domingo, 24 de agosto de 2014

Emmysalternatives 13/14 VI: Actores de Drama

Actor de reparto

6. Dean Norris por Breaking Bad
Tras todo este tiempo en segundo plano, por fin Dean Norris tuvo ocasiones para lucirse. Y las saldó con nota. Con Hank convertido en el bueno de la historia, el hombre “solo ante el peligro” se echó a sus espaldas ser el centro moral de la serie. El héroe imposible ante una panda de desalmados. Un héroe trágico. Y Norris le imprime ese carácter obstinado e indignado que el personaje necesitaba. Una cara que derrocha frustración, incredulidad y derrota.


5. Peter Sarsgaard por The Killing
Un preso en el corredor de la muerte es un personaje muy goloso. Si además tienes el enorme acierto de fichar a un actor de primera división como el siempre eficiente Peter Sarsgaard lo que consigues es una interpretación poderosa, lucida, intensa. Sarsgaard consigue que dudes de este presunto asesino salvaje tanto a su favor como en su contra. Que te perturbe pero que también te enternezca. Que sea siniestro pero que a la vez sea frágil, débil. Un trabajo lleno de matices. Una auténtica gozada.


4. Charles Dance por Game of Thrones
No hubo actor en la televisión americana del año pasado que tuviera tanta presencia como el británico Charles Dance interpretando a Tywin Lannister. Lo que el compone es un villano fascinante, un hombre para lo que lo más importante es la historia, el legado, la tradición familiar. Un hombre apegado a sus valores, aunque los medios para imponerlos sean crueles. Cada frase que saliera de su boca tenía que parecer una sentencia, dar miedo, imponer respeto. Y sí, lo logra. Es una delicia ver y escuchar a Dance intercambiar golpes verbales. A sus pies, mi lord.


3. Aaron Paul por Breaking Bad
Jesse Pinkman es uno de los personajes más sufridores de la televisión. Un alma en suplicio. Sin embargo en esta traca final su martirio ha pasado de ser puramente interno, psicológico, a ser también físico. Más que nunca Paul ha tenido que emplear todo su cuerpo para transmitir el enorme sufrimiento de un hombre muerto en vida. Sin rastro del Paul que de vez en cuando nos regalaba destellos de su comicidad, hemos visto su vertiente más trágica. Para la mayoría de analistas el Emmy está entre él y Peter Dinklage, ambos ya han ganado anteriormente, y desde luego merecen una nueva victoria.


2. Josh Charles por The Good Wife
La furia y el tormento. El amigo Josh Charles ha firmado este año en The Good Wife su mejor temporada, también la más llamativa y en la que su personaje ha estado mejor focalizado. Ha sabido conjugar la rabia sin límites de un hombre herido en su orgullo pero también en sus sentimientos, con la debilidad del que a pesar de todo, sigue amando lo que ha perdido. Ese dilema doble entre fustigar y perdonar, lo dibujó Charles pasando de capítulos muy intensos a otros más introspectivos. De Hitting the fan a The Decision Tree, para entendernos. Se nota que su interpretación este año le ha salido de las entrañas, que fue puro magma volcánico interpretativo. Su victoria el 25 sería un bonito reconocimiento.


1. Peter Dinklage por Game of Thrones


No hay nada más lucido para un actor que un buen monólogo, y Dinklage tiene el monólogo más icónico, comentado y aplaudido de esta temporada televisiva: el del juicio. Además tiene otras secuencias brillantes con los miembros de su familia, como la conversación sobre el primo que mataba escarabajos por el mero hecho de que podía. Irónico y emotivo a partes iguales, los méritos de Dinklage son en primer lugar, dotar de una impresionante hondura trágica a Tyrion, en segundo lugar, convertirlo en un personaje 100% empático, y en tercer lugar, clavar la amplia escala de sentimientos en las que se mueve a lo largo de esta temporada. Y por todo eso me sumo a la gente que está a favor de un segundo Emmy para él.


Actriz de reparto

6. Bellamy Young por Scandal
Me había prometido a mí mismo que no haría esto, pero… no pude evitarlo. Aquí va mi nominación 100% trash. Bellamy Young, la actriz que interpreta a la primera dama de USA más pasada de rosca y más gozosamente enferma de poder y hasta el coño de su marido de la historia. Young es, además, la única persona que aparece en ese desternillante y adictivo despropósito que es Scandal que da la impresión de que sabe actuar. Entre sus miradas de asco u odio y su forma de deslizar los diálogos sibilinamente se ha ganado mi corazón.


5. Betsy Brandt por Breaking Bad
Me parece muy injusto que no nominaran a Brandt al Emmy este año. Muy injusto. Ella fue el corazón, la parte más emocional, con la que más fácil era conectar de esta tanda final de Breaking Bad. Y estuvo soberbia. Fue capaz de expresar la desesperación, el miedo, la incredulidad de una mujer que de la noche a la mañana descubre que estaba rodeada por lobos.


4. Michelle Monaghan por True Detective
De todas las nominaciones en los Emmys posibles/esperables a True Detective sólo se le escapó una, la de Michelle Monaghan. Algo parecido a lo que le ocurrió a la primera temporada de Homeland cuando no se coló en las nominaciones Mandy Patinkin. Y cómo en aquel caso, su ausencia es difícil de comprender. Cada vez que aparece en una secuencia la ilumina y le añade una dosis de dramatismo y fatalidad muy interesantes. El suyo es el retrato de una mujer desesperada enganchada a un hombre que la arrastra en su caída. Y la cara de Monaghan es capaz de transmitir toda la frustración y la tristeza del mundo. A mí su trabajo en esta serie, me duele.


3. Lena Headey por Game of Thrones
A la cuarta fue la vencida. Por fin los Emmys reconocen el enorme trabajo que lleva a cabo Lena Headey dando vida (y humanidad) a Cersei Lannister. Entregada madre, política cínica, rencorosa mujer, víctima de los entramados de poder tejidos por su padre. Headey consigue que podamos odiar y admirar a Cersei a partes iguales. Todos sus monólogos son oro. Y sus enfrentamientos verbales… diamantes. Headey está inmensa. A mí me parece una actriz fascinante.


2. Anna Gunn por Breaking Bad
Anna Gunn es capaz de pasar de la frialdad y la inexpresividad más absolutas a la pasión y el desenfreno fácil más alucinantes. Quizás ese sea su mayor mérito, la capaz de mutar, de adherirse a un personaje tan rico, tan complejo como Skyler White que a la vez es víctima y verdugo. La ya histórica secuencia del rapto de Ozymandias vale un Emmy, y dos… y tres. El año pasado ganó y yo se lo hubiera dado por ese retrato de una mujer paralizada por el miedo. Si este año gana me parecerá bien, pero en esta ocasión… voy con otra rubia.


1. Christine Baranski por The Good Wife


Hay dos Diane Lockhart en esta última temporada de The Good Wife. La primera, una mujer al ataque, segura de sí misma, ambiciosa. La segunda, una mujer a la defensiva, tocada, perdida en sí misma. Baranski las clava a las dos con esa elegancia que muy pocas actrices tienen. Éste ha sido el año en el que más peso le han dado los King, y en el que más posibilidades de lucirse dramáticamente ha tenido. Y las ha aprovechado, vaya si lo ha hecho. Fue capaz de pintar a una roca que se resquebraja por dentro, de transmitir fortaleza en la debilidad más absoluta, de plasmar el constante debate interno de su personaje entre seguir luchando o rendirse. Inteligente y comedida, Christine Baranski se ha ganado ya, tras 5 años, este Emmy. Y si todo esto no fuera suficiente, también tiene, como diría Poliptoton, la risa más hermosa del mundo.


Actor

6. Matthew Rhys por The Americans
Ya estaba muy bien el año pasado Rhys en The Americans, pero daba siempre la sensación de que Keri Russell se lo comía. En cambio este año se le ha notado más seguro en el papel, más denso, más metido por debajo de su piel. Su espía ruso es un hombre de múltiples caras y ámbitos vitales. Marido de una espía, padre de adolescentes americanos, marido de una inocente secretaria y servidor de la patria. Y Rhys ha conseguido retratarlas todas con coherencia y solvencia, transmitiendo perfectamente los mil conflictos que embadurnan a su personaje. La secuencia con el párroco hiela la sangre.


5. Kevin Spacey por House of Cards
Su excelencia Kevin Spacey sigue componiendo a un personaje que será un icono de la televisión americana de calidad durante décadas, el astuto y maquiavélico Francis Underwood. Y lo hace dotándolo de esa aura de diablo capaz de todo para conseguir sus objetivos, pero a la vez humanizándolo, mostrando sus debilidades, sus taras, sus miedos. Underwood se mueve siempre al filo del alambre, y Spacey, uno de los mejores actores de su generación, es capaz de transmitir tanto la confianza como el temor que presiden las oscuras maniobras de este artista del engaño de múltiples caras. Mostrarnos como es el poder cuando se convierte en carne y huesos. Eso, precisamente eso, es lo que hace que el trabajo de Spacey sea descomunal.


4. Woody Harrelson por True Detective
Tener a una bestia a tu lado en un personaje más fascinante e hipnótico que el tuyo y sobrevivir para contarlo tiene mucho mérito per se. Pero es que Woody Harrelson en True Detective no sólo sobrevive como actor, sino que crece, progresa. Construye al típico hombre americano blanco de clase media que ve el fútbol los domingos, hace barbacoa, bebe cerveza y si además es atractivo echa una canita al aire de vez en cuando. No tanto porque quiera o pueda, sino porque lo necesita, es su válvula de escape y también su perdición, su vena autodestructiva. Todo hombre daña a lo que más quiere. Harrelson coge a este tipo normal y ahonda en él hasta encontrar petróleo, hasta que todos los conflictos en los que se zambulle nos interesen. Si McConaughey interpreta desde lo más oscuro de las entrañas, Harrelson lo hace desde la convicción de un hombre al que todo en lo que cree se le comienza a resquebrajar.


3. Matthew McConaughey por True Detective                
Rust Cohle es desde el primer capítulo de True Detective un icono de la televisión. Está claro que los diálogos y las diatribas nihilistas, el pesimismo crónico que carcome al ser humano, ya estaban en el guion de Pizzolatto. Pero, McConaughey hace el personaje tan suyo, dándole esos movimientos, esas poses, ese acento tan suyo, tan marca de la casa, que al final Cohle es ante todo McConaughey llevando su estilo interpretativo hasta la última consecuencia. Verlo es casi como un tratado, y a la vez como una obra de arte. Es la cima de su carrera. Sí, más que Dallas Buyers Club, porque aquí no interpreta al personaje, lo devora, lo mastica y nos lo escupe a la cara. Es asombroso ver lo que puede hacer un gran actor cuando es libre pero a la vez tiene diálogos exquisitos y compañeros a su nivel. Es el claro favorito a alzarse con el premio el día 25. Y su victoria además de merecida tendrá todo el sentido del mundo, ese sentido, que Cohle no le encuentra hasta la catarsis final.


2. Jon Hamm por Mad Men
Lo que hace Hamm en esta temporada de Mad Men es un pequeño milagro. Si no ha ganado el Emmy es sobre todo porque hace mucho con poco, porque no es un Cranston, un McConaughey o un Spacey, él no es un monstruo interpretativo, no tiene esa voracidad de mala bestia. Es un actor limitado, pero ¿y lo certero que es en esa limitación? Contenido, profundo, grave. Hacía varias temporadas de Mad Men que no estaba tan bien. La evolución definitiva de Don Draper le ha permitido mostrar otra cara del mismo, y otra cara de sí mismo. Una menos magnética pero más melancólica, más profunda en su enorme soledad. Este ha sido el año del Hamm de cara triste, cansada. El del cambio de tercio. Ha estado perfecto, ha hecho lo que tenía que hacer. Todo lo que tenía que hacer.


1. Bryan Cranston por Breaking Bad


A estas alturas poco queda por decir sobre Bryan Cranston y su Walter White. Bastaría con ver Ozymandias y Granite State para entender el talento inagotable de un monstruo de la interpretación. De la derrota más amarga y humillante al ataque más depravado y pérfido. Y en el medio de todo eso, mil y un matices. Cranston no sólo ha creado a un monstruo, ha creado al hombre que se convierte en el mal más absoluto, y después, cuando cae rendido, lo trae de vuelta a la humanidad. El proceso entero de auge, supervivencia y caída de un hombre enfermo de ambición más que de cáncer. Pocos trabajos interpretativos, ya sea en cine o en televisión, he visto más inmensos, más grandilocuentes, más perfilados, que éste. En el debate ¿quién fue más grande, Gandolfini y su Soprano o Cranston y su White? Empiezo a decantarme por el segundo. Y con esto, creo que ya lo he dicho todo.


Actriz

6. Tatiana Maslany por Orphan Black
Maslany hace la mayor exhibición interpretativa de la televisión. Punto. Dar vida a un montón de personajes, conseguir dotar a todos y cada uno de ellos de personalidad, de alma, de vida y triunfar en la misión, es desde luego una exhibición. Una de descomunal tamaño. En su contra tiene que este año su serie pegó un bajón de calidad importante y que alguno de sus mejores personajes (léase Alison) estuvo muy a la deriva y desconectada de las tramas centrales. Por eso la pongo en el sexto lugar, pero aún así, me quito el sombrero ante su talento.


5. Keri Russell por The Americans
Russell se confirma como una actriz de desbordante talento para crear incomodidad y tensión a su alrededor. Una actriz turbia, digamos. Acostumbrada a lidiar con situaciones muy peligrosas, su personaje se muestra frágil cuanto más íntima es la trama. De la calculadora espía a la atormentada madre. De la energía al temor. Es capaz de hacernos ver que detrás de una mujer ya sobre el papel muy compleja, hay aún mayor complejidad, un abismo aún más grande. Nadie pinta caras de preocupación como Keri Russell. Ni nadie construye, tampoco, momentos más desasosegantes. Camaleónica.


4. Robin Wright por House of Cards
A priori la clara favorita para imponerse el lunes. La Dama de Hielo. La madurez de Robin Wright es de las que quita el hipo. Encarnando un papel mucho mejor escrito que el año pasado, el de la ambiciosa y peligrosa Claire Underwood, se ha movido como pez en el agua. Verla es como cuando ves a un hielo caer en el vaso y escuchas como se resquebraja. Gélida, poderosa, complicada, llena de traumas pero también de armas. Robin Wright es hipnótica. Y este año, además, ha tenido un capítulo prodigioso, sí, el de la entrevista.


3. Lizzy Caplan por Masters of Sex
Lizzy Caplan llegó a nuestras vidas como un soplo de aire fresco. O más bien como un vendaval de aire cálido. Es la actriz con más chispa, más carisma, más magia del momento. Desprende una vitalidad y un encanto que a mí, particularmente, me emboban. Logra darle a su Virginia Johnson ese aire decidido, esa determinación y ese empecinamiento, que nos hacen creer que puede llegar a ser lo que ella quiera ser. Que no puede vender un trasatlántico para recorrer Suiza. Caplan ha calado al personaje y está tan entregada a él que su trabajo en Masters of Sex transmite una pasión desbordante. Y por eso me gusta tanto, porque me implica en su amor por lo que hace.


2. Elisabeth Moss por Mad Men
Increíble que tras el via crucis que le escribieron Weiner y su equipo este año, Moss no esté nominada al Emmy. Increíble e indignante. Otra temporada más y otra demostración de que no conoce límites. Recogió a una Peggy perdida en sí misma, asqueada, enfadada con el mundo pero que en realidad estaba enfadada consigo misma, y poco a poco, con calma, sin prisas, con toda la naturalidad del mundo, nos la fue explicando, y a la vez que nos la explicaba la fue llevando hacia territorio seguro. Y al final Peggy vio la luz al final del túnel, se encontró a sí misma y yo, en cierta forma, no sólo me reencontré con ella sino que también aprendí algo sobre mí mismo. Y por todo esto, por hacerme sentir, por involucrarme tanto, otro año más se ha ganado mi admiración sin límites.


1. Julianna Margulies por The Good Wife


Tengo la sensación de que año tras año digo “esta ha sido la mejor temporada de Julianna Margulies” pero es que no puedo evitarlo. Lo que hizo este año, sobre todo a partir de “lo que no debe ser spoileado” no fue de este mundo. El retrato de una mujer rota, sumida en una tristeza infinita como el cielo. Que se fustiga en la culpa, en el “¿y si…?”, en todas las decisiones vitales que tomó y que quizás no debió haber tomado. Contenida, volcada hacia adentro, consiguió justo lo contrario, transmitirlo todo hacia afuera. Transmitir la impotencia y el dolor, pero también eso de “la vida sigue”. Las ganas de no hacer nada, de acurrucarse en la cama y ver pasar los días, las semanas, los meses, la vida que se ha vuelto gris de repente. Pero también el momento en que uno recupera de nuevo las energías, las ganas de pelear. En definitiva, ha construido uno de los retratos más precisos que he visto sobre la pérdida, fase por fase, sentimiento por sentimiento.

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