miércoles, 28 de febrero de 2018

Los No Oscar 2017 I: Dirección, Fotografía y Montaje

Otro año más (y van cuatro) intento homenajear humildemente a algunas de las películas y trabajos más interesantes del año que no han sido nominados a los Oscar. La únicas dos normas son que las películas fueran elegibles en los premios de la Academia, este año lo eran la friolera de 341 films; y que los trabajos en cuestión no hayan sido descalificados por los gremios, como es el caso de la  (sensacional) fotografía de Phantom Thread. Así, habrá en mis listas películas de 2016, como Grave o The Lost City of Z, pero no de 2017 como Estiu 1993.


MONTAJE

5. William Goldenberg y Harry Yoon por Detroit
Detroit será recordada más que por su visión del conflicto racial, por su excelente acto central: el asalto salvaje de la policía de la ciudad a un hotel. Esas secuencias, frenéticas, tensas hasta cortar la respiración, agobiantes y durísimas, suponen un prodigio tanto a nivel visual como narrativo. Las grandes labores de dirección de Kathryn Bigelow y fotografía de Barry Ackroyd se ven elevadas por un trabajo de montaje fabuloso.

4. Maxime Pozzi-Garcia y Agnès Varda por Visages Villages
No se suele reconocer a las película documentales en categorías técnicas. A pesar de que la labor de montaje en las mismas suele ser ingente, dada la enorme cantidad de material con la que los montadores tienen que trabajar. La directora de cine Agnès Varda y el artista visual JR, recorrieron Francia llevando a cabo intervenciones artísticas en lugares especiales (o no) y con personas especiales (o no). Visages Villages es un road trip que resume esa maravillosa experiencia. El montaje consigue construir un relato unitario que va conduciendo al espectador a través del país y sus gentes, pero también a través de la relación entre Varda y JR y de los recuerdos y sentimientos de la primera.

3. Andrew Weisblum por mother!
Poner orden en ese volcánico caos que es mother! tiene un mérito descomunal. La película de Darren Aronofsky es una orgía narrativa dónde el espectador se ve acuciado por cientos de detalles que se van acumulando en secuencias cada vez más agobiantes. Weisblum consigue que la película, a pesar de su tono anárquico, fluya y sea entendible y procesable para los ojos de quien la contempla… y la sufre.

2. Walter Fasano por Call Me By Your Name
Una de los elementos que hace hipnótica a Call Me By Your Name es la cadencia de la película. Ese ritmo aletargado de tarde cálida de verano. Todo en la película se mueve como si estuviéramos inmersos en un sueño. El trabajo de Luca Guadagnino en la puesta en escena y de Walter Fasano en el montaje logran ese efecto casi mágico, dotando al film de un aura casi mágica. ¡Qué sutil, qué calculado, qué maravilla!


1. Dylan Tichenor por Phantom Thread
Phantom Thread es una telaraña, que comienza acariciándote para rápidamente comenzar a envolverte sin escapatoria posible. La transición entre secuencias no podría estar mejor ideada. Toda la película es una gran trampa. Paul Thomas Anderson y Dylan Tichenor han escogido sabiamente qué querían mostrar y qué querían ocultar de la relación entre los protagonistas, imprimiendo un ritmo y un tono incómodos a una película definitivamente exigente y retorcida.

FOTOGRAFÍA

5. Elisha Christian por Columbus
Hay algo en el aspecto visual de Columbus que la hace artificial y realista al mismo tiempo. Los tonos cálidos parecen diluir la realidad, sin embargo los espacios que habitan los protagonistas son netamente urbanos y uno casi puede sentir que está ahí, recorriendo la ciudad a su lado. Todo en Columbus se siente suave como una caricia, incluida su preciosa fotografía.


4. Alexis Zabé por The Florida Project
Sean Baker y Alexis Zabé realizan una panorámica chillona y brillante de las decadentes y delirantes postrimerías de la fábrica capitalista de los sueños, Disney World. Los moteles de carretera, las circunvalaciones, los descampados, las tierras baldías, los hoteles cutres y los negocios de tamaños desorbitados pueblan la película, dándole un aspecto visual a medio camino entre el sueño lisérgico y la pesadilla mrwonderfuliana. El uso de los colores (el azul, el rosa…) es fascinante.

3. Andrew Droz Palermo por A Ghost Story
A Ghost Story comienza teniendo una tonalidad crepuscular, como de atardecer perpetuo, para ir mutando visualmente en función de la época en la que se asienta el relato en cada momento. Es un trabajo tan sutil como impactante. Sin duda lo que hace Droz Palermo es arte. A través del uso de la luz consigue conmover y llenar los espacios vacíos provocados por la ausencia de palabras entre una pareja que ya no puede comunicarse.


2. Sayombhu Mukdeeprom por Call Me By Your Name
Mukdeeprom logra en Call Me By Your Name algo tan especial como pintar los colores del verano. Pero su trabajo va más allá, porque también logra que el espectador huela el verano y lo sienta en su piel. Esa capacidad de transportarnos a un verano rural mediterráneo es fascinante. La historia de amor entre Elio y Oliver no sería la misma sin el empaque visual y sensitivo que construye Mukdeeprom.


1. Darius Khondji por The Lost City of Z
Resulta incomprensible, por muy desapercibida que haya pasado la última película de James Gray, que el inconmensurable trabajo de Darius Khondji no haya sido tenido en cuenta por sus compañeros de gremio. The Lost City of Z tiene una de las fotografías más memorables, complejas y valientes de la última década. Un prodigio de naturalismo para retratar el viaje a ninguna parte a través de la inmensidad selvática de un grupo de exploradores. Tiene la magia propia de las obras que intentan expandir los límites del arte.


DIRECCIÓN



5. Julia Ducournau por Grave
La cineasta Julia Ducournau preña su primer largometraje de imágenes concebidas para clavarse en la mente del espectador y empujarlo, a la vez, hacia el horror y la fascinación. La historia de una adolescente vegetariana que come, presión de grupo mediante, carne cruda y emprende un viaje hacia el canibalismo, podría haber descarrilado, sin embargo, Ducournau consigue que el drama psicológico prime sobre el terror gore, componiendo un coming of age desbordante de ideas y mala hostia. Un clásico instantáneo. Un hito.

4. Robin Campillo por 120 battements par minute
En 120 battements par minute conviven dos películas, un drama político-social y uno intimista, que mediante la puesta en escena de Campillo se complementan y alternan. La vertiente abiertamente política, y por lo tanto pública, de la obra, está rodada desde el realismo, con una puesta en escena que va al grano: las caras, las palabras, las acciones. Mientras que en la vertiente íntima y privada, el cineasta se recrea en los cuerpos, para explorar lo que hay debajo de la piel, componiendo secuencias que rozan el videoarte. El director demuestra así su versatilidad como narrador y como constructor de imágenes.

3. Denis Villeneuve por Blade Runner 2049
Pero para constructor de imágenes llamadas a ser icónicas, el quebequés Denis Villeneuve, el gran cineasta que la sci-fi del siglo XXI estaba esperando. Villeneuve ha recogido la imponente y mitificada imaginería visual de Blade Runner, y la ha actualizado y expandido en su Blade Runner 2049. Alguna de las secuencias que compone son simplemente hipnóticas. Un orgasmo visual. Pero lejos de ser meros fuegos de artificio, las imágenes que han construido Villeneuve y el director de fotografía Roger Deakins, sirven para sumergirnos en un mundo distópico peligroso, gélido y tecnodictatorial donde las grandes urbes se construyen y se derrumban y no hay cabida para los sentimientos.

2. Martin McDonagh por Three Billboards Outside Ebbing, Missouri
Su ausencia en el quinteto de nominados al Oscar fue una de las grandes sorpresas de las nominaciones. Resulta difícil justificar que un trabajo de puesta en escena y dirección de actores como el que lleva a cabo McDonagh haya sido ninguneado por sus compañeros. Sin embargo, así ha sido. El cineasta británico ha conseguido en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, escribir y dirigir una gran historia americana, sin renunciar a su retorcido humor netamente inglés, modulando el manejo de la violencia y el peso de las palabras. Si Three Billboards Outside Ebbing, Missouri es un prodigio narrativo no es sólo por un guion brillante y un reparto en estado de gracia, la puesta en escena de McDonagh le imprime el ritmo adecuado a una historia gobernada por la ira y el dolor.


1. Luca Guadagnino por Call Me By Your Name
La puesta en escena de Call Me By Your Name es una de las más milimetradas del año y si no que se lo pregunten a los melocotones. Guadagnino dejó poco lugar a la improvisación, construyendo una película en la que todos y cada uno de sus elementos están usados para generar un sentimiento o una idea en el espectador. Lo han acusado por ello de querer imponerse a su relato y de convertir al mismo en algo artificioso. Sin embargo creo que es la demostración plausible de que es un cineasta con una mirada única y una visión tan personal que es imposible de ser contenida. Si Call Me By Your Name no estuviera dirigida de esta forma, entre la contemplación y la recreación en los cuerpos, en los espacios, en los sentimientos, en los deseos… no sería tan especial como es. Guadagnino eleva, con su visión, un guion ya de por sí fantástico.


lunes, 8 de enero de 2018

Una película de Hollywood y un castillo

MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO de Gustavo Salmerón
THE DISASTER ARTIST de James Franco 

Tommy Wiseau quería hacer una película, una película de Hollywood de verdad, para ser exactos. Julita Salmerón quería un castillo (porque los hijos y el mono ya los tenía). Ambos tenían un sueño irrisorio a ojos de la mayoría de las personas. Sin embargo, y en contra de todos los consejos y del(o que entendemos por) sentido común, ambos lo llevaron a cabo. Espero que el lector de este artículo no considere esta afirmación un spoiler. Pues ni The Disaster Artist, ni Muchos hijos, un mono y un castillo se sustentan sobre el enigma de la llegada (o no) del héroe (o no) a la meta. Partiendo por lo tanto de premisas extrañamente similares, las obras de James Franco y Gustavo Salmerón, apuestan por tramas bien distintas. Mientras Franco relata el cómo Wiseau llevó a cabo su sueño, Salmerón analiza las consecuencias de la consecución. Encontrándose los dos films en el por qué de las decisiones tomadas por sus protagonistas. Así, The Disaster Artist es una obra militantemente hedonista, tan irónica como naif, tan meta como inocente. El espectador nunca sabe hasta qué punto James Franco admira a Tommy Wiseau o se ríe de él. Posiblemente ni Franco lo sepa. En cambio, Muchos hijos, un mono y un castillo, es una obra netamente reflexiva. Aborda, desde el humor, el pasado (la guerra civil, el franquismo...) y su influencia en el presente (¿las cosas que hemos poseído a lo largo de nuestra vida forman parte de nosotros mismos? ¿nos hemos apoderado de ellas hasta ese punto?), pero también la importancia de la familia, la vejez, la muerte y hasta la crisis económica. Que una sola película sea capaz de enlazar la guerra y la crisis del 2008 es casi un milagro artístico y discursivo.

Mientras The Disaster Artist se proyecta hacia el futuro: persigue tus sueños, una idea-fuerza que ha marcado para siempre a la generación millenial o Y. Muchos hijos lo hace hacia el presente y hacia el pasado: vive siendo consciente de quién eres, de dónde vienes y a quién (y qué) tienes. Esto provoca que la película de los Salmerón (está claro que es una obra familiar) tenga alcance universal, no tanto en el espacio (es una obra muy española y mucho española), como en el tiempo, porque es, sin duda, un film transgeneracional. A través del discurso, a ratos delirante, a ratos brutalmente lúcido, de Julita Salmerón, Muchos hijos deconstruye a la señora bien española, explica los últimos 100 años de nuestro país y entrelaza la generación de la guerra con la generación X. España es así, caótica, peculiar, apasionante, morriñenta de un país que nunca existió y familiar. Somos personas brutalmente familiares, aún a día de hoy. La institución sobre la que se sustenta toda la sociedad. En cambio The Disaster Artist habla de la familia que eliges (ese concepto): tus amigos. Reivindica así que ante las adversidades la amistad es un refugio impenetrable. Greg Sestero no duda, ni por un segundo, en abandonar a su madre en San Francisco y lanzarse a la aventura con su nuevo mejor amigo, Tommy Wiseau. En The Disaster Artist no existe el pasado, de hecho nada sabemos del de Wiseau, ni de dónde ha sacado todo el dinero que malgasta en The Room, ni de dónde viene, ni cuantos años tiene. En la película de Franco sólo existe un potencial futuro en el que puedes alcanzar tus sueños y enmendar un presente en el que no lo haces. Puro discurso para millenials. Y sí, funciona, es una dosis lisérgica de esperanza.



En última instancia, ambas obras son dos manifiestos sobre la pulsión irrefrenable de hacer cine. En una extraña, pero bien hilada, reflexión meta-cinematográfica circular (puesto que comienza a esbozarla al inicio del film y la continúa al final del mismo), Julita Serrano le explica a su hijo Gustavo, a la postre director de la obra, lo que a los espectadores realmente les interesa. Ellos (Nosotros) no quieren saber las historias de una vieja loca, que un día se vuelve millonaria y unos años después acaba siendo desahuciada de su castillo. Lo que desean es una película bien hecha, con un buen guion, una buena dirección y una buena fotografía. Lo que Tommy Wiseau, el personaje y el cineasta, definiría como "una película como se hace en Hollywood". Es decir, una película con dinero. Sin embargo, el éxito imposible de The Room y los esforzados éxitos de The Disaster Artist y Muchos hijos, demuestran lo contrario. El público quiere una buena historia. Las de dos personajes tan fascinantes (y fascinados) como Wiseau y Salmerón lo son. Las películas de Franco y Salmerón son dos relatos apasionantes sobre los sueños, sobre la obligatoriedad emocional de seguirlos y sobre el cine, sobre el arte de hacer cine.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Mis series favoritas de 2017

30. Vergüenza (Movistar +) (N)
Juan Cavestany, uno de los principales agitadores de la comedia española de la última década, ha desembarcado en Movistar + con una serie que deshecha cualquier atisbo de sutileza. Vergüenza es una disección sin grises del “cuñao” y de la nula vergüenza propia de este arquetipo tan típicamente español y la inmensa vergüenza ajena que genera en los que lo rodean. El resultado son más de 200 minutos de hilarante bochorno.

29. The Good Place (NBC) (N)
La única sitcom que consumo hoy por hoy es The Good Place, una serie que en su segunda temporada salta el tiburón y cambia de premisa al final de cada capítulo. Un bukkake de ingenio. El cielo nunca fue más divertido. Ni nunca estuvo tan plagado de miseria humana.

28. The Marvelous Mrs. Maisel (Amazon) (N)
A finales de los años 50 una mujer aterriza, casi por accidente, en el mundo de la comedia. Sin embargo el camino hasta llegar a ser una comediante no va a resultar fácil. La nueva ficción de Amy Sherman Palladino (Gilmore Girls) está llena de encanto, frases inteligentísimas, una fascinación extraña por la clase alta cosmopolita y personajes entrañables. Vamos, lo de siempre en su universo creativo. Eso sí, esta serie no podría existir sin Rachel Brosnahan. Puro carisma.

27. GLOW (Netflix) (N)
Mientras Orange is the new black da síntomas de agotamiento, la factoría de Jenji Kohan saca su lado más juguetón en GLOW, una dramedia divertidísima sobre el mundo de la lucha femenina en los años 80. Vintage, graciosa y sí, reivindicativa, la serie acierta al mostrar a sus heroínas sin ahorrarnos sus más bochornosos defectos. Alison Brie y Betty Gilpin están inmensas.

26. Dark (Netflix) (N)
La primera serie alemana de Netflix demuestra en primer lugar, mucha sabiduría sobre la ficción audiovisual que se ha hecho en Europa en las últimas décadas (es imposible no pensar en Les Revenants al verla); y en segundo lugar, un gran respeto por la ciencia ficción y esa sub-sección fascinante de la misma que son los viajes en el tiempo. Dark no inventa nada, pero juega muy bien con elementos prestados para construir una serie que se devora, que tiene una atmósfera logradísima y que puede llegar a hipnotizar.

25. Mr. Robot (USA Network) (N)
En su segunda y polémica temporada, Mr. Robot saltó el tiburón. Liberada de las expectativas creadas en torno a ella, esta tercera entrega, kamikaze y desatada, ha funcionado gracias a su exceso narrativo y discursivo. El mundo se va a la mierda. Y no parece que nadie quiera arreglarlo de verdad. La serie de Sam Esmail es tan naif como subversiva.

24. Dear White People (Netflix) (N)
La adaptación a formato seriado de la exitosa película indie homónima de Justin Simien, entra a degüello a explorar el conflicto racial que atenaza a Estados Unidos. Desde la hipocresía blanca hasta las contradicciones de los afroamericanos. Nadie está a salvo en esta ficción cargada de cinismo. Es una obra no sólo pertinente, sino también mordaz.

23. Alias Grace (Netflix) (N)
El tándem Mary Harron – Sarah Polley lleva a cabo una modélica (y a ratos hipnótica) adaptación de la obra de Margaret Atwood. Alias Grace bucea en el machismo sistémico e histórico a través de una mujer compleja, llena de aristas. Sin el sugerente trabajo de Sarah Gadon, Alias Grace no se sostendría, ella dota a la protagonista de fragilidad y rabia, impotencia e inteligencia.

22. La Zona (Movistar +) (N)
Tras un accidente nuclear en la (irreal) estación de Nogales, se decreta una zona de exclusión. En dicho espacio crece el crimen organizado y la corrupción florece, anegándolo todo. La Zona no acaba de exprimir su estimulante espacio narrativo, pero construye personajes interesantes, una atmósfera muy conseguida y un caldo de cultivo del que pueden salir temas interesantísimos. Aún no es una gran serie, pero si cuenta con una segunda temporada podría serlo.

21. One Mississippi (Amazon) (+8)
Tig Notaro se abre completamente en One Mississippi. El mayor ejercicio de striptease emocional de la televisión actual. La serie retrata, ficcionada, su complicada vida y lo hace con mucho humor. Desde los abusos que sufrió cuando era niña hasta su cáncer. El resultado es una obra muy tierna pero también muy mordaz. En esta temporada Notaro muestra los vomitivos abusos (machistas) de poder de un jefe guay… y pajillero. Era Louis C.K. Notaro no se corta. Y hay que agradecérselo mucho.

20. Gomorra (Sky Italia) (-5)
A estas alturas caben pocas dudas sobre la posición de Gomorra en el olimpo del audiovisual sobre la mafia. Tensa, oscura, zafia, realista y entretenidísima. Gomorra recrea los espacios ocupados por la mafia, las complejas dinámicas de poder que tienen lugar en su seno y la violencia que generan. Es una serie estimulante. Siempre.

19. Herrens Veje (DK) (N)
Adam Price, la mente detrás de Borgen, una de las series capitales de la última década, regresa a la televisión danesa con un drama religioso, como si el mismísimo Dreyer hubiera resucitado. La primera temporada de Algo en que creer aún no ha finalizado, pero su originalidad y profundidad hacen de ella una de las series más importantes del año. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Un análisis extraordinario de lo divino y, sobre todo, de lo humano.

18. Mindhunter (Netflix) (N)
El gran maestro del thriller audiovisual de las últimas dos décadas, David Fincher, emprende en Mindhunter una deconstrucción del género. Huyendo de la estrategia básica de “una obra, un caso”, esta serie propone una brillante reflexión sobre los asesinos en serie y sobre las formas de analizarlos y contenerlos. Desde el más inmenso respeto a los clásicos noventeros del género (de El silencio de los corderos a Seven), Mindhunter teje una madeja de crimen, pulsiones insanas y trampas psicológicas en la que los protagonistas y los espectadores caemos irremediablemente. Podemos estar ante una obra audiovisual importante.

17. Manhunt Unabomber (Discovery Channel) (N)
Lo mejor que se puede decir de Manhunt es que es como su protagonista: metódica. Una caza del criminal perfectamente planteada, bien escrita, dirigida e interpretada. Más allá de lo entretenida que es, este relato sobre la persecución de Unabomber, uno de los terroristas más famosos de las últimas décadas, destaca por su reflexión sobre lo importante que es el lenguaje. A menudo pensamos que lo más maravilloso que tenemos los seres humanos son nuestros sentimientos, pero en realidad lo que nos ha permitido evolucionar ha sido nuestra capacidad de comunicarnos usando el lenguaje, desde sus elementos más sencillos hasta los más complejos. Manhunt Unabomber es, en última instancia, una apología de la importancia del lenguaje.

16. Rick and Morty (Adult Swim) (N)
La serie de ficción de Dan Harmon y Justin Roiland sigue siendo uno de los ejercicios de metatelevisión y exploración de narrativas más estimulantes y atrevidos de la actualidad. Divertidísima y ácida, por no decir directamente corrosiva. Rick and Morty está plagada de personajes despreciables y preñada de tramas imposibles. Entre risas nos escupe las miserias de nuestras actuales sociedades. Esta serie ha hecho del high-concept su retrete.

15. Big Little Lies (HBO) (N)
Pocas series han despertado este año el entusiasmo que generó Big Little Lies. Millones de personas en todo el mundo se engancharon a este whodunit peculiar. Alguien ha muerto, alguien lo ha matado. Pero lo importante son las bondades y contradicciones de un grupo de señoras bien. Big Little Lies tiene el mérito de ser tan entretenida y adictiva como su premisa promete. Si bien es cierto que el excelente reparto de esta serie resultaría fascinante hasta en una lectura dramatizada del guion de Waterworld. Mujeres rabiosamente empoderadas y unidas. Sí, señoras.

14. Halt and catch fire (AMC) (+6)
La última temporada de Halt and catch fire es un regalo para los fans acérrimos de una serie que siempre fue minoritaria, pero que cuenta con las alabanzas de la seriefilia. Alejándose de la exploración de nuevos conflictos, prefirió apostarlo todo a sus personajes. La decisión resultó exitosa porque durante las temporadas anteriores habían construido cuatro protagonistas sensacionales. El final de Halt and catch fire ha sido sensible, sentido y emocionante. Imposible no disfrutarlo.

13. The Good Fight (CBS All Access) (N)
Tras esa obra mayúscula de la última década televisiva que fue el drama judicial The Good Wife, Michelle y Robert King se tomaron un juguetón respiro con la mordaz BrainDead, para finalmente volver al universo narrativo de TGW con The Good Fight, otra mirada a la corrupción de Chicago y a la podredumbre existente en los ámbitos legales, a través de los ojos de tres mujeres en diferentes situaciones vitales. Los King controlan perfectamente los resortes narrativos y el ecosistema que retratan. Por eso The Good Fight es otro triunfo. ¡Larga vida a los King!

12. Girls (HBO) (+9)
Lena Dunham ha escupido las miserias de toda una generación, la suya y la mía, a lo largo de las seis temporadas de Girls, una obra capital de la cultura millenial. Llegados al final no queda más que aplaudir la osadía de algunos capítulos y tramas y agradecer la construcción agria e inconformista que hace de sus personajes. Girls es una serie que supura.

11. Better Things (FX) (N)
Pamela Adlon retrata en Better Things las miserias y grandezas de la vida de una mujer madura. Que sea mujer y que está en la madurez de su vida son las claves de esta serie, sincera, inteligente y entrañable. Adlon no se anda con bromas, en su obra lo muestra todo y entra a degüello a analizar la maternidad, los conflictos generacionales, las miserias sentimentales y, especialmente, la felicidad cotidiana. Las pequeñas cosas, las mejores cosas.

10. Master of None (Netflix) (N)
La primera temporada de Master of None tenía capítulos sensacionales, sin embargo carecía de cohesión. En cambio esta segunda entrega ha funcionado como una unidad narrativa, una preciosa aproximación a lo que implica amar (o intentarlo) en el S.XXI. Mordaz, sensible, ingeniosa y llena de maravillosas referencias. Aziz Ansari sabe lo que hace y es uno de los autores más interesantes del panorama televisivo actual. ¡Viva Italia!

9. Game of Thrones (HBO) (-8)
El mayor fenómeno cultural de la década de los 10 ha emprendido su final con una primera parte de temporada atropellada. Cuando Game of Thrones es buena apabulla. Pero a esta temporada se le han notado las costuras. Benioff y Weiss parecen haber llegado exhaustos al final y sólo quieren cerrar su obra magna. A diferencia de todas las temporadas anteriores, en ésta han primado los giros de guion a los personajes, quemar trama a las conversaciones inteligentes. He disfrutado como un enano, otro año más, pero no puedo obviar los defectos de una temporada brutalmente irregular. Y a pesar de eso, sigue siendo La Serie.

8. Veep (HBO) (-)
El año en el que la presidencia de Estados Unidos pasó a estar ocupada por un multimillonario enloquecido que juguetea con la extrema derecha, Veep, la sátira política más brillante de las últimas décadas vio en la realidad a su mayor rival. Sin embargo, Selina Mayer nunca decepciona y si Trump es un personaje absurdo, ella no lo iba a ser menos, ahora que se encuentra en los márgenes del poder. Aunque los late night americanos, sustentados sobre la ingente carroña de la Administración Trump le andan a la zaga, Veep sigue siendo la comedia más inteligente y con más mala hostia de la televisión.

7. Twin Peaks. The Return (Showtime) (N)
La relevancia de Twin Peaks para la historia de la televisión está fuera de toda duda. Adelantada a su tiempo, marcó la senda que seguirían las series que abrirían la 3ª edad de oro de la ficción televisiva. 20 años después, el tándem David Lynch – Mark Frost, regresó a la televisión para sacudir de nuevo el tablero televisivo. Si en los 90 demostraron que se podía hacer gran audiovisual en la televisión, reclamando un nuevo modelo televisivo, ahora han parido la más kamikaze obra de autor perpetrada en la televisión. Twin Peaks. The Return, lleva hasta las últimas consecuencias lo apuntada en el último capítulo de Twin Peaks. Es una pesadilla fascinante, críptica y, deliberadamente, esquiva. El mal está en todas partes pero la esperanza también.

6. Feud: Bette and Joan (FX) (N)
La enésima antología de la factoría Murphy vuelve a demostrar que a este hombre no se le acaban las buenas ideas. Pero Feud 1, la historia de enemistad entre Bette Davis y Joan Crawford, es más que una buena idea. Es una obra perfectamente ejecutada, escrita con mordacidad, pero también con cariño y respeto. Una carta de amor al cine y a las mujeres que lo hacen posible. Una obra militantemente feminista.

5. BoJack Horseman (Netflix) (-)
La cuarta temporada de BoJack Horseman, la serie animada humanística (concepto), analiza mordazmente el trumpismo, el matrimonio, la asexualidad, la paternidad o la depresión, entre otros muchos temas. Es a la vez graciosa y desoladora, mordaz y sensible. La vida duele, da igual que animal seas.

4. The Crown (Netflix) (-1)
Peter Morgan no tenía fácil lograr que la segunda temporada de The Crown resultara tan fascinante como la primera. Principalmente porque la década política que cubre, 1950, no fue especialmente fascinante en el Reino Unido. Marcó, en realidad, el comienzo del declive del país, tanto a nivel interno como, sobre todo, externo. Ni Eden ni Macmillan son Churchill. Siendo consciente de ello, situó los sentimientos y deseos del triángulo protagonista (Isabel II, su esposo y su hermana) en el centro de la ficción. Y triunfó. A destacar los capítulos 4 (el de Margarita), 6 (el del crítico) y 8 (el de Jackie Kennedy. Claire Foy no es de este mundo, su Isabel II es una de las grandes interpretaciones de nuestro tiempo.

3. The Deuce (HBO) (N)
La sexta ficción de David Simon explora territorio conocido: la ciudad y las derivas de los procesos de transformación y ocupación del espacio urbano; y profundiza en territorios que sólo había rozado Simon hasta ahora: el empoderamiento femenino. Sí, el ex – periodista de Baltimore lo ha vuelto a hacer. Siempre certero (no como El Roto, certero de verdad). Una de las mentes más clarividentes provenientes de la cultura de masas.

2. The Handmaid’s Tale (Hulu) (N)
Segunda mención a Margaret Atwood en esta lista es gracias a la impecable y absorbente adaptación de una de sus novelas más icónicas, The Handmaid’s Tale. Una distopía que narra cómo se ha establecido una pseudo-teocracia en Estados Unidos, que lamina todos los derechos de las mujeres y defenestra a todo opositor. En esta pesadilla sociopolítica, las mujeres fértiles tienen que servir de incubadoras de los hijos de las mujeres infértiles de los cargos del nuevo régimen. The Handmaid’s Tale da mucho miedo. A menudo, incluso, te obliga a apartar la mirada, porque lo que narra es tan vomitivo y desolador que te interpele directamente como espectador-ciudadano. No dejes que esto suceda. Nunca.


1. The Leftovers (HBO) (N)

Y al final el gran viaje emocional de The Leftovers, la distopía a la vuelta de la esquina de Damon Lindelof, era el de Nora Durst. Para la historia queda ya el cuento (¿la verdad?) que Nora, a punto de derrumbarse, le cuenta a Kevin. A lo largo de tres impresionantes y arriesgadas temporadas, The Leftovers ha construido una panorámica del sufrimiento y sí, el amor, lo que conlleva amar y ser amado. Una obra magna del audiovisual del S.XXI.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Arquitectura emocional



COLUMBUS de Kogonada


El arquitecto Mathias Goeritz formuló en 1953, el Manifiesto de la Arquitectura Emocional, comprimiendo brevemente el discurso sobre el que se sostenía el Museo ECO de la Ciudad de México. En dicho manifiesto, Goeritz defendía que "el arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo". Casi 65 años después, el artista Kogonada, respetado por sus montajes audiovisuales, que reflexionan sobre algunas de las claves del arte cinematográfico, debuta en el largometraje y en la ficción con un manifiesto audiovisual que viene a secundar los postulados de Goeritz. Para Kogonada la arquitectura debe ser capaz ya no sólo de reflejar el espíritu de una época, si no también debe contribuir a generar, por sí misma, sentimientos, liberándose del tiempo en el que fue pensada o construida, para pegarse al tiempo en el que es usada y, sí, sentida. 

Columbus, Indiana, es una ciudad pequeña (no llega a los 50.000 habitantes) que sin embargo alberga una amplia colección de edificaciones que suponen un riquísimo muestrario de la arquitectura americana del último siglo. Ello hace que Columbus sea un caso de estudio particularmente estimulante para urbanistas, arquitectos y artistas. Kogonada, construye su análisis arquitectónico-emocional, a través de la historia de dos personajes que se encuentran y reconocen el uno en el otro, una chica brillante que se niega a ir a la universidad porque no quiere abandonar a su inestable madre, y un hombre que se aproxima a la cuarentena que acude a la ciudad porque su padre, un reputado arquitecto, se encuentra ingresado en un hospital de la misma. Estas dos historias se cruzan y fusionan, con los diversos edificios y espacios públicos de Columbus como escenario y, en última instancia, como tercer personaje protagonista. Así, la arquitectura funciona en Columbus como catalizador de emociones, pero también como productor de sentimientos y facilitador de catarsis emocionales. Para Kogonada la arquitectura no sólo es emocional si no también curativa. A través de su contemplación y ocupación, los personajes son capaces de gestionar su dolor y seguir adelante. Columbus es una hermosa carta de amor a la arquitectura como arte. Una defensa radical de su poder y de la necesidad de pensar en los sentimientos que produce en las personas que le van a dar uso y no sólo en su funcionalidad. Precisamente Goeritz aseveraba en su manifiesto que "el hombre del siglo XX se siente aplastado por tanto “funcionalismo”, por tanta lógica y utilidad dentro de la arquitectura moderna". Ponía así el acento en denunciar el movimiento funcionalista que había pasado a dominar la arquitectura a comienzos del S.XX. En Columbus, Kogonada no es tan explícito, pero su defensa de la arquitectura como catarsis emocional deja poco lugar a dudas a la hora de afirmar que se adscribe a las tesis de Goeritz. 



La ópera prima de Kogonada reivindica, a través de su análisis de las posibilidades que ofrece la arquitectura para entender la psicología humana, la importancia de comunicarse, la relevancia del espacio público a la hora de entablar relaciones personales entre nosotros. Gracias a los maravillosos espacios de Columbus, esta mujer y este hombre, ambos dolidos por las complicadas relaciones que mantienen con sus padres, son capaces de verse reflejados en el otro, conversar y vomitar sus frustraciones al cielo libre de una ciudad extraordinaria. Kogonada filma una película que transpira humanismo y un fascinante amor por el arte arquitectónico. Plagada de diálogos inteligentes, personajes construidos con sumo cuidado y cariño y una puesta en escena delicada y hermosa, que muestra en toda su grandeza los espacios que retrata, Columbus es una pequeña obra de culto en potencia.