viernes, 10 de enero de 2014

El insoportable espesor de la familia

AUGUST. OSAGE COUNTY


Quiero una camiseta con este fotograma

Hace no mucho leí a alguien (como siempre, no recuerdo quién) que decía que la familia es esa institución social de la que siempre estamos preconizando su defunción y que en cambio nunca termina de morir. Como si estuviera hecha a prueba de bombas. En August. Osage County, adaptación de la obra homónima del dramaturgo, guionista (adapta su propia pieza teatral) y actor Tracy Letts, se narra la descomposición de una familia que se encuentra bajo el yugo de una matriarca gravemente enferma de cáncer (una Meryl Streep a ratos alucinada y alucinógena, y casi siempre demoledora) que ha hecho del ataque a sus seres queridos su única forma de vida. Ahora, que la muerte golpea a su puerta.

Cuanto más decimos que la familia está al borde del colapso más, en realidad, se fortalecen sus lazos. Hay más interdependencia (emocional, no estoy hablando de cuestiones económicas) entre nuestros padres y nosotros que la que hay entre ellos y nuestros abuelos, y seguramente menos de la que habrá entre nosotros y nuestros hijos (si es que algún día esta generación alcanza la suficiente estabilidad económica para tenerlos). Esta cuestión la toca de pasada August durante la fabulosa secuencia de la cena familiar. Ante las quejas de sus hijas por el trato que les dispensó su madre durante su infancia esta responde hablando de la suya, de la terrible relación con su madre, ya no de la frialdad de su relación, sino directamente de la agresividad que la presidía. Más adelante, el personaje de Meryl Streep les dice a sus tres hijas, lacónicamente, que quizás eso es lo que ha heredado de su madre. Esa maldición/necesidad de devorar a sus crías. Y quizás su hija mayor (Julia Roberts, fantástica, en uno de los mejores trabajos de su carrera) lo haya heredado también. Quizás toda esa fuerza volcánica, ese odio, ese rencor, es una maldición familiar que corre por los genes y se traspasa de generación en generación, creando madres que de tanto amar a sus hijos los asfixian en sus ansias de control. 


Esta película dirigida por John Wells, sin mucha personalidad pero con solvencia, es por lo tanto una gran reflexión sobre la familia como estado de sitio, como cárcel de la que no es posible escapar. En esta película no hay mucho sitio para la esperanza, la familia es una condena a cadena perpetua. Cuando la hija del medio (Julianne Nicholson, la más contenida y aún así la que más desgarra de todo el reparto) dice que la familia no es más que un grupo de personas unidas por estrictos lazos biológicos se equivoca al restarle importancia a ese hecho. Letts acaba demostrándonos que la unión genética viene acompañada de algo más, algo que quizás no sea producto ni de la convivencia ni del cariño, algo espeso que se mueve por las entrañas impregnándolo todo. No hay posibilidad de escapar de la familia, porque la familia está dentro de ti desde que naces.


Si August no duele es porque no persigue que nos encariñemos con sus personajes. Es una historia tan agria, que se mueve por lugares tan oscuros, que hace difícil amar a unos personajes llenos de miseria. No tengo muy claro si esa decisión es un acierto o un error, sólo sé que la película funciona, a pesar de que su clímax, la cena familiar de 20 minutos, esté situada en medio del metraje, condenando al film a deslizarse lentamente cuesta abajo durante los 40 minutos restantes, aun habiendo en ellos varios picos de cruda tensión. Si la primera parte es una comedia negra, tras la cena (o más bien en el transcurso de la misma) la historia torna en un drama familiar que quizás carga demasiado las tintas en alguno de los temas que expone. Si la primera parte es de Meryl Streep, la segunda lo es de Julia Roberts, lo cual no justifica una secuencia final diferente a la de la obra de teatro que no aporta absolutamente nada a una historia que de tanto desgañitarse termina con la voz rota.

jueves, 9 de enero de 2014

Nadando sobre tiburones

REVENGE


¡La siguiente ronda de morfina la paga la menda!

La tercera temporada de Revenge estaba siendo la temporada de la resurrección y la expiación de los pecados cometidos durante su segunda entrega: madres que no ardieron, iniciativas sin rumbo, cambios de acera innecesarios y sobre todo (y por culpa de todo esto) nulo avance de la trama principal: la venganza. Cuando digo que estaba es porque en el último capítulo, Homecoming (3x11), todo ha volado por los aires. Revenge ha saltado una manada entera de tiburones en 40 minutos, ni Scandal (Escándalo para los amigos) es capaz de quemar tanta trama en tan poco tiempo. Ni el Escándalo de Shonda ni nadie. Una locura, y una tomadura de pelo, y una gozada, todo en uno.

El plan maestro de esta temporada parecía claro, encaminar a la serie hacia la consumación de la venganza de Emanda. Pues ya no. Todos estábamos muy contentos por el nivel de bitcherismo de la temporada con constantes duelos de perras entre Emanda y Victoria (Emily VanCamp y Madeleine Stowe, el presente y el futuro del botox, divarracas nivel supremo), dispuestos a disfrutar de la recta final. Pues ya no. En el último capítulo, Revenge ha enredado tanto las cosas que si ABC no decide cancelarla, y tal como está ABC lo dudo, aún hay serie para rato. Y eso, obviamente, es una tomadura de pelo al espectador y sin embargo no puedo dejar de aplaudir el espectáculo pirotécnico. Revenge es ahora mismo más culebrón bananero* de lo que nunca fue, la venganza está paralizada y su protagonista al borde del precipicio. Y eso sí que me parece interesante, ver a la manipuladora Emanda en clara desventaja frente a sus enemigos y con sus alianzas comprometidas o dañadas.

Empieza tras este capítulo ya no sé si una nueva serie, pero desde luego si una nueva etapa centrada en enseñarnos como la protagonista va a salir del atolladero actual en el que se encuentra. Parecía que llegábamos al final, que la trama no podría estirarse más. Ilusos. Los responsables televisivos saben que siempre se puede forzar la cuerda un poco más, el riesgo a romperla es lo de menos, la responsabilidad con el espectador no es relevante, ya se sabe, todo por la pasta.

* [Espoilers a gogo]: Habían tirado de centenares de elementos de culebrón clásicos antes (las escaleras han dado mucho juego en esta serie) pero la amnesia es junto a la ciega que recobra la vista y el embarazo simulado (que también ha usado Revenge y que ha terminado su recorrido en este cap) mi favorito. En el momento en que descubrimos que Emanda está amnésica (ojo, podría ser una estratagema, claro, con esta muchacha nunca se sabe y no sabemos cómo llegó al hospital exactamente) mis risas se debieron de escuchar en todo el edificio. Hace bien la serie en usar todos estos giros tróspidos del género sin tomárselos en serio. Al fin y al cabo esa debe ser la clave de un culebrón de prime time de hoy en día, saber reírse de sí mismo para lograr entretenernos. PD: Ya puestos podían volver a Daniel Greyson mudo, le harían un gran favor a la humanidad.

martes, 7 de enero de 2014

Atrapa al topo

THE ASSETS



The Assets es la nueva serie limitada (soy muy fan de este neoconcepto que se han sacado las network de la manga para hablar de las miniseries, como coartada para renovarlas si funcionan) de ABC y ostenta desde la semana pasada el récord de ser el peor estreno de una serie dramática en la historia de las 4 grandes networks. El peor de la historia. Ojo. Aún teniendo claro que su futuro huele a chamusquina (quizás termine exiliada en internet o con suerte en los sábados) me lancé a verla porque la cabra tira al monte, y nunca le digo que no a una historia de espías de la Guerra Fría. Y el nunca en este caso es innegociable. Y justo aquí nace el primer problema de The Assets. Ya hay una serie sobre espías rusos y americanos en la era Reagan, se llama The Americans, la emite FX y yo dije hace unos días que fue el segundo mejor estreno televisivo del año. Estar a su nivel por lo tanto a priori es difícil, más si eres una serie de ABC hecha con cuatro duros y emitida por la puerta de atrás. Y no, visto el piloto, The Assets no está a la altura de la espesa y compleja The Americans. Su principal problema es que le faltan dilemas morales, grises. Todo hasta ahora es un poco de cartón piedra, no me refiero a la ambientación que no está mal, sino a los personajes, simples, sin conflictos. Y la gracia de los obras de espías es presentar a personajes sumidos en inagotables (y muchas veces irresolubles) dudas.

Al contrario que en las obras de Le Carré, dónde no se descubre quién es el topo hasta el final, en The Assets se abre la serie señalando al "malo", al zorro que se come a las gallinas. Es una opción a priori interesante que el año pasado The Fall (BBC) usó de forma muy inteligente y valiente al darle tanto peso al asesino en serie como a la policía que lo perseguía, estableciendo un tenso drama psicológico entre gato y ratón. Sin embargo en el piloto de The Assets no se le presta ninguna atención al antagonista, simplemente nos lo marcan con una cruz, nada más, no juegan con la primera capa de la cebolla para empezar a explicarnos porque este analista de la CIA se pasa al otro bando. Y es un error, porque buena parte del éxito de la serie debe asentarse en que el topo sea un personaje interesante al que podamos entender. Queda así una serie muy descompensada, puesto que la protagonista (una solvente Jodie Whittaker), la "buena", la encargada de desentrañar la maraña conspirativa, la George Smiley de esta historia, volviendo a Le Carré, sí ha sido presentada correctamente. Nos muestran a su familia, su obsesión por su trabajo, sus debilidades y fortalezas. Esta decisión acaba haciendo que los grises se pierdan por el coladero, que la serie no haga nada por hacernos cuestionar el mundo en el que vivimos, la complejidad de las relaciones de poder. 

Los dorados valen triple

The Assets es por ahora una serie sin aparentes intenciones y que no acaba de carburar tampoco como un buen entretenimiento, y más partiendo de la base de que no nos puede hacer sentir el vértigo a lo desconocido en la caza del topo, al señalarnos desde el minuto 1 su identidad. ¿Hay materia prima para construir una serie razonablemente buena? Sí, la hay, los topos son personajes muy interesantes porque su punto de arranque es la traición, algo que los seres humanos no toleramos muy bien. Si logran construir a los personajes y trenzar una trama de ataque-defensa, golpes-amagos, de engaños en un mundo convulso y peligroso, pueden acabar entregándonos algo interesante. Así que sí, la seguiré viendo, no puedo evitarlo.

sábado, 4 de enero de 2014

Siempre nos quedará New Orleans. Treme 4x04 - 4x05

TREME - Sunset on Louisianne / ... To miss New Orleans


El último plano, el último suspiro

Cuando termino una serie que me importa de verdad siempre siento un vacío, no un vacío en el estómago, físico. Es un vacío que no se definir muy bien, quizás se podría decir que siento una especie de aflicción. Me pone triste terminar un recorrido que había disfrutarlo, saber que es el final de ese trayecto, que aunque la vuelva a ver ya nunca será lo mismo. La magia de la primera vez. La primera vez que uno va a New Orleans debe ser especial también, se debe sentir una especie de magia en el aire. Treme me ha mitificado la ciudad para siempre. Me he prometido a mí mismo que algún día iré, que recorreré el corazón del jazz, que bailaré y comeré, y beberé… mucho. Y que seré feliz, porque a pesar de todas las fatalidades, la New Orleans que dibuja David Simon en Treme es una ciudad hecha para ser feliz a pesar de estar sumida en un amarguísimo túnel histórico. Siempre he dicho que Treme es una serie dicotómica, el retrato de eso que hay entre los extremos, de la vida. Cuando decimos que es una serie contemplativa, slow tv, en realidad lo que estamos diciendo es que es una precisa aproximación al mundo de la vida, a diferencia del resto de series, aquí no importan las tramas, solo el discurrir vital de unos personajes sumidos en un mundo complicado. ¿Cuál no lo es?

Treme es también una serie circular. Al final muchas veces nuestra vida es un bucle del que no podemos escapar. Como decía Marina Such de El diario de Mr. MacGuffin, el primer capítulo de la serie se llamaba Do you know what it means..., y el último ...To miss New Orleans, formando así el título de esta estremecedora canción que cierra la serie (maravillosa la dirección de esa secuencia de la gran Agnieszka Holland, que también dirigió el piloto de la serie). Por muchas vueltas que des en la vida, al final siempre puedes anclar tu barco en ese puerto al que llamas hogar. Las raíces son importantes. Treme es una apología de la esencia (de las personas, de las cosas, de las ciudades) como fundamento de la vida. Como dice Annie en la season finale, una cosa es ceder para avanzar, otra cosa es acabar cediendo tanto que dejes de ser tú mismo. El difícil equilibrio entre cambiar para sobrevivir (o progresar) y seguir siendo la misma persona es algo que ha sobrevolado siempre esta serie, a esta galería de personajes rica y compleja como pocas.

La última frase de Simon
Me acabo de dar cuenta de que he escrito los dos párrafos anteriores escribiendo en presente, como si Treme no estuviera cerrada, como si no hubiera visto el final, como si no estuviera triste y conmovido. La negación, esa etapa del duelo. Los dos últimos capítulos de la serie también son una reflexión sobre el final de la vida. La muerte se nos muestra en el campo físico como algo natural, sin estridencias, uno simplemente deja de respirar. En cambio, la muerte en el plano sentimental es algo de una complejidad que muchas veces no tenemos en cuenta. Es difícil explicar lo que significa ver una vida desaparecer ante tus ojos, esfumarse. Es sobre todo difícil explicar como la vida sigue aunque una vida se acabe. En la season finale, Simon y Overmyer captaron muy bien esto, ese momento en el que a la negación y el duelo sigue el seguir hacia delante. Avanzar no significa olvidar, porque, repito, el puerto que llamamos hogar siempre seguirá ahí, no podemos (ni debemos) escapar de nosotros mismos, y los que ya no están son parte de nosotros mismos.


Este cierre de Treme es también el párrafo final de un manifiesto sobre el estado actual de América. En estos dos últimos capítulos están presentes todos los temas que David Simon lleva analizando toda su carrera: la corrupción (política, policial, económica), la violencia, el colapso del sistema educativo público, la especulación urbanística, la transformación de la geografía urbana, el periodismo de guerrilla… Todo está en estas dos horas. Y lo más importante es que está colocada de forma indeleble, trenzado al milímetro, escrito con una sutileza que asusta. El talento de Simon para poner el foco en la América que América no quiere enseñarnos siempre me ha dado miedo la verdad. Es un don que acojona. He decidido escribir esto sin espoilers, no es tanto un recap como un adiós, un análisis como un ejercicio de autoayuda. Pero creo que lo que importa está aquí, quizás todo salvo la desoladora hermosura de la música de New Orleans. La música de New Orleans no es como el resto de música, no como la música de Nashville que diría Annie, es una música que sangra. David Simon, vuelve pronto, la televisión te necesita, yo te necesito.

jueves, 2 de enero de 2014

Jugar con mugre sin ensuciarse las manos

AMERICAN HUSTLE


Redefiniendo el loco loco loco mundo del cabello

La nueva película de David O’Russell (peor persona viva) narra, a grandes rasgos, cómo un agente del FBI (Bradley Cooper, lo más divertido de la función) monta junto a dos timadores (Christian Bale y Amy Adams, solventes, como casi siempre) una operación policial de ilusionismo para desmantelar una red de corrupción que implica a políticos y empresarios de la mafia. Todo ello tras una larga introducción de 30 minutos trenzada en torno a las asfixiantes voces en off de los protagonistas que nos explica como estos tres personajes tan dispares acaban trabajando juntos. Hay que reconocerle, en primer lugar, a American Hustle ser una película ágil, divertida, contada con ritmo gracias a la labor del espectacular reparto y sobre todo al trabajo de dirección de O’Russell. Nunca creí que iba a decir esto pero me ha gustado mucho la puesta en escena, con esos movimientos de cámara hacia delante, como si la película fuera una constante huida, como si el devenir de los acontecimientos se abalanzara sobre los personajes.

El problema de American Hustle es que David O’Russell se estrella otra vez contra Martin Scorsese. Si la convencional dirección de The Fighter (2010) palidecía ante el vals sobre el ring de Raging Bull (1980), en esta ocasión y a pesar de que me parece su trabajo como director más inspirado, más consistente y elegante, la pulcritud, la falta de vísceras con la que se cuenta una historia a priori sórdida y turbia, cae por comparación ante Goodfellas (1990) y Casino (1995), y, aunque aún no la haya visto, seguramente (lo que es aún peor por ser del mismo año) ante The Wolf of Wall Street. En American Hustle, O’Russell entrega un Scorsese para todos los públicos, sin sexo, sin violencia, sin sangre ni muerte, sin cocaína. Estamos ante una película tímida, demasiado correcta teniendo en cuenta que sobrevuela algo tan apestoso como la corrupción y la mafia. No ayuda el empeño de O’Russell en renunciar a darle un potente empaque visual a sus películas, la fotografía de Linus Sandgren no podría ser más anodina, carecer de menos intención.

¡Quién me va a decir a mí que no puedo poner metal en un microondas!

Hay que reconocerle, eso sí, los estallidos de humor marca de la casa(todas las secuencias entre Louis C.K. y Cooper funcionan), el preciso retrato, una vez más, del chonismo histérico de extrarradio (Jennifer Lawrence, excesiva y fantástica) y la inteligencia de construir una película divertida y dinámica sin entregarse a un montaje esquizofrénico, dirigiéndola con estilo, O’Russell no es Scorsese, pero este trabajo es un salto cualitativo en su carrera. Quizás el principal problema, además de la limpieza con la que está contada y la idealización de unos personajes moralmente muy cuestionables (esto también es marca de la casa), es que American Hustle nunca estalla. Te pasas toda la película esperando a que todo y todos salten por los aires y eso nunca llega a pasar, es un coito sin orgasmo, como si en Argo (Affleck, 2012) (no sé por qué son dos películas que me resultan similares) nos dejaran sin la secuencia del aeropuerto (y antes sin la del bazar). Es un trabajo muy entretenido pero jamás llega a ser tenso, y eso en un thriller de estas características es un problema, quizás no tanto de dirección como de guion. Incluso cuando la trama se resuelve y la operación termina lo único que sientes es normalidad, el gran giro se queda a medio camino, no hay pico (en todos los sentidos), simplemente se abalanza el final, te lo has pasado bien, pero no ha sido una noche redonda.