miércoles, 27 de mayo de 2015

La mayoría

GAME OF THRONES - The Gift


Spoilers hasta el 5x07 de GoT

Curiosamente, la misma noche que el sistema político español se veía sacudido por el resultado de las elecciones locales, HBO emitía, unas horas después, el episodio 5x07 de Game of Thrones, The Gift. Un capítulo que nos ha dejado una frase para la historia de la serie: "You are the few, we are the many. And when de many stop fearing the few...". Que pone fin al duelo dialéctico entre el Septón Supremo (Jonathan Pryce, una elección perfecta) y Lady Olenna, matriarca de los Tyrell (Dianna Rigg, siempre incisiva). No es ninguna novedad, todos recordamos aún el discurso sobre la escalera de Meñique y la Araña. Entran aquí en juego muchas cosas. La demagogia, que es un concepto que a mí no me gusta usar. El juego entre mayorías y minorías. Y sobre qué plano las definimos,¿ número de personas, poder, ambos?. El Estado Religioso, en tiempos del ISIS o de una Irán cuyo líder supremo es el Ayatolá. A este último respecto es muy interesante que el relato haya entrado de lleno en ello, tras haber bordeado el tema religioso desde una perspectiva mágica. Es una forma muy estimulante de hablar del poder de la religión en nuestra historia, y lo perverso que resulta intentar imponer nuestro propio código moral.

Yendo de lleno a la trama de King's Landing, a Cersei Lannister (Lena Headey, una de las actrices más imponentes del panorama actual) no la ha derrocado una mayoría oprimida, esa mayoría irreal de la que habla el Septón Supremo, la ha derrocado su propia vanidad. Creer que aún estando en una situación tan precaria como en la que se hallaba, podía controlarlo todo, gestionar las relaciones aliados/enemigos (ojo: el eterno problema de las coaliciones entre partidos) tirando de odio y venganza, no prestar atención a los verdaderos problemas (el Norte), y disgregar a sus propias fuerzas (Jamie en Dorne). Cersei ha intentado retener el poder por mera inercia, confiándolo todo a la ausencia de oposición. Y se equivocó, porque ella misma alimentó a la oposición. Algunas personas, por eso de aplicar los relatos que consumimos a nuestra vida diaria, dirán que es lo que está haciendo Rajoy con Ciudadanos. Alimentar a un mal menor para destruir a tus rivales, y que ese mal menor te devore. Es una extrapolación bastante patillera, pero algo de ello hay. A Rajoy lo que le pierde es la parálisis, y Cersei será muchas cosas, pero desde luego siempre está poniendo en marcha alguna táctica o estrategia. El vino y los juegos de poder son sus formas de vida.


Mucha gente ha ligado también el discurso del Septón Supremo frente a la matriarca de los Tyrell, a la dialéctica de la mayoría oprimida por una minoría poderosa. Y lo ha asociado a Podemos y los procesos de confluencia de la izquierda. Ayer en un debate en el que estuve, la ponente decía que nos resulta difícil vernos a nosotros mismos como oprimidos y que terminamos por ver el mundo desde la propia óptica de aquellos que nos oprimen, desde el discurso hegemónico. Mi problema con el concepto de mayoría social es que no creo que exista. Somos un conjunto de minorías, y en la posibilidad de tejer bloques entre ellas reside la capacidad de ejercer el poder. Como bien nos han demostrado las candidaturas de unidad municipales (Madrid, Barcelona, A Coruña, Santiago, Zaragoza...). Somos minorías en términos de poder y minorías también en el plano social. No existe la mayoría, a todos nos gusta creer que formamos parte de algo mayor, de ese terrible concepto de "la gente normal", pero lo cierto es que no es así. De hecho, solemos formar parte de diversas minorías a la vez. Y en cuántas más estemos incluidos más oprimidos estamos. Una mujer, negra, migrante y lesbiana, es una persona sin voz en el mundo en el que vivimos, completamente subalternizada. 

Por ello hablar de una mayoría que no es un bloque de intereses minoritarios, sino un concepto abstracto al servicio de los intereses de su líder carismático no es más que fascismo. No estamos unidos per se, tenemos que unirnos en función de lo que queremos. Un neonazi de un barrio obrero que no llega a fin de mes y yo estamos igualmente oprimidos por un sistema controlado por élites financieras. Bien. Pero no podemos formar parte de la misma mayoría. Básicamente porque es posible que él deseara que yo estuviera muerto. El Septón, como muchos líderes carismáticos y dictatoriales, tiene unas ideas prehistóricas y llama al poder atacando a las minorías a las que pretende sustituir en el ejercicio del mismo, y, sobre todo, atacando a minorías clásicas oprimidas (mujeres, gays...). El discurso del Septón no es el de un revolucionario, es el de un fascista dogmático. Es el regreso a la Inquisición. Cersei Lannister ha alimentado a este monstruo como ella se alimenta del vino. Y el monstruo ha venido a devorarla, porque oh, sorpresa, no sólo forma parte de la minoría rica y poderosa, sino que también es una mujer, con una vida amoroso/sexual repudiada por la moral impuesta, y sin aliados a la vista. Los tres capítulos que le quedan a esta temporada prometen ser dinamita. Quizás el relato no haya avanzado demasiado en los capítulos anteriores, pero ahora, definitivamente estamos en la recta final del curso, y va a ser apasionante.

jueves, 21 de mayo de 2015

La última balada de Mad Men

MAD MEN - Última temporada


Spoilers hasta el último plano de Mad Men

Mad Men es una de las series que más me han marcado en mi vida. En el próximo número de Zapping Magazine escribiré un análisis más serio (en la medida de lo posible) sobre ella, pero en mi blog quiero vomitar mis sentimientos, más que enarbolar ideas mínimamente interesantes. La serie de Matthew Weiner da para sesudos análisis. Una coña habitual que tenemos muchos fans es que Weiner parece escribir la serie pensando en las tesis doctorales y papers que se escribirán sobre ella. Buscando siempre el “guau” del estudioso, enredándonos en múltiples significados que algunas veces, y esto lo creo de verdad, no existen. En cierta forma Weiner muchas veces no es, sino que aparente ser, y eso le vale para embelesarnos. ¿Os suena? Sí, como Don Draper (Jon Hamm convertido en icono, vaya entrega total la suya), que nunca ha sido Don Draper, sino Dick Whitman, y que se pasó gran parte del relato seduciéndonos con su juego de apariencias. El whisky, el tabaco, las mujeres y los anuncios como tapaderas, como sábanas que cubren sofás mohosos y polvorientos. Don Draper primero se construyó, y después, ha terminado por deconstruírse, en un bucle sin fin. No hay salvación para Don, porque Don no es Don. Nunca podrá ser una persona que no es. Su papel, su invención, ese inventarse a sí mismo, jamás funcionará, porque está condenado al fracaso desde su concepción. Ni todo el dinero del mundo puede hacer olvidar el pasado.

Siempre hemos entendido los títulos de crédito (quizás los más relevantes narrativamente de la historia de la televisión, o de la tele que yo he visto, por lo menos) como un resumen de la caída de Don Draper, es decir, como un resumen/premonición de la serie. Pero en realidad Don nunca se estrella contra el suelo. Por eso en el final de Mad Men no podía haber un evento dramático conclusivo. Walter White tenía que morir. Tony Soprano también (aunque a ninguno de los dos los vemos morirse en pantalla, con lo cual su muerte es potencia en estado puro). Don Draper no. La condena de Don es mucho peor que la de Walter y Tony, él está condenado a caer eternamente. A construirse y demolerse, una y otra vez. A intentar ser otra persona que no es. Quizás Mad Men sea la reflexión más letal e hiriente sobre la identidad. Quizás estamos poco acostumbrados a afrontar el problema identitario, cuando en realidad la identidad (¿quién soy?) es uno de los mayores dilemas del ser humano contemporáneo.

Volver a empezar


Y así llegamos al debate sobre el final. Esa sonrisa de Don haciendo yoga rematada por el anuncio de Coca-cola. La mayoría de la gente lo ha interpretado como que se le ocurre la idea y vuelve al mundo de la publicidad. Sin embargo, algunas personas lo han interpretado desde una visión esperanzada y optimista (Don recupera el rumbo, será un enorme publicista) y otros desde una óptica pesimista (Don volverá a ese mundo de apariencias que es la publicidad). De ello podemos inferir, que efectivamente Mad Men es una serie tan rica en matices y abierta a la libre interpretación que nos sumerge en mil y un debates irresolubles. Ese desafío que supone para el espectador es uno de sus grandes logros. En cuanto a mi posición, yo soy pesimista, en mi vida en general y en este caso en particular. Don no volverá a ser Don, básicamente porque no es Don, no puedo serlo, no lo será jamás. Es Dick jugando a no ser él mismo. Weiner nos lo deja claro a lo largo de toda la temporada, sobre todo en el antepenúltimo episodio, el descomunal Lost Horizon (7x12), en el que Don intenta encontrar a su enigmática camarera, otra superviviente malherida de por vida; y en el trágico The Milk and Honey Route (7x13), en el que Don se encuentra con otro trilero de la vida como él, con otro Dick, con otro farsante, y exorciza los fantasmas de la guerra con aquellos veteranos. Por eso que vuelva al mundo del que ha huido implica volver a iniciar el ciclo de auge-caída, construcción-destrucción. Por muy alto que llegue, siempre estará condenado a precipitarse hacia el infinito. Pero a la vez, siempre habrá una esperanza, porque al momento más bajo, le sucederá el comienzo de un nuevo ascenso. La esperanza de seguir en pie cada día, para bien o para mal.

Saliendo del debate sobre la identidad de Don, ese anuncio de Coca-cola es una pulla deliciosa a las macro-corporaciones. Uno de los grandes símbolos del capitalismo y el poderío económico americano, apropiándose de las ideas hippies en su beneficio. Y Weiner se convirtió en Gramsci. El poder apropiándose de discursos contra-hegemónicos para perpetuar su hegemonía. Deliciosamente pérfido. Esto nos lleva directamente al debate histórico sobre la relevancia de Mad Men. En los últimos años, bajo mi percepción, en el pseudo-canon televisivo se está imponiendo la percepción de que The Wire y The Sopranos son las dos series más relevantes de la 3ª Edad de Oro de la televisión. A ellas se les suelen añadir Breaking Bad, The Shield o sí, Mad Men. Por ello resulta interesante comparar a las sacrosantas obras de Simon y Chase (y Weiner, ojo, que él se convirtió en autor allí, Don-Peggy, claro) con la creación de Weiner.

En una entrevista digital en El País, Enric González, antes de ser decapitado como muchos otros, dijo “en ciertos aspectos los guionistas (de Mad Men) tienen más mérito que Los Soprano o The Wire, porque se trata de una historia simple, sin venganzas mafiosas ni persecuciones policiales.” Así, mientras que The Sopranos y The Wire son series de acción, Mad Men es una serie de emoción. Y por otro lado, mientras The Wire es una serie que se maneja en el sistema social, The Sopranos y Mad Men lo hacen en el personal. Sin que ello implique que no se metan ambas a analizar sus respectivas épocas desde múltiples perspectivas. Porque lo hacen, sobre todo Mad Men, como bien hemos visto con la violencia, el racismo, la política o el machismo (esa secuencia del penúltimo episodio de Betty, su marido y el médico es, simplemente, de lo mejor que se ha escrito y dirigido este año). Esto me llevaría a decir que si trazo una línea entre las tres, The Wire y Mad Men ocuparían los extremos y The Sopranos estaría en el centro. Obviamente esta es una categorización de andar por casa. Sin ningún valor, sólo una reflexión rápida.

Aquí mando yo

Hasta ahora sólo he hablado de Don. ¿Y los demás? Los demás han tenido un cierre. Y sí, vuelvo al debate identitario. Los demás han encaminado sus vidas porque saben quién son y hacia dónde se dirigen. Hacia el futuro. Don en cambio se dirige a un futuro que es, de nuevo, el pasado. Peggy (Elisabeth Moss ha crecido ante nuestros ojos hasta transformarse en una de las mejores intérpretes de su generación) ha encontrado la estabilidad emocional y laboral que necesitaba, la realización en los dos planos que siempre parecía inalcanzable. Tanto ella como Joan (Christina Hendricks, ácida y delicada, una bomba) han completado su proceso de empoderamiento en un mundo recalcitrantemente machista. Ambas son fascinantes y sólidas como rocas. Pocos personajes femeninos han tenido una evolución tan rica desde el arranque de su relato hasta el final del mismo como Peggy y Joan. El viaje personal de Pete (Vincent Kartheiser, un actor viscoso, fantástico) también ha sido extraordinario, un viaje de redención. Pete siempre fue ese hombre que se dejaba manejar por sus diablos interiores. A veces mezquino, otras autodestructivo. Pero por fin ha descubierto qué es lo que quiere en la vida. Ha tropezado (sobre todo moralmente) tantas veces que al final ha aprendido. Los seres humanos, a veces, sólo aprendemos a base de palos. Y el proceso de Roger (John Slattery, siempre tan encantadoramente irónico) ha sido similar, pero sin tanta hondura moral y con más LSD y jovenzuelas. En cuanto a Betty (January Jones, gélida e inaccesible) y Sally (Kiernan Shipka tiene un gran futuro por delante), esa madre y esa hija siempre al borde del acuchillamiento mutuo, han encontrado la paz antes de la muerte de la primera. Es triste ver como a veces, sólo ante situaciones trágicas somos capaces de unirnos. Weiner maltrató durante varias temporadas al personaje de Betty, pero por fin nos la ha devuelto. Betty sigue siendo fría, estirada y conservadora hasta el final. Deslizándose hacia lo inevitable aferrada a sí misma. “He sido toda mi vida una luchadora, por eso sé cuando retirarme”. Su dignidad ante lo inevitable tiene una fuerza demoledora, así como la madurez que ha alcanzado Sally. Retomemos lo que dije de Peggy y Joan, qué progresión dramática la de las mujeres de Mad Men, qué maravilla. Otra vez: ¡qué jodida maravilla! El plano de Betty sentada fumando y Sally fregando los platos es precioso, triste, sencillo, sincero, enternecedor. Todo en uno.

Un plano para la historia

Para terminar, quiero pararme en la oda al teléfono que se ha marcado Weiner en ese Person to person (7x14) final. Todos los grandes momentos dramáticos del capítulo, salvo la despedida Peggy-Pete, han sido con el teléfono de por medio. Todos. Es como si Weiner convirtiera el discurso de aceptación del Oscar de JK Simmons en arte. Jódete whatsapp, viva el teléfono. Viva la posibilidad de hablar con una persona, de escuchar su voz, su risa, su tristeza. La última conversación telefónica entre Don y Peggy es ya una de mis secuencias televisivas favoritas. Algunos sostienen, quizás con razón, que el elemento telefónico le restó garra al momento cumbre del capítulo, la despedida de los dos protagonistas. Pero es más coherente en el relato que hilvanó Matthew Weiner. Don está perdido, no es más que un quejido al otro lado de un aparato, a miles de kilómetros de distancia. Don se está deshaciendo como un azucarillo que cae sobre el café. La caída, siempre la caída. Y Peggy no puede hacer nada por evitarlo. Nadie puede arreglar a Don, porque es un puzle irresoluble, ya que de partida le faltan piezas.

Voy a parar de escribir ya. Es difícil dejar de hablar de algo que me apasiona. Mad Men es, quizás, la serie que más me ha vapuleado emocionalmente en mi vida. Es muy importante para mí. Siempre lo será. Pasarán los años y la seguiré idolatrando. Se la pondré a mis hijos. Y a mis nietos. Pervivirá, porque las obras maestras son imborrables.

viernes, 15 de mayo de 2015

Los 6 estrenos de networks que veré la próxima temporada

6. The Muppets (ABC)

Una serie en formato de falso documental sobre los Teleñecos puede ser muy divertida. ¿Qué hay detrás del show? ¿Cómo son los Teleñecos en “la vida real”? Desde luego aquí hay materia prima para conseguir una sitcom graciosa y tierna. Veremos, pero ABC es la única cadena que me ha ganado en estos upfronts, como veréis a continuación. Será la telonera, en la noche de los martes, de Fresh off the boat, uno de los mejores estrenos de comedia de esta temporada que está a punto de finalizar.


5. The Real O’Neals (ABC)

Martha Plimpton ejerciendo de matriarca de una familia que se cae a pedazos en una sitcom. Oh yeah, I’m in! The Real O’Neals cuenta la vida de una familia católica irlandesa que un día airea todos sus secretos delante de su congregación (un hijo gay, un divorcio en ciernes, etc.). A partir de ahí tendrán que abrirse los unos a los otros y dejar de fingir que son unas personas que jamás han sido ni serán. Pinta bien, y si algo sabe hacer ABC, además de ser la casa de putas de Shonda, son comedias familiares. La cadena se la guarda, como sus otras 2 mejores apuestas, para Midseason.


4. The Catch (ABC)

Es muy duro que te hagan “un Anne Hathaway”. Es decir, que tu prometido sea un impostor caza fortunas, y te deje tirada y sin dinero. Esta es la premisa de The Catch, la nueva serie de Shondaland, la productora de la todopoderosa Shonda Rhimes, que tiene como protagonista, ni más ni menos, que a Mireille Enos. La serie nos contará la vida del caza fortunas y la persecución que lleva a cabo el personaje de Enos para dar con él y resolver la tortuosa situación a la que se ve abocada. La trama puede sonar ridícula, de hecho la serie puede terminar siéndolo, pero ha despertado mi curiosidad, y en este hogar a Shonda se la respeta, y sobre todo, se la teme. ABC la reserva para Midseason.


3. Life in pieces (CBS)

Me estoy quedando sin comedias de network. Se están muriendo todas las que me gustan. También me estoy quedando sin series familiares. Y Life in pieces, una serie que jamás pensaría que es de CBS, está llamada a cubrir ambos vacíos. Con un reparto muy interesante, liderado por Dianne Wiest como la matriarca del clan, la serie contará en cada capítulo varias situaciones cotidianas protagonizadas por los miembros de una familia. El tráiler hace un repaso a las historias que nos ofrecerán en el primer capítulo. Me resultó gracioso y, lo que es más importane, dulce. Tendrá la enorme suerte de emitirse detrás de The Big Bang Theory.


2. The Family (ABC)

Un documental británico de 2012 titulado The Imposter, buceaba en la historia de un chico que era hallado en España y decía ser un niño que había desaparecido en Texas 3 años antes. En aquella película se indagaba en si el chaval era quién decía ser o aquella desolada familia había metido en su hogar a un farsante. Desde esta premisa parte The Family, una serie creada por una aprendiz de Mrs. Rhimes, que añade al cóctel una trama política y muchas miserias familiares. La protagonista es Joan Allen y parece que va a estar desatada. Es muy posible que termine siendo un despropósito, pero su tráiler tiene un aire insano al que no me puedo resistir. Por desgracia, tendremos que esperar a la Midseason para comprobar si hay aquí una serie turbia e interesante o no.

1. Scream Queens (FOX)

Scream Queens promete ser la cumbre del ryanmurphysmo: extravagante, mamarracha, delirante, divertida, cínica y trash. Todos los registros que ha trabajado la Casa Murphy condensados en una serie de terror adolescente con tono de comedia. Un campus, mucha chavalada y un asesino en serie. Ryan Murphy y compañía vienen a deconstruir el género, veremos cómo les sale la jugada. Emitirse en FOX es un hándicap de cara a secuencias gore o de sexo, que sin duda alguna el formato pide a gritos (nunca mejor dicho). En el reparto, Jamie Lee Curtis lidiando con Lea Michele, Emma Roberts o Nick Jonas. Seguramente sea una decepción como lo fue Freak Show, pero oiga, qué ganas de ver este (puto) circo. Se emitirá los martes a las 21.00, detrás de las nuevas comedias protagonizadas por John Stamos y Rob Lowe (mucho miedo).


BONUS TRACK: Las series más delirantes

- Quantico (ABC): un 11-S bis, flashbacks a la academia del FBI en plan Grey's Anatomy, una macro-conspiración, una protagonista perseguida como culpable, y 500 elementos más que hacen de esta serie la candidata a ser el mayor WTF? televisivo de la próxima temporada. Por si esto no fuera poco produce el hombre detrás de Gossip Girl. Muchas risas.

- Oil (ABC): Dallas versión norte de Estados Unidos. Una ciudad nacida de la nada dónde reina el caos, un macro-millonario, un protagonista ambicioso, muerte, sexo y destrucción. Muchas risas 2.

- Of Kings and Prophets (ABC): Sí, ABC tiene las series más interesantes pero también las más surrealistas. Los guionistas de ese fracaso que fue Exodus (Scott, 2014) adaptan la historia bíblica de David añadiéndole cochineo, violencia de andar por casa y gente guapa. Si Dios existiera mandaría las plagas de Egipto a ese rodaje. Muchas risas 3.

- Crazy Ex – Girlfriend (CW): Una comedia musical sobre una mujer que deja toda su vida en Nueva York, por perseguir cual lunática a un tío que la dejó hace 10 años, y que se ha mudado a California. ¿Nadie en CW se ha dado cuenta de lo vomitivamente machista que es la premisa? Terrible. Cero risas.

BONUS TRACK 2: Todo lo demás es más de lo mismo
Hay tantas que no sé por dónde empezar. Si por los superhéroes de CBS (Supergirl) o CW (DC's Legends of Tomorrow), por las adaptaciones fantásticas de FOX (Minority Report, Lucifer…), los plagios de Grey’s Anatomy (Code Black, Heartbraker), las comedias que huelen a naftalina (Grandfathered, People are talking, Uncle Buck...), o las mil series detectivescas/policiales/criminales con protagonista “especial” (Rosewood, Limitless, Blindspot, The Player…). Pero sí sé por dónde acabar: no, gracias. Dicho lo cual, obviamente me estoy basando en tráilers, sinopsis y nombres de actores y creadores, quizás cuando se vean acabe enganchado a series que ahora mismo me tienen una pinta horrible y deseche otras que creo que me pueden interesar. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Los engranajes de la mente y del poder

THE GOOD WIFE - Sexta temporada


¡Spoilers sueltos!

Ha terminado la sexta temporada de The Good Wife, uno de los dramas más fascinantes y complejos del último lustro televisivo. Con la ansiada renovación garantizada por CBS para un séptimo año que empieza a oler a que será el último, es hora de hincarle el diente a la sexta entrega de la historia de Alicia Florick (Julianna Margulies, la mejor actriz de la televisión), escrita por el matrimonio King, los guionistas más incisivos e inteligentes de la televisión actual. En mi humilde opinión, claro.

The Good Wife siempre giró en torno al poder. Desde sus inicios tuvimos equilibrios de poder dentro de los bufetes y refriegas políticas. Sin embargo, esta temporada ha sido la que más se ha aproximado al mismo, radiografiándolo y vomitándonos una imagen del poder que da mucho miedo. El poder en su dimensión más abrasiva. El viaje de empoderamiento personal de Alicia desde ser la buena esposa, madre amantísima, dueña de su hogar, a presentarse para Fiscal del Estado, ha sido apasionante, y algo más importante que eso, consecuente y lógico. Alicia Florick no dejó de ser la buena esposa de un día para otro, si no que se zambulló en las aguas del poder poco a poco. Dejándose mecer por las mismas. Sin embargo, llegados al punto clave, su asalto a un cargo público, se desmoronó por un crimen, amañar las elecciones, que no había cometido. Alicia Florick, como tantos otros ciudadanos con buenas intenciones chocó contra un muro que separa, en nuestras democracias representativas, a la ciudadanía de sus instituciones. Un muro llamado El Partido. Los intereses de Alicia y de los ciudadanos que la votaron, cayeron ante los intereses del Partido Demócrata por encubrir el amaño masivo de las elecciones legislativas, usando a Florick como carnaza para las hienas, a modo de distracción y encubrimiento.

Por ello, y por el terrible arranque de temporada, en el que nos zambulleron en el via crucis judicial de Cary Agos (Matt Czuchry nunca estuvo mejor), esta temporada de The Good Wife ha sido, posiblemente, la más oscura de todas. Si la anterior fue la más triste y desoladora en el plano sentimental, ésta lo ha sido en el plano profesional, en una Alicia Florick sufrió el dolor de sentirse sola, del amor perdido, y en la otra ha sufrido como personaje público, como ciudadana que pretendía cambiar las cosas, y como mujer ambiciosa que pretendía alcanzar mayores cotas de poder. Tanto el sufrimiento ligado a la pérdida de un ser querido, como la violencia con la que están plagadas las relaciones de dominación, son cuestiones que se escapan a nuestro control. Nos mantenemos en un equilibrio cada vez más imposible en las manos del azar y del sistema. Poca esperanza nos ofrece The Good Wife. Muy poca. Y aún así la season finale, Wanna Partner? (6x22), nos recuerda una idea-fuerza muy de los King: aún cuando parece que no hay salida, siempre se abre una puerta. ¿Louis Canning (Michael J. Fox) es el futuro de Alicia Florick para mantenerse en pie un día más, para luchar un día más? Quizás sí, quizás no, pero lo importante es que aunque ya no esté Will y aunque le hayan robado su cargo de Fiscal del Estado, siempre hay una salida. Una nueva oportunidad.

Un último chupito con Kalinda

Más allá de este doloroso cuadro que están pintando los King sobre cómo funciona el poder, cómo son sus mecanismos, sus engranajes, sus puntos ciegos, cómo se articula, cómo nos manipula en nuestra vida diaria. Más allá de todo ello, que desde luego no es poco, están contándonos el recorrido vital de una persona, Alicia Florick, y cómo ella reacciona ante los acontecimientos que van sacudiendo su vida. Además de una amplia reflexión sobre el poder, The Good Wife se ha convertido en un estudio sobre la mente humana. ¿Por qué hacemos lo qué hacemos? Nadie escribe, hoy por hoy, en televisión, con la sutileza y capacidad de aproximación a nuestra psique que exhiben Michelle y Robert King. Nadie. Tampoco nadie bucea en el pasado como ellos. Ni muchos menos interrelaciona tan bien nuestros pensamientos con nuestros recuerdos. Mind’s Eye (6x14) fue un capítulo muy polémico, sin embargo, a mí me pareció un ejercicio narrativo apasionante. Ese viaje a la tumultuosa cabeza de Alicia Florick fue toda una exhibición de escritura. Pero más allá de ese episodio, The Good Wife ha estado jugando toda la temporada con los pensamientos de Alicia, como por ejemplo en el penúltimo capútuo, Don’t Fail (6x21), en el que Alicia se confrontaba mentalmente con su yo del pasado, con la Buena Esposa.

Es precisamente ese retrato psicológico tan hondo que realiza esta ficción sobre sus personajes el que permite que los dilemas morales-éticos-ideológicos-personales a los que estos se enfrentan sean tan ricos. The Good Wife ha descuidado los casos este año, es algo tan evidente que no creo que nadie vaya a negarlo. Sin embargo, los dilemas han seguido ahí. Sobre todo en la recta final con la introducción del republicano hiper-millonario interpretado por Oliver Platt y que mantuvo apasionantes enfrentamientos con Diane Lockhart (Christine Baranski, esa diosa). A veces, cuando nos enfrentamos a un tema peliagudo, nos traicionamos a nosotros mismos, o más bien, una esfera de nuestra mente piensa una cosa, y otra, la contraria. Y de ese dilema interno surge nuestra postura para lidiar con los dilemas externos. A pesar de lo dura que ha sido la temporada, The Good Wife sigue siendo una serie que cree en el ser humano. Dije antes que poca esperanza nos ofrecía la serie este año, pues quizás me equivoqué, quizás que Alicia Florick siga en pie y dispuesta a dar guerra es la mayor de las esperanzas. Otra temporada soberbia más. Gracias por todo Kings. 

Sobre esta temporada de The Good Wife:


martes, 12 de mayo de 2015

Las últimas 10 ganadoras de la Palma de Oro (2005-2014)

10. Lung Boonmee raluek chat (Apichatpong Weerasethakul, 2010)
El Tío Boonmee es la ganadora de la Palma de Oro con peor nota en Filmaffinity, de toda la historia. No lo digo como indicativo de su calidad. Sino para que nos hagamos una idea de lo críptica e inaccesible que es. El film describe el mágico recorrido de su protagonista hacia la muerte. Los fantasmas del pasado y la excéntrica jungla se apoderan de la pantalla, y la película se hace muy lenta, pero, a veces, también muy hipnótica. Cannes no suele premiar con la Palma de Oro a un cine tan extremo y experimental como el de Weerasethakul, pero en una de las ediciones más mediocres de la última década, se terminó imponiendo. Más allá de que me guste más o menos, no está mal reconocer de vez en cuando la osadía de aquellos directores que llevan al cine a nuevos terrenos, aunque estos sean farragosos, como en este caso. Aún así, un lustro después, parece claro que la opción lógica hubiera sido Poetry de Lee Chang-dong. Y yo se la hubiera dado a Copie Conforme de Abbas Kiarostami. El año de los cineastas asiáticos. ¿Volverá a serlo 2015? Es muy probable.

9. L’Enfant (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2005)
Hasta el año pasado, con Deux jours, une nuit, jamás había conectado con el cine de los Dardenne. Lo reconozco. Y L’Enfant no es una excepción. En mi defensa, o en la de ellos, no lo sé, diré que la vi siendo un adolescente y que yo no estaba preparado para una propuesta tan seca como ésta. Un paseo cámara al hombro por la miseria de nuestras ciudades y por el terrible azar que siembra de caos nuestra vida cotidiana. Quizás en aquella edición Cannes dejó escapar la ocasión perfecta para darle la Palma de Oro a David Cronenberg, por A history of Violence.

8. The Wind that Shakes the Barley (Ken Loach, 2006)
Un año después, en cambio, sí que triunfó en Cannes otro asiduo del festival, el veterano Ken Loach, con un viaje a la Irlanda de principios del S.XX para bucear por las entrañas del conflicto norirlandés. No es la mejor película de Ken Loach, ni siquiera es su mejor película sobre ese conflicto (Hidden Agenda es un film muy superior), pero no seré yo el que critique esta Palma de Oro. Eso sí, las españolas El laberinto del fauno y Volver son películas muy superiores. Otro año en que Almodóvar rozó el premio gordo y se tuvo que conformar con pedreas (guion y actriz para todo su reparto).

7. Entre les murs (Laurent Cantet, 2008)
Cannes siempre es acusado de chovinista por dar demasiada relevancia al cine francés. Si bien esto es cierto en cuanto a la selección, no lo es tanto en cuanto al palmarés. Entre les murs puso fin a un largo periodo de 21 años en el que la Palma de Oro no se quedaba en casa, cogiendo el testigo de Sous le Soleil de Satan de Maurice Pielat, que la había ganado un año antes de que yo naciera, en 1987. Más allá de este hecho, Entre les murs es una de esas películas a las que muchos le colgamos el adjetivo de “necesaria”. Una mirada valiente y enérgica al sistema educativo y sobre todo al abandono en el que están sumidos los suburbios franceses. Una victoria incontestable, aunque si yo hubiera presidido el jurado hubiera ganado el documental animado Waltz with Bashir, del israelí Ari Folman.

6. Kis uykusu (Nuri Bilge Ceylan, 2014)
Ceylan había rozado la Palma en varias ocasiones y el año pasado, tras verse Winter Sleep, se convirtió en el ganador inevitable. Su retrato de una familia atrapada en su hotel durante un largo invierno en el que se destrozan emocionalmente los unos a los otros es un film soberbio. Una de esas películas que se engrandecen con el tiempo, cuando olvidas el dolor de espalda de estar sentado durante más de 3 horas y sólo recuerdas los diálogos que se clavan como puñales y las miradas llenas de frustración y tristeza. Dicho lo cual, yo le hubiera dado la Palma de Oro a Xavier Dolan por Mommy, porque es la película que más me gustó del Cannes del año pasado y por lo que significa, por el valor simbólico de reconocer el talento de mi generación, esta generación a la deriva.

5. 4 luni, 3 saptamini si 2 zile (Cristian Mungiu, 2007)
Con este film el Nuevo Cine Rumano alcanzó su techo, tanto en términos de calidad como en términos de reconocimiento internacional, gracias a esta justísima Palma de Oro. La película de Mungiu retrata la odisea de abortar en los estertores de la Rumanía de Ceaușescu. Angustiosa y aterradora a partes iguales. Quizás yo hubiera votado a Zodiac, porque David Fincher es David Fincher, pero no estoy del todo seguro de ello. Fue un gran año aquel.

4. Amour (Michael Haneke, 2012)
Pocas presentaciones necesita Amour, una de las Palmas de Oro que más aceptación y menos controversia ha generado en la última década. La segunda victoria de Michael Haneke en menos de un lustro, contaba como un hombre se enfrentaba solo a la enfermedad de su mujer, y como en el proceso, los dos se iban partiendo en mil pedazos. Triste, dura, implacable y aún así tierna. Quién más y quién menos ha visto cómo un ser querido se ha ido consumiendo hasta no ser más que la sombra de lo que un día fue. No podía ganar otra película.

3. Das weisse Band (Michael Haneke, 2009)
Antes de vencer con Amour, Michael Haneke había logrado por fin la Palma de Oro gracias a su terrible La cinta blanca, ambientada en un pueblo alemán antes del estallido de la Gran Guerra. Dicha película diseccionaba las raíces del nazismo y nos las echaba a la cara a través de las escalofriantes historias de ese pueblo, protagonizadas por personas enfermas, carcomidas por el odio y la frustración. Rodada en un durísimo blanco y negro que helaba la sangre, estamos ante una película descomunal. Se impuso a películas tan interesantes como Un prophète de Audiard o Inglorious Basterdes de Tarantino.

2. The Tree of Life (Terrence Malick, 2011)
Y Terrence Malick se apoderó de Cannes. The Tree of Life es la Palma de Oro que más pasiones ha levantado en la última década. Ya sea para bien o para mal. En mi caso, para muy bien. Es una película que me impactó y maravilló muchísimo. Me parece que Malick firma un retrato de la infancia y de la paternidad a la vez precioso y desolador. Fue aquel un gran año para el cine de habla inglesa en Cannes, con films como Drive de Winding Refn, Melancholia de von Trier o We need to talk about Kevin de Ramsay. Este año podríamos estar ante un festival similar.

1. La vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)
Si Entre les murs cerró dos décadas de sequía para Francia en Cannes, abrió también una época de éxitos, porque desde su victoria otros dos films galos han logrado la Palma de Oro, el primero Amour, el segundo, al año siguiente, La vie d’Adèle. Casi todas las victorias de las que hemos hablado hasta ahora se podían haber aventurado antes del inicio del festival. Por el prestigio de sus directores, por la temática de los films o por la deuda que el festival pudiera tener con dichos cineastas. Sin embargo, La vie d’Adèle no era una película a tener en cuenta antes de que se viera en la Croisette y enamorara a la totalidad de los críticos. Paradójicamente, la victoria de Kechiche terminó siendo una de las más evidentes de la década. La adaptación de una novela gráfica sobre el descubrimiento del amor y el sexo de una adolescente con otra mujer, rodada por un director muy poco conocido fuera de Francia, se convirtió en una película preciosa sobre los sentimientos, la frustración, la soledad y la pasión. Una obra magna. Por eso ganó en Cannes frente a films de cineastas más consagrados como Sorrentino, Fahardi, los Coen, Payne, Kore-eda, Polanski o Zhang Ke. Simplemente porque fue la mejor.