martes, 29 de abril de 2014

Los lunes primaverales son un puto placer

GAME OF THRONES / THE GOOD WIFE / MAD MEN








Desde hace 3 semanas en Estados Unidos se emiten la misma noche mis tres dramas favoritos de la televisión actual (sin contar a Breaking Bad que aún es una serie de esta temporada televisiva que se acaba en poco más de un mes). En HBO, Game of Thrones, ese movimiento de masas. En AMC, Mad Men, esa joya de paso tranquilo. En CBS, The Good Wife, ese drama en estado de gracia constante. Para los seriéfilos los lunes son durante todo el año el día grande de la semana, el día de las series más potentes. Un día feliz aunque sea el peor para el resto de la humanidad, cuando aún el siguiente fin de semana queda lejos en el horizonte y el anterior muy fresco en la memoria. Un día llamado pereza. Sin embargo, cuando suena el despertador no pienso en todo lo que tengo que estudiar, sino en todo lo que tengo que bajar. Sobre todo en estas tres series.

Game of Thrones me obsequia con la hora más efímera de mi semana. En ningún otro momento de la misma los minutos se precipitan a esa velocidad. Me obnubila. También es la que genera más polémica. Todo el mundo ve esta serie. Seriéfilos y no seriéfilos, es quizás la serie que más se comenta ahora mismo. La serie del amor en masa. También es la ficción con dos tipos de espectadores más claros. Por un lado, los que han leído los libros. Por otro, los que no. Ayer por la noche tuve una discusión bastante fea con una persona a la que quiero mucho a cuento de la serie, que el domingo emitió el cuarto capítulo de su cuarta temporada. Él, que ha leído los libros, observa el tablero del amigo George R. R. Martin (y de Benioff y Weiss, los jefes del cotarro televisivo) desde arriba, dándole a todas las tramas importancia, porque todas son importantes de cara al discurrir final de esta historia de hielo y fuego. Yo, en cambio, tengo una filosofía al sentarme a verla más en la línea del partido a partido del Cholo Simeone. No pienso en “hacia dónde vamos” sino en “dónde estamos”, tengo una visión a corto plazo, me acurruco a los pies del rey (vamos, Tywin Lannister) esperando en cualquier momento el jaque mate.

La consecuencia de todo esto es que para mi amigo es importante el equilibrio entre tramas en cada capítulo, en cambio yo quiero que tengan más minutos las historias con las que disfruto más, las del sur, frente a las del norte, más desconectadas ahora mismo, pero obviamente trascendentales de cara al futuro. A mí la trama de Bran no me gusta mucho, lo cual no quiere decir que no la disfrute, que no valore sobre todo cómo han conseguido dotarla de una atmósfera malsana y lúgubre fascinante. En cambio a él le gusta mucho porque sabe que la vertiente mágica de Bran es trascendental para el relato. Es un pensamiento macro, frente a uno micro. Son dos formas de ver la serie, diferentes sobre todo en las expectativas de cara a los capítulos, pero igual de válidas. Al final, lo importante cuando ves una serie es disfrutarla, que te haga feliz. Y a mí me hace muy feliz Game of Thrones siempre, aunque me guste más ver a la matriarca Tyrell presumiendo de que era una fiera en el sexo cuando era joven, que a Arya (que es puro carisma, ojo) y el Perro sobreviviendo en un campo de batalla post-bélico muy peligroso, de vientos del norte gélidos y enigmáticos.

En cambio, The Good Wife es la serie del consenso y de un tipo de espectador mucho más homogéneo. Como es una serie infinitamente más minoritaria, los que la vemos somos talifanes, no muy numerosos, pero sí muy ruidosos. Abrir twitter un lunes por la noche es ver una retahíla de piropos hacia la serie de los King. Muchas veces no necesitas escribir nada porque todo lo que piensas está ya dicho. The Good Wife navega esta temporada a velocidad de crucero, con esa elegancia que tienen las series grandes cuando están en la cima de su calidad artística. Da igual que sea un capítulo de puñaladas internas como el anterior, o uno mucho más procedimental y de ritmo frenético como el último, Tying the Knot (5x19), dirigido con energía y pulso narrativo por Josh Charles. Si Game of Thrones me da la posibilidad de hablar con mis amigos sobre ella y me hace pasar la hora más breve de la semana, The Good Wife me permite talifanear por twitter y me obsequia con los 43 minutos más divertidos de mi semana, esos que espero como un niño la llegada de los Reyes Magos.

Don Joker Draper

En último lugar, Mad Men, y la primera parte de su última temporada. Los 47 minutos semanales de la obra de Matthew Weiner son los que más paz interior me producen. Simplemente le doy al play y veo a esos personajes que conozco tan bien y que a la vez tienen tanto oculto tras sus fachadas, moverse, hablar, pelearse. Me abstraigo de la vida real, me bajo de mi mundo para subirme al de la serie. Como si nada más pasara a mi alrededor. No pierdo la noción del tiempo como con Game of Thrones, viendo Mad Men siento todos y cada uno de los minutos pasar, simplemente, no me importa. Mi personaje favorito de la serie es Peggy, que ha comenzado el curso bastante maltratada por Weiner, sin embargo el motor del relato más que nunca está siendo Don Draper, ese hombre consciente por fin de sus errores, que resignado intenta arreglar lo estropeado durante años. El viaje que nos propone Weiner este año, este viaje de redención tras la caída, es interesante y emotivo, y funciona, porque está escrito con precisión y cariño, pero no con benevolencia.

En mi opinión, y haciendo balance de estas tres semanas de Cersei Lannister, Diane Lockhart y Joan Harris reunidas en una misma noche, diría, sólo a modo de juego, que las tres semanas ganó The Good Wife, teniendo, eso sí, a su favor que está en la recta final de su temporada, mientras las otras dos no han llegado ni al ecuador de la misma. La primera semana, Game of Thrones con el capítulo de la Boda Púrpura (The Lion and the Rose, 4x02) se impuso claramente a la tibia season premiere de Mad Men (tibia más por el estado de sus protagonistas, arrinconados, que por la serie en sí, es decir más por cuestiones internas del relato que por otra cosa). Pero en la segunda y en la tercera semana, yo, particularmente (o in my opinion que mandaría decir una juez de The Good Wife) disfruté más de los publicistas que del caos de poder de Westeros. Pero lo realmente importante es que las tres me han hecho muy feliz, las tres, juntas o por separado, hacen que mis lunes de esta primavera invernal (winter is here), sean un puto placer.

domingo, 27 de abril de 2014

El poeta del espacio como trampa mental

ROMAN POLANSKI


Las puertas que se van cerrando sobre el protagonista en Venus Fur

Ayer vi Six Degrees of Separation (1993), adaptación de una obra de teatro a cargo de Fred Schepisi, que bucea en los secretos, mentiras y banalidades de la clase alta neoyorkina, ya se sabe esos poderosos profesionales liberales (médicos, abogados…) cuya vida consiste en un continuo salto de fiesta en fiesta. Hoy vi en cambio Rosemary’s Baby (1968). Quizás la película más emblemática de Roman Polanski, ese hombre llamado pecado. En el último mes he visto además, Death and the Maiden (1994) y su último film, Venus Fur (2013). Las tres son unos thrillers psicológicos increscendo construidos en base a escupir las miserias del ser humano. Y los tres discurren casi (el primero tiene más escenarios) en torno a un único espacio. En Rosemary’s Baby el edificio diabólico, en Death and the Maiden, la casa perdida en un país latinoamericano post-dictadura, en Venus Fur, un decrépito teatro parisino. Nadie maneja la puesta en escena en un espacio cerrado y asfixiante como Polanski. Ni tampoco nadie se mueve tan bien como él en las aguas turbias de la maldad humana.

Volviendo a Six Degrees of Separation, me pasé las dos horas de película, sobre todo la primera de ellas, la mejor, la del discurso más claro, pensando, ¿qué hubiera hecho Polanski con este material? Hubiera hecho algo más oscuro, enfermizo e hipnótico. Le falta a la película mucha personalidad, también un protagonista (Will Smith haciendo de torturado joven psicótico gayer sensible e inteligente, no, simplemente no) creíble en su ambigüedad, y dirigir la trama directamente hacia el final (la subtrama con Heather Graham es un error). Six Degrees of Separation punza, pero no hiere. En Carnage (2011), Polanski, en único espacio (con homenaje incluido a El ángel exterminador  de Luis Buñuel), un piso de un matrimonio de clase media-alta, ponía negro sobre blanco la crisis de la burguesía (otra vez Buñuel), del matrimonio y la familia como instituciones a la deriva, del clasismo y la condescendencia con la que cierta clase de hombres pululan por el mundo. Todo eso en único espacio. Y la película era sobre todo, fluidez. Nadie mueve la cámara como Roman Polanski entre las cloacas del alma. Ni nadie es capaz de lograr que el espacio psicológico que se va estrechando en torno a los personajes, haga que nos olvidemos de que nosotros también estamos atrapados en único espacio, finito y limitado. El mensaje que vomita su cámara al final es: no hay prisión más angustiosa que la mental.

Si en la cinta de Schepisi se observa, desde la ironía, a sus personajes con cariño, con piedad, podríamos decir, en las películas de Polanski que he mencionado pasa todo lo contrario. Los personajes que las habitan están podridos por dentro porque dejan que sus miedos o sus más bajos instintos los gobiernen. Son una amenaza que Polanski nos arroja a la cabeza. Estos podéis ser vosotros. Podéis dejaros llevar por el sexo más enfermizo como en Bitter Moon (1992) o por la ambición de poder más desmedida como en The Ghost Writer (2010). El mal habita en todos nosotros. A veces incluso, literalmente, como en Rosemary’s Baby. Y no hay escapatoria. Por eso los personajes de Carnage no pueden llegar más allá de la puerta del ascensor, o por eso Mathieu Amalric se ve forzado a hacerle la audición a Emmanuelle Seigner en Venus Fur. Somos prisioneros de nosotros mismos, y eso lo traduce Polanski a imágenes a través del espacio físico, entablando una poderosa conexión entre la psique humana y el mundo exterior. Al final, todo es una representación. En su cine el angustioso espacio no es más que la plasmación del terror que tenemos encerrado en nuestras almas.

Pd1: Me faltan muchas películas de Polanski por ver, ojalá vea todas pronto.
Pd2: Para la mayor fan de Roman que conozco.

jueves, 24 de abril de 2014

Episodio V: Dan Harmon contraataca

COMMUNITY – Quinta Temporada


¿Quién dijo meta?

Tras su airado despido al final de la tercera temporada, Dan Harmon, creador y showrunner de la sitcom más meta y referencial de la televisión, Community, volvió a tomar los mandos de la misma tras el descalabro que supuso la cuarta entrega. Estos 13 nuevos episodios rodados bajo el mando de Harmon, han devuelto la serie a sus esencias y la han reconciliado con los fans decepcionados con la cuarta temporada. Harmon ha hecho borrón y cuenta nueva, sin por ello dejar de lanzar pullas al hiato que supuso su ausencia. Si Amy Sherman-Palladino aseguraba que ella no había visto la última temporada de Gilmore Girls, que se rodó tras su marcha de la serie, no has quedado claro que el badass de Dan Harmon si vio la season 4 de Community y no le hizo ni puta gracia. Community era y vuelve a ser una serie de microhistorias embasadas en 20 minutos (a veces 40), no una serie de personajes. Los responsables de la cuarta temporada decidieron que, visto que no iban a poder seguir haciendo la serie de Harmon sin Harmon, que no podían jugar en su personal y caótico mundo, la llevarían hacia una sitcom de personajes. No era a priori una mala solución, el problema es que los personajes de Community no son entrañables, ni te puedes identificar con ellos ni tienen una gran dinámica grupal. Es una sitcom de autor, de tramas, de ideas, no de personajes, de sentimientos.

El contraataque de Harmon en su regreso triunfal ha consistido en eliminar a la oposición interna (su relación con Chevy Chase era terrible) y olvidar las tramas centradas en personajes para volver a las tramas sustentadas sobre conceptos. El resultado ha sido volver al formato natural de la serie en la que se mezclan, a lo largo de la temporada, tres clases de capítulos. Por un lado, los mediocres, puro relleno que aburre a cualquiera. De esos hemos tenido 3 o 4 este año. A medio camino, los interesantes, como los de Dragones y mazmorras o G.I. Joe (5x10 y 5x11) que sin ser brillantes, son capítulos notables, sustentados sobre buenas y originales ideas. Y en el otro extremo, los brillantes, esas pequeñas obras maestras del humor, edificadas sobre la vasta cultura audiovisual americana. Este grupo estaría formado por el capítulo de homenaje-parodia (ese eterno binomio que eleva a esa ficción) al cine de David Fincher (Basic Intergluteal Numismatics, 5x03), el de la lava (Geothermal Escapism, 5x05), el de la aplicación social (App Development and Condiments, 5x08) y la season finale, culmen de la identificación Greendale-Community (Basic Sandwich, 5x13). De todos ellos, el de Fincher y el de la aplicación formarían parte de mi selección de capítulos favoritos de la serie. El primero, en parte porque como fan del cine de Fincher me lo pasé como un enano con la investigación inconclusa sobre un criminal que se dedicaba a poner monedas en las rajas de los culos. Y el segundo porque esa distopía a lo Black Mirror me pareció que está fantásticamente escrita y que tiene un discurso que sin ser nada complejo sí que es muy interesante. ¿Y si Charlie Brooker y Dan Harmon hicieran una serie juntos? ¿Implosionaría el planeta de juntar tanta mala ostia y tanta pluma bien afilada?

La trama de fondo de la temporada (en la que además de Chase se fue Donald Glover) fue la necesidad de salvar a Greendale, evolucionando el grupo de estudio en un grupo de salvamento. Dicha premisa adquirió peso en los dos últimos capítulos, en que tras por fin conseguir que la universidad cumpliera unos mínimos estándares de calidad tuvieron que hacer frente a su venta. El mensaje fue claro. Harmon volvió a la quinta temporada para reformar su serie (tituló ni corto ni perezoso, a la season premiere como Repilot), que estaba en ruinas tras la cuarta, y tras lograrlo quiere que NBC le dé la deseada sexta temporada. Cumpliendo el famoso grito de guerra #SixSeasonsAndAMovie. Con un capítulo que nos ha dejado un gran sabor de boca, con el ingenio (pero también la irregularidad) de su creador intacto, con la cadena en crisis y con la posibilidad de sindicar a la serie en el horizonte, la renovación no parece imposible. Sí, sus audiencias son malas, pero es que NBC más allá de The Voice, The Blacklist y el fútbol americano no tiene en su parrilla de prime-time ningún programa que arroje grandes datos de audiencias. Habrá que esperar para ver cuál es el veredicto, pero ojalá, ojalá, ojalá, tengamos más Community en 2015.

martes, 22 de abril de 2014

Diversos matrimonios

PARENTHOOD – Quinta Temporada


El precipicio

El viernes echó el cierre la quinta, y no sabemos aún si última, temporada de Parenthood, el drama familiar de Jason Katims (Friday Night Lights) que emite la siempre a la deriva NBC. En la ruleta rusa que es esta serie, que tan pronto tiene temporada larga como corta, se emite en midseason, en otoño o durante toda la temporada regular, este año hemos tenido una entrega de largo recorrido con 22 capítulos. Posiblemente un error. A Parenthood le sienta mejor la concentración en 15 capítulos, eliminando tramas de relleno y marcando más claramente las líneas maestras de la temporada. Eso se ha notado en que más allá de la trama de Julia y Joel y la de los abuelos, el resto de personajes, o micro-familias ha tenido un discurrir a trompicones. Precisamente la primera de esas tramas ha sido el hilo conductor de esta entrega, la que ha llevado el corazón de la serie, al igual que en la cuarta fue el cáncer de una de sus protagonistas.

A partir de aquí, si no has visto el descacharrante comeback de Haddie, no sigas leyendo
Si el año pasado Katims and Associates supieron tratar con delicadeza, cariño y tacto el tortuoso camino por el cáncer de un personaje tan irritante como Kristina Braverman (Monica Potter, una actriz solvente), este año el principal atractivo de la serie, pero también su gran resbalón fue la trama central, la crisis matrimonial de Julia (Erika Christensen ha estado muy bien este año) y Joel (Sam Jaeger). El problema es que mientras la trama del cáncer evolucionaba orgánicamente, de forma muy natural, muy sentida, esta debacle sentimental se movió a trompicones. Mientras podías entender a Kristina y Adam (Peter Krause, lejos de sus mejores trabajos), y mira que no son odiosos constantemente, comprender a Julia y Joel fue más complicado. A ella al inicio, cuando su estatus de mujer desesperada que bebe una copa de vino a media mañana porque no tiene nada que hacer se le hizo demasiado y comenzó a auto-boicotearse. A él al final, cuando demostró no tener el corazón en su sitio y actuar a golpe de orgullo de macho herido. Esto mismo, que narrativamente fue un error y marcó la temporada, de cara a que el público se sintiera interesado fue un gran gancho, y así estuvimos en twitter lanzándonos #teamJulia o #teamJoel en función de cual cavaba con más intensidad el foso. Lo interesante hubiera sido poder comprender a los dos a lo largo de toda la crisis, sentirnos identificados, lastimados. Jason Katims escribió en Friday Night Lights (cuán larga es tu sombra) el que posiblemente sea el matrimonio más palpable de toda la televisión, los Taylor, pura verdad. Sin embargo, aquí se ha pasado de frenada. Todas las parejas tienen crisis, unas más hondas que otras, y por ello es fácil de identificarse con una relación ante el precipicio, pero en esta ocasión no han sabido escribirla desde las entrañas, todo es demasiado artificial, ambos son demasiado estúpidos, no hay naturalidad en este relato. Ha sido interesante (salvo hacia el final en el que estábamos en un bucle), nos ha entretenido, pero no, tenían la ocasión de abordar el tema desde la cercanía y la cotidianidad, a tumba abierta, y no fueron capaces, primó lo artificioso.

El cariño

La otra trama constante este año fue la de los abuelos. Aquí en cambio creo que sí han sabido plasmar un conflicto vital interesante. Los abuelos Braverman (Craig T. Nelson y Bonnie Bedelia) inician ahora la recta final de sus vidas, la última etapa. Ella, que ha vivido para criar a su clan, quiere conocer mundo, él, seguir siendo el rey de su hogar, que nada cambie. Partiendo de posiciones opuestas han sabido llevarlos hacia un punto común, hacia el amor y el respeto que se tienen el uno al otro tras tanto tiempo juntos. Venden su casa, se mudan a una más pequeña y emplearán el dinero en viajar. Tiene sentido. Cuando pienso en mí mismo en la vejez, creo que pensaría y querría lo mismo que ellos, que ambos. Ante el final de mi vida desearía exprimir el tiempo para ver todo lo que no he visto, para vivir lo que no he vivido, pero también estar al lado de mi familia, disfrutar de mi vejez con la persona que quiero a mi lado. Esta trama empezó siendo floja, sobre todo porque costaba entenderla a ella, y sin embargo terminó siendo una historia preciosa sobre el amor en la vejez, sobre los sueños incumplidos y los recuerdos preciosos.

En cuanto al resto, Adam y Kristina tuvieron 2 tramas arco. La primera, hasta el parón de Navidad, la delirante carrera política de ella. Delirante porque nadie se puede creer que Kristina Braverman pudiera ser alcaldesa de una ciudad de 100.000 habitantes. Sería la Ana Botella americana. Sin embargo, la llevaron bastante bien, fue entretenida, la terminaron con clase y permitió enfocar el camino hacia su trama post-parón: la segunda, el colegio para niños con problemas como su hijo Max (Max Burkholder). Una trama que también puede resultar too much, pero que tiene sentido sabiendo cómo son ellos, y que vuelve a situar en el foco los problemas educativos en USA. Teniendo en cuenta que Parenthood pretende ser una antología de los problemas que acechan a los blancos de clase media, la educación tiene que ser un tema recurrente. Por eso creo que es un acierto, por muy irreal que parezca lo de montar un colegio de la noche al día.

En cambio, los otros dos hermanos Braverman han carecido de grandes tramas arco a lo largo de la temporada. Crosby (Dax Shepard tiene una muy buena vis cómica) se ha erigido en el gran alivio cómico de la serie. Con todo viento a favor, por fin le han encontrado su lugar, Crosby no un personaje con un gran poso dramático, así, ligero, más maduro pero también más gracioso, funciona. Mientras que Sarah (Lauren Graham se merece algo mejor) se ha movido por los márgenes del relato. Estabilizada por fin laboralmente, sembraron una trama amorosa que no fue a ningún sitio para al final redirigirla de nuevo hacia un Hank (no soporto a Ray Romano) que ha descubierto que posiblemente tiene Asperger como Max. El problema de esta pareja es que no tiene química. No tiene ninguna química. No hacen buena pareja y no eres capaz de captar amor entre ellos, cariño sí, pero amor no. No funcionan juntos. Katims se equivoca al reincidir en este error.

Por su parte, los hijos de Sarah, Amber (Mae Whitman, una actriz de la que nunca tengo suficiente) y Drew, se dedicaron a gestionar sus embrollos amorosos. A Amber le explotó en la cara la bomba de relojería que era su prometido, Ryan (o como lo llamamos Seño, mi fiel compañera en el visionado de esta serie y yo: Veterano), mientras que Drew (Miles Heizer) se vio como joven latin lover (WTF?) en medio de un triángulo amoroso entre dos perras maliciosas como son su ex del instituto y su rollo universitario. Ninguna de estas dos tramas resultó especialmente interesante, aunque la de Amber tuvo sus picos dramáticos y la de Drew sus risas involuntarias. En cambio si hubiera tenido más chicha ver cómo hubieran desarrollado el descubrimiento de la identidad sexual y emocional por parte de Haddie (la hija universitaria de Kristina y Adam, apartada de la serie en los últimos 2 años). Haddie (Sarah Ramos) vuelve a la ciudad para las vacaciones de verano y trae consigo a su “amiga especial” (sic) en un giro descacharrante nivel Shonda Rhimes. Con faldas y a lo loco. En la larga lista de problemas de los blancos yankees en la que Katims se dedica a hacer check sobre cada uno de los ítems faltaba clamorosamente el de la homosexualidad. Por si acaso no la renuevan, se lo quitó de encima en 40 minutos. Sin desarrollo alguno, puro fuego de artificio. Eso sí, las reacciones de Kristina y Adam sí estuvieron bien escritas. Con mucho cariño y normalidad. Pena que detrás no hubiera una trama, sólo el giro. Ruido en vez de sustancia.

Dicho todo esto, y a pesar de todos sus fallos, de sus problemas de ritmo, de sus momentos de odio general, acabo contento con esta temporada de Parenthood, no, no ha sido ni mucho menos la mejor, pero han logrado desarrollar tal grado de empatía con este familia que simplemente es un happy place de relaciones humanas. No veo esta serie porque sea brillante, la veo porque me entretiene, porque de vez en cuando me hace reír (cuando los hermanos están juntos, borrachos y bailando generalmente) y más a menudo de lo que me gustaría admitir me emociona. Es una serie sencilla, nada más que eso, no se la recomendaría a casi nadie, pero yo me la quedo. Ojalá haya renovación.

lunes, 21 de abril de 2014

She is the scandal*

SCANDAL - Tercera temporada


Actriz de raza










Terminó el pasado jueves en ABC, la tercera temporada de Scandal (Escándalo para los amigos y para Jimmy Kimmel), el The West Wing meets Gossip Girl de la todopoderosa Shonda Rhimes. Con 3.4 en los demográficos logró el mejor dato de audiencia de su historia y se confirmó como el drama (¿?) de network de moda entre las masas, y sobre todo entre las señoras de Omaha (equivalente yankee a la señora de Cuenca). Si la primera temporada fue un ensayo y la segunda una explosión (de wtfuckismo) esta tercera ha sido quizás la que se perdió en el bosque tras tomar el camino equivocado. En la disyuntiva entre campaña electoral y conspiración de agencia de seguridad, Rhimes escogió la segunda. Y como en los dibujos animados, eligió el camino tenebroso lleno de depredadores.

A partir de aquí spoilers a cascoporro
La trama política, o lo que de ella quedó
Iniciábamos el curso con las elecciones presidenciales al final del camino. Shonda fichó a Lisa Kudrow (la primera y por ahora única actriz de verdad que ha pisado esta serie) como una ambiciosa y carismática candidata a la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Armó una trama interesante alrededor de ella, poniendo a Olivia Pope (Kerry Washington, dándolo todo, por desgracia) como su estratega de campaña. Lo lógico hubiera sido que a mitad de temporada Kudrow se deshiciera de Reston (candidato asesino nº 1) en las primarias y que Fitz (candidato asesino nº 2) hiciera lo propio con su propia y desertora veep, la desquiciada y cómicamente sublime Langston (candidata asesina nº 3). Dedicando los capítulos post-parón de Navidad a resolver cual de los dos sería el nuevo Commander in chief. Error. La trama de Kudrow se cerró precipitadamente con su retirada de las primarias con un trama de “mi hermana es en realidad mi hija” de por medio cutre hasta para esta serie. Y con ella se cerraron las puertas a la vía electoral. La campaña voló bajo el radar a pesar de que la incorporación de Langston (Kate Burton) le dio cierta vidilla. Pasó tan inadvertida que llegados a los últimos capítulos descubrí, ante mi asombro, que estábamos a 4 días de las elecciones, cuando yo pensaba que estábamos a cuatro meses. No hubo convenciones, casi no hubo sondeos, vimos 4 minutos de debate, Reston salió otros 4 en toda la temporada y no nos paseamos en bus de campaña por Ohio, Florida y Pennsylvania. No Ohio, no party.

Aún así, los mejores momentos de la temporada vinieron por este lado, lo cual corrobora la idea de que Shonda falló al planear la gira de su Freak Show este año. En primer lugar, nos dio la mejor secuencia de la serie, esa en la que Olivia hablando con el jefe de gabinete, Cyrus (Jeff Perry, la coca hecha actor)  se da cuenta de lo que dijimos antes, los tres candidatos a presidente son unos asesinos. Autoconsciencia pura. Parte del encanto trash de Scandal reside en que su equipo cree estar haciendo un solvente drama político cuando en realidad están haciendo trashismo televisivo metanfetamínico. ¿Cómo coño va a ser esta serie un producto de calidad? No, no lo es y esa secuencia demuestra que muy en el fondo ellos también lo saben. Scandal es puro delirio. En segundo lugar, nos dio esa maravillosa y demencial trama en la que el jefe de gabinete de la Casa Blanca empuja a su marido periodista a seducir al marido de la ultra-cristiana vicepresidenta, para destruir la posible carrera presidencial de la misma, trama que termina con ésta matando a su marido y el susodicho jefe de gabinete tapando el crimen. Esto sólo puede pasar en Scandal. El drama cómico definitivo. Y en tercer lugar, fue muy divertido como Shonda jugó, desde su propia visión oligofrénica, con la política USA. Por un lado lanzando a una vicepresidenta contra su jefe en la carrera por la reelección, cosa que no pasa desde el inicio de la Unión. Por otro, mostrando a su manera el magma ideológico que es el GOP (el Partido Republicano). Mientras Fitz (Tony Goldwyn) representa lo que en la vida real es el GOP moderado y pro-negocios (en Scandal en realidad Fitz es un peligroso comunista que ama a los inmigrantes, la educación, los gayers y la sanidad), Langston ejemplifica al GOP cristiano radical (no confundir con el Tea Party o los libertarios, igual de locos, pero que son otras facciones extremistas). En el Juego de Tronos de Scandal, los ultra-cristianos están locos (y son unos asesinos), los republicanos moderados son unos viciosos (y son unos asesinos) y los demócratas son simplemente unos asesinos. Bien. La mirada al mundo de la política americana de Shonda Rhimes es algo así como la secuencia en infrarrojos de Kill Bill. Cambiando la katana de La Novia por un pene de plástico.

La gran conspiración
Sin embargo el eje de esta temporada de Scandal fue el B-316, esa agencia gubernamental secreta (y que se finanza gracias a un algoritmo: guau) que tiene lo peor de la NSA, lo peor de la CIA, lo peor del Ejército y lo peor del FBI. Todo en uno. El mal definitivo. Así, nos movimos todo el rato en el peligroso terreno de la conspiranoia con personajes tan desatados como el padre de Olivia, todopoderoso comandante de la agencia, que tras caer en desgracia monta su propio plan de asalto al poder a lo House of Cards, la enajenada terrorista madre de Olivia, con una agenda criminal tan esquizofrénica como ella misma o “el otro hombre” de Olivia, ascendido a comandante de la agencia que supuestamente le destrozó la vida. El problema de todos estos mimbres no es lo absurdos que resultan, sino lo poco graciosos que terminan siendo. Este juego de ajedrez de atentados y amagos no acaba de cuajar no por ser completamente surrealista, sino porque no es divertido, porque esta gente no habla sobre gladiadores con traje o el six pack de líder del mundo libre. Se supone que son gente seria, pero sólo son gente aburrida.

About Mellie y el thriller psicosexual  definitivo
Filosofía americana
Mi personaje favorito de la serie, por ser la más fiel representación del público objetivo de la misma es Mellie (Bellamy Young y sus caras de crazy bitch 500 pueblos más allá de un ataque de nervios), esa primera dama puteada por su marido que nos tiene que caer mal porque le gusta mucho el poder, dice Shonda. Como si no fuera suficiente con que tu marido te aborrezca y tenga a su amante metida todo el día en su despacho, para que uno se pueda apiadar de esta pobre alma en suplicio, enferma de ambición, y reina del estilismo y el verbo más trash al otro lado del charco, nos han dado una historia para perdonarla. Sí, para perdonarla. En una serie de asesinos, terroristas y golpistas tenemos que perdonar a Mellie. ¿Y cuál es esa historia? Pues que su suegro la violó en el inicio de la carrera política de su marido y ha vivido todos estos años sin saber quién es el padre de su hijo. Guau. A Shonda Rhimes le pasa en Scandal lo que a Ryan Murphy en Glee, no tiene ningún problema en irrumpir como un elefante en una cacharrería en temas profundamente serios, tornándolos con su estruendoso paso en algo descacharrante. Uno no se puede tomar en serio a Mellie porque Mellie no es un personaje serio. Porque Scandal no es una ficción seria.

Si todo lo dicho hasta ahora parece escrito desde la oficina de Jordan Belfort en The Wolf of Wall Street o la de Paco Marhuenda en La Razón, me he guardado para el final la trama más enajenada de la televisión de los últimos tiempos: el thriller psicosexual de Huck (Guillermo Díaz, el peor actor que he visto jamás) y Quinn (Katie Lowes). Descrita en una palabra: babas. Babas por todas partes, dos tipos asquerosos escupiéndose y babándose y fornicando. Una trama sucia hasta la nausea. En primetime de una network propiedad de Disney. Gracias. De verdad, gracias, me he reído como creí que no era capaz de hacerlo. El futuro del drama psicológico era esto. Las femme fatale han pasado a mejor vida. Post-fatalismo. Post-fluídos. Post-todo.

En definitiva, una temporada mal planteada, que en vez de darnos política-fricción, que es lo que nos gusta, lo que hace a Scandal tan irreal y tan divertida, nos enredaron con una trama high-concept demasiado gris para una serie que si algo no es, o no puede ser, es monótona, seria, aburrida. Con esto no quiero decir que no me lo he pasado bien esta temporada, que no me he reído a mandíbula abierta, simplemente creo que pudo haber sido todo mucho más absurdamente gracioso. Scandal no es una buena serie, de hecho es como una droga dura, jodidamente mala, jodidamente adictiva.

* Título por obra y gracia de mi pequeña hermana