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sábado, 13 de septiembre de 2014

Una bocanada de vida

BOYHOOD 


Leyendo a Harry Potter. He estado ahí.



Tras más de medio año de ruido desde su estreno en el Festival de Berlín, por fin se ha estrenado en España Boyhood, el film que Richard Linklater rodó a lo largo de 12 años, capturando el paso del tiempo el rostro y la mentalidad de un niño, al que da vida el apagado Ellar Coltrane. Y lo que ha logrado ha sido un conjunto de retazos de vida, de secuencias desbordantes de energía, sentimientos y magia. Cosidas con una sabiduría y una naturalidad pasmosas, las transiciones no podrían ser mejores, no podrían ser más indelebles. Boyhood es una panorámica no sólo de la infancia y la adolescencia, sino también de la propia familia como institución social básica. Si el niño (y en menor medida su hermana, Lorelei Linklater, que se va diluyendo con el paso del metraje) es el centro, sus padres, interpretados por los fantásticos Patricia Arquette y Ethan Hawke, son el motor que hace avanzar el film. Al final la vida de un niño hasta que se convierte en un adulto, está totalmente condicionada por las decisiones de sus padres. Su vida no es, en cierta forma, del todo suya, sino más bien un apéndice de la de sus progenitores.

También es, además de un retrato de dos épocas vitales (la infancia del niño, la crianza de los hijos de los padres), un retrato de una época, de la década de los 2000, de esa América post 11-S, corroída por el miedo y la paranoia. Linklater usa un puñado de secuencias para filmar una enmienda a la totalidad del bushismo y a la vez para plasmar la esperanza que suponía la llegada de Obama. Quizás le faltó, en el tramo final, una reflexión sobre la decepción que la presidencia de este último ha supuesto. En esta línea, nos presenta qué es ser un liberal en Texas, y con muy pocos elementos dibuja las líneas maestras del Estado, no juzgándolo, sino queriéndolo. La Texas de Linklater no es una marioneta de la que mofarse, es un territorio palpable, con su amor por la II enmienda, su cristianismo, sus paisajes hipnóticos, sus pueblos y sus ciudades. Quizás sólo un texano liberal como él podía presentar al Estado con tanta hondura desde un discurso muy sencillo. La secuencia de los paisanos texanos funciona porque no los juzga, simplemente muestra como son, que creas en las armas como tradición familiar no te hace mala persona. No enarbola ni un discurso a favor ni en contra, simplemente nos muestra cómo es una familia texana tradicional. No hay soflama panfletaria, simplemente una estampa más de la vida.

Boyhood es ante todo, una película tranquila. Un relato que discurre con ritmo pausado. Tiene momentos de fuerte carga dramática, casi todos ligados a Patricia Arquette y su relación con los hombres. Pero es tan naturalista y se toma tanto tiempo para pintar la vida de esta familia que no funciona por acelerones bruscos o cambios de ritmo. Es capaz de destrozarte el corazón pero también de insuflarte ganas de vivir. A pesar de hablar del alcoholismo y la violencia es una película optimista, luminosa. Tanto Arquette como Hawke empiezan el film a la deriva y lo terminan encontrándose a sí mismos, la historia de cómo dos personas maduran a lo largo de 12 años hasta cambiar sus vidas por completo. El mensaje final es que la vida no es más que barro que tú mismo moldeas. El hombre es dueño de su propio destino. Y como la vida no es más que lo que ya has vivido y lo que te queda por vivir, es puro potencial transformador. Pura esperanza. Por eso cuando sales de verla, tienes mucha más fe en el ser humano que cuando entraste al cine. Boyhood es un film que te hace creer en que mañana será un día mejor, que uno sólo tiene que quererlo de verdad, quererse de verdad a uno mismo. Tenemos toda nuestra vida por delante. Vivámosla.

viernes, 21 de febrero de 2014

Dos amaneceres distintos en el transcurso de un año

BEFORE SUNRISE / STOCKHOLM


La información es poder... poder enamorarte

Hace un año vi Before Sunrise (Linklater, 1995), tras haberla visto mucho tiempo atrás y guardar un gran recuerdo de ella, ya que la trilogía Before… de Richard Linklater, Julie Delpy y Ethan Hawke se caracteriza por producir un gran impacto emocional si el espectador entra de lleno en la historia. La vi, esa segunda vez, acompañado (o algo así), y eso también condicionó mi visionado. No sólo pensaba en qué me estaba pareciendo a mí, sino que además me preguntaba todo el rato a mí mismo, ¿qué estará pensando la otra persona?, ¿en esta secuencia verá lo mismo que yo? ¿verá que ella es una bomba siempre a punto de explotar? ¿que él no sabe dónde se está metiendo, que es un puto inconsciente?. Y así todo el rato. Cómo y con quién ves una película obviamente altera tu percepción de la misma. Para mí Before Sunrise dejó de ser la misma película que había conocido en su día. Tampoco yo era la misma persona, quiero pensar que ahora soy un tipo un poco más maduro, sobre todo emocionalmente, que 7 años atrás, cuando aún estaba saliendo de la pubertad.

La primera vez que vi la película me fascinaron su romanticismo y su osadía aventurera, sus ansias de exploración. La segunda vez, en cambio, fue la sensación de complementariedad que transmiten esos dos desconocidos que se encuentran en un tren y deciden pasar una noche juntos surcando Viena. El amor tiene que ver más con estar a gusto con una persona que con vivir una gran aventura. Nos acabamos de conocer pero siento que te conozco de toda la vida. Más confianza y complicidad que frenesí.

Se cometieron errores

El año natural que siguió a ese día, con sus altos y sus bajos, por ese orden, lo completé, con un día de retraso, y esta vez solo, con el visionado de Stockholm de Rodrigo Sorogoyen, la película española de 2013 que más ganas tenía de ver. El espontáneo encuentro en una fiesta entre dos jóvenes con amigos en común entre los que va surgiendo una química especial según avanza la película. Llegaba advertido (es difícil llegar virgen tras un año de run run) de que llegado un momento su aire de comedia romántica se cargaría hasta evolucionar en otra cosa. Y aún así cuando llegó el giro yo no estaba emocionalmente preparado. El amanecer en Before Sunrise era un canto a la esperanza (y también a la inconsciencia), en Stockholm es un crujido, una decepción, un desencuentro. El desencuentro entre una persona que quiere demasiado pronto y otra que quiere demasiado tarde. Ouch. Ahora ya estoy preparado para quererte. Pues yo ahora ya no quiero. Y del constante desencuentro lo único que surge es dolor. Dolor y rabia. Y en última instancia también una honda angustia.

Así, ese piso madrileño de azotea con vistas maravillosas, se convierte en una cárcel en la que no sabemos muy bien quién es el carcelero y quién el prisionero. Al final de Before Sunrise todo eran promesas. En Stockholm en cambio, nos hablan de promesas que no valen nada, quizás porque nunca valieron nada o quizás porque han caducado de mero cansancio, por no ser tomadas en serio a su debido momento. Debe ser el espectador, en todo caso, el que decida, si es capaz de hacerlo. El quizás es algo común a ambas películas, sin embargo en el film de Linklater los quizás se proyectan hacia el futuro, en cambio en el de Sorogoyen danzan noqueados entre los dos protagonistas (Aura Garrido y Javi Pereira, brillantes, sobre todo ella) anclados al pasado, a los errores cometidos.

Es normal en películas que giran en torno a un duelo entre dos personajes tomar partido por el que crees que te identifica mejor. Yo lo hice con las dos primeras películas de Before… y en cambio en la tercera, en la que justamente el conflicto es el eje central aprendí a no hacerlo. Ahí sí que supongo que jugó la madurez, o más que la madurez la experiencia sentimental. Uno no puede quedarse parapetado en sus propios sentimientos, tiene que intentar entender los de la otra persona. Eso quizás sea querer a alguien. Obviamente es algo complicado. Y lo que pasa cuando no lo consigues, cuando te quedas solo, únicamente acompañado de tu dolor, es que te haces daño a ti mismo en una espiral sin fin y acabas haciéndole daño a la otra persona. Lo que pasa en esos casos es Stockholm. El deterioro de una relación entre dos personas que a priori sí funcionan juntas, dos personas que empiezan siendo como los protagonistas de Before Sunrise, adecuadas (no es una palabra romántica, pero creo que es la más acertada) la una para la otra, “las personas” y terminan por no ser, a pesar de ellas mismas, de sus deseos. Stockholm es una película que quema, no como ese café al viento en la azotea, que abre una puerta a la posibilidad de corregir los errores, pero que con su final acaba por cerrárnosla en las narices. Quizás esos tres minutos finales sería lo que cambiaría de la película. Sí, quizás.