miércoles, 19 de noviembre de 2014

We need to talk about Gotham

Más de esto, por favor



En el micro-mundo seriéfilo hay un debate, o más bien un conflicto, un cisma, en torno al formato procedimental. No suele hablarse de ello, pero cuando sale a la luz crea discusiones más o menos encarnizadas entre los defensores y los detractores (fans vs. haters). El problema reside en que muchas veces la discusión no es civilizada. Algunos haters abordan el procedimental desde la condescendencia, considerándolo un formato menor frente al serializado y muchos fans se indignan rápidamente acusando a los detractores de snobs. En cierta forma cuando se habla de este tema, se está dirimiendo una batalla aún más amplia: drama de network vs. drama de cable (de “calidad”, se entiende). Lo cual es inexacto y más hoy en día cuando muchos dramas generalistas han abrazado la serialidad, como Revenge, por decir uno que he visto hace poco y que precisamente tuvo unos primeros 10 capítulos procedimentales.

Si no lleváramos el debate al terreno de la ofensa personal (o más bien, de sentirse ofendido personalmente), quizás podríamos llegar a un punto de entendimiento dentro de nuestros gustos particulares. Yo, personalmente, prefiero la serialidad, pero eso no quita que vea series procedimentales. No suelo usar este argumento porque en mi cabeza suena igual que “no soy homófobo, muchos amigos míos son gays” o “no soy machista, tengo un montón de amigas”. Por eso no digo, que no odio el formato, que de hecho mi serie favorita en la actualidad es un procedimental: The Good Wife, claro. Como el argumento me genera vergüenza propia, prefiero evitarlo y decir que para que el formato procedimental sea el adecuado para una serie que yo quiera ver, tiene que cumplir dos requisitos:
- los casos han de ser interesantes
- los casos han de hacer avanzar a los personajes y a las tramas de fondo

Y estos requisitos ni si quiera son sine qua non. Puedo disfrutar de un procedimental que sólo cumpla uno de ellos en su totalidad y el otro de forma digna. Por ejemplo, las dos series de Shonda Rhimes (no voy a contar a Murder, que sólo la produce) en emisión. Greys tiene unos casos que hacen avanzar a los personajes, aunque muchas veces no me interesen demasiado (aunque suelen entretenerme). Scandal (Escándalo, para los amigos), por lo general tiene unos casos que me divierten muchísimo, aunque en realidad aporten muy poco al panorama general de la serie. Después, claro está, te encuentras con series como The Good Wife con casos brillantes que hacen avanzar el relato y edifican a los personajes. Pero incluso podemos coger un ejemplo de procedimental más puro, porque generalmente se asocia a lo policíaco: X-Files. Sí, los mejores capítulos son los mitológicos no-procedimentales, pero aún así los capítulos “normales” son muy buenos, de hecho tienen alguno excelente.

Esto viene a cuento (sí, tiene una raíz inmediata este post de desvarío) de que todas las semanas mientras veo Gotham me paso sus 40 minutos de duración pensando: “joder, deja de ser un procedimental de una puta vez”. Pero no me atrevo a decirlo demasiado alto porque temo que me fustiguen y me tachen de hater de los procedimentales sin ser nada de eso que diría Isabel, La Vecina de Valencia. De hecho, que el mejor capítulo de la serie por el momento haya sido el único que no ha tenido caso, creo que reafirma mi opinión. Los casos de Gotham son aburridísimos, no hacen avanzar la trama, no construyen a los personajes “buenos”, y los villanos principales están totalmente desconectados de los mismos. Un despropósito. Podría sostenerse que si la serie empezara a dotarse de casos interesantes, debería seguir siendo procedimental. Sin embargo yo creo que tampoco funcionaría. Lo mejor de Gotham son sus grandes villanos, algo que ha heredado en realidad del universo audiovisual de Batman, por eso el último Batman de Nolan fue tan decepcionante, justamente porque no tiene villanos de nivel. ¿No sería mejor partir la temporada en dos mitades separadas por la pausa navideña y centrar cada una en la lucha de Gordon contra un villano de altura? Incluso se podría, dentro de esa gran caza (o partida de ajedrez, más bien) introducir pequeños casos episódicos relacionados con la misma (peones, siguiendo la metáfora). Gotham está agotándose en un formato que no le va bien. Y a la vez está dejando quedar mal a un formato que puede generar series fantásticas.

Pd: Está feo eso de jugar con títulos de películas para poner títulos de post, pero no pude evitarlo. Así que ya puestos, si no la habéis visto, id a sufrir con We need to talk about Kevin de Lynne Ramsay, insensatos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La vida te lleva por caminos sinuosos

OLIVE KITTERIDGE


Quiéreme si te atreves




Entre el final de Boardwalk Empire y el de The Newsroom (y la resurrección de The Comeback), HBO emitió, a comienzos de noviembre, su miniserie de lujo de este 2014, Olive Kitteridge. La ficción, que adapta la novela homónima de Elisabeth Strout, pasa a engrosar la espectacular lista de miniseries propias de HBO, compuesta por obras de la dimensión de Band of Brothers, Angels in America, John Adams o Mildred Pierce. La miniserie aspira a cosechar no pocos premios, sobre todo para su protagonista, Frances McDormand. La actriz firma su mejor interpretación desde Fargo (por la que ganó el Oscar), y está a llamada a completar la carrera de premios perfecta (Golden Globe, SAG, Critic’s Choice y Emmy), como ya hizo anteriormente Julianne Moore (Game Change). Este drama ambientado en un pueblo de Maine, está cuidado al detalle, desde la preciosa BSO del gran Carter Burwell hasta la melancólica fotografía de Frederick Elmes (Blue Velvet). Cuenta con un reparto espectacular liderado por McDormand y Richard Jenkins, en el que nos encontramos a actores veteranos del nivel de Bill Murray, Peter Mullan o Rosemarie DeWitt, y a jóvenes promesas como John Gallagher Jr. (The Newsroom), Brady Corbett (Simon Killer), Zoe Kazan (What If) o el fantástico Cory Michael Smith (Gotham) . Mientras que el guion corre a cargo de Jane Alexander y la (sutil y emocionante) dirección, la firma Lisa Cholodenko (The kids are all right), ambas especializadas en estudios de personajes femeninos.

Después de ese primer párrafo informativo (o algo así), me lanzo a hablar, espero que de la forma más emocional posible, de una de las obras audiovisuales que más me han conmovido en los últimos tiempos. Conmovido y entristecido. Olive Kitteridge cuenta la historia de una profesora atormentada por los problemas psicológicos de sus padres, incapaz de expresar sus sentimientos y  encadenada a un hombre demasiado dulce para su cinismo. La miniserie aborda 25 años en la vida de Olive Kitteridge y su marido, Henry, interpretado sensacionalmente por Richard Jenkins, y nos cuenta básicamente como se va apagando la vida. Como con el paso de los años vamos firmando nuestra derrota, precipitándonos lenta e inexorablemente hacia la muerte. No es una serie en la que pasen acontecimientos extraordinarios (quizás sólo uno, en el tercer capítulo, que funciona como catarsis emocional del matrimonio), sin embargo sí que habla extraordinariamente de los sentimientos que nos invaden, de los miedos y de los deseos que vamos acumulando. También habla de las oportunidades perdidas, de lo que vale el amor más allá de la pasión, de lo difícil que es transmitir lo que uno siente, y de lo complejas que son las relaciones matrimoniales y las paterno-filiales.

Justamente la gran virtud de Olive Kitteridge es abordar de forma compleja situaciones normales en la vida de los seres humanos. Hablar de las conexiones que vamos haciendo (y perdiendo) a lo largo de nuestra existencia como personas en este planeta tan hermoso y a veces tan doloroso. El último capítulo, además, es un retrato de la más honda y triste soledad. De qué esperar cuando parece que tu vida ya no da más de sí. Y aunque parece que toda la miniserie nos lleva hacia una reflexión final de corte pesimista, al final, casi como un tenue y fugaz rayo de sol en un día encapotado, hay una ligera esperanza en ese abrazo en la cama que sellan eses dos supervivientes de la vida.

La aportación más extraordinaria de esta miniserie, es acercarse a un personaje, Olive (repito, McDormand firma una interpretación que no creo que vaya a olvidar jamás), encerrado en sí mismo, que se protege con un escudo de ironía, cinismo y rectitud, e ir desenvolviéndolo ante nuestros ojos, quitándole cada una de sus capas, hasta dejar a esta mujer desnuda, expuesta, llena de sentimientos, rota. Es de una belleza demoledora el retrato que hace la miniserie de su protagonista. Que no expreses tus sentimientos no significa que no los tengas, si no, seguramente, que eres incapaz de sacarlos a la luz porque el miedo te atenaza. Además de ser un alegato a favor de sumergirnos en las entrañas de las personas a las que queremos, Olive Kitteridge sostiene que más allá del romanticismo, lo que importa, sobre todo llegados a la última fase de nuestras vidas, es el cariño, el querer a una persona de verdad. Le recomiendo estas 4 horas de televisión a todas las personas que les gusten las historias de personajes.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nos siguen tirando piedras. The Newsroom 3x01

THE NEWSROOM - Boston


El sermón de Will McAvoy

Este domingo HBO estrenó la tercera y última temporada de The Newsroom, la cuarta serie de Aaron Sorkin, y quizás la última. Al calor de dicho estreno Sorkin ha anunciado que no volverá a escribir para televisión porque 3 de sus 4 series han sido un fracaso. Obviamente el gran éxito de su carrera televisiva (y en general) es The West Wing. La serie sobre el equipo del presidente Bartlet tuvo 7 temporadas (Sorkin estuvo a los mandos durante las 4 primeras), mientras que sus otras 3 series suman en total sólo 6 (3 The Newsroom, 2 Sports Night y 1 Studio 60). Cuando Sorkin habla de fracaso se refiere a audiencias y recepción por parte del público. Aunque hay que añadir que no pocas ostias han recibido Studio 60 y The Newsroom, sobre todo esta última. Había puestas muchas expectativas en la unión Sorkin-HBO, quizás demasiadas, y la serie ha decepcionado, incluso a los talifanes de caverna (servidor incluido). The Newsroom es Sorkin en estado puro, sin filtros, sin barreras y quizás la serie resulte por ello demasiado intensa. La principal etiqueta que se le ha puesto a este drama periodístico ha sido la de condescendiente. Sorkin, como ser moralmente superior, regañando a los periodistas americanos por hacer las cosas mal. Asociado a esto, se acusó a Sorkin (con razón) de ventajista. Es fácil señalar lo que se hizo mal a posteriori cuando ya conoces todos los hechos.

Más allá de lo que ha sido la recepción y el recorrido de The Newsroom durante estos 3 años, ahora que llegamos al final, he decidido hacer recaps de sus últimos 6 capítulos, como ya hice el año pasado (más o menos por estas fechas) con otra serie de HBO fundamental para mí, Treme. Soy muy crítico con The Newsroom pero ello no impide que la disfrute como un niño pequeño. Entiendo casi todas las críticas que se le hacen pero a pesar de ello,es una serie que valoro y que me hace muy feliz. Este recap será mi forma de despedirme de ella y quizás del Sorkin televisivo. The West Wing es mi serie favorita, o incluso podría decir que es “mi serie”, así que me parece justo intentar desgranar los entresijos de este desenlace.

La información en los tiempos de Twitter
Si en la primera temporada de la serie sus periodistas eran demasiado inteligentes y lo hacían todo demasiado bien, en la segunda la trama arco (además de la carrera presidencial del 2012) fue que la cagaban a lo grande tragándose una conspiración inexistente. Ahora, en este arranque de la tercera temporada, pagan los platos rotos en el segundo curso mientras intentan volver a ser los del primer año. La rehabilitación profesional de los protagonistas seguirá los 3 actos de Eurípides como le cuenta MacKenzie (Emily Mortimer) a Will (Jeff Daniels): primero persiguen a los protagonistas hasta un árbol, después les tiran piedras y al final ellos consiguen bajar del árbol por sí mismos, de forma catártica. Más allá de los dramas de los personajes o las dosis de americanismo, este primer capítulo, centrado en el atentado en la maratón de Boston, plantea un debate interesante: ¿pueden los medios de comunicación de masas ser pacientes en la era de las redes sociales? ¿deben renunciar las empresas informativas a ser las primeras en anunciar acontecimientos frente a Twitter o Facebook?. Lo que Sorkin viene a sostener es que los medios deben asumir que en los tiempos de la inmediatez a golpe de clic y cámara en el móvil ya no pueden ser la primera fuente de información pero que sí deben ser la fuente veraz de información. Es mejor ser el último en dar la noticia pero estar seguro de que esa noticia es veraz, que está contrastada. Más que inmediatos los medios tienen que ser profundos, tienen que explicarnos la realidad, no soltarnos “noticias” de 140 caracteres.

Si Sorkin defiende esta postura, al final del capítulo nos dice que el público no lo hace. Que al público le interesa el aquí y el ahora, en la era de la sobreinformación, las audiencias (en plural) se quedan en la superficie de las historias porque tienen demasiados frentes que cubrir. Esto provoca que sepamos muchas cosas pero en realidad lo desconozcamos casi todo sobre ellas. Nuestras cabezas son un cúmulo de titulares. Esto es peligroso para el propio sistema democrático representativo occidental, y es por lo tanto uno de los factores que inciden en la crisis del mismo. El hombre occidental vive desinformado en un mar de información, perdido en sí mismo y en el mundo que lo rodea. Y los medios quizás sean las herramientas adecuadas para luchar contra ello, aunque por ahora (y cada vez más) se dediquen a fomentarlo. Veremos cómo progresa la temporada (sobre todo la trama wikileaks de fondo), pero no ha sido un mal arranque, siempre es de agradecer que la televisión te haga reflexionar, aunque sea a golpe de sermón.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El matrimonio no marcha bien

Te hiero tanto


Es curioso como en estos últimos meses el cine y la televisión nos han bombardeado con matrimonios a la deriva. Desde el de The Leftovers o el de Halt and catch fire, en el verano seriéfilo, hasta el de Gone girl y los de Relatos Salvajes, en el otoño cinéfilo. Las cosas no están funcionando. De hecho Showtime ha estrenado hace un mes The Affair, una serie que gira en torno a dos personas que se embarcan en una aventura, y sobre cómo sus respectivos matrimonios se van resquebrajando en el proceso. Es curioso como las crisis matrimoniales en estas obras no se abordan desde la premisa “se nos rompió elamor”, se ha agotado, ya no nos amamos. Es decir, desde una perspectiva romántica. Si no que más bien sus matrimonios se han convertido en agujeros negros de problemas que no compensan el amor que se puedan profesar. Los cuernos, la anulación de la otra persona, el abandono, la nula dedicación, la monotonía. Hay una amplia gama de problemas. ¿Es en sí mismo el matrimonio un problema? Cuando la Amy Dunne de Gone girl viene a decir que el matrimonio no es el amor correspondido, sino el agarrarse mutuamente en la caída, nos damos cuenta de que efectivamente el futuro es lúgubre.

Sostienen muchos artistas argentinos (de todas las áreas) que entre las ruinas del corralito surgió una vitalidad artística extraordinaria. Los problemas agudizan el ingenio. Quizás esté pasando eso ahora al calor de las crisis concatenadas que padecemos (económica, social, política, ¿moral?). El arte está cuestionándolo todo, porque todo ha sido puesto en duda. Y el matrimonio, tan pegado al día a día y a la esfera más íntima del ser humano, debe ser escrutado sin miramientos de ningún tipo.

De ese escrutinio que están realizando muchas obras audiovisuales en los últimos tiempos como las que he mencionado antes, podemos concluir que el matrimonio es una cárcel, pero es nuestra cárcel. Casi como si fuera un Síndrome de Estocolmo vital e institucionalizado socialmente. Alguien te secuestra y no quieres liberarte de ese secuestro, o más bien, no puedes liberarte. Todo esto lo refleja sobre todo Gone girl, por eso es una película tan relevante, tan aguda. No es que los matrimonios sean como el de los Dunne, ni como el de ninguno de las otras obras que he señalado. El matrimonio medio no está sometido a esas condiciones extraordinarias. No. Se encuentra dentro de un ambiente “normal”, por eso nuestros padres no se odian/aman al borde de la esquizofrenia. Los matrimonios “normales” no están tan jodidos. Pero algunos de los problemas que se diagnostican en los Dunne están, quizás en estado de hibernación, en la mayoría de los matrimonios. Sobre todo, la frustración. Y aquí vuelvo a la situación de crisis en  la que vivimos, porque las crisis entre otras muchas cosas generan frustración. Y la crisis matrimonial más que ninguna otra, porque es la impotencia reducida a los 120 cm de una cama. Relatos Salvajes, esa sátira sobre la corrupción, es una película plagada de personajes frustrados. En Halt and catch fire o The Leftovers pasa otro tanto. También en The Affair con esa madre de luto y ese escritor de una sola novela. Y desde luego en Gone girl. Si en el cambio de milenio el hombre estaba en crisis consigo mismo, por no ser capaz de comprenderse, ahora el hombre está en crisis con todo lo que le rodea, porque no es capaz de comprender qué es lo que va mal. En el primer caso quería arreglarse a sí mismo para arreglar su vida, ahora, queremos arreglar nuestra vida, para así, arreglarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, el hombre es ese animal que está constantemente construyéndose y destruyéndose a sí mismo. A esa frase quizás haya que añadirle: y a su pareja.

martes, 4 de noviembre de 2014

Una historia americana sobre los marginados

AMERICAN HORROR STORY. FREAK SHOW


He aquí una actriz descomunal


American Horror Story. Freak Show, ya ha completado su primer acto, el de presentación, tras la emisión de su capítulo doble de Halloween. Si tras los dos primeros episodios creía que Freak Show podría ser otro chasco como Coven, tras Edward Mordrake (4x03-04) tengo la esperanza de que estemos ante una temporada del estilo de Asylum. Materia prima hay. Tanto por personajes como por posibles tramas. Es verdad que hasta ahora sus mejores secuencias han sido las puramente terroríficas o las que han estado centradas en el pasado de sus personajes, y que por lo tanto el devenir del relato aún se vislumbra entre tinieblas.   

Echando la vista atrás, la antología de Ryan Murphy y Brad Falchuk, más que ser un conjunto de historias de terror, es una gran historia sobre los desheredados. Aquellos que han sido apartado por y del sistema (o Sistema, más bien) y malviven en los márgenes. Locos, brujas y ahora personas con malformaciones. Esto sin hablar de los muertos, porque al fin y al cabo ¿hay alguien más dejado de lado que ellos, que ni siquiera siguen entre nosotros? Podemos mirar por lo tanto a AHS como una serie que habla del poder. Obviamente no estamos ante Game Of Thrones o The Good Wife. En AHS el poder no es un poder político, es un poder más incoloro, que es intrínseco a nuestra forma de vida en sociedad. Hay relaciones de poder en todas partes. En esta serie nos hablan del poder definir normas sociales: “qué es lo normal” y el poder de marginar a los que se salen del molde. No por placer, sino por miedo. Y justo aquí es dónde recordamos que estamos ante una historia de horror. Miedo a lo desconocido, a lo disruptivo, a lo incontrolable. La locura o la magia no son controlables. Tampoco la muerte, claro. Y en Freak Show, como si estuviéramos ante un proceso acumulativo, hay las tres cosas. Esta cuarta temporada es un compendio de lo relatado en las anteriores. Teniendo en cuenta esto, su éxito o su fracaso residirá en si es capaz de construir una historia sólida con una dirección clara o simplemente se quedará en retazos de genialidad. Si el monstruo de Frankenstein será un éxito o un fracaso.

Conocer el pasado de algunos de los personajes más relevantes de Freak Show, ha servido para recordarnos que la historia de los marginados es una historia de dolor y decepciones. De hecho, tanto los personajes de Jessica Lange y Kathy Bates, como el del payaso asesino, son seres apaleados por una sociedad que destruyó sus sueños y los marginó. Se precipitaron desde el esperanzador éxito al más cruel de los fracasos. Toda relación de poder necesita como mínimo dos partes, curiosamente en AHS, ambas partes se mueven por los mismos motivos: el miedo. La gente “normal” por miedo a lo desconocido, los desheredados por miedo al rechazo. Vivimos, por lo tanto, en un mundo controlado por el temor. Y como está controlado, no es libre. No somos libres. Ya no es que estemos presos de los grandes poderes políticos, económicos etc., que también, sino que además estamos presos de nosotros mismos, de nuestros instintos. La práctica totalidad de los personajes de AHS cometen actos malignos, o que desde un punto de vista moral o de justicia podríamos catalogar como tales. Sin embargo, la serie nos muestra que no son gente maléfica. A veces la vida nos lleva por caminos raros. ¿Puede una buena persona verse forzada a cometer un crimen? Quizás sí, porque somos animales sociales y nuestros actos no dependen en su totalidad de nosotros mismos. El mundo que nos rodea condiciona nuestras acciones en mayor o menor medida. Repito, no somos libres, quizás nunca lo hayamos sido ni nunca lo seremos. American Horror Story cuenta una historia que da miedo, aunque muchas veces estemos hablando de un miedo distinto al que produce una puerta que cruje. Un miedo más hondo. Miedo a vivir con miedo.

PD: Inspiración a cargo de Foucault y el cobre.