viernes, 17 de julio de 2015

Las grandes batallas de los Emmys 2015

El pasado jueves se anunciaron las nominaciones a los Emmys de este año, que premian a las series (y demás programas) emitidos en USA (y que han decidido presentarse) en la temporada 2014/2015. Empiezan ahora varias semanas de pronósticos y porras que terminarán el 20 de septiembre con la entrega de los premios. A continuación una selección de batallas que se producirán en unos Emmys muy abiertos, salvo para Jeffrey Tambor, que por fin ganará su primer Emmy gracias a Transparent.

Serie de Drama: ¿Quién bebe más: Don Draper o los Lannister?

No wine, no party

Vistas las nominaciones parece que esta categoría será un cara a cara entre Mad Men, que lograría su 6ª 5ª victoria, récord absoluto, y Game Of Thrones, que sería la primera serie fantástica en ganar en la categoría y devolvería a HBO la victoria en la misma, la joya de la corona de los Emmys, que no cata desde la última temporada de The Sopranos. Ambas han colado a tres actores (Mad Men: Hamm, Moss y Hendricks; Game of Thrones: Headey, Clarke, Dinklage), GoT cuenta con dos nominaciones en dirección y una en guion, mientras que Mad Men tiene dos en esta última categoría. Llegan, por lo tanto, en igualdad de condiciones a la batalla final. La serie de Weiner tiene a su favor el efecto despedida y haber cerrado por todo lo alto su relato; la de Benioff y Weiss, que hoy por hoy es la serie más importante e influyente del mundo, un fenómeno descomunal. Las apuestas se inclinan por Mad Men porque mucha gente cree que la Academia no reconocerá a una serie fantástica con su máximo galardón, pero quizás se equivocan, algún día tendrá que pasar y más cuando cada día se producen más series de calidad de género.

La tercera en discordia podría ser House of Cards, una serie que genera mucha expectación y seguimiento en Estados Unidos y que es el buque insignia de Netflix. Su principal hándicap es que no tiene el respaldo crítico que sí tienen sus rivales y esta tercera temporada ha recibido incluso más palos que de costumbre (hola America Works). A priori las otras cuatro nominadas no tienen opciones. A Downton Abbey le llega con seguir ahí, inamovible; a Orange is the new black con haber logrado pasar de comedia a drama con relativo éxito; a Homeland con que hayan reconocido que fue capaz de resurgir de sus cenizas y entregar una cuarta temporada sensacional; y a Better Call Saul con entrar por la puerta grande con nominaciones tan importantes. A continuación pronósticos para las 4 grandes categorías interpretativas de Drama. En verde quién creo que va a ganar y en naranja a los contendientes que veo con posibilidades.

Actriz en Drama: Davis vs. Henson (¿y Wright?)
Claire Danes por Homeland
Viola Davis por How to Get Away with Murder
Taraji P. Henson por Empire
Tatiana Maslany por Orphan Black
Elisabeth Moss por Mad Men
Robin Wright por House of Cards



Actor en Drama: Hamm vs. La Historia
Kyle Chandler por Bloodline
Jeff Daniels por The Newsroom
Jon Hamm por Mad Men
Bob Odenkirk por Better Call Saul
Liev Schreiber por Ray Donovan
Kevin Spacey por House of Cards




Actriz de reparto en Drama: Hendricks vs. Headey
Uzo Aduba por Orange Is The New Black
Christine Baranski por The Good Wife
Emilia Clarke por Game of Thrones
Joanne Froggatt por Downton Abbey
Lena Headey por Game of Thrones
Christina Hendricks por Mad Men


Actor de reparto en Drama: Banks vs. Mendelsohn
Jonathan Banks por Better Call Saul
Jim Carter por Downton Abbey
Alan Cumming por The Good Wife
Peter Dinklage por Game of Thrones
Michael Kelly por House of Cards
Ben Mendelsohn por Bloodline




Serie de Comedia: ¿Ya estamos listos para pasar página?

Qué duro es liderar el mundo libre

Es cierto que llevamos un par de años (sobre todo el año pasado) creyendo que Modern Family dejará de ganar el premio a la mejor comedia del año pero al final nunca ocurre. 5 victorias consecutivas después parece que este año sí que perderá la sitcom de ABC. ¿Por qué? Por un lado, la sexta temporada ha sido, con mucha diferencia, la peor de todas las que ha tenido hasta el momento. Yo nunca creí mucho en la idea de que Modern Family estaba bajando el nivel año tras año, sin embargo esta temporada sí que he notado esa pérdida de calidad. Además las audiencias de la serie en USA también han sufrido un notable retroceso. Por otro lado, su presencia en los Emmys de este año ha menguado considerablemente. Por primera vez Modern Family no tiene ni una sola nominación en las categorías de guion y dirección. Mientras que en las interpretativas sólo se mantienen en pie los dos grandes motores de la serie: Julie Bowen y Ty Burrell. Es muy difícil que una serie que no está nominada ni en guion ni en dirección se imponga en los Emmys. Muy difícil. Aún así no conviene dar por muerta a Modern Family, que tiene a su favor que no tiene una rival clara, sino varias rivales con posibilidades diversas. Quizás las dos series que llegan más fuertes a la contienda son Veep y Transparent. La comedia negra ambientada en la política de HBO ya parecía ser el año pasado la serie capaz de destronar a Modern Family. Este año ha vuelto a firmar una temporada modélica y los Emmys han rubricado su calidad nominándola en guion y dirección, además de las menciones a Julia Louis-Dreyfuss, Anna Chlumsky y Tony Hale. Por su parte, la dramedia de Amazon lleva generando apoyos desde su estreno en otoño, ha pasado con éxito por los premios previos a los Emmys y su calidez puede conquistar a muchos votantes. Por el momento ha logrado estar nominada en dirección, guion, actor (Tambor) y secundaria (Gaby Hoffman). ¿Mi apuesta? Quizás me decantaría por una victoria de Veep.

Si estas tres son las series favoritas para ganar, en segunda línea nos encontraríamos con otras dos niñas bonitas de la crítica (y de servidor) Silicon Valley y Louie. Ambas están nominadas también tanto en dirección como en guion, sin embargo a la primera le pesa no tener ningún intérprete nominado y a la segunda ser una obra demasiado autoral. La victoria de cualquiera de las dos sería muy sorprendente. Y en último lugar tendríamos a Parks and Rec. que ha logrado con su última temporada su segunda nominación a mejor comedia en toda su historia y a Unbreakable Kimmy Schmidt, cuya nominación reconoce el acierto de Netflix al expandirse a diversos géneros. No creo que tengan opciones reales, estar nominadas ya es un bonito reconocimiento para ambas, sobre todo para Parks, una de mis comedias televisivas favoritas de siempre.

Actriz en Comedia: Julia Louis-Dreyfus busca rival
Edie Falco por Nurse Jackie
Julia Louis-Dreyfus por Veep
Lisa Kudrow por The Comeback
Amy Poehler por Parks and Recreation
Amy Schumer por Inside Amy Schumer
Lily Tomlin por Grace and Frankie
  


Actor en Comedia: Jeffrey Tambor
Anthony Anderson por black-ish
Don Cheadle por House of Lies
Louis C.K. por Louie
Will Forte por The last man on earth
Matt LeBlanc por Episodes
William H. Macy por Shameless
Jeffrey Tambor por Transparent



Actriz de reparto en Comedia: 7 mujeres contra Allison Janney
Mayim Bialik por The Big Bang Theory
Julie Bowen por Modern Family
Anna Chlumsky por Veep
Gaby Hoffmann por Transparent
Allison Janney por Mom
Jane Krakowski por Unbreakable Kimmy Schmidt
Kate McKinnon por Saturday Night Live
Niecy Nash por Getting On

Actor de reparto en Comedia: Sálvese quien pueda
Andre Braugher por Brooklyn Nine-Nine
Adam Driver por Girls
Keegan-Michael Key por Key & Peele
Ty Burrell por Modern Family
Tituss Burgess por Unbreakable Kimmy Schmidt
Tony Hale por Veep

viernes, 3 de julio de 2015

Hacer buena televisión

UNREAL y MASTERCHEF


Spoilers de todo Masterchef 3 pero sólo del piloto de Unreal



Resulta curioso que en la vorágine de estrenos seriéfilos veraniegos una de las series que más ruido esté generando sea Unreal, una ficción de la denostada (por méritos propios) Lifetime, el canal trash para señoras del cable americano. Unreal es la serie que muchos no sabíamos ni que existía hasta que fue estrenada y en menos de un mes se ha convertido en un visionado obligatorio. Pero ¿qué es Unreal? Un drama (con tintes de comedia negra y/o sátira) de 40 minutos sobre el rodaje de un programa al estilo The Bachelor (programa en el que trabajó una de sus creadoras, Sarah Shapiro), que extrapolándolo a España vendría a ser una especie de QQCCMH blandito. La serie tiene como protagonista a una productora (una sólida Shiri Appleby) atormentada e inestable piscológica y emocionalmente, y como personajes relevantes a la productora ejecutiva (una genial Constance Zimmer) y al candidato que va a buscar esposa (risas) (Freddie Stroma). Unreal es, antes que nada, una serie divertidísima, con un ritmo endiablado y que maneja muy bien los dilemas de la protagonista, sus dramas personales y las más terribles miserias de la televisión de entretenimiento en particular y de los mass media en general. Pero además de eso es una clase maestra de cómo funciona el medio, de cómo se producen los formatos, de cómo se moldean y de cómo se construyen relatos.

Toda la ficción audiovisual americana del último medio siglo que gira en torno a la televisión bebe de Network, el clásico de Sidney Lumet y Paddy Chayefsky de 1976. Toda, y sino que se lo pregunten a Aaron Sorkin que plagió/homenajeó su inicio abiertamente en Studio 60 y de una forma un poco más disimulada (sólo un poco) en The Newsroom. Unreal, que por cierto es todo lo contrario a la última serie de Sorkin, no iba a ser menos y hace suya la representación de la industria televisiva como una ciénaga inmunda. Además lo hace tirando de humor y personajes incapaces de diferenciar su vida personal y su vida laboral. La televisión es ese monstruo que lo devora todo. Empezando por las propias personas que la hacen. Ese engranaje (de poder) que pervierte los códigos morales. La protagonista no es una mala persona pero comete malas acciones. Las circunstancias del medio la empujan a ello. Cuando su jefa habla de hacer buena televisión no está hablando de servicio público, sino de entretenimiento salvaje, sin barreras, sin moral. Hacer buena televisión es, para ella, manipular a una chica para que confiese su infancia traumática, escupa a una productora y se largue llamando hijos de puta a todo el mundo. Un versión completamente narrativizada de la realidad. Un relato que engancha porque tiene el elemento más importante: un villano.

La figura del villano es tan importante a nivel narrativo que casi todos los productos narrativos que consumimos tienen uno. Da igual que sea ficción o no-ficción. Si lees El País estos días verás a Alexis Tsipras y Pablo Iglesias como terribles villanos. Si ves uno de los documentales más relevantes de la última década, The Act of Killing, te encontrarás con Anwar, ese hombre que te cuenta entre risas y representaciones que mató a miles de personas él solito. De hecho, la figura del villano es tan relevante que cuando no la hay, la echamos de menos. Por ejemplo, la ausencia de una gran mala ha sido, para mí, el gran problema de la tercera temporada de Orange is the new black. Nos encanta amar, pero más nos encanta odiar, sobre todo en tiempos tan cínicos como los que vivimos (leer El País, vuelve a ser útil para demostrar esto). Por eso cuando el protagonista del reality sobre el que gira Unreal, Everlasting, elimina a la villana que la productora ejecutiva había planificado para su relato, ésta arde de rabia y empieza a buscar a una nueva víctima. No eres tú, es la historia.


Es tal la importancia de contar con un gran villano que hasta los productores/montadores de Masterchef España cuidan ese elemento. En las tres ediciones del programa ha habido un villano, este año le tocó el turno a Sally y ella con sus miradas de odio, su ego desmedido y sus discursos de pena baratos, fue lo único que se salvó del completo desastre, a nivel narrativo, de esta tercera edición. Tras tocar la gloria con ese hit inesperado que fue “León Come Gamba” el programa se precipitó al vacío y sólo Sally, o más bien la pasión de los espectadores por odiarla, mantuvo cierto interés. Carlos era el ganador claro desde el segundo o tercer episodio, la duración del programa se fue inflando hasta llegar a límites insospechados, los invitados siempre son los mismos, la prueba central se ha convertido definitivamente en un publirreportaje casposo (hoy vivan las bodas, mañana viva el ejército, pasado vivan los restaurantes surrealistas de precios demenciales)… Todo lo que podía salir mal este año en Masterchef ha salido mal. Entonces ¿por qué lo seguimos viendo? Yo, particularmente, porque me gustan los programa de cocina (que son en sí mismos anti-televisión porque no puedes juzgar lo que se hace en ellos), disfruto viéndolo y comentándolo con mis amigos reales y con mis “amigos” virtuales, y porque sí, odiar Masterchef y rajar de TVE, su publicidad encubierta y sus horarios, me relaja.


Odiar me relaja, es catártico, las noches de los martes eran esas 3 horas del día (3 horas sin bloques publicitarios puros, 3 horas señores) en las que podía odiar libremente. Como un día del apaleamiento en Los Simpson. Odiar tanto a los concursantes como, sobre todo, a las personas que hacen un programa que ni es un buen servicio público, ni es buena televisión. Y ese es el drama de Masterchef, no cumple el papel que debería cumplir como exponente de la gastronomía y la diversidad cultural y culinaria de España, y tampoco lo hace como entretenimiento, como narración, como relato. Es un quiero y no puedo. O más bien es un no quiero, prefiero mataros a duración hasta dejaros exhaustos. Unreal es buena televisión, ácida y divertida, Masterchef no. Sin embargo veo ambas cosas. Pero Unreal la veo porque la disfruto en mi soledad y la veo concentrado, para no perderme nada, ni un solo chascarrillo, sin que ello impida que después pueda comentarla con amigos o recomendarla, cosa que ya he hecho. En cambio Masterchef lo veo porque disfruto hablando de él en directo, no sería capaz de verlo solo, es un programa incapaz de captar tu atención más de 5 minutos, no tiene ritmo alguno.

martes, 30 de junio de 2015

Las noches de verano en HBO


A lo largo de este mes ha terminado la temporada televisiva 14-15 y arrancando la nueva temporada 15-16. Netflix ha estrenado la tercera entrega de Orange is the new black y la primera de Sense8, AMC ha lanzado el regreso de Halt and catch fire y el estreno de Humans,  NBC ha recuperado Hannibal para decirnos que la matará al terminar este curso. Y en HBO se han despedido hasta el año que viene Game of Thrones (su actual buque insignia), Veep y Silicon Valley. El espacio dejado en la parrilla por estas tres ficciones lo han venido a cubrir la segunda temporada de True Detective y dos nuevas comedias, The Brink y Ballers. La recepción crítica ha sido tibia, por no decir decepcionante, algo a lo que no está muy acostumbrada HBO. En Metacritic, una web que recoge las principales críticas de Estados Unidos y elabora un ránking a partir de las mismas, Ballers cosecha un 65 sobre 10, True Detective un 63 y The Brink un pobre 51. Para poner estas puntuaciones en contexto, debemos señalar que las tres series de primavera de HBO lograron 91 (Game of Thrones), 90 (Veep) y 86 (Silicon Valley) puntos. Estamos hablando de una caída de 30 puntos de un estación a otra. Teniendo en cuenta ese dato vamos a hacer un repaso a estas tres ficciones, tras la emisión de los dos primeros capítulos de cada una de ellas.

Ballers
Cuando vemos una serie nueva tendemos a compararla con productos anteriores, sobre todo de cara a presentársela a los demás. De Ballers se ha dicho que es una mezcla entre Ray Donovan y Entourage. Esta comedia (nada graciosa, en mi opinión) sigue a un ex-jugador de fútbol americano, interpretado por Dwayne 'The Rock' Johnson, que se dedica a asesorar a jugadores en activo. Su trabajo nos recuerda al drama de Showtime pero su protagonista y la relación que tiene con sus clientes pretende ir por la línea de la antigua comedia de HBO. A mí, que Ray Donovan no ha terminado de engancharme, y que no he visto Entourage entera, Ballers no me está interesando lo más mínimo. No creo que sea mala, ni siquiera fallida, creo que es una serie menor, sin pretensiones, que no destaca en nada. Un pan sin sal.

The Brink
Dado el éxito de crítica y premios de Veep (no así de audiencias), parecía lógico que HBO apostara por producir otra comedia negra ambientada en el mundo de la política (que además está en alza televisivamente hablando). Sin embargo, más allá del género, The Brink no se parece en nada a su predecesora. De hecho, no le llega ni a la suela de los zapatos. La serie narra cómo se produce un golpe de estado en Pakistán (uno de los países con bomba nuclear más inestables del mundo) y las consecuencias que ello conlleva. La historia está contada desde tres puntos de vista, el del secretario de Estado de USA (Tim Robbins, lo mejor de la función), el de un funcionario de bajo nivel de dicho departamento en el país (Jack Black haciendo de sí mismo) y el de un militar americano destinado en la zona (Pablo Schreiber). Mientras la trama política en Washington tiene algún momento inspirado (los rifirrafes entre el secretario de Estado y el Veep), las otras dos resultan rotundamente fallidas. Yo no soy el público objetivo de Ballers, no me interesa el fútbol americano, los agentes deportivos o el humor de bros. Pero sí debería ser el público objetivo de The Brink. Me encantan las sátiras y consumo prácticamente cualquier contenido audiovisual ambientado en el mundo de la política. De hecho tengo el listón tan bajo que aún sigo viendo ese delirio llamado Tyrant, otra de las series del verano. Sin embargo, The Brink me ha dejado frío. Pretende ser graciosa, ácida e inteligente y no lo logra. Le daré margen pero tiene que mejorar demasiado.

True Detective II


Ha vuelto la serie de Nic Pizzolatto 15 meses después de haber finalizado su primer relato, aquella caza del asesino en serie a través de las décadas en una Louisiana tenebrosa. Este año Pizzolato, sin la dirección de Cary Fukunaga, se adentra en las entrañas de la corrupción urbanística en una California podrida de cemento. Los protagonistas son tres agente de la ley (Colin Farrell, Rachel McAdams y Taylor Kitsch) y un mafioso local (Vince Vaughn). La historia pivota en torno al asesinato de un socio del segundo y las ramificaciones del mismo. Tras sólo dos episodios es difícil valorar la temporada pero a mí me está gustando. Es cierto que tanto a nivel formal como interpretativo la serie es inferior a su primera temporada. Pero ello no quiere decir que Justin Lin (que no se encargará de la puesta en escena de todos los capítulos) no haya dirigido bien los dos primeros episodios (la secuencia final del 2x02 es magnífica) ni que los actores no estén haciendo un buen trabajo. Simplemente el listón estaba demasiado alto. Lin no tiene la capacidad de generar atmósfera e imágenes poderosas de Fukunaga, mientras que Farrell y compañía no tienen la presencia de McConaughey y Harrelson. Así las cosas, este año la serie se lo jugará todo a su historia, a su guion. Liberado (o más bien desnudado) del hechizo formal de Fukunaga y la densidad que le imprimían a los personajes McConaughey y Harrelson, Nic Pizzolatto tendrá que demostrar que es el gran escritor noir que nos hizo creer que era. Todo o nada. Pizzolatto ha decidido ofrecer una serie más desnuda, más puramente narrativa, y tendremos que ver si la apuesta le ha salido bien. Por ahora, he aquí un espectador satisfecho.

martes, 16 de junio de 2015

La estrategia del caos

GAME OF THRONES - Quinta Temporada


"¿Cómo he podido estar tan ciega todo este tiempo?" Spoilers a mansalva hasta el final del 5x10 de GoT



Como dice Alberto Nahum en su(genial) artículo sobre la quinta temporada de Game of Thrones, este año nos han dado un máster de cómo poner en marcha estrategias erradas. Ni Cersei, ni Jon, ni Daenerys, ni Stannis han acertado en las suyas. Quizás porque en realidad no han tenido una estrategia, sólo se han dejado llevar por el caos, o más bien, lo han creado ellos mismos con sus acciones. Por ello que tengamos la sensación de que la serie se ha convertido en un auténtico caos tiene sentido. Es narrativamente coherente. El hombre que ostenta el poder en Poniente es un adolescente sin malicia ni dotes de mando (Tommen, el rey miñaxoias), su gobierno está compuesto de personas incompetentes (su tío tontorrón consejero de la moneda) y controlado en las sombras por su madre, que no puede ser (por el hecho de ser mujer) su Mano, y las dos familias que lo sustentan (vamos, los partidos políticos que apoyan al gobierno) se odian mutuamente: los Lannister y los Tyrell. De hecho, es ese odio, unido a la sed de venganza y a esa terrible sensación de estar perdiendo el control de absolutamente todo lo que empuja a Cersei (digámoslo ya, ésta ha sido la temporada de Lena Headey, simplemente extraordinaria, descomunal) a demoler las propias dinámicas de poder sobre las que vive. O malvive. Intentando proteger a sus hijos, o más bien, intentando mantener el control sobre ellos, Cersei lapida sus apoyos. Por un lado, aleja a Jaime de su lado, enviándolo a Dorne para rescatar a su hija, prometida con el heredero del clan Martell. Sin duda la trama de Dorne (junto a la de Arya, demasiado alejada del hilo principal) ha sido el gran error de la temporada, tanto a nivel de entretenimiento inmediato como de construcción del relato. Por otro lado, llevó su tensa relación con Margaery (Natalie Dormer cada vez me gusta más) a la confrontación abierta, arrojándola a la boca de ese lobo con piel de cordero que es el Septón Supremo (Jonathan Pryce, sibilinamente fantástico). Esta táctica fue, desde el inicio, un error demasiado obvio como para que la pusiera en marcha una persona de la inteligencia de Cersei, que lleva demasiado tiempo moviéndose astutamente por las entrañas del poder. Sin embargo tiene sentido, porque esta Cersei ya no tiene nervios de acero, ni es mentalmente fría como el hielo. Esta Cersei es una mujer desesperada. Que ha perdido a 2 de los 3 hombres más importantes de su vida (para bien o para mal): su primogénito y su padre. Y que se siente traicionada por el tercero, su hermano y padre de sus hijos: Jaime.

Las consecuencias de esas malas decisiones se explicitan en el terrible paseo de la vergüenza al que se ve abocada en la season finale para salir de la prisión en la que la ha encerrado el Septón, tras acusarla de incesto y adulterio. Cersei, desnuda, totalmente expuesta, camina entre una muchedumbre enfurecida que la insulta, escupe y veja de múltiples formas. Siempre mirando al frente, impasible. No dejes que te vean llorar. Ni se te ocurra concederles eso. Cersei comienza la temporada controlando un reinado que se cae a pedazos y la termina con su hija muriéndose en un barco, y ella desnuda y vilipendiada, con sus alianzas destruidas y tras haberle entregado el poder de forma fáctica a un líder religioso que quiere imponer un estado teocrático regido por la ley divina, aplicada severamente por él mismo y sus seguidores.

No les han ido mejor las cosas a los otros grandes jugadores del tablero. Daenerys (Emilia Clarke cumple) no ha sabido gestionar los conflictos sociopolíticos de Meereen. El resultado ha sido una guerra civil, haberse traicionado a sí misma y un intento de asesinato, que sólo impidió su forajido dragón, que termina por secuestrarla y llevarla de nuevo al punto de partida: los Dothraki. Su camino hacia Poniente se complica aún más, pero por suerte ha ganado un aliado valioso: Tyrion (Peter Dinklage, siempre sensacional), quizás el mejor estratega (junto a Meñique y Varys) que queda en la serie. El héroe improbable que nos queda en pie. ¿Cómo? Ah sí, que el último capítulo, (el salvaje) Mother’s Mercy (5x10) nos regaló como epílogo el asesinato de Jon Snow (este año sí me he creído a Kit Harington), justo ahora, que por fin era un personaje interesante. Pero pero… ¿cómo? ¿Jon Snow no era junto a Daenerys el auténtico protagonista de este relato, el hombre que iba a salvar a Poniente de los caminantes blancos? Por lo visto no. Digo por lo visto porque muchos nos mantenemos escépticos a la muerte de este personaje (la teoría más deliciosamente absurda es que Melisandre lo resucitará con un polvo mágico). Si al final Jon Snow muere habremos asistido al gran acontecimiento de toda la serie. Ni boda roja, ni boda púrpura, ni ningún otro regicidio. El asesinato de Jon Snow a manos de sus hermanos de la Guardia de la Noche (puro asesinato de César, con puñalada de Bruto final incluida), es el gran quiebro que ha dado el relato en estos cinco años. Básicamente porque ni Ned, Renly, ni Robb, ni Joffrey, ni Tywin estaban llamados a ser actores clave en el final de la serie. Tenían que morir. Para entendernos, mi personaje favorito de la serie es Cersei (bueno y Tyrion, claro), pero me parecería perfectamente lógico que Cersei muera la temporada que viene. Cersei Lannister ha de morir. Sin embargo que muera Jon Snow no lo entiendo. Tengo la sensación de que no sé qué serie he estado viendo durante estos cinco años. Lo cual es muy perturbador, pero por otro lado, estimulante. Definitivamente este ha sido el año del caos o como dice (el siempre acertado) Pol Morales, del desconcierto. Y sino que se lo digan al otro gran perdedor del curso, Stannis Baratheon (Stephen Dillane, con esa mirada enferma, atormentada), otro rey caído y van…

No hablo de Sansa en este artículo, pero su trama ha sido muy interesante

Stannis sustentó sus pretensiones al Trono de Hierro sobre el honor, era el rey legítimo por sangre y porque era un hombre que se guiaba por el honor y el bien común. Sin embargo, desde el mismo momento en que se entregó totalmente a Melisandre (Carice van Houten, pérfida y sexy) comenzó a extenderse por toda su alma una enfermedad terrible: la obsesión por el poder. Stannis lo sacrificó todo por el Trono, llegando a asesinar a su hija en The Dance of Dragons (5x09). Ahí cruzó el punto de no retorno. Un hombre capaz de matar a su propia hija, de terminar con su linaje, no podía ser rey. Todo lo que podía salir mal, salió mal. Los Bolton aplastan al maltrecho ejército de un Baratheon que mató a su hija, empujó al suicidio a su mujer y fue abandonado por la mujer que lo guió hacia la muerte de su alma. Al final termina pendiendo de la espada de Brienne (Gwendoline Christie), la última mujer de Poniente que cree en el honor sobre todas las cosas. Oh, qué cabrón y retorcido es el destino. Y en Game of Thrones, la serie dónde todo puede pasar, y todo el mundo puede morir, más.

viernes, 12 de junio de 2015

3 años de experiencias audiovisuales totales

El Hombre-Guitarra, ese concepto humano tan brutal



Hace más de 1 mes se estrenó, primero en Cannes, y después en todo el mundo, Mad Max: Fury Road, el reboot (¿?) del cineasta australiano George Miller de su propia trilogía ochentera post-apocalíptica. La película, protagonizada por una descomunal (e icónica) Charlize Theron y un sobrio Tom Hardy, lleva recaudados ya más de 318 millones de dólares en todo el mundo y ha generado un aluvión de críticas y opiniones entusiastas. No es para menos. Es un film espectacular. O más que un film, una experiencia audiovisual total. Estar sentado en la butaca del cine durante las dos horas de metraje (medido al milímetro) de Mad Max es como montar en una montaña rusa. Una desconexión total del espacio/tiempo en el que vives. Dejarte embaucar por esa orgía visual y sonora que propone Miller es una experiencia totalmente inmersiva. Precisamente porque la inmersión llega tanto por medio de las imágenes como por el sonido y la música, Mad Max es una obra audiovisual total. Exprime el medio, en este caso el cine, hasta forzar sus límites, jugar con ellos, subvertirlos y explorar nuevos territorios. El blockbuster de Miller continúa lo que experimenté con Gravity en 2013, Whiplash en 2014 (bueno, en realidad la vi ya en 2015, claro) y la Hannibal televisiva de Bryan Fuller desde 2013 y cuya tercera temporada comenzó la temporada pasada. El enorme placer de sentarte en una butaca (o en un sofá) y dejar que te sorprendan, maravillen e impacten.

Como si una vez al año una película me recordara que el cine, además de muchas otras cosas, es el arte de la sorpresa, un espectáculo increíble. Recuerdo que mientras veía la película dirigida por Alfonso Cuarón apretaba con fuerza los brazos de la butaca, como si me fuera la vida en ello. Sentía que si los soltaba acabaría vagando por el espacio. Con Whiplash, en cambio, además de mover los pies, como si estuviera tocando la batería, apretaba las mejillas con las palmas de mis manos mientras me inclinaba hacia adelante, intentando así canalizar por un lado el ritmo y por el otro la tensión, que el film de Damien Chazelle transmite. Mientras que viendo Mad Max me pasó lo contrario, no podía despegar mi cuerpo de la butaca, como si un vendaval de aire me mantuviera atado a ella. Es tal la fuerza que vomita la pantalla (y el sistema de sonido), que me apabulló. Hannibal, por su parte, no me apabulla, me hipnotiza. Mientras las tres películas son frenéticas, tres experiencias asfixiantes, contadas con un ritmo y una intensidad tremendos, la serie es todo lo contrario, pausada, exquisita. Los diversos directores de Hannibal (a destacar la labor de Michael Rymer, Vincezo Natali y David Slade) se recrean en los pequeños detalles, construyen una experiencia terriblemente bella. No nos sumergen en el relato, junto a los protagonistas, sino en la propia piel de estos, incluso va más allá, nos mete de lleno en los objetos que los rodean.
 
Hannibal 3x01

Estas cuatro experiencias audiovisuales son profundamente físicas. Sandra Bullock y Charlize Theron dan buena fe de ello. Pero lo son a diferentes niveles. Mad Max es, ante todo, una película de acción. Gravity es una aventura espacial, frente a los movimientos a velocidad de vértigo que tienen que ejecutar los protagonistas del film post-apocalíptico, Bullock lleva a cabo un baile consigo misma y con los objetos que la rodean, suspendida en la ausencia de gravedad. Whiplash es, sobre todo, un drama psicológico, frente a los planos amplios de Mad Max y los planos largos de Gravity, es una película de planos cortos tanto de encuadre como de duración. Un film pegado al rostro de sus protagonistas, a las manos, a los instrumentos. Gravity es una película elegante, hermosa, Mad Max construye un universo visual (y sonoro) rompedor, precioso en su retorcida imaginación, en cambio Whiplash juega con nuestra realidad cotidiana, bañándonos en sudor y saliva. Frente al nervio de Whiplash, Hannibal hace gala de una tensión plomiza, por medio de la cámara lenta y de planos puramente pictóricos que se clavan en la piel y la sangre de sus personajes. Whiplash y Mad Max son frenesí, Hannibal, recreación, Gravity juega en ambos terrenos, quizás por ello también sea la apuesta que más me fascina de las cuatro.

A nivel sonoro, en los films de Cuarón y Miller la música y los efectos de sonido llegan a fusionarse, en pos de la narración. En el film de Chazelle los sonidos no tienen tanta relevancia, básicamente porque los sonidos que hay en la cinta producen por sí mismos la música que escuchamos. En Gravity la música es extradiegética; en Mad Max la presencia del Hombre guitarra (a tus pies Miller), hace que la música llegue a insertarse en la propia acción de forma directa; en Whiplash es puramente diegética; y por último, en Hannibal aunque hay secuencias de música diegética, generalmente por medio de violines, ésta es mayormente extradiegética y como en Mad Max y Gravity se fusiona con los sonidos de una forma fascinante. En conclusión, ojalá poder ver todos los años obras de este calibre que me hagan vivir el mundo audiovisual como una aventura de descubrimiento, en la que dirección, montaje, fotografía, música y sonido están dotados de una unidad extraordinaria, en pos de la narración, del espectáculo, del objetivo de sorprendernos.