fuego lento, con más escaramuzas que batallas. Tras el fracaso de la segunda temporada, que jugó a transformar a la serie en un high-concept a lo Alias, la guerra entre estas dos bitches ha pasado de ser más de hechos que de miradas. Y la serie ha elevado el vuelo, incluso logrando que Jack tuviera un mínimo de interés y que Daniel se convirtiera en una pieza a tener en cuenta en la partida. Ver a Emily VanCamp y Madeleine Stowe odiándose con la mirada y las frases con doble filo era divertido, pero verlas jodiéndose la vida la una a la otra a cara descubierta lo es aún más. Para el recuerdo iconoclástico del culebrón del S.XXI (vaya conceptaco este) queda la partida de póker a lo American Hustle (3x17). Y como emblema narrativo los minutos finales de la season finale. De ovación por su salvajismo en la recreación en los clichés del género.

Justamente, además de la dialéctica entre dos personajes bastante parecidos en el fondo, como Emanda y Victoria Grayson, el gran acierto de Revenge es coger todos los clichés, dejes y mitos del género culebronesco y usarlos a su favor. Lejos de sentirse culpable por ser un culebrón, Revenge hace una constante apología del género. Como siempre digo, sólo nos ha faltado un ciego que recupere la vista milagrosamente. Eso sí, con la suficiente inteligencia como para ofrecerlo envuelto en un producto bien elaborado. Si Scandal tiene una dirección y un montaje dignos de Chimo Bayo, Revenge, aún siendo (a veces) muy loca visualmente, es una serie con buena factura, incluso con secuencias con soluciones visuales muy interesantes. Y para muestra todas las secuencias fuertes de la season finale, Execution (3x22). También, ha sabido (no siempre, que conste) que un culebrón hoy en día tiene que ser como un tiburón, o avanza constantemente o muere. Danzad, danzad malditos. En los dos últimos capítulos posiblemente pasan más cosas que en los 60 anteriores. Y eso hace que ambos resulten fascinantes de principio a fin. Esa recreación en el peligroso arte de quemar trama como si no hubiese un mañana. Y no morir en el intento. Porque la Revenge que se nos presenta de cara a la cuarta (y esperemos que última) temporada es una guerra abierta que hará del delirio bandera y del “siempre hacia delante” seña de identidad. No por predecibles (casi todos) los cliffhangers finales son menos divertidos, menos graciosos, menos interesantes. Hasta ahora hemos visto los dos primeros tramos de una historia de venganza, a partir de ahora veremos, el desenlace, la guerra total. Si esto fuera Kill Bill (que siempre ha pululado como referencia), podríamos decir que nos queda por ver el capítulo de David Carradine.

* [Spoilers a tropel del final de esta tercera temporada] Obviamente no traigo a colación la referencia a Lázaro sólo para hablar de la recuperación de la serie. La season finale tenía tres grandes explosiones. La totalmente esperada muerte de Aiden a manos de Victoria (¡qué maravilla de secuencia, cuantos jodidos matices le da Stowe a pesar del botox!). La muerte de Conrad a manos de… David Lázaro Clarke, que todos sabíamos desde el inicio que estaba vivo, demasiada cultura culebronesca a estas alturas. Y en tercer lugar, Emanda encerrando a Victoria en un psiquiátrico como esta había hecho con su propia madre, tras la maravillosa secuencia del cementerio. Todo esto en un solo capítulo. Y sin embargo, no resultó nada atropellado. Simplemente un espectáculo pirotécnico de primera, 42 minutos de diversión total. El año que viene nos espera ver cómo saldrá Victoria del atolladero, cómo encajará David en la trama principal y sobre todo ver, si al final de la partida, Emanda consigue derrumbar a la reina, tras el jaque mate al rey de este año. Revenge es esa serie que ha reconocido lo que todos sabemos, que la pieza más  importante del ajedrez es la reina, no el rey.

lunes, 21 de abril de 2014

She is the scandal*

SCANDAL - Tercera temporada


Actriz de raza










Terminó el pasado jueves en ABC, la tercera temporada de Scandal (Escándalo para los amigos y para Jimmy Kimmel), el The West Wing meets Gossip Girl de la todopoderosa Shonda Rhimes. Con 3.4 en los demográficos logró el mejor dato de audiencia de su historia y se confirmó como el drama (¿?) de network de moda entre las masas, y sobre todo entre las señoras de Omaha (equivalente yankee a la señora de Cuenca). Si la primera temporada fue un ensayo y la segunda una explosión (de wtfuckismo) esta tercera ha sido quizás la que se perdió en el bosque tras tomar el camino equivocado. En la disyuntiva entre campaña electoral y conspiración de agencia de seguridad, Rhimes escogió la segunda. Y como en los dibujos animados, eligió el camino tenebroso lleno de depredadores.

A partir de aquí spoilers a cascoporro
La trama política, o lo que de ella quedó
Iniciábamos el curso con las elecciones presidenciales al final del camino. Shonda fichó a Lisa Kudrow (la primera y por ahora única actriz de verdad que ha pisado esta serie) como una ambiciosa y carismática candidata a la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Armó una trama interesante alrededor de ella, poniendo a Olivia Pope (Kerry Washington, dándolo todo, por desgracia) como su estratega de campaña. Lo lógico hubiera sido que a mitad de temporada Kudrow se deshiciera de Reston (candidato asesino nº 1) en las primarias y que Fitz (candidato asesino nº 2) hiciera lo propio con su propia y desertora veep, la desquiciada y cómicamente sublime Langston (candidata asesina nº 3). Dedicando los capítulos post-parón de Navidad a resolver cual de los dos sería el nuevo Commander in chief. Error. La trama de Kudrow se cerró precipitadamente con su retirada de las primarias con un trama de “mi hermana es en realidad mi hija” de por medio cutre hasta para esta serie. Y con ella se cerraron las puertas a la vía electoral. La campaña voló bajo el radar a pesar de que la incorporación de Langston (Kate Burton) le dio cierta vidilla. Pasó tan inadvertida que llegados a los últimos capítulos descubrí, ante mi asombro, que estábamos a 4 días de las elecciones, cuando yo pensaba que estábamos a cuatro meses. No hubo convenciones, casi no hubo sondeos, vimos 4 minutos de debate, Reston salió otros 4 en toda la temporada y no nos paseamos en bus de campaña por Ohio, Florida y Pennsylvania. No Ohio, no party.

Aún así, los mejores momentos de la temporada vinieron por este lado, lo cual corrobora la idea de que Shonda falló al planear la gira de su Freak Show este año. En primer lugar, nos dio la mejor secuencia de la serie, esa en la que Olivia hablando con el jefe de gabinete, Cyrus (Jeff Perry, la coca hecha actor)  se da cuenta de lo que dijimos antes, los tres candidatos a presidente son unos asesinos. Autoconsciencia pura. Parte del encanto trash de Scandal reside en que su equipo cree estar haciendo un solvente drama político cuando en realidad están haciendo trashismo televisivo metanfetamínico. ¿Cómo coño va a ser esta serie un producto de calidad? No, no lo es y esa secuencia demuestra que muy en el fondo ellos también lo saben. Scandal es puro delirio. En segundo lugar, nos dio esa maravillosa y demencial trama en la que el jefe de gabinete de la Casa Blanca empuja a su marido periodista a seducir al marido de la ultra-cristiana vicepresidenta, para destruir la posible carrera presidencial de la misma, trama que termina con ésta matando a su marido y el susodicho jefe de gabinete tapando el crimen. Esto sólo puede pasar en Scandal. El drama cómico definitivo. Y en tercer lugar, fue muy divertido como Shonda jugó, desde su propia visión oligofrénica, con la política USA. Por un lado lanzando a una vicepresidenta contra su jefe en la carrera por la reelección, cosa que no pasa desde el inicio de la Unión. Por otro, mostrando a su manera el magma ideológico que es el GOP (el Partido Republicano). Mientras Fitz (Tony Goldwyn) representa lo que en la vida real es el GOP moderado y pro-negocios (en Scandal en realidad Fitz es un peligroso comunista que ama a los inmigrantes, la educación, los gayers y la sanidad), Langston ejemplifica al GOP cristiano radical (no confundir con el Tea Party o los libertarios, igual de locos, pero que son otras facciones extremistas). En el Juego de Tronos de Scandal, los ultra-cristianos están locos (y son unos asesinos), los republicanos moderados son unos viciosos (y son unos asesinos) y los demócratas son simplemente unos asesinos. Bien. La mirada al mundo de la política americana de Shonda Rhimes es algo así como la secuencia en infrarrojos de Kill Bill. Cambiando la katana de La Novia por un pene de plástico.

La gran conspiración
Sin embargo el eje de esta temporada de Scandal fue el B-316, esa agencia gubernamental secreta (y que se finanza gracias a un algoritmo: guau) que tiene lo peor de la NSA, lo peor de la CIA, lo peor del Ejército y lo peor del FBI. Todo en uno. El mal definitivo. Así, nos movimos todo el rato en el peligroso terreno de la conspiranoia con personajes tan desatados como el padre de Olivia, todopoderoso comandante de la agencia, que tras caer en desgracia monta su propio plan de asalto al poder a lo House of Cards, la enajenada terrorista madre de Olivia, con una agenda criminal tan esquizofrénica como ella misma o “el otro hombre” de Olivia, ascendido a comandante de la agencia que supuestamente le destrozó la vida. El problema de todos estos mimbres no es lo absurdos que resultan, sino lo poco graciosos que terminan siendo. Este juego de ajedrez de atentados y amagos no acaba de cuajar no por ser completamente surrealista, sino porque no es divertido, porque esta gente no habla sobre gladiadores con traje o el six pack de líder del mundo libre. Se supone que son gente seria, pero sólo son gente aburrida.

About Mellie y el thriller psicosexual  definitivo
Filosofía americana
Mi personaje favorito de la serie, por ser la más fiel representación del público objetivo de la misma es Mellie (Bellamy Young y sus caras de crazy bitch 500 pueblos más allá de un ataque de nervios), esa primera dama puteada por su marido que nos tiene que caer mal porque le gusta mucho el poder, dice Shonda. Como si no fuera suficiente con que tu marido te aborrezca y tenga a su amante metida todo el día en su despacho, para que uno se pueda apiadar de esta pobre alma en suplicio, enferma de ambición, y reina del estilismo y el verbo más trash al otro lado del charco, nos han dado una historia para perdonarla. Sí, para perdonarla. En una serie de asesinos, terroristas y golpistas tenemos que perdonar a Mellie. ¿Y cuál es esa historia? Pues que su suegro la violó en el inicio de la carrera política de su marido y ha vivido todos estos años sin saber quién es el padre de su hijo. Guau. A Shonda Rhimes le pasa en Scandal lo que a Ryan Murphy en Glee, no tiene ningún problema en irrumpir como un elefante en una cacharrería en temas profundamente serios, tornándolos con su estruendoso paso en algo descacharrante. Uno no se puede tomar en serio a Mellie porque Mellie no es un personaje serio. Porque Scandal no es una ficción seria.

Si todo lo dicho hasta ahora parece escrito desde la oficina de Jordan Belfort en The Wolf of Wall Street o la de Paco Marhuenda en La Razón, me he guardado para el final la trama más enajenada de la televisión de los últimos tiempos: el thriller psicosexual de Huck (Guillermo Díaz, el peor actor que he visto jamás) y Quinn (Katie Lowes). Descrita en una palabra: babas. Babas por todas partes, dos tipos asquerosos escupiéndose y babándose y fornicando. Una trama sucia hasta la nausea. En primetime de una network propiedad de Disney. Gracias. De verdad, gracias, me he reído como creí que no era capaz de hacerlo. El futuro del drama psicológico era esto. Las femme fatale han pasado a mejor vida. Post-fatalismo. Post-fluídos. Post-todo.

En definitiva, una temporada mal planteada, que en vez de darnos política-fricción, que es lo que nos gusta, lo que hace a Scandal tan irreal y tan divertida, nos enredaron con una trama high-concept demasiado gris para una serie que si algo no es, o no puede ser, es monótona, seria, aburrida. Con esto no quiero decir que no me lo he pasado bien esta temporada, que no me he reído a mandíbula abierta, simplemente creo que pudo haber sido todo mucho más absurdamente gracioso. Scandal no es una buena serie, de hecho es como una droga dura, jodidamente mala, jodidamente adictiva.

* Título por obra y gracia de mi pequeña hermana

domingo, 23 de febrero de 2014

El amigo chino

HOUSE OF CARDS - Segunda Temporada


¿Si me pinchas acaso no sangro? NO

El thriller político es un género que el audiovisual americano cultivó concienzuda (y brillantemente) en las décadas de los 60, 70 y 80 con films como de The Manchurian Candidate (Frankenheimer, 1962), All the President’s Men (Pakula, 1976) o Missing (Costa-Gavras, 1982). Y que con la caída del muro de Berlín y la extinción de la URSS se esfumó hasta ser casi imperceptible durante los ingenuos años 90 (aunque curiosamente la House of Cards británica se emitiera en esa década). El 11-S y la “guerra contra el terror” lo trajeron de vuelta, hibridado con el cine bélico, confundido. El género se asentó sobre todo en la dialéctica capitalismo-comunismo, USA-URSS, y cuando ésta desapareció dejó de tener su razón de ser. Dicha relación dialéctica, juego entre iguales (dos sistemas, dos estados), no puede extrapolarse al etéreo y heterogéneo terrorismo islámico, quizás ni siquiera a algunos de los países que USA ha señalado como sus enemigos en la última década, como Irán, simplemente porque no es una lucha entre iguales.

Tras la caída del bloque soviético, USA pasó a ser la única superpotencia del planeta. El sheriff de un mundo globalizado. Sin embargo, la China abierta al capitalismo y cerrada a la democracia ha ido creciendo entre las grietas económicas occidentales hasta adquirir el estatus de superpotencia. La relación entre norteamericanos y chinos marcará el devenir de la política internacional de las próximas décadas. Frente a la claridad de posicionamientos de la era soviética, ahora lo único que tenemos es confusión. Entre USA y China no hay ni habrá una guerra fría. La tensión entre ambos países no es ni militar ni ideológica, sino meramente económica, una guerra comercial. China le está haciendo a USA el abrazo del oso, al adueñarse de su deuda también se adueña de sus posibilidades de maniobra. Los americanos dependen del dinero chino pero a la vez los chinos dependen del mercado americano. Los intereses de uno y otro lado se entremezclan, se funden y al final lo que obtenemos es un escenario tan enrevesado, que la mejor política ha desarrollar es el mantenimiento del status-quo.

Por todo esto era sólo cuestión de tiempo que el thriller político pusiera su foco de atención en el amigo chino. Y House of Cards, la adaptación (libre no, lo siguiente) de las novelas de Michael Dobbs y la miniserie británica de Andrew Davies, ha venido a iniciar lo que puede consolidarse como una nueva vía (y vida) para el género, tomando el testigo de los camaradas soviéticos. Si el tema central de la serie de Beau Willimon es el poder: acumulación y mantenimiento, el eje central de esta temporada es la relación triangular entre el poder político americano, el poder económico americano y el poder político-económico chino (todo confluye en el Partido en China). Y toda la mugre que se acumula en las orillas de dicho triángulo. Quizás por esto la segunda temporada de House of Cards sea mejor que la primera. La primera era un apasionante thriller, sí, pero no buscaba trascender, no apuntaba hacia ningún gran conflicto del mundo actual. No tenía un mensaje más allá de que las esferas de poder arrojan un hedor que lo impregna todo.

Este fotomontaje made in paint parece sacado de una distopía futurista chusquera

La gracia del triángulo que ha trazado esta temporada es que todas las líneas que lo conforman son interesantes:

1) El dinero mueve el mundo, y más en este mundo cada vez más globalizado. Las relaciones económicas entre empresarios occidentales y empresarios de los grandes mercados mundiales a explotar (China, pero también India o Brasil o cualquier otra potencia emergente) marcan las agendas políticas. Cuando los dirigentes viajan a otros países, los acompañan siempre ilustres empresarios. La política es negocio. Así, en esta temporada de House of Cards, nuestro protagonista, el ególatra Frank Underwood (Kevin Spacey, mascando el personaje para escupírselo a los espectadores), tiene que moverse con astucia en medio de la relación entre el multimillonario Raymond Tusk (Gerald McRaney en modo Margo Martindale en la temporada 2 de Justified) y otro poderoso actor chino, Xander Feng, para satisfacer sus intereses por encima de los de estos.

2) La convulsa y oscura relación entre el poder económico (eléctricas, bancos, petroleras, constructoras etc.) y el poder político (gobiernos elegidos por los ciudadanos) es algo a lo que no se suele prestar atención (las empresas mediáticas se mueven en este ámbito) pero que marca gran parte de las iniciativas que emprenden los estados. Lo podemos ver hoy en día en España con respecto a los precios de la electricidad. Y House of Cards nos permite echar un ojo a como fluctúan las relaciones entre grandes empresarios y políticos, los intereses que se mueven. La relación entre Tusk y el presidente de Estados Unidos (un convincente Michael Gill) funciona como paradigma de la confusión entre legitimidades, entre poderes.

3) Llegamos así a la línea que cierra el triángulo y que ya apuntamos anteriormente. El poder económico se relaciona a nivel mundial. El poder económico se relaciona con el poder político. El poder político se relaciona también a nivel mundial condicionado por las dos clases de relaciones anteriores. Así, la relación entre el Presidente Walker y los líderes chinos se ve enturbiada por la relación entre Tusk y Feng, y la del primero con el propio Presidente, el cual confía, durante la primera temporada, ciegamente en él.

Si la primera temporada de House of Cards era hacia dentro, un viaje a la psique de su protagonista y al funcionamiento de la política en Washington, la segunda es más hacia fuera, hacia la relación entre políticos y empresarios y entre las dos actuales potencias mundiales: Estados Unidos y China. Todo ello bañado en dinero y poder, si es que en el mundo actual cabe diferenciar entre ambos. El lobbista Remy Danton sostiene en la season finale que “el poder es mejor que el dinero, mientras dura”. La serie de Beau Willimon ha elevado la apuesta, ha ido cerrando los flecos que dejó la primera temporada y roto relaciones con la House of Cards británica, nacida en el ocaso del thatcherismo. House of Cards no era una serie perfecta en su primer año y tampoco lo ha sido en su segundo, algunas tramas secundarias no funcionan (la de Rachel y Doug no lo ha hecho), no acaba de tener un reparto a la altura de las circunstancias (aunque la incorporación de Molly Parker ha sido todo un acierto) y muchas veces los engranajes narrativos resultan demasiado forzados, por muchos problemas que les surjan, los Underwood acaban saliéndose siempre con la suya.

A pesar de todas estas aristas, que no son pocas ni menores, este año la serie ha dado la sensación de estar más focalizada, de tener un mensaje más nítido. El personaje de Claire Underwood (Robin Wright, la actriz más gélida de la actualidad) ya no es un satélite, han sabido astutamente meterla en el juego de poder principal, convertirla aún más en una máquina de matar. House of Cards se confirma como una serie grande y el final de esta segunda tanda implica sin duda un paso hacia delante, una mutación del formato. La británica no lo encajó del todo bien, de tal forma que las dos miniseries que siguieron a la primera (To play the King y The Final Cut) no estuvieron a la altura de las circunstancias. Sin embargo creo sinceramente que a la americana le puede venir bien el cambio de molde: más política y menos thriller.

jueves, 9 de enero de 2014

Nadando sobre tiburones

REVENGE


¡La siguiente ronda de morfina la paga la menda!

La tercera temporada de Revenge estaba siendo la temporada de la resurrección y la expiación de los pecados cometidos durante su segunda entrega: madres que no ardieron, iniciativas sin rumbo, cambios de acera innecesarios y sobre todo (y por culpa de todo esto) nulo avance de la trama principal: la venganza. Cuando digo que estaba es porque en el último capítulo, Homecoming (3x11), todo ha volado por los aires. Revenge ha saltado una manada entera de tiburones en 40 minutos, ni Scandal (Escándalo para los amigos) es capaz de quemar tanta trama en tan poco tiempo. Ni el Escándalo de Shonda ni nadie. Una locura, y una tomadura de pelo, y una gozada, todo en uno.

El plan maestro de esta temporada parecía claro, encaminar a la serie hacia la consumación de la venganza de Emanda. Pues ya no. Todos estábamos muy contentos por el nivel de bitcherismo de la temporada con constantes duelos de perras entre Emanda y Victoria (Emily VanCamp y Madeleine Stowe, el presente y el futuro del botox, divarracas nivel supremo), dispuestos a disfrutar de la recta final. Pues ya no. En el último capítulo, Revenge ha enredado tanto las cosas que si ABC no decide cancelarla, y tal como está ABC lo dudo, aún hay serie para rato. Y eso, obviamente, es una tomadura de pelo al espectador y sin embargo no puedo dejar de aplaudir el espectáculo pirotécnico. Revenge es ahora mismo más culebrón bananero* de lo que nunca fue, la venganza está paralizada y su protagonista al borde del precipicio. Y eso sí que me parece interesante, ver a la manipuladora Emanda en clara desventaja frente a sus enemigos y con sus alianzas comprometidas o dañadas.

Empieza tras este capítulo ya no sé si una nueva serie, pero desde luego si una nueva etapa centrada en enseñarnos como la protagonista va a salir del atolladero actual en el que se encuentra. Parecía que llegábamos al final, que la trama no podría estirarse más. Ilusos. Los responsables televisivos saben que siempre se puede forzar la cuerda un poco más, el riesgo a romperla es lo de menos, la responsabilidad con el espectador no es relevante, ya se sabe, todo por la pasta.

* [Espoilers a gogo]: Habían tirado de centenares de elementos de culebrón clásicos antes (las escaleras han dado mucho juego en esta serie) pero la amnesia es junto a la ciega que recobra la vista y el embarazo simulado (que también ha usado Revenge y que ha terminado su recorrido en este cap) mi favorito. En el momento en que descubrimos que Emanda está amnésica (ojo, podría ser una estratagema, claro, con esta muchacha nunca se sabe y no sabemos cómo llegó al hospital exactamente) mis risas se debieron de escuchar en todo el edificio. Hace bien la serie en usar todos estos giros tróspidos del género sin tomárselos en serio. Al fin y al cabo esa debe ser la clave de un culebrón de prime time de hoy en día, saber reírse de sí mismo para lograr entretenernos. PD: Ya puestos podían volver a Daniel Greyson mudo, le harían un gran favor a la humanidad.