miércoles, 14 de octubre de 2015

El shondismo se expande, el murphysmo se contrae


Más allá de los grandes autores televisivos (Simon, Weiner, Sorkin, Gilligan, Ryan, Winter…) y de una nueva generación de creadores (Esmail, McKinnon, Dunham…), hay dos nombres que acumulan hoy por hoy mucho poder e influencia en la televisión estadounidense: Shonda Rhimes y Ryan Murphy. La primera reina plácidamente en el territorio dramático de las networks, el segundo, trabaja a caballo entre el cable y la televisión en abierto. Ambos, al igual que la mayoría de los autores del cable que hemos mentado anteriormente, trabajan siempre con las mismas cadenas, Rhimes con ABC, Murphy con el conglomerado FOX (con la network del mismo nombre y con su canal de cable, FX). A pesar de que no despiertan la unanimidad crítica de otros grandes nombres y que tampoco ejercen un control tan férreo sobre sus series, es innegable la autoría de ambos sobre sus producciones. Su influencia es tal, que me voy a tomar la licencia de emplear los conceptos shondismo y murphysmo (perdón si puede resultar sexista usar el nombre de ella y el apellido de él, pero Shonda es Shonda y Ryan es un nombre muy random). Lo haré para analizar los caminos que ambos están emprendiendo. Para ello, parto de la teoría de que mientras Rhimes se abre cada vez más a todo tipo de públicos y su influencia ha desbordado a su propia productora, Murphy hace series para sus seguidores, cada vez más inaccesibles para otro tipo de espectadores, profanos en su mundo.

Shonda’s ABC

La actual programación de ABC podría dividirse en dos tendencias, por un lado las series familiares (Once upon a time, Modern Family, The Middel, Blackish, Fresh off the boat…) y por otro, los dramas culebronescos, que estén o no producidos por Shondaland (la productora de Rhimes) son, en su práctica totalidad, puro shondismo. Así, tenemos el bloque de la noche de los jueves en el que se emiten las tres series de Shondaland: la veterana, Grey’s Anatomy, la canónica, Scandal (Escándalo para los amigos) y la aperturista, How to get away with murder. Pero también series que se mueven por parámetros parecidos, como la veterana Nashville, con sus peleas de bitches, sus corruptelas y sus líos empresariales, o la debutante Quantico. Si el estreno la temporada pasada de HTGAWM, marcaba una nueva fase de expansión en el universo Shonda, al ser una serie de su productora pero en la que ella no escribe ni ejerce de jefa, Quantico supone la confirmación de que el shondismo se ha apoderado de ABC. La serie, que se centra en una agente del FBI acusada injustamente de cometer un atentado terrorista, es una especie de Homeland pasada por el filtro del shondismo, con sus líos de alcoba, sus torsos sudorosos y, sobre todo, sus giros de guion loquísimos. La serie está contada desde dos líneas temporales, por un lado el pasado, en la academia del FBI, que recuerda, inevitablemente a Grey’s y Murder. Por otro lado, el presente, que va más en la línea de serie conspiranoica pura, que tanto gusta en USA, y con la que juega de forma muy efectiva Scandal. Lejos de anquilosarse, el shondismo sigue abriéndose a nuevos géneros y temas, adaptándolos desde un estilo narrativo claro y que mezcla diversión sin prejuicios, incluso mamarracha, con seriedad (otra cosa es que al espectador le parezca seria la mezcla). En la midseason llegarán a ABC, una nueva serie de Shondaland, The Catch, y otro drama conspiranoico con una guionista, salida de esta factoría, detrás, The Family.

Sólo escribo para mí

Si el shondismo se expande y no exige fidelidad(espectadores que no ven Grey’s en cambio se acercan a Murder, por ejemplo), el murphysmo se contrae y se vuelve casi una religión. Su nueva serie, Scream Queens, no deja de ser la fusión de las dos principales ramas de su universo: la teenager (Popular, Glee) y la “adulta” (Nip/Tuck, American Horror Story). No hay nada nuevo. Es el Murphy de siempre elevado a la máxima potencia. Por eso Scream Queens está llamada a enamorar a su público objetivo y resultar chirriante para todos los demás. Ryan Murphy y Brad Falchuk escriben, únicamente, series para sí mismos. Si te gustan bien, sino, vete a otro lugar. Su universo funciona por contracción, casi como si estuvieran destilándose a sí mismos, persiguiendo la esencia última de su obra. Esto se ve en Scream Queens pero también en American Horror Story: Hotel. Si el shondismo aplica su fórmula base a nuevos productos, intentando seducir a nuevos espectadores, el murphysmo reutiliza tanto géneros como fórmulas para seducir a los ya seducidos. Una corriente busca cazar al público generalista, la otra se enfoca a su público nicho, y si de paso incorpora nuevos espectadores, mejor, pero no es prioritario. Así, Scream Queens es vista (y defendida) por los seguidores más fieles, no son muchos pero son ruidosos y están entregados a la causa. Las bajas audiencias se ven compensadas por la alta repercusión social. En cambio Hotel, ha arrancado con muchos espectadores, entre los cuales hay convencidos y escépticos. Estos últimos no son nuevos espectadores, y aquí está el quid de la cuestión, sino antiguos convencidos que hoy se acercan a la marca AHS y universo de Murphy con cautela. ¿Por qué? Porque en su afán ser cada vez más excesiva, mamarracha, esteta, banalmente violenta y pura, la serie ha terminado por expulsar a los seguidores que no creen en el estilo narrativo del tándem Murphy/Falchuk a pies puntillas. AHS comenzó siendo una serie de terror (más bien un thriller psicológico) con toques de humor netamente murphyanos, para convertirse en un show murphyano con trazos, dejes y reminiscencias del thriller psicológico y del cine de terror. El cambio ha sido lo suficientemente grande como para disminuir el número de fans entregados, pero a la vez aumentar la entrega de los mismos. Por ahora seguiré viendo Hotel, pero ya me he bajado de Scream Queens, no es una serie para mí. Eso sí, no han engañado a nadie, Coven, Freak Show, Hotel y Scream Queens han dado lo que prometían: Ryan Murphy en vena.

martes, 6 de octubre de 2015

Winter is coming: el otoño seriéfilo americano

The Leftovers, una serie fascinante

El tiempo nos ha anunciado en los últimos días que el verano ha llegado a su fin. En perfecta sincronía con el clima, la televisión americana lleva un par de semanas bombardeándonos con el estreno de nuevas ficciones y con el regreso de series que nos enamoraron en temporadas anteriores. Es hora de sacar el paraguas y la manta, arroparse cuando salimos a la calle y disfrutar delante de una pantalla cuando estamos en casa. Cada día el cielo se apaga más temprano y nuestras pantallas están más horas encendidas. Ha llegado el otoño, winter is coming.

El estado de las networks
Quantico, el terrorismo en los tiempos de Shonda

Llevamos mucho tiempo hablando de la crisis de las networks, ya no sólo en términos de calidad, sino también en cuanto a audiencias (y por lo tanto dinero) se refiere. La remesa de estrenos otoñales no va a marcar un cambio en el lento e inexorable declive de las networks. Pocos estrenos han funcionado bien en audiencias. Antaño los 2 puntos en demográficos (2% de la población americana entre 18 y 49 años ven tu serie) era la cifra a la que debería aspirar toda serie, hoy en día es más un anhelo que una realidad, puesto que gran parte de las series no logran dicha cifra. Por ejemplo, en FOX sólo lo logra Empire (y Rosewood, por ahora y al calor de la misma). ¿Ya no ven los americanos las series de las network? Sí, claro que las ven, simplemente que muchos de ellos no lo hacen a través de la televisión en su primera emisión. Así, las cifras mejoran sustancialmente si tenemos en cuenta el visionado de los capítulos durante el día del estreno y los 3 días posteriores a su emisión. Muchos americanos consumen sus series favoritas a través de plataformas de streaming o grabando los episodios. Así, el episodio de la semana pasada de Nashville logró un mediocre 1.1 en demos, sin embargo en datos Live +3 subió a un 1.8, aumentando en un 60% su audiencia. Mientras que la rompe-ratings Empire, el gran éxito actual de las networks, pasó de un 5.5 a un 7.7. De su capacidad de adaptarse a los cambios en el mercado y a las mutaciones en el consumo de productos audiovisuales, dependerá la supervivencia del modelo actual de las networks.

En cuanto a las ficciones en sí mismas, destacaría, de entre los estrenos, Quantico, ese circo mitad trash, mitad en serio, de ABC sobre una agente del FBI acusada de un atentado terrorista que no cometió. Homeland bajo las normas del shondismo (aunque, sorprendentemente, Shondaland no produce esta serie). Tanto en audiencia como en repercusión la serie ha sido un éxito. Es una ficción muy entretenida, capaz de captar y mantener la atención. ABC consolida un modelo que combina sitcoms familiares con dramas más o menos adultos y más o menos oscuros a la par que ligeros. La otra serie que más está dando que hablar es Scream Queens, con datos mediocres en su emisión en directo, pero que cosecha buenos resultados con el paso de los días y genera mucho ruido en las redes sociales. La nueva serie de la factoría Ryan Murphy es tan mamarracha como cabría esperar. Sus fans la aman, sus detractores la aborrecen. Yo me sitúo en un punto intermedio, entiendo qué quiere hacer, pero no acaba de divertirme demasiado. Da lo que promete. Por lo demás algunas sitcoms bienintencionadas que funcionan mejor (The Muppets, Life in pieces) o peor (The Grinder, Grandfathered) y que se dejan ver. Y series de cuestionable calidad y/o que huelen a cancelación (Minority Report, por ejemplo). En lo tocante a las series veteranas, The Good Wife ha regresado este domingo con un episodio sólido, aunque no fascinante. Veremos cómo manejan los King el nuevo tablero de luchas de poder en Chicago. Lo mejor, por ahora, está siendo Eli Gold, ese personaje inagotable. Las series Shondaland han regresado a pleno rendimiento, quemando trama y repartiendo golpes de guion a diestro y siniestro, sobre todo en How to get away with murder. Rhimes sigue siendo la reina del cotarro.

Al cable también se le caen las hojas
The Affair, la serie que nos recuerda que La Verdad no existe

A la espera de que regresen dentro de una semana Fargo, The Knick y Manhattan, con sus segundas temporadas, Showtime y HBO estrenaron los tres dramas de cable que más estimulantes me resultan, junto a Fargo, de este trimestre: The Leftovers (HBO), The Affair y Homeland (Showtime). Las tres series han presentado, en sus primeros capítulos, nuevos escenarios muy interesantes, que si son llevados con la misma destreza que en sus respectivos arranques, generarán tres de las ficciones más apasionantes del curso. En The Leftovers, Mimi Leder rodó 10 sensacionales minutos mudos, un arranque crudo e hipnótico. Además Lindelof y su equipo nos trasladan a un nuevo escenario, nos presentan a un pueblo texano aún más roto que el neoyorkino en el que nos había sumergido en la primera temporada y nos meten de llenos en las dinámicas internas de una familia que esconde muchos problemas.

En The Affair, el esquema él dijo/ella dijo, ha mutado a una historia contada desde cuatro pares de ojos, los de los amantes y los de sus cónyuges. Parecía difícil que pudieran mantener la serie tras los acontecimientos de la primera entrega, pero el arranque ha sido prometedor. Explorar el relato desde nuevas perspectivas va a ser todo un éxito. Antes tenía mis dudas, tras el primer episodio tengo esperanza. Un sentimiento del que precisamente adolece Homeland, una mirada oscura y (bastante) crítica a la política exterior y de seguridad (ya son indistinguibles) de Estados Unidos. Saltamos de Pakistán a Alemania para seguir buceando a las miserias de la primera potencia militar del mundo y en sus complicadas relaciones tanto con sus enemigos como con sus amigos. El escenario internacional es un estanque cubierto por una densa niebla que no deja ver absolutamente nada. Carrie ha dejado la CIA para trabajar en una fundación humanitaria, pero sigue metida en el meollo de los problemas. Homeland continúa estando pegada a la actualidad como pocas ficciones actuales, por no decir ninguna: Siria, ISIS, espionaje, terrorismo internacional, filtraciones, ciber-ataques, legalidad vs. seguridad nacional (ese concepto)… y un sinfín de temas y debates candentes. La quinta temporada tiene todos los elementos necesarios para estar al nivel de la soberbia cuarta entrega. Para otro día dejo la última temporada de Downton Abbey y, sobre todo, el regreso de dos de las series europeas más prestigiosas y fascinantes del último lustro: la francesa Les Revenants y la nórdica Bron/Broen.

martes, 29 de septiembre de 2015

América Latina: 10 años peleando por el lugar que se merece en los Oscar


En el último Festival de Venezia, la venezolana Desde Allá ganó el León de Oro y el argentino Pablo Trapero logro el León de Plata al mejor director por El clan. Antes, a comienzos de año, la chilena El club se había alzado con el Gran Premio del Jurado y la también chilena El botón de nácar con el premio a mejor guion en el Festival de Berlín. Entre medias, el mexicano Michel Franco logró, también, el premio al mejor guion con Chronic, una coproducción entre USA y México. 2015 ha sido, por lo tanto, un gran año para el cine latinoamericano. Un año que ha coronado un excelente lustro en el que su presencia y relevancia en el panorama internacional ha ido en aumento. Desde El secreto de sus ojos a Relatos Salvajes, desde Después de Lucía a Gloria. Dicho salto del cine latinoamericano ha fructificado en 6 nominaciones al Oscar a la mejor película de habla no inglesa en la última década, frente a las 0 conseguidas por el cine español. Poniendo estos datos en perspectiva, cabe señalar que España a lo largo de la historia de este galardón ha optado al mismo en 19 ocasiones y los países latinoamericanos en 22 (8 México, 7 Argentina, 4 Brasil, 1 Cuba, 1 Chile, 1 Perú). Frente a las 4 victorias conseguidas por España, América Latina sólo suma 2, ambas argentinas, la de la sensacional La historia oficial en los 80 y la de El secreto de sus ojos en 2009 (la gala se celebró en 2010). Este año sus mejores bazas para colarse en los Oscar parecen, a priori, la chilena El club y, sobre todo, la argentina El clan, sin embargo no podemos descartar que alguna otra cinta latina pase el corte inicial de la categoría. El cine latino vive un momento apasionante.

Si cuando hablamos del cine español, decíamos que sus problemas en los últimos años eran el aumento de países que presentan candidatas, la ausencia en los tres grandes festivales europeos y el calendario, para hablar del cine latinoamericano podemos emplear los tres argumentos, pero a la inversa. En Latinoamérica se está produciendo más cine, desde más países y con mayores presupuestos. Se han consagrado definitivamente sus mejores autores (ahí están los mexicanos dominando Hollywood o Campanella trabajando en la tv yankee o Trapero a punto de dar el salto a LA) y se han encumbrado nuevos cineastas de gran prestigio internacional (Michel Franco, Pablo Larraín…). Como consecuencia de ello, en casi todas las últimas ediciones de los festivales de Cannes, Berlín y Venezia ha habido cineastas latinoamericanos. Mientras, el cine español ha estado ausente, colando alguna película fuera de competición o en secciones paralelas a la oficial. Viviendo, básicamente, de Donostia. Frente a esa dependencia de nuestro festival de clase A, principal escaparate de nuestro cine, el latino no ha dependido, en absoluto, de su único festival de clase A, el argentino Mar del Plata. Por ejemplo, este año ha habido films de cineastas latinos en la sección oficial de Berlín (3), Cannes (1), Venezia (2), Donostia (1) y Locarno (1). Y en todos han logrado algún premio, salvo en Locarno.

Es importante señalar que el aumento de países participantes en los Oscar se ha hecho notar en América Latina. Por ejemplo, Panamá se presentó a los Oscar por primera vez el año pasado y en la presente edición repite. Este hecho nos lleva a observar un fenómeno más amplio. En primer lugar, las grandes potencias cinematográficas latinas: Argentina, México y Brasil (sobre todo las dos primeras) han consolidado su presencia en el panorama internacional, el prestigio de su cine y la carrera de algunos de sus mejores artistas. Y han sabido, además, tender puentes con España y Estados Unidos para producir sus films. Casi todas las películas latinas nominadas al Oscar en los últimos años contaban con capital español detrás (El secreto de sus ojos, Relatos Salvajes, Biutiful, El laberinto del fauno…). En segundo lugar, países medianos y con menos cine a sus espaldas han dado un salto tanto de calidad como, sobre todo, de visibilidad. A este respecto cabría destacar a Venezuela y, sobre todo, a Chile. Autores chilenos como Pablo Larraín (No, El club), Sebastián Silva (La nana) o Sebastián Lelio (Gloria) han colocado al cine chileno como un referente del cine de autor a nivel global. Precisamente Larraín logró con No la primera nominación al Oscar de Chile en toda su historia y este año luchará por repetir la gesta con El club, película reverenciada allí por dónde ha pasado hasta el momento. Venezuela, por su parte, logró la Concha de Oro en Donostia con Pelo malo hace un par de años, este año el León de Oro con Desde allá y en la última edición de los Oscar logró pasar el corte de la categoría de habla  no inglesa con la macro-producción El libertador. En tercer lugar, los países pequeños de la región comienzan a hacer cine, ya hemos hablado de Panamá, pero podríamos destacar también a Perú, que logró su primera nominación al Oscar con La teta asustada. Además, aún falta por ver el despegue del cine colombiano, la implosión del cubano, con el fin del embargue americano en el horizonte, y que Argentina y México sigan generando tanto films como profesionales de primera división.


Muchos artistas argentinos han sostenido que al calor del corralito y de la enorme crisis social, política y económica que vivió Argentina, fructificó una vitalidad creativa inusitada. El dolor agudiza el ingenio. La rabia fomenta el pensamiento crítico. Quizás el audiovisual español está caminando por esa misma senda en esta crisis sistémica en la que estamos instalados. Pero aún no somos conscientes de ello. Tenemos mucho que aprender del cine latinoamericano y seguir fomentando la interacción tanto artística como económica entre las dos orillas del Atlántico es el camino a seguir. Les deseo mucha suerte a Loreak, El club, El clan y las demás películas seleccionadas de habla hispana y portuguesa. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

No son los Emmys, es HBO

Benioff, Weiss y la tropa de Game of Thrones

La pasada madrugada, hora española, se entregaron en Los Ángeles los Emmys, los grandes premios de la televisión estadounidense. Una gala en la que las grandes triunfadoras fueron el drama Game of Thrones (Drama, Guion, Dirección y Actor de reparto), la comedia Veep (Comedia, Guion, Actriz y Actor de reparto) y la miniserie Olive Kitteridge (Serie limitada, Guion, Dirección, Actriz, Actor y Actor de reparto). Todas ellas producidas por HBO. Por ello la 68 edición de los Emmys pasará al recuerdo (además de por la reinvindicaciones raciales y de género) como el año en que la Academia se rindió ante la obviedad de que HBO, por muchas rivales que tenga, sigue siendo la gran cadena de referencia en el terreno de la ficción televisiva de calidad. Ya no vivimos en los tiempos de “It’s no TV, it’s HBO”, pero aún así estos Emmys nos han recordado que siguen estando un peldaño por delante del resto, tienen una marca y un aparato de producción y promoción sin igual.

El arrase de HBO en los Emmys ha llegado en un momento curioso. Justo cuando las plataformas de streaming (Netflix, Amazon…) están ganando cada vez más fuerza y la televisión de calidad en el cable se está expandiendo por nuevos canales (USA Network y Mr. Robot, por ejemplo). A sus rivales clásicas en la lucha por los premios y el reconocimiento crítico (AMC, Showtime y FX) se le han sumado una retahíla de canales y plataformas que amenazan su reinado, sobre todo en el terreno que más importa, el económico, puesto que Netflix ha ido sumando suscriptores de forma inexorable. Precisamente esta victoria aplastante en los Emmys le sirve a HBO para reivindicar su marca frente a la principal plataforma de streaming. Netflix se tuvo que contentar con el Emmy a mejor actriz de reparto de serie dramática para Uzo Aduba por Orange is the new black. Justo el único galardón que se le escapó a Game of Thrones, que se coronó como el gran drama de la temporada, trasladando al terreno de los premios el inmenso fenómeno planetario que es. No hay, hoy por hoy, serie más comentada, analizada y admirada en el mundo. Un drama de calidad consumido masivamente.


Game of Thrones, Veep y Olive Kitteridge representan fantásticamente las tres patas sobre las que se ha cimentado la marca HBO. Dramas de calidad con un nivel de producción inalcanzable para cualquier otro canal. Comedias/dramedias de autor. Miniseries y telefilmes que adaptan grandes obras literarias o trasladan la vida de importantes figuras de la cultura o la sociedad americanas. Los grandes dramas son el principal reclamo de HBO. The Sopranos, Six Feet Under, The Wire o Game of Thrones son sus emblemas. Son hondos, son oscuros y son una demostración de fuerza en el terreno técnico. Hay series mejor escritas que GoT, pero ninguna es más espectacular. 

El equipo de Selina Meyer al completo

Las comedias/dramedias de la casa son menos recordadas y/o valoradas, sin embargo son una parte fundamental de su parrilla. Sex and the city es uno de los grandes iconos del canal, Curb your enthusiasm es una obra de culto (The Comeback si no lo es, lo será), Girls genera un gran ruido mediático y Veep es una de las ficciones más rabiosamente actuales del momento. La victoria de la negrísima comedia de Armando Iannucci nos recuerda, además, que el canal sigue siendo una enorme casa de acogida para grandes autores televisivos. Hay grandes autores en otros canales, pero ninguno tiene la cartera de HBO con nombres como David Simon o Terence Winter (que tras el final de Boardwalk Empire regresa en invierno con Vynil). Por último lugar, y aunque no tengan tantos seguidores, las miniseries son un pilar fundamental, también, de la marca HBO. 

Frances McDormand, una mujer empeñada en levantar un proyecto

Mientras que en la producción de dramas y comedias HBO tiene innumerables rivales, en la gestación de miniseries está prácticamente sola en Estados Unidos. Y si eso está empezando a cambiar es por la proliferación de series-antologías (Fargo, True Detective, American Horror Story, American Crime…). De hecho, las rivales históricas de HBO en esta área han sido grandes miniseries británicas, como las dos enormes obras a las que derrotó Olive Kitteridge este año: The Honourable Woman y Wolf Hall. Sólo HBO se ha tomado en serio la tarea de producir miniseries y telefilms de prestigio. Band of Brothers, Angels in America o John Adams son obras fundamentales para la marca HBO. La victoria aplastante de la maravillosa e intimista Olive Kitteridge viene a redimir, además, el desastre que ha sido True Detective 2. Si la primera temporada de la ficción de Pizzolatto fortaleció la idea de que nadie puede hacer lo que HBO hace, la segunda nos ha demostrado que la cadena también se equivoca. De hecho muchas series de HBO pasan desapercibidas o resultan fallidas. Pero la marca sigue intacta, porque está cimentada sobre una filosofía artístico/empresarial muy inteligente. HBO sigue estando a la vanguardia de la ficción televisiva. Los Emmys han venido a reconocer el hecho bañando al canal en premios. Y ninguno ha sido inmerecido, aunque yo hubiera premiado a otras obras como Mad Men. Veep ha sumado la segunda victoria de una comedia de HBO en la historia, 14 años después de que lo lograra Sex and the city. Mientras que Game of Thrones ha cogido el testigo de The Sopranos, tras 8 años de sequía (5 victorias de Mad Men, 1 de Homeland y 2 de Breaking Bad), coronándose como el mejor drama de la televisión actual. Por fin HBO ha logrado recuperar el trono, veremos qué le depara el juego el año que viene.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Emmysalternatives 14/15 XII: Series de Drama

10. Justified (FX)
¿Lo legal o lo correcto? Lo más apasionante de Justified es que desarrolla un código moral propio. Eso y que coge los códigos del western y los adapta al mundo actual. Todo en Justifed está ligado a las raíces. A un mundo que desaparece. A las minas y las peleas ancestrales entre familias. Esa es la base del relato. A partir de ese caldo de cultivo te cuentan la historia de dos chavales, uno es un US Marsahall y el otro un capo criminal. Ninguno de los dos es bueno. Ambos son conscientes de ello. Sobre Justified: Harlan en el retrovisor.

9. The Leftovers (HBO)
Los dos primeros episodios fueron dubitativos. El tercero una genialidad. A partir del sexto (inclusive) una serie sensacional y turbadora. Así fue la primera temporada de The Leftovers, un relato perturbador sobre lo que le pasa al mundo cuando de pronto desaparecen millones de personas. Una distopía escalofriante. A Lindelof lo que es de Lindelof, esta vez sí. Sobre The Leftovers: Sólo podíamos caer.


8. Halt and catch fire (AMC)
¿Cómo era la informática personal a principios de los 80? Como el lejano oeste, un territorio por descubrir. En la hipnótica Halt and catch fire seguimos a unos pioneros en la búsqueda del éxito personal y del progreso tecnológico. Inteligente, a ratos brillante, siempre interesante. Así es Halt and catch fire, una serie a la que la audiencia no ha sabido querer como se merecía. Es refrescante, sin duda alguna. Sobre Halt and catch fire: Destruir y construir

7. The Killing (Netflix)
¿The Killing? Sí, The Killing. Se emitió dentro del plazo de estos Emmys y sus últimos seis capítulos fueron sensacionales. Así de claro. Una historia terrible con un colegio militar en el punto de mira, concatenada con las peligrosas consecuencias del final de la tercera temporada. Linden y Holder se han despedido para siempre entregando su temporada más redonda y compacta. El último capítulo, dirigido por Jonathan Demme, es una excelente radiografía de sus rostros y de su amistad. Un regalo para los fans. Sobre The Killing: Aunque no para de llover.

6. Homeland (Showtime)
Y Homeland resurgió de sus cenizas. Tras la fallida tercera entrega (ojo, fallida, no mala), la serie de Gansa y Gordon volvió a ser un inmenso thriller de espías/terroristas. Con sus conspiraciones, dramas humanos, miserias políticas y dobles verdades. Crónica del estercolero que es la política internacional americana post-11 S (bueno, en realidad desde la II GM). Homeland es una serie necesaria, porque aborda temas muy espinosos en un país al que le gusta creer que siempre es el impoluto bueno de la película. Pakistán, uno de esos aliados líquidos de los estadounidenses era un escenario perfecto. Lo han vuelto a bordar. Una temporada adictiva e inteligente. Sobre Homeland: Formas distintas de bajar el telón.

5. House of Cards (Netflix)
Siempre describo al thriller político de Beau Willimon como un elefante en una cacharrería. Ocupa el quinto puesto en el ranking pero es la serie cuya presencia en el mismo podría ser más cuestionable. Muy pocas ficciones disfruto hoy en día como House of Cards. La devoro. Es diversión en estado puro para mí (repitamos: para mí). Tiene momentos brillantísimos y sin embargo está tan pasada de rosca que entiendo las críticas. La visión que tiene de la política americana es demasiado bestia. Tiene diálogos fabulosos pero las tramas se desparraman hasta puntos delirantes. Los dos grandes ejes de esta temporada han sido America Works (un completo sinsentido, aunque deliciosa) y la Paz en Oriente Próximo con Rusia como escollo. Ambas han sido muy divertidas pero completamente irreales. Si quieres observar la política estadounidense ves las obras de Simon (a no ser que seas un idealista y te pongas a Sorkin) y si quieres sumergirte en el conflicto entre Israel y Palestina, ponte The Honourable Woman. House of Cards entra en todos los conflictos a cañón, eso hace que sea un espectáculo total, pero también que no te la puedas tomar demasiado en serio. Sobre House of Cards: Los tres combates de Frank Underwood.

4. The Americans (FX)
Prácticamente sin hacer ruido, The Americans se ha convertido en uno de los dramas más densos y fascinantes de la televisión actual. Lenta pero segura. Cocinándose a fuego lento. Sin dar pasos en falso en su relato sobre dos espías rusos sumergidos en la América de Reagan. El matrimonio, la familia, la patria, la moral, la guerra o la política son temas fundamentales en la serie. De hecho es posible que sea la ficción actual más rica en debates morales. No existen el bien y el mal, sólo una resbaladiza escala de grises. Elizabeth y Philip están contra las cuerdas. Ya no sólo están amenazados por el mundo exterior, ya tienen a la amenaza en su propio hogar. Apasionante. Sobre The Americans: Los USA de The Americans y Reagan: nucleares, desiguales e intervencionistas y La verdad os hará prisioneros.

3. Game of Thrones (HBO)
El gran fenómeno televisivo se metía este año en terreno peligroso al comenzar a narrar los peores libros (o eso dicen sus lectores) de la saga. Si a ellos unimos el hecho de que en algunas tramas la serie ya ha adelantado al libro, el reto era mayúsculo. Podría haber salido muy mal y sin embargo Game of Thrones ha vuelto a ser una serie descomunal. Sí, siempre hay tramas que no funcionan tan bien como otras, pero aún así la amplia panorámica que pintan sobre esta lucha de poder es fascinante. Pocas series dejan a sus espectadores tantas veces con la boca abierta como ésta. Posiblemente estemos hablando del gran espectáculo televisivo del último lustro. Además de un sentido de la acción y la tensión brillantes, la serie se caracteriza por estar muy bien escrita e interpretada. No es perfecta pero a menudo es la más lista de la clase. Sobre Game of Thrones: La mayoría y La estrategia del caos.

2. The Good Wife (CBS)
A estas alturas nadie niega que la sexta temporada de The Good Wife no ha sido tan buena como la quinta. Dicho lo cual, a mí me ha vuelto a parece inmensa. Es cierto que la primera parte de la temporada, con Cary acorralado tuvo más tensión que la segunda, centrada en la carrera política de Alicia. Sin embargo la forma en que la serie retrató las esferas de poder en Chicago me pareció brillante, realista y dura. The Good Wife sigue siendo una de las series mejor escritas de la televisión y con más capas de lectura, mezclando con éxito la esfera personal y la profesional. Sobre The Good Wife: La respuesta, ¡No hagas bromas!, Cómo ser Alicia Florick y Los engranajes de la mente y del poder.

1. Mad Men (AMC)
Mad Men es una de mis series favoritas de todos los tiempos. Hemos pasado casi 10 años juntos. 10 años en los que me convertí en seriéfilo. He llegado a sentir los dramas de sus personajes como propios. La serie me ha inoculado la desasosegante sensación de estar perdido en la vida, de no saber quién eres y a dónde te diriges. Mad Men habla de lo duro que es no tener clara tu propia identidad y nadar en un mar de soledad. Lo duro que es sentirte vacío. La insatisfacción vital es un tema recurrente en el audiovisual de las últimas décadas. Y Mad Men, con sus guiones modélicos lo ha abordado como nadie. Quizás sea la serie más sensible de la televisión y una de las de mayor calado emocional. Esta última tanda de siete capítulos ha sido redonda. Siete episodios emocionantes, hermosos y devastadores. Un final redondo para un gran relato humano. Mad Men se ha acabo pero nos volveremos a ver. Las obras maestras son inagotables.