domingo, 2 de febrero de 2020

Los No Oscar 2019: Dirección, Fotografía y Montaje

Montaje


5. Evan Schiff por John Wick: Capítulo 3 - Parabellum
La tercera película de John Wick es mejor, más grande y más alocada. Pero sobre todo está mejor hecha. La fotografía y el montaje son una gozada. Desde luego tiene en su haber las mejores y más bellas secuencias de pelea del año. Pero además Schiff sabe manejar muy bien el ritmo de un film que alterna secuencias velocísimas con pausas muy medidas, que atrapa sin agotar.

4. Jennifer Lame por Historia de un matrimonio
Como bien nos enseñó el famoso video en el que se compara el (apabullante) guion de Baumabach con el resultado final de la película, nada en Historia de un matrimonio se dejó al azar, quizás sea la obra más calculada del año. Teniendo en cuenta esto, la tarea de Lame era cuadrar todos los elementos para que, efectivamente, la película fuera segundo a segundo como Baumbach la tenía en su cabeza. El resultado es brillante.

3. Fred Raskin por Érase una vez en... Hollywood
Érase una vez en... Hollywood es la primera película de Tarantino tras el fallecimiento de la montadora de todas sus películas, Sally Menke. Por ello el reto que tenía Raskin ante sí ya era, de partida, enorme. Pero el mismo se complica aún más porque su principal misión es poner orden en el guion más deslavazado de Tarantino, que combina de forma anárquica las historias de los protagonistas, Rick y Cliff, con la de su personaje histórico de referencia, Sharon Tate. Y aunque las secuencias funcionen mejor en el plano interno (cada una es sensacional por sí misma), que relacionadas entre sí, es justo reconocer el trabajo de Raskin. De hecho su ausencia en los Oscar fue una de las pocas sorpresas de las nominaciones.



2. Ronald Bronstein y Benny Safdie por Diamantes en bruto

El triángulo creativo Safdie's-Bronstein escribe, dirige y monta una de las películas más oligofrénicas del año, un viaje desquiciado por una ciudad, Nueva York, no menos desquiciada, en el que un adicto al juego tiene que saldar las múltiples deudas que ha contraído, mientras es incapaz de superar su adicción y sus acreedores lo persiguen. 


1. Louise Ford por El faro

La perturbadora y magnética El faro se asienta sobre tres pilares: sus actores, las poderosísimas imágenes que crean Robert Eggers y Jarin Blaschke y el montaje de las mismas, a cargo de Louise Ford. Precisamente en cómo esas imágenes están montadas radica el mayor logro del film de Eggers, ese ritmo de delirio, asfixiante, sudoroso, opresivo que eleva la película en su segunda hora a un terreno casi lynchiano



Fotografía



5. Dan Laustsen por John Wick: Capítulo 3 - Parabellum
El director de fotografía de las últimas películas de Guillermo del Toro, lleva la fotografía de la saga Wick a un territorio más complejo, en el que se combinan luces y escenarios muy diversos sin perder nunca la homogeneidad ni la personalidad de una propuesta muy vistosa y sensorial. Si ver a Keanu Reeves repartir estopa resulta tan hipnótico como en la saga Matrix en parte es gracias al brillante trabajo de Laustsen.

4. Pawel Pogorzelski por Midsommar
Frente a algunas de las propuestas de esta lista que se hacen grandes en la nocturnidad y en juego con la oscuridad, el trabajo de Pogorzelski se sustenta sobre el manejo de un día casi perpetuo, en las proximidades del Polo Norte. El bukkake de luz al que nos someten Ari Aster y su director de fotografía impresiona. Midsommar es gélida, hermosa e inquietante.

3. Claire Mathon por Atlantique
De todos los campos cinematográficos, la dirección de fotografía es uno de los que han estado (y continúan estando) más vedados a las mujeres. Por eso mismo la explosión este año de Claire Mathon es algo que debemos remarcar. En Atlantique se pone a las órdenes de Mati Diop para crear una pequeña fantasía pesadillesca, en la que la durísima realidad (cientos de miles de personas arriesgan a diario su vida por llegar a Europa) se mezcla con una premisa sci-fi escurridiza para hablar, finalmente, de la dominación, de la resistencia y del amor. Mathon logra crear imágenes imposibles con un uso de la luz prodigioso, casi alienígena. 

2. Hoyte van Hoytema por Ad Astra
El director de fotografía que surgió del frío (Déjame entrar, 2008; El topo, 2011) y mejoró la plasticidad de las películas de Christopher Nolan (Interstellar, 2014; Dunkerque, 2017) firma su trabajo más poético e impactante a las órdenes de James Gray en Ad Astra. En este viaje al corazón de las tinieblas espacial, la fotografía juega un papel capital: las imágenes, aderezadas por la voz en off, te van sumergiendo en el viaje emocional, mental y, casi, ideológico de Brad Pitt en busca de su padre y del sentido de la vida. van Hoytema se confirma como uno de los grandes cinematógrafos de la actualidad.

1. Claire Mathon por Retrato de una mujer en llamas
¿Cómo puede ser que este trabajo no esté nominado al Oscar? Demuestra un conocimiento profundo de la historia del arte y se erige en sí misma en una obra de arte. Es pintura en movimiento. Lleva a cabo un uso de los elementos (el mar, el fuego) sobrecogedor para retratar, nunca mejor dicho, las emociones y pasiones de dos mujeres atrapadas en su tiempo. Mathon logra captar toda la belleza de este mundo. La natural y la humana. Es fascinante.



Dirección


5. Greta Gerwig por Mujercitas
Con su primera película como directora, Lady Bird, Gerwig confirmó su talento para construir personajes femeninos y para entender el mundo millenial. Con su segunda obra, la enésima adaptación audiovisual de Mujercitas, dos novelas clásicas estadounidenses, ha demostrado que ha llegado para quedarse. Su Mujercitas es, posiblemente, la mejor adaptación que se ha hecho de la(s) obra(s) hasta el momento y también una película más ambiciosa y, en mi opinión, mejor que la anterior. Al alternar las dos novelas, combinando los tiempos mediante el uso de flashbacks, Gerwig ha logrado construir una película con un ritmo endiablado, que siempre raya alto, en lo emocional y en lo cinematográfico. 

4. James Gray por Ad Astra
La película más ambiciosa de James Gray es la continuación lógica de su anterior obra, La ciudad perdida de Z. En su epopeya espacial están presentes, también, la fascinación por el descubrimiento, la necesidad de saber quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, las relaciones paterno-filiales y la imposibilidad de volver a atrás. Y al igual que en aquella, pone todo su talento visual al servicio de su historia. Sin duda Gray es uno de los grandes autores del cine actual.

3. Céline Sciamma por Retrato de una mujer en llamas
La segunda película de Céline Sciamma tiene muchas secuencias prodigiosas, pero hay una, quizás no tan excelsa en el terreno visual, que me fascina especialmente. Marianne está pintando a Héloïse. Mirándola. Escrutándola. Y nosotros con ella. Pero Héloïse se revuelve, no le parece justa la relación de poder que esto implica. Y la cámara de Sciamma, de forma muy sutil, se gira y nos muestra de verdad por primera vez a Marianne y logra que a partir de ahí ninguna de las dos nos parezcan iguales. Sciamma tiene talento de sobra para ser una de las grandes autoras francesas de nuestro tiempo.

2. Noah Baumbach por Historia de un matrimonio
A pesar de que al final no consiguió la nominación al Oscar a la mejor dirección y que es muy improbable que gane el Oscar al mejor guion original, Historia de un matrimonio ha supuesto la consagración definitiva de uno de los grandes cineastas del indie estadounidense de las últimas tres décadas. Esta película es la obra más redonda de Baumbach, tanto en términos de escritura como sobre todo en lo relativo a la dirección. Un trabajo de puesta en escena sutil pero excelente, que maneja a la perfección los encuentros y desencuentros de dos personas que se quieren pero que se duelen. 


1. Pedro Almodóvar por Dolor y Gloria
Tras varias películas en las que lo estético devoraba, un poco, a los relatos (Los abrazos rotos, La piel que habito, Julieta), ha vuelto el Almodóvar que siempre pone la cámara al servicio de la historia. Su historia, para ser más exactos. De tal forma que Dolor y Gloria brilla, sobre todo, en los momentos más íntimos, en los que la mirada de Almodóvar se centra en sus personajes, dibujando con nitidez las relaciones que existen entre ellos, ya sea la materno-filial, la de ex-amantes, o la de ex-colaboradores artísticos. En cambio, cuando rueda una película dentro de la película (su infancia), los planos son más amplios, el espacio resulta más libre y las imágenes desprenden más poesía. Ambas películas son fascinantes y ambas van en la misma dirección: la deconstrucción del hombre detrás del artista.

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