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martes, 22 de abril de 2014

Diversos matrimonios

PARENTHOOD – Quinta Temporada


El precipicio

El viernes echó el cierre la quinta, y no sabemos aún si última, temporada de Parenthood, el drama familiar de Jason Katims (Friday Night Lights) que emite la siempre a la deriva NBC. En la ruleta rusa que es esta serie, que tan pronto tiene temporada larga como corta, se emite en midseason, en otoño o durante toda la temporada regular, este año hemos tenido una entrega de largo recorrido con 22 capítulos. Posiblemente un error. A Parenthood le sienta mejor la concentración en 15 capítulos, eliminando tramas de relleno y marcando más claramente las líneas maestras de la temporada. Eso se ha notado en que más allá de la trama de Julia y Joel y la de los abuelos, el resto de personajes, o micro-familias ha tenido un discurrir a trompicones. Precisamente la primera de esas tramas ha sido el hilo conductor de esta entrega, la que ha llevado el corazón de la serie, al igual que en la cuarta fue el cáncer de una de sus protagonistas.

A partir de aquí, si no has visto el descacharrante comeback de Haddie, no sigas leyendo
Si el año pasado Katims and Associates supieron tratar con delicadeza, cariño y tacto el tortuoso camino por el cáncer de un personaje tan irritante como Kristina Braverman (Monica Potter, una actriz solvente), este año el principal atractivo de la serie, pero también su gran resbalón fue la trama central, la crisis matrimonial de Julia (Erika Christensen ha estado muy bien este año) y Joel (Sam Jaeger). El problema es que mientras la trama del cáncer evolucionaba orgánicamente, de forma muy natural, muy sentida, esta debacle sentimental se movió a trompicones. Mientras podías entender a Kristina y Adam (Peter Krause, lejos de sus mejores trabajos), y mira que no son odiosos constantemente, comprender a Julia y Joel fue más complicado. A ella al inicio, cuando su estatus de mujer desesperada que bebe una copa de vino a media mañana porque no tiene nada que hacer se le hizo demasiado y comenzó a auto-boicotearse. A él al final, cuando demostró no tener el corazón en su sitio y actuar a golpe de orgullo de macho herido. Esto mismo, que narrativamente fue un error y marcó la temporada, de cara a que el público se sintiera interesado fue un gran gancho, y así estuvimos en twitter lanzándonos #teamJulia o #teamJoel en función de cual cavaba con más intensidad el foso. Lo interesante hubiera sido poder comprender a los dos a lo largo de toda la crisis, sentirnos identificados, lastimados. Jason Katims escribió en Friday Night Lights (cuán larga es tu sombra) el que posiblemente sea el matrimonio más palpable de toda la televisión, los Taylor, pura verdad. Sin embargo, aquí se ha pasado de frenada. Todas las parejas tienen crisis, unas más hondas que otras, y por ello es fácil de identificarse con una relación ante el precipicio, pero en esta ocasión no han sabido escribirla desde las entrañas, todo es demasiado artificial, ambos son demasiado estúpidos, no hay naturalidad en este relato. Ha sido interesante (salvo hacia el final en el que estábamos en un bucle), nos ha entretenido, pero no, tenían la ocasión de abordar el tema desde la cercanía y la cotidianidad, a tumba abierta, y no fueron capaces, primó lo artificioso.

El cariño

La otra trama constante este año fue la de los abuelos. Aquí en cambio creo que sí han sabido plasmar un conflicto vital interesante. Los abuelos Braverman (Craig T. Nelson y Bonnie Bedelia) inician ahora la recta final de sus vidas, la última etapa. Ella, que ha vivido para criar a su clan, quiere conocer mundo, él, seguir siendo el rey de su hogar, que nada cambie. Partiendo de posiciones opuestas han sabido llevarlos hacia un punto común, hacia el amor y el respeto que se tienen el uno al otro tras tanto tiempo juntos. Venden su casa, se mudan a una más pequeña y emplearán el dinero en viajar. Tiene sentido. Cuando pienso en mí mismo en la vejez, creo que pensaría y querría lo mismo que ellos, que ambos. Ante el final de mi vida desearía exprimir el tiempo para ver todo lo que no he visto, para vivir lo que no he vivido, pero también estar al lado de mi familia, disfrutar de mi vejez con la persona que quiero a mi lado. Esta trama empezó siendo floja, sobre todo porque costaba entenderla a ella, y sin embargo terminó siendo una historia preciosa sobre el amor en la vejez, sobre los sueños incumplidos y los recuerdos preciosos.

En cuanto al resto, Adam y Kristina tuvieron 2 tramas arco. La primera, hasta el parón de Navidad, la delirante carrera política de ella. Delirante porque nadie se puede creer que Kristina Braverman pudiera ser alcaldesa de una ciudad de 100.000 habitantes. Sería la Ana Botella americana. Sin embargo, la llevaron bastante bien, fue entretenida, la terminaron con clase y permitió enfocar el camino hacia su trama post-parón: la segunda, el colegio para niños con problemas como su hijo Max (Max Burkholder). Una trama que también puede resultar too much, pero que tiene sentido sabiendo cómo son ellos, y que vuelve a situar en el foco los problemas educativos en USA. Teniendo en cuenta que Parenthood pretende ser una antología de los problemas que acechan a los blancos de clase media, la educación tiene que ser un tema recurrente. Por eso creo que es un acierto, por muy irreal que parezca lo de montar un colegio de la noche al día.

En cambio, los otros dos hermanos Braverman han carecido de grandes tramas arco a lo largo de la temporada. Crosby (Dax Shepard tiene una muy buena vis cómica) se ha erigido en el gran alivio cómico de la serie. Con todo viento a favor, por fin le han encontrado su lugar, Crosby no un personaje con un gran poso dramático, así, ligero, más maduro pero también más gracioso, funciona. Mientras que Sarah (Lauren Graham se merece algo mejor) se ha movido por los márgenes del relato. Estabilizada por fin laboralmente, sembraron una trama amorosa que no fue a ningún sitio para al final redirigirla de nuevo hacia un Hank (no soporto a Ray Romano) que ha descubierto que posiblemente tiene Asperger como Max. El problema de esta pareja es que no tiene química. No tiene ninguna química. No hacen buena pareja y no eres capaz de captar amor entre ellos, cariño sí, pero amor no. No funcionan juntos. Katims se equivoca al reincidir en este error.

Por su parte, los hijos de Sarah, Amber (Mae Whitman, una actriz de la que nunca tengo suficiente) y Drew, se dedicaron a gestionar sus embrollos amorosos. A Amber le explotó en la cara la bomba de relojería que era su prometido, Ryan (o como lo llamamos Seño, mi fiel compañera en el visionado de esta serie y yo: Veterano), mientras que Drew (Miles Heizer) se vio como joven latin lover (WTF?) en medio de un triángulo amoroso entre dos perras maliciosas como son su ex del instituto y su rollo universitario. Ninguna de estas dos tramas resultó especialmente interesante, aunque la de Amber tuvo sus picos dramáticos y la de Drew sus risas involuntarias. En cambio si hubiera tenido más chicha ver cómo hubieran desarrollado el descubrimiento de la identidad sexual y emocional por parte de Haddie (la hija universitaria de Kristina y Adam, apartada de la serie en los últimos 2 años). Haddie (Sarah Ramos) vuelve a la ciudad para las vacaciones de verano y trae consigo a su “amiga especial” (sic) en un giro descacharrante nivel Shonda Rhimes. Con faldas y a lo loco. En la larga lista de problemas de los blancos yankees en la que Katims se dedica a hacer check sobre cada uno de los ítems faltaba clamorosamente el de la homosexualidad. Por si acaso no la renuevan, se lo quitó de encima en 40 minutos. Sin desarrollo alguno, puro fuego de artificio. Eso sí, las reacciones de Kristina y Adam sí estuvieron bien escritas. Con mucho cariño y normalidad. Pena que detrás no hubiera una trama, sólo el giro. Ruido en vez de sustancia.

Dicho todo esto, y a pesar de todos sus fallos, de sus problemas de ritmo, de sus momentos de odio general, acabo contento con esta temporada de Parenthood, no, no ha sido ni mucho menos la mejor, pero han logrado desarrollar tal grado de empatía con este familia que simplemente es un happy place de relaciones humanas. No veo esta serie porque sea brillante, la veo porque me entretiene, porque de vez en cuando me hace reír (cuando los hermanos están juntos, borrachos y bailando generalmente) y más a menudo de lo que me gustaría admitir me emociona. Es una serie sencilla, nada más que eso, no se la recomendaría a casi nadie, pero yo me la quedo. Ojalá haya renovación.

viernes, 10 de enero de 2014

El insoportable espesor de la familia

AUGUST. OSAGE COUNTY


Quiero una camiseta con este fotograma

Hace no mucho leí a alguien (como siempre, no recuerdo quién) que decía que la familia es esa institución social de la que siempre estamos preconizando su defunción y que en cambio nunca termina de morir. Como si estuviera hecha a prueba de bombas. En August. Osage County, adaptación de la obra homónima del dramaturgo, guionista (adapta su propia pieza teatral) y actor Tracy Letts, se narra la descomposición de una familia que se encuentra bajo el yugo de una matriarca gravemente enferma de cáncer (una Meryl Streep a ratos alucinada y alucinógena, y casi siempre demoledora) que ha hecho del ataque a sus seres queridos su única forma de vida. Ahora, que la muerte golpea a su puerta.

Cuanto más decimos que la familia está al borde del colapso más, en realidad, se fortalecen sus lazos. Hay más interdependencia (emocional, no estoy hablando de cuestiones económicas) entre nuestros padres y nosotros que la que hay entre ellos y nuestros abuelos, y seguramente menos de la que habrá entre nosotros y nuestros hijos (si es que algún día esta generación alcanza la suficiente estabilidad económica para tenerlos). Esta cuestión la toca de pasada August durante la fabulosa secuencia de la cena familiar. Ante las quejas de sus hijas por el trato que les dispensó su madre durante su infancia esta responde hablando de la suya, de la terrible relación con su madre, ya no de la frialdad de su relación, sino directamente de la agresividad que la presidía. Más adelante, el personaje de Meryl Streep les dice a sus tres hijas, lacónicamente, que quizás eso es lo que ha heredado de su madre. Esa maldición/necesidad de devorar a sus crías. Y quizás su hija mayor (Julia Roberts, fantástica, en uno de los mejores trabajos de su carrera) lo haya heredado también. Quizás toda esa fuerza volcánica, ese odio, ese rencor, es una maldición familiar que corre por los genes y se traspasa de generación en generación, creando madres que de tanto amar a sus hijos los asfixian en sus ansias de control. 


Esta película dirigida por John Wells, sin mucha personalidad pero con solvencia, es por lo tanto una gran reflexión sobre la familia como estado de sitio, como cárcel de la que no es posible escapar. En esta película no hay mucho sitio para la esperanza, la familia es una condena a cadena perpetua. Cuando la hija del medio (Julianne Nicholson, la más contenida y aún así la que más desgarra de todo el reparto) dice que la familia no es más que un grupo de personas unidas por estrictos lazos biológicos se equivoca al restarle importancia a ese hecho. Letts acaba demostrándonos que la unión genética viene acompañada de algo más, algo que quizás no sea producto ni de la convivencia ni del cariño, algo espeso que se mueve por las entrañas impregnándolo todo. No hay posibilidad de escapar de la familia, porque la familia está dentro de ti desde que naces.


Si August no duele es porque no persigue que nos encariñemos con sus personajes. Es una historia tan agria, que se mueve por lugares tan oscuros, que hace difícil amar a unos personajes llenos de miseria. No tengo muy claro si esa decisión es un acierto o un error, sólo sé que la película funciona, a pesar de que su clímax, la cena familiar de 20 minutos, esté situada en medio del metraje, condenando al film a deslizarse lentamente cuesta abajo durante los 40 minutos restantes, aun habiendo en ellos varios picos de cruda tensión. Si la primera parte es una comedia negra, tras la cena (o más bien en el transcurso de la misma) la historia torna en un drama familiar que quizás carga demasiado las tintas en alguno de los temas que expone. Si la primera parte es de Meryl Streep, la segunda lo es de Julia Roberts, lo cual no justifica una secuencia final diferente a la de la obra de teatro que no aporta absolutamente nada a una historia que de tanto desgañitarse termina con la voz rota.