martes, 23 de febrero de 2016

Los No-Oscar 2015 I: Actores

Llevo 3 años haciendo lo que yo llamo Los No-Oscar, que es básicamente hacer listas (listas listas listas) con aquellos que se quedan fuera de los premios de la Academia. Así, los únicos requisitos son no estar nominado al Oscar y que la película se haya estrenado en Estados Unidos durante 2015. Por eso hay en estas listas películas de 2014 como Clouds of Sils Maria y no films de 2015 como The Lobster. Lo hago porque son muchos los blogs y webs que repasan la lista de nominados a los Oscar haciendo análisis muy buenos y no creo que tenga nada que aportar que no se haya dicho, y además me parece justo recordar a aquellos de los que estos días ya no se habla.


Actor de reparto

5. Kyle Chandler por Carol
Tiene muy pocos minutos en pantalla, pero Chandler los aprovecha para construir a ese marido que se niega a perder a su mujer. Podría haber sido un villano, pero es un hombre con muchas capas, no es un monstruo, simplemente se niega a aceptar la derrota. Kyle Chandler es, quizás, el hombre que mejor encarna al típico padre de familia americano, que pretende mantenerlo todo bajo control, bajo su control.

4. Oscar Isaac por Ex Machina
En Ex Machina, Oscar Isaac encarna a una especie de Steve Jobs enloquecido. Un hombre que vive en la más absoluta de las soledades, atrapado con lo que podría ser el mayor invento tecnológico de la historia. Su ego lo lleva a la locura e Isaac es capaz de transmitirlo, dejándonos para el recuerdo la ya famosa secuencia del baile. Da miedo y a la vez es descacharrante. Uno de esos villanos al que podría estar observando durante horas.

3. Walton Goggins por The Hateful Eight
Goggins estuvo 6 temporadas en Justified demostrando que era un actor descomunal, ahora salta a la primera división en el cine de la mano de Tarantino, con el que ya había trabajado en Django Unchained, y no desaprovecha la oportunidad. Logra destacar en medio de un fantástico reparto, aportando las mayores dosis de humor. Goggins nació para recitar a Tarantino, espero que esta sea la primera de una gran lista de colaboraciones juntos.

2. Harvey Keitel por Youth
Por alguna razón, Keitel es el único de una gran generación de actores americanos que no ha ganado el Oscar. De Niro, Pacino, Hoffman, Jackman... todos lo han ganado, todos salvo Harvey Keitel, un hombre, que además, ha conducido su carrera con más dignidad que varios de los anteriormente citados. En Youth encarna a un director en el ocaso de su carrera que se niega a asumir que la misma está a punto de morir. Un personaje irónico y cargado de melancolía. Para mí, lo más interesante de la película de Sorrentino. Keitel sigue siendo un actor descomunal.

1. Jeff Daniels por Steve Jobs

Lo mejor que le ha pasado a la carrera de Jeff Daniels es que se cruzara en ella Aaron Sorkin. Tras colaborar juntos en The Newsroom, Sorkin le regala un personaje bombón en el biopic de Steve Jobs. Daniels encarna a John Sculley, director ejecutivo de Apple, con el que Jobs mantiene una compleja relación a lo largo de los 3 actos del film. Es una interpretación llena de matices y de ternura. Los duelos entre Daniels y Fassbender nos regalan algunas de las mejores secuencias de la película de Danny Boyle.

Actor protagonista

5. Samuel L. Jackson por The Hateful Eight
Ha tenido que rescatarlo Tarantino, para que pudiéramos ver de nuevo al mejor Samuel L. Jackson. Aquí ejerce de maestro de ceremonias del show del cineasta más verborreico del mundo. El mayordomo, que todo lo sabe y todo lo controla, en el particular “caza al asesino” de Tarantino. Y sí, lo borda. Está fabuloso. Gracioso e impertinente. Tiene una presencia arrolladora.

4. Paul Dano por Love & Mercy
Aunque Dano fue promocionado como secundario por Love & Mercy, en mi opinión tanto él como John Cusak son protagonistas de este film que cuenta la historia de Brian Wilson, líder de los Beach Boys, desde dos puntos vitales diferentes: su etapa de efervescencia creativa y su decadencia personal. Dano encarna al Wilson joven, entregado a la música y que poco a poco se va debilitando emocional y psicológicamente. Firma otro trabajo sensacional, uno más de un actor que se ha ganado a pulso ser considerado uno de los mejores de su generación.

3. Tom Courtenay por 45 years
Aunque todas las alabanzas se las lleve Charlotte Rampling, 45 years no podría sostenerse sin la interpretación de Tom Courtneay. Aunque el film esté contado desde los ojos de ella, desde esa mirada desolada, él juega un papel fundamental en la película de Andrew Haigh. Es ese marido que tiene que lidiar, a la vez, con dos heridas, la suya, arraigada en el pasado, y la de su esposa, que sangra en el presente. Es un trabajo sutil y natural, como la propia película
  
2. Jason Segel por The end of the tour
Segel, curtido actor de comedia, afrontó en The end of the tour, el mayor reto de su carrera como intérprete, la encarnación del escritor David Foster Wallace. Y se echó sobre sus hombros la responsabilidad de que la película funcionara o no, puesto que si no era capaz de disolverse en el autor, no resultaría creíble. El resultado es sensacional. Quizás habíamos infravalorado a Segel, o quizás el propio Segel se había infravalorado a sí mismo. Pero lo cierto es que rezuma tristeza, inteligencia e ironía en esta película. Es un trabajo precioso.

1. Jacob Tremblay por Room
En ese empeño de las distribuidoras y productoras de tratar a los niños en la carrera por el Oscar como actores de segunda fila (del Timothy Hutton de Ordinary People a la Hailee Steinfield de True Grit), Jacob Tremblay fue promocionado como actor de reparto por Room. El film narra la lucha de una madre y su hijo, que viven secuestrados en una pequeña habitación, por liberarse de su captor. El narrador es el propio niño, nacido durante el cautiverio, y Tremblay, con un desparpajo y una sensibilidad inauditas en alguien tan joven, sale en la práctica totalidad de los planos de la obra. Entre él y Larson sostienen una película que trata un tema delicadísimo, y que por lo tanto podría venirse abajo en cualquier momento. Pero no lo hace. Room es una obra inteligente y emocionante. Y el pequeño Tremblay da un recital interpretativo. Desde luego no es un intérprete de segunda.

lunes, 22 de febrero de 2016

El cable de qualité en los tiempos de Netflix

VINYL/BILLIONS/AMERICAN CRIME STORY



Hoy poy hoy, toda conversación sobre series de televisión termina, irremediablemente, incluyendo a Netflix. La plataforma ha conseguido situarse en el centro del panorama audiovisual mundial. Ya sea por la expansión de su negocio por casi todo el planeta, o por el vertiginoso aumento de su producción propia. Todo gira en torno a Netflix. Sus series son la nueva referencia seriéfila, hasta el punto de que Netflix parece ser una HBO para todos los públicos, una HBO de masas. Precisamente, estos canales de cable ven amenazados sus modelos de negocio por la pujanza de las plataformas online. Netflix busca producir a la vez obras audiovisuales de calidad, obras masivas y obras de nicho. Pretende ocuparlo todo, ya sea el espacio de Showtime, el de ABC o el de Comedy Central. Y lo está consiguiendo. Ello no implica que, efectivamente, los canales de cable de calidad puedan venirse abajo, pero desde luego la competencia de Netflix hace que tengan que potenciar su marca. Teniendo en cuenta este contexto, vamos a analizar, brevemente, los potentes estrenos invernales de HBO, Showtime y FX.

Vinyl (HBO)
El guionista Terence Winter vuelve a HBO, poco más de un año después del final de Boardwalk Empire, de la mano de Martin Scorsese para hablarnos de la industria discográfica en el New York de los 70. Drogas, mafias, violencia y mucha música. El piloto, de casi 2 horas de duración, está dirigido por el maestro Scorsese con el nervio habitual de su cine, dejando un buen puñado de secuencias espectaculares. Lo mejor del arranque, además de la dirección de Scorsese, fue un inconmensurable Bobby Cannavale, que da vida al protagonista, la excelente selección musical y la maravillosa fotografía de Rodrigo Prieto. Lo peor, algo común en Winter, es la frialdad que supura el conjunto. Vinyl necesita humanizar a sus personajes, transmitirnos la pasión que sienten por la música y dibujar tramas sólidas y novedosas. Si algo nos enseñó Boardwalk Empire es que no se puede emitir un juicio hasta que hayamos pasado el ecuador de la temporada. El arranque combina momentos portentosos, dignos del mejor Scorsese, con un claro desequilibrio narrativo. Podemos estar ante una gran obra, pero también ante una serie a ratos brillante, a ratos fallida. HBO, tras sus pobres datos de audiencia y unas críticas no tan buenas cómo cabía esperar, ha anunciado que está renovada para una segunda temporada.

Billions (Showtime)
Showtime se ha subido a la tendencia actual de escrutar el mundo de las finanzas que nos llevó a la crisis económica global de 2008. Billions sigue a un magnate financiero (Damian Lewis) y a un fiscal que pretende inculparlo (Paul Giamatti). Y en esta breve descripción de la trama principal están lo mejor y lo peor de Billions. Lo mejor, sin duda alguna, Damian Lewis y todas y cada una de sus secuencias. Han logrado construir un personaje complejo, egomaníaco pero también torturado por el peso de su poder (y de su ego). Lo peor, el personaje de Paul Giamatti, dibujado con brocha gorda, caricaturizado incluso. Que el presunto criminal sea un tipo con el que te irías de cañas, mientras que el representante de la ley es un hombre acomplejado y tiránico, es un problema. Tanto narrativo, cómo, sobre todo, moral. El personaje de Damian Lewis no es un antihéroe, está construido casi como un héroe, como una retorcida perversión de los personajes de James Stewart. Mientras que el de Giamatti es un villano al servicio, teóricamente, del bien común. Más allá de las dudas que todo ello me genera, Billions es una serie interesante, compleja pero bien explicada (hola, The Big Short) y que resulta muy entretenida. La audiencia ha respondido muy bien y en Showtime tienen que estar muy satisfechos.

American Crime Story: The people vs. O.J. Simpson (FX)
La factoría Ryan Murphy ha estrenado una nueva serie, American Crime Story, otra antología más para FX, esta basada en casos criminales reales de gran repercusión social. La primera temporada gira en torno al caso OJ Simpson, un famoso ex-jugador de fútbol americano que fue acusado del asesinato de su ex-mujer y el hombre que estaba con ella. Dicho caso, bajo el fantasma del racismo, sacudió los Estados Unidos de los 90. Por suerte, Murphy ejerce sólo como productor y director de los dos primeros episodios, dejando el control narrativo de la serie en manos de los veteranos guionistas Scott Alexander & Larry Karaszewski (The people vs. Larry Flint, referente obvio de esta serie). Así, American Crime Story guarda una continuidad formal con el universo Murphy, pero se aleja en el plano narrativo, ofreciendo un relato mucho más serio y contenido. American Crime Story acierta al construir el relato desde dos ángulos distintos, por un lado nos presenta el caso, tanto desde el lado de la defensa, con OJ (Cuba Gooding Jr.), su amigo Robert Kardashian (David Schwimmer), y sus abogados, Robert Shapiro (John Travolta) y Johnnie Cochran (Courtney Vance); como de la acusación, capitaneada por una sensacional Sarah Paulson en la piel de la fiscal Marcia Clark. Y por otro, haciendo una relectura socio-mediática de un caso que conmocionó al país y que generó un inmenso debate social, pero que también tuvo una honda repercusión en la cultura de masas. El caso O.J. Simpson es el juicio mediático por excelencia. Todo un país, pegado a la televisión juzgando a un ídolo caído. En su riqueza de capas y en su sabiduría para combinar lo criminal con lo mediático, lo legal con lo pop, residen las grandes bazas de una serie a tener muy en cuenta y que está logrando fantásticos datos de audiencia.

jueves, 18 de febrero de 2016

Donald Trump es un personaje de Black Mirror



Donald J. Trump es, hoy por hoy, el líder de las primarias republicanas para lograr la nominación del GOP de cara a las elecciones presidenciales de este año. Suma, tras los caucus de Iowa y las primarias de New Hampshire, 17 delegados (es una cifra ridícula, pues son necesarios 1237 para obtener la nominación), y es el principal favorito para imponerse en las próximas citas electorales, las primarias de South Carolina y Nevada. La envergadura del fenómeno Trump ha llegado a tal punto que posiblemente estemos ante el mayor trolleo de la historia. Un iracundo, misógino, racista, clasista y enfebrecido multimillonario está cada vez más cerca de optar a ser el presidente del país más poderoso del planeta. O lo que es peor aún, a ser el comandante en jefe del más destructivo ejército que haya conocido la humanidad. Que todo sea una ficción es la única explicación lógica a semejante fenómeno. Como el I’m still here de Cassey Affleck y Joaquin Phoenix, pero jugando con los códigos de los misiles nucleares.

Pero alguien vio venir este cataclismo, Charlie Brooker, ese profeta de los tiempos convulsos que se nos avecinan, o que quizás, sin habernos dado cuenta, ya están aquí, sumiéndonos en la inquietud crónica. Si Brooker comenzó su obra cumbre, Black Mirror, esa antología de mediometrajes distópicos, empujando al Primer Ministro británico a profanar el ano de un cerdo, acabó volviendo, en el 2x03, a la política. The Waldo Moment, escrito por el propio Brooker a partir de una idea original suya y de Chris Morris, nos cuenta cómo un muñeco digital faltón, soez y excesivo, el Waldo del título, controlado por un humorista fracasado, se presente a las elecciones en un distrito inglés para salir elegido diputado de la Cámara de los Comunes, cómo parte del propio programa de televisión que protagoniza. Lo que en principio era una broma de dicho programa, termina convirtiéndose en un fenómeno político real cuando el personaje se convierte en un candidato serio para la victoria. The Waldo Moment tuvo un recibimiento bastante frío cuando se emitió, de hecho aún a día de hoy es el capítulo peor valorado por los usuarios de Imdb y Filmaffinity, de los 7 que se han estrenado hasta el momento.

Quizás el mayor problema del episodio sea que, contagiado por su protagonista, deja de lado toda sutilidad y su discurso resulta demasiado obvio y estridente. Aún así, The Waldo Moment, visto con la perspectiva que da el tiempo, nos vino a hablar del auge de líderes populistas que hoy en día sufre Occidente. Personas, mitad políticos, mitad bufones, en los que la ideología se diluye en favor del espectáculo non stop. Donald Trump podría ser la versión real de Waldo, podría ser un personaje de Black Mirror. La campaña presidencial del magnate inmobiliario parece el rodaje de un programa de televisión. Y cómo todo buen relato televisivo va increscendo. A la larga lista de personas a las que ha agraviado Trump se ha sumado, desde hoy, el Papa Francisco, que había criticado en su viaje a México la construcción del muro que planifica levantar Trump si es elegido presidente. Donald Trump parece el presentador/párroco de un programa de Fox News, sino tenemos en cuenta, claro, que Trump y el principal canal conservador de USA son enemigos declarados e irreconciliables.


En el epílogo de The Waldo Moment, un salto sin red hacia una distopía radical, el cómico que controlaba a Waldo aparece en la calle como un vagabundo en medio de un estado policial cuya cara visible es Waldo. Orwell en la era digital. Las medidas policiales que quiere imponer Trump nos encaminarían hacia una sociedad controlada. Aunque a veces su campaña parezca una gran parodia corrosiva y desproporcionada, no lo es, o no sólo. Trump puede ser una de las dos personas que luchen en noviembre por presidir Estados Unidos. La distopía no nos espera en el futuro, ya está aquí, invisible, como una gran campana de cristal sobre nuestros hombros.

lunes, 1 de febrero de 2016

Cine crítico y ¿didáctico?: The Big Short vs. Spotlight



Muchos artistas argentinos comentaron, en los años posteriores al corralito y a la bestial crisis económica que hundió al país (principios de los 2000), que aquella crisis sistémica terminó generando un boom cultural, ligado, en cierta forma, a un boom asociativo, que aún a día de hoy se puede notar en Argentina. Subyace aquí la idea de que el arte y la cultura son dos poderosas formas de enfrentarse a los momentos más amargos, reapropiándose de ellos y produciendo, sobre sus cenizas, algo poderoso y valioso. Las crisis han sido siempre unas de las mejores materias primas para la creación. Desde la Ilíada de Homero, pasando por las mil y una guerras que han asolado a la humanidad (o con las que la humanidad se ha asolado a sí misma) y llegando a nuestros días. Dado que vivimos bajo el Imperio cultural estadounidense, no nos resulta difícil observar la influencia del 11-S en la cultura que hemos consumido en la última década (sirva de ejemplo el comeback de X-Files). Actualmente, el crash del sector inmobiliario que implosionó en el interior del sector financiero estadounidense en 2008, está generando, también, obras culturales que reflexionan sin tapujos sobre lo sucedido (Margin Call de J.C. Chandor), sobre su caldo de cultivo (The Wolf of Wall Street de Martin Scorsese) o sobre sus consecuencias (la recién estrenada Billions de Showtime). El viernes 22 llegó a nuestros cines The Big Short, la aproximación más mainstream hecha hasta el momento al origen del crash, y también una de las más críticas con el papel jugado por el capital financiero y los supervisores del mismo.

La película de Adam McKay sigue a un puñado de personas que fueron capaces de predecir que el sistema hipotecario iba a saltar por los aires y se aprovecharon de la ignorancia de los bancos y las aseguradoras. The Big Short es, ojo al concepto, una obra crítica mainstream. Aguda, hilarante y dura. Una película cínica sobre un mundo cínico. El problema de la película reside en que no es una buena crítica porque no es didáctica. Tiene una narración deslavazada, a veces incomprensible, desmadrada y arbitraria. Emplea un lenguaje demasiado técnico, y para explicárnoslo, pobres de nosotros, utiliza a estrellas que nos hablan rompiendo la cuarta pared, de tú a tú, aumentando la sensación de estupidez. Una buena crítica debe fomentar la reflexión y en The Big Short no hay tiempo para ello. Desde el minuto 1 nos embarcamos en un viaje desenfrenado por las arterias del Capital. Lo más llamativo de la película es también lo que la lastra: una dirección y un montaje caóticos y atropellados. Sus recursos visuales asombrarán a muchos, pero envejecerán muy mal, porque son hijos de la era youtube: los malos encuadres, los zooms, los planos de 1 segundo y la ruptura de la cuarta pared. Y esa era perecerá. En resumen, lo mejor de The Big Short es su tema, lo peor, su tratamiento visual, con fecha de caducidad.





En las antípodas de la película de McKay se encuentra Spotlight, que se el pasado viernes en España y que parece, a priori, su principal rival de cara a los Oscar. Frente a la propuesta pos-posmoderna de The Big Short, la película de Thomas McCarthy es una obra, rotunda y decididamente, clásica. La película narra la investigación que llevó a cabo un equipo de periodistas del Boston Globe, sobre la pederastia en la Iglesia católica de Boston y el encubrimiento masivo de dichos crímenes por parte de la jerarquía eclesiástica. Spotlight es, al igual que The Big Short, un film denuncia construido desde la industria, aunque tenga cierta aura indie. El film de McCarthy sustituye la acidez del de McKay por la crudeza, y el cinismo por la seriedad. Decíamos antes que ambas obras son muy opuestas porque narrativa y formalmente no podrían ser más diferentes. Spotlight es cine clásico con todo lo que ello implica. Tiene un guion fabuloso, explicativo y exhaustivo, emocionante sin ser lacrimógeno, estimulante sin ser adoctrinador. Y una puesta en escena al servicio de dicho guion. En Spotlight lo importante es la historia, y por ello la forma debe ajustarse a las necesidades de la misma. Para no poca gente el trabajo de McKay como director es muy superior al de McCarthy, sinceramente creo que se equivocan y que el tiempo lo demostrará. Un buen director no es aquel que deja su pisada en cada plano, sino el que está al servicio de la historia que cuenta, sobre todo cuando esa historia pretende ser didáctica y analítica. The Big Short es fast food cultural, Spotlight, en cambio, envejecerá bien e influirá en las películas sobre periodismo de investigación que se hagan en el futuro, al igual que uno de sus referentes: All the President’s Men. Es cine de calidad y una obra didáctica. Todo en uno. Además de una mirada clarividente a los mecanismos de ocultación que ponen en marcha los actores que ejercen el poder cuando se sienten amenazados.

miércoles, 13 de enero de 2016

Premios con personalidad y premios sin ella


Mañana a las 14.30 (en la España peninsular) Ang Lee, Guillermo del Toro y John Krasinski anunciarán los nominados a los Oscar de este año. Llegamos así al momento clave de la carrera de premios (incluso más que la propia gala). Una semana antes, el jueves pasado, se anunciaron las nominaciones a los BAFTA, los premios que concede la Academia Británica de Cine y Televisión a las mejores obras cinematográficas universales estrenadas en Reino Unido a lo largo del año.  Dichas nominaciones vienen a suponer la consolidación de una tendencia que se venía observando en los últimos años. Los BAFTA han dejado de ser ese gran escaparate en el que el mejor cine británico se situaba al lado del mejor cine estadounidense (y que de vez en cuando visibilizaba al cine de autor y/o de habla no inglesa). En la actualidad, colocan a sus propios films en puestos menores, hermanos pequeños del cine de Hollywood. Ni una sola de las 5 películas nominadas al premio a mejor película del año es británica. Todas son estadounidenses. Películas americanas sobre americanos. En una enfermiza obsesión por jugar a adivinar los Oscar, los BAFTA han terminado por perder toda personalidad y lo que es peor, han terminado por menospreciar a su propio cine.  El país que presume de tener los mejores actores del mundo, la gran cuna del teatro moderno, la cinematografía más potente del planeta tras la estadounidense (en cuanto a calidad e influencia), tiene unos premios que ignoran todo ello. De los 20 actores nominados en las 4 categorías interpretativas sólo 3 son intérpretes británicos en películas británicas: Maggie Smith en The Lady in the van, Julie Walters por Brooklyn (que en realidad es un film más irlandés que británico) y Eddie Redmayne en The Danish Girl. La situación es tan absurda que los PGA, los premios que entregan los productores estadounidenses, han incluido en su top10 a dos films británicos: Ex Machina y Brooklyn: 2/10 frente a 0/5 en los BAFTA. Esta situación no se debe a que el cine británico haya perdido calidad, sino a que sus máximos galardones se han diluido en el océano de premios. Si uno observa la terna de nominadas a mejor película británica del año en los BAFTA, descubrirá que en ella figura alguna de las películas más estimulantes del 2015 (la ninguneadísima 45 years, la rabiosamente autoral The Lobster, el sensacional documental Amy). 


Justamente el camino inverso a los BAFTA han seguido los Golden Globes. Los premios que entrega la Asociación de prensa extranjera en Hollywood (HFPA) han desistido de la ardua labor de predecir qué films triunfarán en los Oscar. Si coinciden (Argo, The Artist...) bien y sino (Boyhood), también. En su última edición, celebrada el pasado domingo, encumbraron a The Revenant (película dramática, director y actor en drama), Steve Jobs (guion y actriz de reparto) y The Martian (película cómica y actor en comedia). Mientras que la gran favorita al Oscar, Spotlight, y la que para muchos se ha convertido en su principal rival, The Big Short, se fueron de vacío. Al igual que Carol, que cada vez pierde más fuelle en la lucha por los Oscar y que en teoría es una película que debería gustar en la HPFA. Precisamente, frente a los BAFTA, los Golden Globes han apostado por premiar lo que les gusta, reivindicar su personalidad. Pueden gustar más o menos, pero los Golden Globes tienen un estilo propio y siempre nos reportan sorpresas (unas más agradables que otras). A los GG les gustan las estrellas, y por lo tanto el cine comercial, de ahí la victoria de Avatar frente a The Hurt Locker, o alguna nominación sonrojante con la que nos hacen disfrutar de vez en cuando (hola The Tourist). Pero no es menos cierto que también premian un cine más arriesgado y de autor que los Oscar. Las victorias de Brokeback Mountain o The Social Network, derrotadas en los premios de la Academia por Crash y The King’s Speech, dan buena cuenta de ello. Este año frente a Spotlight, que es una película bastante clásica, aunque trate un tema controvertido, han decidido premiar a The Revenant, que salvo sorpresa mayúscula es una película que difícilmente se impondrá en los Oscar. Un film concebido como una experiencia (de supervivencia para el protagonista, visual para el espectador). Que hagamos bromas con los Golden Globes, no debería impedirnos valorar en primer lugar, que tienen personalidad, y en segundo que a veces tienen muy buen gusto.