miércoles, 12 de marzo de 2014

Oír y escuchar

THE GOOD WIFE


No es el botox, es el vértigo a la caída

Puede haber algún que otro spoiler hasta el 5x13
Tras un largo parón de invierno (que quizás no fue tan largo, pero que se nos hizo eterno) ha vuelto The Good Wife, esa serie que iba sobre una buena esposa, madre y abogada, y que ahora va sobre cómo de bien esa misma señora se mueve por el fango de las corruptelas, las traiciones y los embustes. Lo ha hecho con un capítulo, Parallel Construction, bitches (5x13), centrado fundamentalmente en colocar las fichas sobre el tablero en el que los protagonistas se jugarán su futuro en el tramo final de la temporada. Para seguir con las comparaciones con Game of Thrones que se iniciaron con Hitting the fan (5x05), la famosa Boda Roja de TGW, podríamos decir que en el juego de poder de Chicago, you win or you die. Y que Alicia, Cary, Will, Diane y el resto de personajes van a tener que prepararse pronto para una serie de batallas previsiblemente cruentas. Si en la primera parte de la temporada teníamos que elegir entre #teamLockhartGardner y #teamFlorickAmos, en esta segunda que comienza ahora se caracterizará por ser un sálvese quien pueda.

La relevancia del capítulo de cara a introducirnos en la recta final de la temporada se ha notado en lo poco cuidado que ha estado el caso. Es más, diría que en 5 años de serie ha sido uno de los más flojos, una mera excusa, algo a lo que Michelle y Robert King no nos tienen acostumbrados, sí, lo importante son las tramas de fondo, pero los casos siempre resultan interesantes. Pero esta vez no, de hecho el caso se presenta y desarrolla en cuatro pinceladas, y se finiquita en una y media. Lemond Bishop y sus drogas se emplean solo como el detonante para que lo que ha estado de fondo durante mucho tiempo salte al primer plano narrativo de la serie: las escuchas de la NSA. Y justo aquí era dónde yo, que amo al matrimonio King como sólo un devoto convencido puede hacer, también quería llegar.

Estamos bastante acostumbrados a que el audiovisual americano ponga su foco de atención, y a veces incluso también su bisturí, sobre la CIA y el FBI. Son las dos agencias del entramado de seguridad americano que conocemos desde siempre. Sin embargo, en los Estados Unidos post 11-S, la NSA (National Security Agency) ha adquirido un papel fundamental como el ojo que todo lo ve y sobre todo como el oído que todo lo escucha. Las democracias europeas post II Guerra Mundial se cimentaron sobre la libertad y la igualdad, manteniendo ambas un complicado equilibrio. Mientras que en Estados Unidos su democracia siempre ha pivotado en torno a la libertad del individuo (de ahí por ejemplo la oposición a las reformas sanitarias). Creen que son la tierra de la libertad y que por ello su presidente es “el líder del mundo libre” (en Scandal lo dicen 5 veces por episodio, y cada vez resulta más desternillante). Por todo esto, que el gobierno escuche a sus ciudadanos valiéndose muchas veces del embuste y las tropelías tiene una gran relevancia ideológica en el país, ya que pone en tela de juicio al propio sistema democrático estadounidense. De ahí que la trama de la NSA en The Good Wife sea tan relevante.

La serie de los King siempre se ha caracterizado por estar al pie del cañón, pegada a la actualidad de su país y del mundo como ninguna otra. Buceando por las aguas de la corrupción con bastante osadía y explorando los límites del sistema judicial americano hasta sus últimas consecuencias. Pero la trama de la NSA eleva la apuesta sociopolítica de la serie. La NSA distorsiona sus propias reglas y cede información a otras agencias del gobierno aunque esto supere su radio de actuación legítimo. Así nace la construcción paralela, bitches, o cómo agencias como la DEA construyen vías de investigación artificiales en las que vierten la (a priori confidencial) información conseguida vía NSA sin revelar la actuación de la misma, salvaguardando las escuchas. La coartada de la seguridad nacional frente al terrorismo globalizado ha devenido en una monstruosa organización destinada a controlar a sus ciudadanos. El conflicto entre seguridad y libertad que ha presidido la política americana de la última década está próximo a saltar por los aires, el caso Snowden sólo fue un primer aviso.

La valentía de la serie al presentar los peligros derivados de las actuaciones muchas veces arbitrarias de la NSA es digna de ser aplaudida. The Good Wife no es un producto independiente, una pequeña película financiada con un par de millones de dólares. Es una serie de network que se emite en el prime-time de los domingos. Pero más allá de la valentía a la hora de abordar este problema, voy a destacar otras dos cosas. En primer lugar, la gama de grises en la que siempre se mueve la serie se traslada también a esta cuestión. No nos encontramos con un discurso de “pobre Alicia por ser escuchada, es una víctima inocente que sobrevive en medio de la podredumbre que la rodea”, no, Alicia no es inocente, no es una víctima, lo fue en algún momento, al inicio de esta aventura  que es The Good Wife, pero ya no. Que las triquiñuelas de la NSA vulneren la libertad de los ciudadanos no excusa a esos mismos ciudadanos de los crímenes cometidos. "Pobre Alicia, está siendo espiada a través de una distorsión de la legalidad", sí, pero no es una víctima inocente, ella sabe que durante las elecciones que ganó su marido hubo cambiazo de urna. Llegamos a un punto en el que los grises son cada vez más oscuros, y en lugar de hablar de buenos y malos, víctimas y verdugos, la serie presenta a una serie de actores intercambiándose golpes en un juego de poder, en un juego de tronos.

La trama espejo

La otra cuestión que me fascina de esta trama de la NSA es de características meramente narrativas, de mecanismo de guion. Dicha trama podría haberse presentado en la serie de forma solemne, con esa gravedad que maneja por ejemplo House of Cards, sin embargo los King la implantan en la narración tirando de comedia. El manejo del humor y la ironía siempre ha sido uno de los fuertes de The Good Wife, y aquí lo demuestran una vez más. Vemos el devenir de las escuchas de la NSA a través de los ojos y oídos de dos analistas de la NSA que tras meses de escuchas, observan a los personajes que por ellas pululan como si de personajes de ficción se trataran, preocupándose por sus vidas, sobre todo por la de Alicia.

Por un lado la trama es un El Show de Truman en los USA post 11-S, incidiendo una vez más en la cuestión de la libertad del ciudadano. Y por otro lado, la serie logra incluirnos a nosotros, los espectadores, en la propia trama. Estos dos analistas freaks y alocados somos nosotros, eso espectadores que llevamos 5 años viendo como Alicia Florick se zambulle en esa espiral de mierda que es la lucha de poder en la eternamente mafiosa Chicago. El asunto torna tan meta que parece escrito por el Dan Harmon más inspirado (Troy and Abed in the Government). Pero no, son los King los que están detrás de este ingenioso (hasta el aplauso) mecanismo de narración, que ayuda a descongestionar una serie que se precipita hacia una negrura cada vez más asfixiante. Sí, The Good Wife sigue siendo la serie con los guiones más punzantes y medidos de la televisión. Una barbaridad, una maravillosa obra televisiva. Gracias por volver a nuestras vidas.

martes, 11 de marzo de 2014

Quemas

LOOKING - Primera temporada


He estado ahí

Inicio este análisis dividiendo la primera temporada de Looking en dos mitades simétricas y emocionalmente antagónicas. La primera mitad, la toma de contacto, se caracterizó por vacilar en sus intenciones y sobre todo en la construcción de sus personajes. Dibujó a su protagonista, Patrick (Jonathan Groff), de forma muy superficial, hasta banal diría, un diseñador de videojuegos constantemente al borde de ser un drama queen y un attention whore. Flotando en un mundo irreal en torno a su ego. No digo que no haya gente así, tan alejada emocionalmente de los demás que es incapaz de descubrir los sentimientos de los otros. Gente vacía. Relacionarnos con los demás es lo que nos llena, porque cuando llegamos a este mundo no somos nada más que recipientes vacíos. Lo más destacable de esta primera Looking eran sus explosiones de humor negro y zafio. Y el dibujo de la crisis de la mediana edad que hacía a través de Dom (Murray Bartlett).

Cada vez más el cine y la televisión exploran la deriva emocional en la que se encuentran los hombres cuando rondan los 40. Ahí está esa maravilla que es Una pistola en cada mano (Gay, 2012). Sin embargo, tener como animal de experimentación a un hombre homosexual es novedoso. Los personajes homosexuales que recrea la cultura audiovisual suelen ser veinteañeros que buscan conocerse o se conocen ya muy bien. Siendo su sexualidad el epicentro de sus conflictos emocionales, de tal forma que el hecho de envejecer se muestra como un drama en tanto en cuanto condiciona la vida sexual. Un planteamiento cimentado sobre tópicos. Así, la crisis existencial de Dom que comienza siendo sexual (“ya no follo tanto como antes” “soy viejo para los niñatos”) evoluciona, en la segunda parte de la temporada en algo más profundo, en una crisis existencial total: profesional, económica, emocional, afectiva, y obviamente también sexual, el sexo es importante, simplemente quiero incidir en que no lo es todo. Y justamente me gusta de Looking su forma de abordar el sexo, tanto la forma naturalista en que está dirigido (en casi todos los caps) por Andrew Haigh (sí, el hombre detrás de Weekend) como en la forma en la que está descrito a través de los diálogos y de las caras de los actores. Estoy hablando del sexo en torno al protagonista, no de la trama sexual de Agustin (Frankie Alvarez), la gran mancha de fuel que ensucia los logros de la serie.

No tenía pensado hablar de Agustin, quería comenzar a engañar a mi memoria sobre su existencia, pero no puedo. Agustin es el vacío, un vacío además irritante. Un artista sin arte. Un amigo sin piedad. Un novio sin respeto. Un error. Mucho van a tener que trabajar en la trastienda Michael Lannan (el creador del invento) y Andrew Haigh perfilándolo de nuevo si no quieren que este personaje lastre también la segunda temporada de la serie. En él, el sexo es puro artificio, porno rodado con clase, pero hueco, muy hueco. Dom fue siempre un personaje interesante, Patrick comenzó siendo una caricatura (perfilada con brocha gorda queriendo construir un personaje tipo Girls, y fracasando estrepitosamente) pero a partir del capítulo 5 se convirtió en una persona con la que era capaz de conectar, con sus errores y con sus aciertos, con sentimientos.

Ha sido la vía emocional la que ha permitido que Looking al final se convirtiera en una serie con algo que decir, con voz propia. La exploración de los sentimientos de unos personajes que luchan por no estar solos en el mundo se convirtió en el epicentro de la serie, convirtiéndola en algo relevante. Looking no es una serie de autor, no es, volvamos a la dichosa comparación, Girls, no tiene que ser sarcástica y punzante, no tiene el ingenio en la escritura necesario, su medio y su fin deben ser las emociones. Por eso el capítulo 5, el mini-Weekend, es tan bueno. Porque gira todo el rato sobre los sentimientos de los protagonistas. No hablan de nada especialmente relevante, no reflexionan sobre cosas sesudas, simplemente son dos hombres desnudándose emocionalmente uno frente al otro, poniendo su pasado sobre la mesa para alumbrar su presente. Un hermoso acto de valentía y madurez sentimental. Al quinto día, la serie encontró el tono, y pudo por fin definir sus coordenadas, construir a su protagonista, ese Patrick interpretado con tanta candidez por Jonathan Groff. Y los tres capítulos que siguieron supieron mantenerse en esas coordenadas (a pesar de las tramas de Agustin, su novio y su puto). Por un lado tenemos a Dom y sus crisis de la mediana edad, por otro a Patrick y el inexorable precipicio de los 30, ese precipicio lleno de miedo a la soledad, en el que las fiestas dejan de ser tan divertidas y tener una pareja a la que abrazar y una película en el ordenador parecen el plan más apetecible del mundo.

Y también he estado ahí

Con el tren hacia la madurez sobre las vías del AVE (el de verdad, no el de Galicia), el sexo no se presenta como algo juvenil, fresco, divertido, ingenuo (como la secuencia de cruising que abre la serie) sino que torna mucho más denso, más viscoso, más real, más palpable (como en la secuencia de sexo de la season finale), más trascendente. Las conversaciones en torno al sexo de Patrick y Richie (Raúl Castillo) nos suenan también más cercanas. Ya no es tanto ensayo-error como en el inicio de la vida sexual. Con el paso del tiempo, y sobre todo con la madurez emocional, el sexo se vuelve un acto más oral, eso que nos han dicho desde niños de que “los adultos resuelven los problemas habando”. Y a mí, que hablar con la otra persona me gusta, que hablar en la cama me parece el salto sin red desde más altura que puedo realizar, este sexo hablado me gusta, este sexo que más que fricción entre cuerpos es un baile entre entrañas de dos personas distintas. Me gusta. Y por eso me gusta cómo la serie aborda la relación de Patrick con el sexo, ese juego de deseo y miedo que se ve condicionado por los sentimientos que se pueda sentir por la otra persona. A veces estamos dispuestos a que nos haga daño un desconocido pero no nos queremos arriesgar a que nos haga daño alguien al que queremos. La secuencia de sexo de la finale y la última conversación entre Patrick y Richie cierran el mensaje lanzado desde el capítulo 5. Puedo joder lo que no me importa, pero no quiero joder lo que sí lo hace. El amor duele. Ouch. Pero aún nos queda el futuro.

lunes, 10 de marzo de 2014

Dos cadenas que buscan consolidarse y dos series que lo consiguen

THE RED ROAD, THOSE WHO KILL, HANNIBAL y THE AMERICANS


The Red Road nos demuestra que sin rebeca gris
no hay inestabilidad emocional que alguien se crea

Dos canales, dos nuevas apuestas
La temporada televisiva pasada se vio marcada por la irrupción de la plataforma Netflix en el mundo de la producción de ficción propia. Su llegada a lomos de House of Cards y el comeback de Arrested Development fue un vendaval que se ha visto confirmado esta temporada con el estreno de Orange is the new black y un millonario acuerdo con Marvel para producir series sobre superhéroes de la casa. Sin embargo, no fue el único actor en aventurarse en el cada vez más convulso panorama seriéfilo americano. Dos cadenas, Sundance Channel y A&E, también se lanzaron a la producción de ficción. La primera con la miniserie de Jane Campion Top of the lake, y el drama ¿existencial? Rectify, y la segunda con la precuela de Psycho, Bates Motel, y el policiaco ambientado en el medio-oeste Longmire. Mientras la primera tuvo más suerte entre crítica y premios, la segunda triunfó en audiencias. En esta temporada además de emitir las segundas temporadas de estas series han elevado la apuesta estrenando en los últimos días, The Red Road, Sundance Channel y Those who kill, A&E.

The Red Road es un drama actual ambientado en territorio indio en el que conflictos del pasado entre dos familias, una india y la otra blanca, tienen dramáticas consecuencias en el presente. Tiene como mayor logro, vistos sus dos primeros capítulos, una fantástica atmósfera, y como mayor reclamo a la ascendente (y magnífica, in my opinión) Julianne Nicholson (Masters of Sex, August: Osage County) interpretando a una madre deprimida entregada al alcohol y la histeria. El piloto lo dirige ni más ni menos que James Gray, uno de los grandes autores del cine americano de los últimos años, y su sello se nota en el ritmo lento pero denso del primer capítulo, casi plúmbeo, rocoso. La mente pensante tras la propuesta es Aaron Guzikowski, el guionista de la fantástica Prisoners (Villeneuve, 2013). ¿El pero? El resto del reparto (Jason Momoa incluido) no parece estar a la altura de lo que el drama va a exigir. Su primera temporada tendrá, como ya pasó el año pasado con la fantástica Rectify, solamente 6 episodios.

Si The Red Road me parece una propuesta interesante, capaz de capturar mi atención todo el rato, el piloto de Those who kill, dirigido por Joe Carnahan, se me hizo eterno. Esta serie, creada por Glenn Morgan (cuyo mayor mérito es haber escrito para X Files) es otra nueva adaptación de una serie danesa (esa raza de seres humanos superiores) que se centra en torno a una detective psicológicamente inestable (Chloë Sevigny, siempre maravillosa) y a un profesor universitario no menos desquiciado (James D’Arcy). El problema de la serie es que suena a ya vista, que los protagonistas no acaban de funcionar como pareja y que aún siendo malrollera no terminar de impactar. Pero sobre todo el enemigo está fuera, y se llama Hannibal, que jugando en la misma liga de asesinos en serie sádicos, le gana por goleada.

Hannibal y su visión mortífera del ser humano

Sophomores fortalecidas
La televisión post-Juegos Olímpicos nos ha traído de vuelta a dos de las series que más respaldo crítico tuvieron el invierno pasado. Hannibal, o el mejor drama que ha tenido NBC desde el final de The West Wing. Y The Americans, ese drama de espías (y matrimonios en crisis) en la era Reagan. Si en su primera temporada The Americans me conquistó, hasta el punto de incluirla entre lo mejor del curso televisivo, es verdad que con Hannibal no fui tan entusiasta. Sí, me fascinaba su salvaje y apabullante apuesta visual, pero muchas veces me dejaba demasiado frío, aunque es verdad que la serie fue de menos (el piloto no funcionaba nada bien) a más, como consecuencia de la vorágine psicótica en la que se iba sumergiendo su protagonista, Will Graham, el bueno de Hugh Dancy demostrando que tiene mucho talento.

Sin embargo mi escepticismo para con Hannibal ha saltado por los aires en el arranque de su segunda temporada. Lo único que tengo ahora es fascinación. Las dos secuencias que abren los dos primeros capítulos, dirigidos ambos por Tim Hunter, son brillantes. La tensión elevada a su máximo nivel. Llegué a pasarlo muy mal. El éxito de Hannibal reside en que aunque te repugne lo que ves no puedes dejar de verlo, en que aunque lo que te muestra es terrible no deja de ser hermoso, visualmente bello. Lo cual logra perturbarte intensamente. ¿Cómo puede parecerme apetitoso un trozo de carne humana? ¿Cómo puedo estar horrorizado y fascinado a la vez? Hannibal, además de un drama psicológico escrito con una precisión y unos diálogos sensacionales, es ante todo un tratado visual. Un tratado sobre la belleza del mal. Quizás sea la apuesta visual más salvaje de la televisión. Quizás no, seguro.

Frente a la serie de Bryan Fuller, está la The Americans de Joseph Weisberg, ante todo, sobria, pero no por ello menos asfixiante. Recorrido el camino inicial de este matrimonio de espías rusos que viven peligrosamente, ahora nos movemos en un estado de paranoia constante, con el cuchillo siempre cerca de la garganta de nuestros protagonistas. Cuanto más se acerca uno al precipicio para descubrir lo que hay al final de la caída, más cerca está de comenzar a caerse. Por lógica narrativa el cerco se irá estrechando cada vez más, y como pasa con gran parte de los grandes dramas del cable, al final de la partida, a los protagonistas les tocará perder. Tan interesante como el intercambio de golpes sordos entre la URSS y USA, resulta el rotundo análisis que hace la serie del matrimonio como institución social y de la familia como una crisis constante. Mantener una comunidad de vida compartida es inmensamente difícil, no sólo si eres espía o agente del FBI. No. Es difícil para todos.

sábado, 8 de marzo de 2014

Una vida sin anhelos

OH BOY


El cine nos ha enseñado que todo es más bonito en blanco y negro

Oh Boy, la prometedora ópera prima del joven Jan Ole Gerster es una aproximación en clave europea al movimiento americano mumblecore, que tiene en Andrew Bujalski a su principal autor (idelógico y material) y a Frances Ha (2012) de Noah Baumbach como máximo exponente. El film, la gran película alemana en los EFA de 2013, narra el libre fluir por Berlín de un veinteañero a la deriva, un niño de papá que se estrella una y otra vez contra su propia frustración. La frustración de no sólo no saber que quiere hacer con su vida, sino sobre todo no saber si quiere hacer algo con la misma, si su vida ha de dirigirse hacia alguna dirección o seguir sobrevolando la ciudad en círculos. Este tipo de protagonista, urbanita, moderno, egocéntrico, egoísta, desencantado y en cierta forma banal se ha ido propagando por películas y series en los últimos años al calor de la derrota de una generación, la mía. Oh boy, al igual que la Girls de Lena Dunham, por ejemplo,  nos escupe a la cara a algunos veinteañeros lo peor de nosotros mismos, el agotador deambular a través de esa estepa que es la nada profesional, sentimental, vital.

Lo mejor que se puede decir de Oh boy es que es una película sangrantemente actual, lo peor que le falta cinismo, más mala ostia. Frances Ha era una puñalada trapera salpicada de constante humor, en cambio esta película tira en lugar de por el camino del humor negro por el de la melancolía. En los pasos de su protagonista, Niko (un encantador Tom Schilling) hay un cierto nihilismo que recuerda a aquel Bresson otoñal de Le Diable probablement (1977). El retrato que hace el audiovisual americano de mi generación incide en los mil y un castillos en el aire que nos montamos en nuestra cabeza. En cambio esta película alemana, que quizás abra paso a una corriente fílmica en nuestro continente, apunta más que a la insatisfacción por las promesas y las esperanzas incumplidas, hacia la insatisfacción del alma, hacia el desasosiego. No es que Niko no pueda hacer lo que desea o lo que se le prometió durante toda su vida (el “si estudias encontrarás un buen trabajo” como paradigma), simplemente es que no tiene deseos ni cree en promesas, vive anclado al desencanto más absoluto.

Permanece atado a sí mismo en una ciudad que se presenta inhóspita. La vida urbana presenta múltiples oportunidades, pone a disposición del ser humano diversas y enriquecedoras experiencias. Sin embargo también se puede presentar como un muro impermeable de fatalidad. Así, Niko, vive en una constante “¡jo qué noche!” caminando a trompicones por unas calles que no le reconocen, y quizás no lo hacen porque su alma está dañada, porque ni siquiera se conoce él así mismo. Si no sabes cómo quieres vivir tu vida, cómo va la ciudad a permitirte vivirla. Si el espacio mental está cubierto entre tinieblas como no lo va a estar el espacio físico que habitas. Por eso Oh boy es una película dulce en su melancolía de un tiempo que quizás no haya existido nunca, el tiempo de los jóvenes, un tiempo irreal e ideal. Pero también es una película agria, porque al fin y al cabo es la crónica de una vida sin razón de ser, de una vida sin anhelos.

miércoles, 5 de marzo de 2014

El fin de la carrera


Ganar mola

Con la entrega de los Oscar termina la carrera de premios cinematográficos de 2013. Todo el pescado está ya vendido. La bicefalia entre 12 years a slave y Gravity ha terminado siendo la tónica dominante. Se acabó el mambo hasta Cannes, en la Croisette se verá seguramente ya alguna de las películas llamadas a protagonizar la temporada de premios. Ojalá dentro de un año la Academia reconozca por fin a alguno de los grandes directores norteamericanos de los últimos 20 años. ¿Quién ha dicho David Fincher o Paul Thomas Anderson? Para poner punto y final a este cuento voy a soltar tres apuntes de cierre:

1. Liza, otra vez
Más allá de los memes sobre Leonardo DiCaprio (algunos de ellos obras maestras de la comedia negra) Liza Minnelli ha sido la gran sensación cómica de estos Oscar, desde las pullas de Ellen (“eres el mejor imitador de Liza Minnelli que he visto en mi vida”) a sus problemas de altura para colarse en el ya famoso selfie de record. Ocupó un lugar prominente en la ceremonia por el homenaje a The Wizard of Oz, la película que marcó para siempre la carrera de su madre, Judy Garland. Sin embargo su presencia fue una especie de presentimiento-recordatorio durante y después de los Oscar: la historia es un bucle del que estamos intentando escapar. Hace 41 años los Oscar fueron bastante similares a los de este año. La ganadora de mejor película obtuvo 3 estatuillas (como 12 years a slave, incluida también guion adaptado), la otra vencedora de la noche 8 (1 más que Gravity, y al igual que esta obtuvo mejor director, montaje y fotografía). Sus nombres eran The Godfather y Cabaret. Ambas han pasado a la historia del cine. ¿El otro factor en común? Liza Minnelli era la protagonista absoluta de Cabaret, la película que le dio su Oscar y la que marcó para siempre su carrera.

2. A movie for all seasons
Si las dos triunfadoras de 1972 han sobrevivido intactas al paso de los años, mi apuesta personal es que las dos grandes de 2013 también lo harán. A lo mejor me equivoco, pero no creo que 12 years a slave caiga en el olvido. Se rompería así una racha de ganadoras intrascendentes que se extendía desde 2007, año en que venció No country for old men de los hermanos Coen, cineastas fundamentales para entender el cine americano de las últimas décadas. ¿Quién se acuerda de The Hurt Locker, Slumdog Millionarie, The King’s Speech, The Artist y Argo? Nadie. Son películas que se agotan tras su consumo. The Hurt Locker era un bélico sin alma ni garra, Slumdog Millionarie un drama pseudo-social hipertrófico y hueco, The King’s Speech cine de entretenimiento de primera, dulce, divertida, pero nada más (ni menos), The Artist un bonito homenaje al cine mudo americano, pero que no aporta nada propio, y Argo era un thriller adulto jodidamente entretenido, pero también una película hinchada por el agravio a su director. En cambio creo que 12 years a slave se recordará con el paso del tiempo, tanto como recordamos por ejemplo al The Pianist de Roman Polanski. Es una película con intención de hacer historia, de marcar un punto de inflexión en la forma en la que el cine ha abordado la esclavitud en los Estados Unidos. 12 years trascenderá, al igual que lo hará Gravity, en este caso no por los temas que aborda sino por su virtuosismo técnico y la labor de exploración de los límites visuales de ese arte llamado cine que emprendió Alfonso Cuarón.

3. Un Oscar en diferido en forma efectivamente de simulación
El domingo pasado Cate Blanchett ganó su segundo Oscar y Matthew McConaughey, Jared Leto y Lupita Nyong’o su primera estatuilla. Pero dos de  los derrotados son en cierta forma ganadores. Ni Amy Adams ni Leonardo DiCaprio van a estar mucho más tiempo sin un Oscar. La quinta derrota de ella y la cuarta de él los acerca un poco más al premio. Ambos están en el mejor momento de su carrera, trabajan con quien quieren, como quieren y cuando quieren, y eso no va a cambiar en el próximo lustro. Este año no pudo ser, tanto Cate Blanchett como Matthew McConaughey eran rivales demasiado destacados desde el inicio de la carrera y ambos llegaron a la nominación tras un complicado recorrido. El mero hecho de terminar siendo las principales alternativas a los favoritos tras haberse colado por los pelos en sus ternas es un buen indicativo de las ganas que hay de darles el Oscar. Años mejores vendrán, y la deuda hacia con ambos empieza a ser demasiado clamorosa. Hay derrotas más dulces que otras.