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lunes, 16 de junio de 2014

Mi Orange favorita

ORANGE IS THE NEW BLACK - Segunda temporada


La estrella y la prota

Con la aplastante victoria de la Oranje sobre la selección española en el Mundial de Fútbol de Brasil aún retumbando en medios de información, redes sociales y conversaciones entre amigos,  me pongo a escribir sobre Orange is the new black, la escuadra invencible capitaneada por Jenji Kohan representando a Netflix en la temporada de verano. Lejos queda ya la emoción desbordante que levantó el año pasado, tanto por ser realmente buena (y adictiva) como por ser inesperada. Había muchas expectativas para con la adaptación USA de House of Cards y el comeback de Arrested Development, pero  poca gente esperaba el regreso de Kohan a la televisión tras el final de Weeds con verdaderas ganas. Yo, que quise a Weeds con todo mi corazón, tenía fe, pero sinceramente, no creí que la serie fuera a tener el nivel que en efecto tiene, sobre todo que fuera a ser una ficción tan sólida, tan bien hilada. Si Weeds funcionaba por golpes de efecto, OITNB lo hace de una forma más natural, orgánica, sí, hay obviamente giros y sorpresas, explosiones en las tramas, pero la serie no las necesita para avanzar, el simple placer de observar a estas reclusas en su día a día (y en sus respectivos días pasados) hace que el visionado merezca la pena.

Gran parte de las críticas que le hicieron en su primer año a la serie iban dirigidas a su protagonista, Piper Chapman (Taylor Schilling hace un gran trabajo). Ello se debió a que en lugar de ofrecer al espectador un personaje central agradable, cercano, positivo, Kohan dibujó a una protagonista con más oscuros que claros, una protagonista agridulce, egoísta, destructiva. Vamos, una continuación lógica de la Nancy Botwin de Weeds. Se ha debatido mucho sobre machismo ante las críticas que han recibido personajes femeninos (y sus actrices) como Skyler White o Cersei Lannister. Y las críticas a la Piper de OITNB apuntan, en parte, en la misma dirección. Cuanto más imperfectos son los personajes masculinos centrales más nos gustan, pero en cambio no le perdonamos a los femeninos sus errores y maldades. Da igual que Walter White fuera un Anakin Skywalker sumergido en el lado más oscuro de la fuerza, los odios de los espectadores se centraban en su mujer. Justamente lo que se le criticaba al personaje, su egocentrismo sin límites es lo que la hacía interesante, lo que le daba profundidad. Por suerte Jenji Kohan también lo entendió así y Piper sigue siendo una persona muy egoísta. Lo cual la serie usa a su favor para crear situaciones cómicas, ya que todos los personajes se lo escupen a la cara, y ella misma es consciente de ello.

A partir de aquí, puede haber algún spoiler sobre esta segunda temporada de OITNB 
Sin embargo es posible que este año escuchemos menos críticas que apunten hacia Piper como el eslabón débil de la serie porque la misma ha mutado su estructura hacia una ficción mucho más coral que en el primer año. Salvo el primer episodio, totalmente suyo, Piper ha pasado a convertirse casi un personaje más. De hecho la gran trama arco de la temporada ha sido la de la lucha de poder en la cárcel y Piper ha sido totalmente ajena a la misma. De hecho ha sido el personaje que más desconectado ha estado con respecto al resto. Salvo por su amistad con Red (si un Emmy ha de ganar OITNB es el de secundaria para Kate Mulgrew, soberbia) y Nichols (necesito más Natasha Lyonne para el año que viene Jenji), Piper ha sido más un personaje orientado hacia el exterior que hacia el interior. Con una situación de estabilidad dentro de prisión, sus tramas han girado en torno a sus relaciones personales más allá de los muros de la cárcel, con Larry (Jason Biggs), con su amiga, con su familia y sí, con Alex. Cuando se anunció que Laura Prepon no sería actriz regular este año, todos nos echamos las manos a la cabeza, la relación de amor-odio entre ambas fue el motor principal de la serie en su primer año. Sin embargo su ausencia no ha perjudicado a la serie, porque ha estado bien integrada en las tramas, porque a pesar de todo ha aparecido bastante y porque abre pasa a una trama muy interesante de cara al próximo año.

Dejando de lado a la protagonista, es hora de hablar de la gran trama de la temporada, la lucha de poder entre Red y Vee (Lorraine Toussaint). ¿Y quién coño es Vee? La mala. Muchos dramas del cable tienen una estructura que se articula en torno a “el malo de la temporada” por ejemplo, Justified o True Blood, o en sus dos últimas temporadas Boardwalk Empire. Es una estructura bastante clásica, tomada de la literatura, en la que los protagonistas tienen que enfrentarse a un personaje malvado que ha irrumpido en su mundo poniéndolo todo patas arriba. El éxito de la fórmula radica en si ese malo está bien desarrollado y si sirve para que los protagonistas evolucionen narrativamente hablando. En el caso de OITNB podemos marcar un doble check, pero con peros. Vee, una especie de madre-jefa de Taystee (Danielle Brooks) es un gran personaje, ególatra y pérfido, una líder carismática muy manipuladora y también mentalmente muy inestable. El “pero” sería que quizás es demasiado mala. Y eso choca con una serie que trata con dulzura a esta panda de criminales. Mientras el resto de presas cometieron sus respectivos delitos por una razón más o menos entendible, incluso justificable en el campo moral, Vee no, Vee es un personaje tan enfermo de poder que le da igual hacer daño a sus seres más queridos.

En cuanto a cómo ha afectado a los demás personajes la irrupción de Vee en la cárcel, el saldo ha sido muy positivo. Hemos visto a una Red contra las cuerdas muy divertida y muy interesante. Más sabia y reflexiva, más mayor también, más cansada. En cuanto a las negras, Vee arrinconó a Poussey (Samira Wiley, fantástica), situándola de esta forma como el corazón, como el centro emocional de la temporada, y embaucó a las demás llevándolas a un territorio muy turbio, incluso desagradable. Pudimos ver así a una Taystee muy agria, lejos de su optimismo y felicidad habituales. En cierta forma la relación Poussey-Taystee cubrió el vacío que dejó el conflicto entre Piper y Alex. La consecuencia ha sido que las negras no han sido el alivio cómico que fueron el primer año, sino uno de los elementos más dramáticos de la temporada, lo cual ha ayudado a que Crazy Eyes (Uzo Aduba) se haya lucido aún más este año. En cuanto a las blancas, el conflicto entre Red y Vee por controlar el mercado negro en la prisión ha servido para que estas se reagruparan en torno a su líder, después de darle la espalda al final de la primera entrega. El tránsito de Red por el desierto (y el inicio de su camino hacia la vejez) ha sido una de las tramas más interesantes y ha venido a corroborar que es claramente mi personaje favorito de la serie. Nichols y Boo (Lea DeLaria) han sido quizás el motor cómico este año, sobre todo con su competición por ver cuál de las dos follaba más. Morello (Yael Stone) ha ganado en densidad dramática gracias a sus flashback y su “huida”, si antes era entrañable ahora es entrañable y perturbadora. Miss Rosa (Barbara Rosenblat), luchando cara a cara contra su cáncer ha sido otra de las tramas más duras, más emotivas y mejor construidas del curso.

#GaliciaIsTheNewBlack

Esa contraposición entre negras y blancas ha hecho, por el contrario, que las latinas hayan quedado en un discretísimo segundo plano. Quizás, de cara al año que viene, esta sea una de las principales tareas que deba acometer Kohan, convertir a las latinas en personajes tan interesantes como las negras y las blancas. Puesto que más allá de su líder, la commander in chief Gloria Mendoza (Selenis Leyva pide a gritos más protagonismo), las demás carecen de la complejidad del resto del reparto principal. Por lo demás, los flashbacks han vuelto a  funcionar como un reloj, la trama exterior de Larry sigue siendo lo menos interesante de la serie (aunque no creo que haya que eliminarla) y los trabajadores de la prisión han resultado también más interesantes. Así que el balance general es muy positivo, no me atrevería a decir que ha sido mejor esta temporada que la anterior, más bien hablaría de que la serie ha sabido consolidarse y ha demostrado que no es flor de un día, que perfectamente puede prolongarse durante mucho tiempo. Quizás OITNB no sea una comedia, pero desde luego es un happy place.

lunes, 12 de mayo de 2014

When you play the Game of Bitches, you win or you die

REVENGE - Tercera temporada


Divarraca del culebrón actual

Las historias bíblicas siempre nos han dado mucho juego (y han servido referencia) tanto en el ámbito de la cultura como en la vida en general. Una de las más conocidas, y más fascinantes, es la historia de Lázaro, al que Jesucristo resucitó diciéndole la famosa frase de “levántate y anda”*. Algo así es lo que ha hecho Sunil Nayar con el culebrón de prime-time creado por Mike Kelley, Revenge, en su tercera temporada. Nayar, que tomó los mandos de la serie tras el abandono de Kelley, que se negaba a seguir produciendo temporadas de 22 capítulos, ha logrado resucitar a una muerta. Tras la debacle que fue la segunda temporada de Revenge, Iniciativa mediante, tomó la sabia decisión de seguir moviéndose en círculos para ir directo al meollo de la serie: la venganza de Emanda. El primer tramo de la temporada, es decir, hasta la esperada boda que nos anunciaba el flashforward de la premiere, fue una vuelta a las esencias. A los duelos de perras entre Emanda y Queen Victoria. A los secretos y mentiras. Al ajuste de cuentas. A lo personal. El segundo tramo no se confirmó con eso, con recuperar la Revenge que nos ganó con sus giros locos y sus miradas asesinas en su primera temporada. En su segundo tramo Revenge pisó el acelerador. A fondo.

Esta serie está cimentada sobre la guerra, más o menos encubierta, entre sus dos protagonistas, la heroína vengativa, frente a la mala manipuladora. La gracia siempre estuvo en que ni una era realmente buena ni la otra era totalmente perversa. Ambas se movían en una tonalidad de grises casi negros muy divertida. Esa guerra, siempre en el centro de las historias se fue desarrollando a fuego lento, con más escaramuzas que batallas. Tras el fracaso de la segunda temporada, que jugó a transformar a la serie en un high-concept a lo Alias, la guerra entre estas dos bitches ha pasado de ser más de hechos que de miradas. Y la serie ha elevado el vuelo, incluso logrando que Jack tuviera un mínimo de interés y que Daniel se convirtiera en una pieza a tener en cuenta en la partida. Ver a Emily VanCamp y Madeleine Stowe odiándose con la mirada y las frases con doble filo era divertido, pero verlas jodiéndose la vida la una a la otra a cara descubierta lo es aún más. Para el recuerdo iconoclástico del culebrón del S.XXI (vaya conceptaco este) queda la partida de póker a lo American Hustle (3x17). Y como emblema narrativo los minutos finales de la season finale. De ovación por su salvajismo en la recreación en los clichés del género.

Justamente, además de la dialéctica entre dos personajes bastante parecidos en el fondo, como Emanda y Victoria Grayson, el gran acierto de Revenge es coger todos los clichés, dejes y mitos del género culebronesco y usarlos a su favor. Lejos de sentirse culpable por ser un culebrón, Revenge hace una constante apología del género. Como siempre digo, sólo nos ha faltado un ciego que recupere la vista milagrosamente. Eso sí, con la suficiente inteligencia como para ofrecerlo envuelto en un producto bien elaborado. Si Scandal tiene una dirección y un montaje dignos de Chimo Bayo, Revenge, aún siendo (a veces) muy loca visualmente, es una serie con buena factura, incluso con secuencias con soluciones visuales muy interesantes. Y para muestra todas las secuencias fuertes de la season finale, Execution (3x22). También, ha sabido (no siempre, que conste) que un culebrón hoy en día tiene que ser como un tiburón, o avanza constantemente o muere. Danzad, danzad malditos. En los dos últimos capítulos posiblemente pasan más cosas que en los 60 anteriores. Y eso hace que ambos resulten fascinantes de principio a fin. Esa recreación en el peligroso arte de quemar trama como si no hubiese un mañana. Y no morir en el intento. Porque la Revenge que se nos presenta de cara a la cuarta (y esperemos que última) temporada es una guerra abierta que hará del delirio bandera y del “siempre hacia delante” seña de identidad. No por predecibles (casi todos) los cliffhangers finales son menos divertidos, menos graciosos, menos interesantes. Hasta ahora hemos visto los dos primeros tramos de una historia de venganza, a partir de ahora veremos, el desenlace, la guerra total. Si esto fuera Kill Bill (que siempre ha pululado como referencia), podríamos decir que nos queda por ver el capítulo de David Carradine.

* [Spoilers a tropel del final de esta tercera temporada] Obviamente no traigo a colación la referencia a Lázaro sólo para hablar de la recuperación de la serie. La season finale tenía tres grandes explosiones. La totalmente esperada muerte de Aiden a manos de Victoria (¡qué maravilla de secuencia, cuantos jodidos matices le da Stowe a pesar del botox!). La muerte de Conrad a manos de… David Lázaro Clarke, que todos sabíamos desde el inicio que estaba vivo, demasiada cultura culebronesca a estas alturas. Y en tercer lugar, Emanda encerrando a Victoria en un psiquiátrico como esta había hecho con su propia madre, tras la maravillosa secuencia del cementerio. Todo esto en un solo capítulo. Y sin embargo, no resultó nada atropellado. Simplemente un espectáculo pirotécnico de primera, 42 minutos de diversión total. El año que viene nos espera ver cómo saldrá Victoria del atolladero, cómo encajará David en la trama principal y sobre todo ver, si al final de la partida, Emanda consigue derrumbar a la reina, tras el jaque mate al rey de este año. Revenge es esa serie que ha reconocido lo que todos sabemos, que la pieza más  importante del ajedrez es la reina, no el rey.

lunes, 21 de abril de 2014

She is the scandal*

SCANDAL - Tercera temporada


Actriz de raza










Terminó el pasado jueves en ABC, la tercera temporada de Scandal (Escándalo para los amigos y para Jimmy Kimmel), el The West Wing meets Gossip Girl de la todopoderosa Shonda Rhimes. Con 3.4 en los demográficos logró el mejor dato de audiencia de su historia y se confirmó como el drama (¿?) de network de moda entre las masas, y sobre todo entre las señoras de Omaha (equivalente yankee a la señora de Cuenca). Si la primera temporada fue un ensayo y la segunda una explosión (de wtfuckismo) esta tercera ha sido quizás la que se perdió en el bosque tras tomar el camino equivocado. En la disyuntiva entre campaña electoral y conspiración de agencia de seguridad, Rhimes escogió la segunda. Y como en los dibujos animados, eligió el camino tenebroso lleno de depredadores.

A partir de aquí spoilers a cascoporro
La trama política, o lo que de ella quedó
Iniciábamos el curso con las elecciones presidenciales al final del camino. Shonda fichó a Lisa Kudrow (la primera y por ahora única actriz de verdad que ha pisado esta serie) como una ambiciosa y carismática candidata a la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Armó una trama interesante alrededor de ella, poniendo a Olivia Pope (Kerry Washington, dándolo todo, por desgracia) como su estratega de campaña. Lo lógico hubiera sido que a mitad de temporada Kudrow se deshiciera de Reston (candidato asesino nº 1) en las primarias y que Fitz (candidato asesino nº 2) hiciera lo propio con su propia y desertora veep, la desquiciada y cómicamente sublime Langston (candidata asesina nº 3). Dedicando los capítulos post-parón de Navidad a resolver cual de los dos sería el nuevo Commander in chief. Error. La trama de Kudrow se cerró precipitadamente con su retirada de las primarias con un trama de “mi hermana es en realidad mi hija” de por medio cutre hasta para esta serie. Y con ella se cerraron las puertas a la vía electoral. La campaña voló bajo el radar a pesar de que la incorporación de Langston (Kate Burton) le dio cierta vidilla. Pasó tan inadvertida que llegados a los últimos capítulos descubrí, ante mi asombro, que estábamos a 4 días de las elecciones, cuando yo pensaba que estábamos a cuatro meses. No hubo convenciones, casi no hubo sondeos, vimos 4 minutos de debate, Reston salió otros 4 en toda la temporada y no nos paseamos en bus de campaña por Ohio, Florida y Pennsylvania. No Ohio, no party.

Aún así, los mejores momentos de la temporada vinieron por este lado, lo cual corrobora la idea de que Shonda falló al planear la gira de su Freak Show este año. En primer lugar, nos dio la mejor secuencia de la serie, esa en la que Olivia hablando con el jefe de gabinete, Cyrus (Jeff Perry, la coca hecha actor)  se da cuenta de lo que dijimos antes, los tres candidatos a presidente son unos asesinos. Autoconsciencia pura. Parte del encanto trash de Scandal reside en que su equipo cree estar haciendo un solvente drama político cuando en realidad están haciendo trashismo televisivo metanfetamínico. ¿Cómo coño va a ser esta serie un producto de calidad? No, no lo es y esa secuencia demuestra que muy en el fondo ellos también lo saben. Scandal es puro delirio. En segundo lugar, nos dio esa maravillosa y demencial trama en la que el jefe de gabinete de la Casa Blanca empuja a su marido periodista a seducir al marido de la ultra-cristiana vicepresidenta, para destruir la posible carrera presidencial de la misma, trama que termina con ésta matando a su marido y el susodicho jefe de gabinete tapando el crimen. Esto sólo puede pasar en Scandal. El drama cómico definitivo. Y en tercer lugar, fue muy divertido como Shonda jugó, desde su propia visión oligofrénica, con la política USA. Por un lado lanzando a una vicepresidenta contra su jefe en la carrera por la reelección, cosa que no pasa desde el inicio de la Unión. Por otro, mostrando a su manera el magma ideológico que es el GOP (el Partido Republicano). Mientras Fitz (Tony Goldwyn) representa lo que en la vida real es el GOP moderado y pro-negocios (en Scandal en realidad Fitz es un peligroso comunista que ama a los inmigrantes, la educación, los gayers y la sanidad), Langston ejemplifica al GOP cristiano radical (no confundir con el Tea Party o los libertarios, igual de locos, pero que son otras facciones extremistas). En el Juego de Tronos de Scandal, los ultra-cristianos están locos (y son unos asesinos), los republicanos moderados son unos viciosos (y son unos asesinos) y los demócratas son simplemente unos asesinos. Bien. La mirada al mundo de la política americana de Shonda Rhimes es algo así como la secuencia en infrarrojos de Kill Bill. Cambiando la katana de La Novia por un pene de plástico.

La gran conspiración
Sin embargo el eje de esta temporada de Scandal fue el B-316, esa agencia gubernamental secreta (y que se finanza gracias a un algoritmo: guau) que tiene lo peor de la NSA, lo peor de la CIA, lo peor del Ejército y lo peor del FBI. Todo en uno. El mal definitivo. Así, nos movimos todo el rato en el peligroso terreno de la conspiranoia con personajes tan desatados como el padre de Olivia, todopoderoso comandante de la agencia, que tras caer en desgracia monta su propio plan de asalto al poder a lo House of Cards, la enajenada terrorista madre de Olivia, con una agenda criminal tan esquizofrénica como ella misma o “el otro hombre” de Olivia, ascendido a comandante de la agencia que supuestamente le destrozó la vida. El problema de todos estos mimbres no es lo absurdos que resultan, sino lo poco graciosos que terminan siendo. Este juego de ajedrez de atentados y amagos no acaba de cuajar no por ser completamente surrealista, sino porque no es divertido, porque esta gente no habla sobre gladiadores con traje o el six pack de líder del mundo libre. Se supone que son gente seria, pero sólo son gente aburrida.

About Mellie y el thriller psicosexual  definitivo
Filosofía americana
Mi personaje favorito de la serie, por ser la más fiel representación del público objetivo de la misma es Mellie (Bellamy Young y sus caras de crazy bitch 500 pueblos más allá de un ataque de nervios), esa primera dama puteada por su marido que nos tiene que caer mal porque le gusta mucho el poder, dice Shonda. Como si no fuera suficiente con que tu marido te aborrezca y tenga a su amante metida todo el día en su despacho, para que uno se pueda apiadar de esta pobre alma en suplicio, enferma de ambición, y reina del estilismo y el verbo más trash al otro lado del charco, nos han dado una historia para perdonarla. Sí, para perdonarla. En una serie de asesinos, terroristas y golpistas tenemos que perdonar a Mellie. ¿Y cuál es esa historia? Pues que su suegro la violó en el inicio de la carrera política de su marido y ha vivido todos estos años sin saber quién es el padre de su hijo. Guau. A Shonda Rhimes le pasa en Scandal lo que a Ryan Murphy en Glee, no tiene ningún problema en irrumpir como un elefante en una cacharrería en temas profundamente serios, tornándolos con su estruendoso paso en algo descacharrante. Uno no se puede tomar en serio a Mellie porque Mellie no es un personaje serio. Porque Scandal no es una ficción seria.

Si todo lo dicho hasta ahora parece escrito desde la oficina de Jordan Belfort en The Wolf of Wall Street o la de Paco Marhuenda en La Razón, me he guardado para el final la trama más enajenada de la televisión de los últimos tiempos: el thriller psicosexual de Huck (Guillermo Díaz, el peor actor que he visto jamás) y Quinn (Katie Lowes). Descrita en una palabra: babas. Babas por todas partes, dos tipos asquerosos escupiéndose y babándose y fornicando. Una trama sucia hasta la nausea. En primetime de una network propiedad de Disney. Gracias. De verdad, gracias, me he reído como creí que no era capaz de hacerlo. El futuro del drama psicológico era esto. Las femme fatale han pasado a mejor vida. Post-fatalismo. Post-fluídos. Post-todo.

En definitiva, una temporada mal planteada, que en vez de darnos política-fricción, que es lo que nos gusta, lo que hace a Scandal tan irreal y tan divertida, nos enredaron con una trama high-concept demasiado gris para una serie que si algo no es, o no puede ser, es monótona, seria, aburrida. Con esto no quiero decir que no me lo he pasado bien esta temporada, que no me he reído a mandíbula abierta, simplemente creo que pudo haber sido todo mucho más absurdamente gracioso. Scandal no es una buena serie, de hecho es como una droga dura, jodidamente mala, jodidamente adictiva.

* Título por obra y gracia de mi pequeña hermana

viernes, 28 de marzo de 2014

Dancing on my own

GIRLS - Tercera temporada


Los restos del naufragio (y una maleta de leopardo)

Spoilers por aquí y por allá de la season 3 de Girls
Cuando el lunes por la noche terminé la tercera entrega de la Girls de Lena Dunham lo que me invadió fue una viscosa soledad. Al final, sólo nos tenemos a nosotros mismos. En el capítulo 3 de esta crónica de una generación a la deriva, Dunham ha optado por agudizar la vertiente dramática de la serie. Las explosiones de humor han sido contadas, la disgregación del grupo ha avanzado hasta convertir a las Girls en amigas sin amistad, únicamente pegadas entre sí por la soledad que las rodea. En Girls la amistad ya no es un sentimiento puro, es un estado de sitio gobernado por la mera conveniencia. Tras Beach House (3x07) que será el capítulo que más recuerde de esta temporada (no es mi favorito, que conste, creo que la introducción del grupo gayer (no puedo con Elijah y Andrew Rannells, la marica mala definitiva, simplemente no soy capaz) le restó mucha fuerza dramática y catártica) y todo el tsunami de mierda que desató poco queda de amor entre estas cuatro. Demasiada mugre. Ahora no son más que islas que forman un archipiélago desarticulado. La secuencia del Dancing on my own de Hannah y Marnie ya no se puede ni vislumbrar por el retrovisor.

Las otras girls
Que el foco de la serie se colocara aún más sobre Hannah también ha ayudado a crear esa sensación. Si hay una pega que le pongo a esta temporada, que (quizás debí haber empezado por aquí) me parece la mejor de las tres que ha tenido la serie hasta ahora, es como Dunham ha arrinconado a ese personaje tan fascinante y palpable llamado Marnie (Allison Williams, esa puta diosa). Y aún así, aún sin trama principal clara, robando minutos de aquí y de allá, Marnie sigue siendo esa máquina de escupirnos nuestro egocentrismo a la cara. Soy demasiado buena para esto. Tengo muchos sueños y se cumplirán porque soy importante. Puedo ser yo la que use a los hombres. Estos son algunos de los razonamientos mentales de Marnie. Pero la verdad es: no, no eres demasiado buena para tu trabajo, no hay una conspiración mundial contra ti, Marnie. Tus sueños no se cumplirán porque eres una persona destructiva, te destruyes a ti y destruyes todo lo bueno que te pasa porque no eres capaz de medir las consecuencias de tus actos. Y no, no usas a los hombres, buscas cobijo en ellos, y te auto-engañas por el camino. Frente a la imagen que busca proyectar, Marnie es una persona que lo único que quiere es sentirse protegida y aceptada. El problema es que cuando encuentra a alguien capaz de quererla, de ver lo mejor en ella (Desi), lo estropea (dinamitando la actual relación de él). Un terrible auto-boicot. Es jodido saber a dónde quieres llegar pero ser incapaz de seguir el camino.

Más allá de Marnie (creo que ha quedado claro ya que es mi personaje favorito, por eso le doy tanta cera, darle cera a ella es darme cera a mí), Jessa sigue siendo la personificación de la nada. Frente a Marnie o Hannah que fracasan pero intentan avanzar, Jessa hace tiempo que tiró el ancla al mar decidida a disolverse en su pose. Por muchas vueltas que le demos Jessa no es más que pose. Una persona sin ideas, ni deseos, ni objetivos, una mujer que vive por vivir. Lo cual hace que su trama de final de temporada con la fotógrafa suicida fuera mucho más divertida y clarividente. No es que Jessa no esté bien desarrollada como personaje. Todo lo contrario, su banalidad está perfectamente buscada… y encontrada. En cambio Shoshanna es un personaje que podría dar para mucho y se queda en máquina de soltar one-liners. El giro final que pega en el teatro pidiéndole desesperada  a Ray que vuelva con ella hubiera tenido sentido si se la hubiera visto evolucionar a lo largo de la temporada ese deseo, esa sensación de estar emocionalmente a la intemperie, sin embargo no fue así. Da la sensación de que Dunham y su equipo recuerdan que existe como personaje cada X episodios y le escriben un twist para que avance, aunque sea a trompicones. No funciona. Shosh es muy divertida como chiste con patas (y altavoz de alguna que otra verdad) pero carece de profundidad, y no porque no la pueda tener, simplemente porque no se la construyen. Algo a mejorar de cara al año que viene.

Hannah, la muerte y la ambición

Yo mi me conmigo

Mucho se ha hablado sobre la presencia de la muerte en esta temporada de Girls. Dos personas próximas a Hannah murieron a lo largo de la temporada y se criticó a la serie haber tratado el tema a medio gas. Difiero. No es que la muerte esté tratada superficialmente en esta temporada de Girls, es que Hannah es así. Para Hannah los sentimientos de los demás son satélites de sus propios sentimientos. La primera muerte de la temporada se abordó desde el punto de vista más egoísta y superficial posible. No hubo duelo, sólo incertidumbre. Dicha historia tuvo su punto y final con la que para mí es la secuencia de la temporada, Hannah contándole una pequeña mentira tralará a Adam sentados ambos en las escaleras en Dead Inside (3x04). Terrible. De esos momentos negrísimos de plena lucidez creativa.

La segunda muerte, mucho más cercana se abordó en esa pequeña joya que fue Flo (3x09), mi episodio favorito de la temporada junto con Role-Play (3x10) y su secuencia de naufragio sexual pero sobre todo sentimental (escrito al igual que el ya mencionado 3x04 entre Dunham y Judd Apatow). Volviendo a Flo, cómo no disfrutar de Girls convertida en un gozoso drama familiar de mujeres embotellado. Ya le gustaría a August: Osage County haber estado tan bien escrita. El capítulo fue quizás un gran empujón a la madurez, y lo que terminaría desencadenando el tramo final de la temporada. En cierta forma la muerte, y el conjunto de reacciones y disputas familiares que desencadenó, mostraron a Hannah que estaba viviendo una vida que no quería. El problema de Hannah es esa ambición desmedida de querer ser ese alguien idealizado que construyó desde su adolescencia. Por eso se deshace de un buen trabajo y boicotea inconscientemente su relación con el de repente actor de éxito (WTF?) Adam (Adam Driver, un monstruo) con la inestimable ayuda de Patti LuPone y sus consejos envenenados, por cierto ¡qué gran guest star!. La vida es corta y no quiero tirar mi creatividad por la borda, prefiero la intemperie de la incertidumbre que la seguridad del estancamiento artístico. Marnie persigue la seguridad y fracasa, Hannah la aventura, y por el camino se lleva por delante todas sus conexiones personales. Con lo que al final volvemos al inicio, Girls además de poner en el disparadero lo peor de nosotros mismos, estos veinteañeros perdidos, se ha convertido en un retrato de la soledad, de cómo las relaciones degeneran, de cómo la vida nos lleva… por caminos raros (en esta caso, hacia Iowa).

jueves, 23 de enero de 2014

Un sí para el aquelarre

AMERICAN HORROR STORY. COVEN


Demasiadas zorras para tan pocas gallinas

Tras el entusiasmo inicial, muchos espectadores se sintieron decepcionados con el devenir de la tercera entrega de la antología American Horror Story, Coven (aquelarre). Si en Asylum cuanto más se sumergía uno en la historia más claro veía el plan maestro detrás del circo, en Coven pasó un poco como en la primera temporada, que la historia avanzaba a trompicones, como si las tramas fueran escritas sobre la marcha. Entiendo, por lo tanto, el desencanto de parte de la audiencia. Pero, yo he disfrutado tanto este recorrido lleno de baches y tramos cortados por obras, que no puedo negar que a mí Coven me entusiasma. Es obvio que no es Asylum, no tiene esa gravedad, esa entidad narrativa, esa complejidad, esa oscuridad malsana. Coven es puro hedonismo, diversión arrojada a calderos, duelos de zorras multirraciales (gracias), sangre y agujeros de guion muchas veces insalvables (las brujas a veces son muy poderosas y otras veces parece que no tienen ningún tipo de poder). Ah, y Jessica Lange reafirmándose en su título de GMILF definitiva.

Teniendo en cuenta esta vocación ligera, a veces incluso banal, no se le puede negar a Coven que ha sabido salpimentar los múltiples asesinatos y resurrecciones wtfuckeros con alguna reflexión interesante sobre el empoderamiento de la mujer, la aceptación (y la negación) de la muerte y la importancia de las tradiciones socio-culturales. Coven viene a profundizar en esa construcción audiovisual del sur de Estados Unidos como un lugar mágico y tenebroso, de tradiciones arraigadas, quizás frente a un norte carente de un poso tradicional marcado, industrial, urbano.

Interesante resulta también como trata la cuestión del arrepentimiento. En el penúltimo capítulo, Go to Hell (3x12, esa puta locura) Madame LaLaurie (que es un personaje histórico real) escupe que el arrepentimiento no existe, que las personas que dicen arrepentirse sólo se arrepienten de que las hayan pillado haciendo lo que no debían. Sólo se arrepienten de su propia estupidez. Es una visión muy oscura del ser humano. American Horror Story construye (como únicamente la lapidaria Black Mirror de Charlie Brooker diría yo) el retrato de una humanidad condenada a sobrevivirse a sí misma, a sus más bajos instintos. Atrapada en un círculo sin fin de fatalidad (aquí es dónde se viene a situar la cuestión racial y la esclavitud). Es imposible no ver el “la historia es una pesadilla de la que intento despertar” de James Joyce en esas pobres almas atrapadas en su propia inmortalidad.


Helen Mirren, I WIN

Volviendo al inicio, sí, Coven no ha sabido muy bien qué hacer con sus personajes, cómo dirigirlos, o más bien simplemente dirigirlos, ha jugado demasiado la carta del deus ex machina, ha dado la sensación de quedarse ensimismada en su propia mitología, atascada. Pero ha sido un producto divertidísimo, lleno de locura, muchas veces frívolo, sí, pero no hueco. Yo no me he aburrido ni un solo capítulo y en todos me he reído unas cuantas veces. El The Name Game de Asylum apuntaba a que AHS tenía mucho humor en sus cimientos que explotar. Y lo ha hecho, desde la secuencia de la motosierra a la paródica aparición de Stevie Nicks, pasando por Madame LaLaurie viendo Raíces. Ha sabido ser elegante y burda a la vez, gracias a sus actrices (todas extraordinarias, sí, hasta Precious) y a un trabajo de dirección que ha forzado una vez más los límites de la lógica visual. No sé como nadie le ha dado aún a Alfonso Gomez-Rejón una película de terror o un thriller psicológico en Hollywood para que lo dirija. Si a alguien le quedaba alguna duda de su talento, Go to Hell (el golpe sobre la mesa que necesitaba Coven para reafirmarse como un producto de primera) deja claro que Gomez-Rejón aún no ha tocado techo, o tierra, porque sus planos nunca nos dejan ver dónde tiene los pies... y la cabeza. 

viernes, 10 de enero de 2014

El insoportable espesor de la familia

AUGUST. OSAGE COUNTY


Quiero una camiseta con este fotograma

Hace no mucho leí a alguien (como siempre, no recuerdo quién) que decía que la familia es esa institución social de la que siempre estamos preconizando su defunción y que en cambio nunca termina de morir. Como si estuviera hecha a prueba de bombas. En August. Osage County, adaptación de la obra homónima del dramaturgo, guionista (adapta su propia pieza teatral) y actor Tracy Letts, se narra la descomposición de una familia que se encuentra bajo el yugo de una matriarca gravemente enferma de cáncer (una Meryl Streep a ratos alucinada y alucinógena, y casi siempre demoledora) que ha hecho del ataque a sus seres queridos su única forma de vida. Ahora, que la muerte golpea a su puerta.

Cuanto más decimos que la familia está al borde del colapso más, en realidad, se fortalecen sus lazos. Hay más interdependencia (emocional, no estoy hablando de cuestiones económicas) entre nuestros padres y nosotros que la que hay entre ellos y nuestros abuelos, y seguramente menos de la que habrá entre nosotros y nuestros hijos (si es que algún día esta generación alcanza la suficiente estabilidad económica para tenerlos). Esta cuestión la toca de pasada August durante la fabulosa secuencia de la cena familiar. Ante las quejas de sus hijas por el trato que les dispensó su madre durante su infancia esta responde hablando de la suya, de la terrible relación con su madre, ya no de la frialdad de su relación, sino directamente de la agresividad que la presidía. Más adelante, el personaje de Meryl Streep les dice a sus tres hijas, lacónicamente, que quizás eso es lo que ha heredado de su madre. Esa maldición/necesidad de devorar a sus crías. Y quizás su hija mayor (Julia Roberts, fantástica, en uno de los mejores trabajos de su carrera) lo haya heredado también. Quizás toda esa fuerza volcánica, ese odio, ese rencor, es una maldición familiar que corre por los genes y se traspasa de generación en generación, creando madres que de tanto amar a sus hijos los asfixian en sus ansias de control. 


Esta película dirigida por John Wells, sin mucha personalidad pero con solvencia, es por lo tanto una gran reflexión sobre la familia como estado de sitio, como cárcel de la que no es posible escapar. En esta película no hay mucho sitio para la esperanza, la familia es una condena a cadena perpetua. Cuando la hija del medio (Julianne Nicholson, la más contenida y aún así la que más desgarra de todo el reparto) dice que la familia no es más que un grupo de personas unidas por estrictos lazos biológicos se equivoca al restarle importancia a ese hecho. Letts acaba demostrándonos que la unión genética viene acompañada de algo más, algo que quizás no sea producto ni de la convivencia ni del cariño, algo espeso que se mueve por las entrañas impregnándolo todo. No hay posibilidad de escapar de la familia, porque la familia está dentro de ti desde que naces.


Si August no duele es porque no persigue que nos encariñemos con sus personajes. Es una historia tan agria, que se mueve por lugares tan oscuros, que hace difícil amar a unos personajes llenos de miseria. No tengo muy claro si esa decisión es un acierto o un error, sólo sé que la película funciona, a pesar de que su clímax, la cena familiar de 20 minutos, esté situada en medio del metraje, condenando al film a deslizarse lentamente cuesta abajo durante los 40 minutos restantes, aun habiendo en ellos varios picos de cruda tensión. Si la primera parte es una comedia negra, tras la cena (o más bien en el transcurso de la misma) la historia torna en un drama familiar que quizás carga demasiado las tintas en alguno de los temas que expone. Si la primera parte es de Meryl Streep, la segunda lo es de Julia Roberts, lo cual no justifica una secuencia final diferente a la de la obra de teatro que no aporta absolutamente nada a una historia que de tanto desgañitarse termina con la voz rota.

jueves, 9 de enero de 2014

Nadando sobre tiburones

REVENGE


¡La siguiente ronda de morfina la paga la menda!

La tercera temporada de Revenge estaba siendo la temporada de la resurrección y la expiación de los pecados cometidos durante su segunda entrega: madres que no ardieron, iniciativas sin rumbo, cambios de acera innecesarios y sobre todo (y por culpa de todo esto) nulo avance de la trama principal: la venganza. Cuando digo que estaba es porque en el último capítulo, Homecoming (3x11), todo ha volado por los aires. Revenge ha saltado una manada entera de tiburones en 40 minutos, ni Scandal (Escándalo para los amigos) es capaz de quemar tanta trama en tan poco tiempo. Ni el Escándalo de Shonda ni nadie. Una locura, y una tomadura de pelo, y una gozada, todo en uno.

El plan maestro de esta temporada parecía claro, encaminar a la serie hacia la consumación de la venganza de Emanda. Pues ya no. Todos estábamos muy contentos por el nivel de bitcherismo de la temporada con constantes duelos de perras entre Emanda y Victoria (Emily VanCamp y Madeleine Stowe, el presente y el futuro del botox, divarracas nivel supremo), dispuestos a disfrutar de la recta final. Pues ya no. En el último capítulo, Revenge ha enredado tanto las cosas que si ABC no decide cancelarla, y tal como está ABC lo dudo, aún hay serie para rato. Y eso, obviamente, es una tomadura de pelo al espectador y sin embargo no puedo dejar de aplaudir el espectáculo pirotécnico. Revenge es ahora mismo más culebrón bananero* de lo que nunca fue, la venganza está paralizada y su protagonista al borde del precipicio. Y eso sí que me parece interesante, ver a la manipuladora Emanda en clara desventaja frente a sus enemigos y con sus alianzas comprometidas o dañadas.

Empieza tras este capítulo ya no sé si una nueva serie, pero desde luego si una nueva etapa centrada en enseñarnos como la protagonista va a salir del atolladero actual en el que se encuentra. Parecía que llegábamos al final, que la trama no podría estirarse más. Ilusos. Los responsables televisivos saben que siempre se puede forzar la cuerda un poco más, el riesgo a romperla es lo de menos, la responsabilidad con el espectador no es relevante, ya se sabe, todo por la pasta.

* [Espoilers a gogo]: Habían tirado de centenares de elementos de culebrón clásicos antes (las escaleras han dado mucho juego en esta serie) pero la amnesia es junto a la ciega que recobra la vista y el embarazo simulado (que también ha usado Revenge y que ha terminado su recorrido en este cap) mi favorito. En el momento en que descubrimos que Emanda está amnésica (ojo, podría ser una estratagema, claro, con esta muchacha nunca se sabe y no sabemos cómo llegó al hospital exactamente) mis risas se debieron de escuchar en todo el edificio. Hace bien la serie en usar todos estos giros tróspidos del género sin tomárselos en serio. Al fin y al cabo esa debe ser la clave de un culebrón de prime time de hoy en día, saber reírse de sí mismo para lograr entretenernos. PD: Ya puestos podían volver a Daniel Greyson mudo, le harían un gran favor a la humanidad.