domingo, 15 de diciembre de 2013

Heridas que no se cierran

12 YEARS A SLAVE


Fassbender - Ejiofor, un duelo interpretativo de primer nivel

Muchos creyeron que la elección del primer presidente negro de los Estados Unidos ayudaría a borrar la aberración que fue la esclavitud, sin embargo, lo que hizo fue mostrar al país, a través de cientos de comentarios y actos racistas, que la herida negra seguí abierta, y aún supuraba. Quizás haya heridas que nunca se cierran porque son tan hondas ni todos los puntos del mundo pueden hacer que cicatricen. Todo el debate sobre el racismo que trajo consigo la elección de Obama ha saltado al cine en los últimos tiempos. Si el año pasado el Lincoln de Spielberg  y el Django Unchained de Tarantino, dos cineastas blancos, ponían la cuestión sobre la mesa, este año recogen el testigo dos películas dirigidas por cineastas negros como Lee Daniel’s The Butler y la favorita a día de hoy para ganar el Oscar a la mejor película, 12 years a slave, que se ha estrenado este viernes en España. Un film duro, contundente, rodado con elegancia por el británico Steve McQueen (Hunger, Shame), de una textura muerta muy insana (esos árboles oscuros, ese cielo apagado), aséptico y analítico, con diálogos medidos al milímetro, que perdurará en la memoria por su relevancia ya no solo estrictamente cinematográfica si no también sociocultural.

El film narra la historia de Solomon Northup (un fantástico Chiwetel Ejiofor), un hombre libre, violinista, ciudadano del estado de New York, que es raptado y vendido a un terrateniente sureño. Durante 12 años, un hombre no fue nada más que un objeto, una propiedad, una situación amparada por el derecho creado por los hombres (no toda ley por el hecho de ser ley es democrática, un debate muy actual) escudándose en la falsa voluntad de Dios. Y a su alrededor, antes y después de él, cientos de miles de humanos nacieron, malvivieron y murieron siendo esclavos, sin ser capaces de escribir su destino, reducidos física y metafísicamente. Y los blancos que no estaban de acuerdo miraron hacia otro lado, y los negros libres también miraron hacia otro lado, (la secuencia de Solomon y su familia en la tienda es una buena muestra de ello, por mucho que él defienda tímidamente al esclavo que irrumpe en la tienda ante su amo). Aquello que dijo Roosevelt de que sólo hay que tener miedo al miedo mismo. Nadie hacía nada porque todo el mundo tenía miedo.

A este respecto, McQueen y el guionista John Ridley plantean, inteligentemente, un juego de espejos entre la esclavitud negra en América y el exterminio judío en Europa. A los judíos los asesinaban en cámaras de gas, a los negros los asesinaban lentamente días tras día, hasta alcanzar una muerte por asfixia vital en forma de agotamiento o enfermedad a causa de las pobres condiciones de vida. Esto ha llevado a que no poca gente hable de 12 years a slave como “la película definitiva sobre la esclavitud” o “La Schindler’s list de la esclavitud” o (quizás la más acertada de todas) “La The Pianist  de la esclavitud”. Puestos a buscar similitudes del cine de McQueen casi mejor que con Polanski que con Spielberg (y no es una crítica velada al cine de Spielberg, uno de los más grandes directores vivos). A ambos los une esa idea de que “el diablo está dentro de uno mismo”. Y aquí es cuando saltamos al personaje más interesante de la película, el esclavista Edwin Epps, que encarna con vehemencia Michael Fassbender, que no deja de ser un pobre diablo corroído por la confrontación entre sus deseos y sus creencias. Es un buen ejemplo de la banalidad del mal (la secuencia de la pelea-persecución con Fassbender revolcándose en el barro junto a los cerdos como perfecta recreación simbólica del concepto) de la que hablaba Hannah Arendt al abordar el nazismo. El sistema esclavista no se sustentó en grandes y perversos hombres, si no en gente así, de ideas cortas, de miedos profundos.

La conformidad de los hombres buenos permitió que la ira de los malos cosificara a seres humanos, reduciéndolos a unidades de producción e intercambio comercial, que hacían funcionar a un sistema económico, el esclavista, tecnológicamente rudimentario (Solomon planteando la circulación a través de barca para ahorrar costes temporales frente a la estrechez de miras del personaje de Paul Dano), anclado en la inmovilidad absoluta que castigaba a aquel que destacara (todos sus compañeros advierten a Solomon de que si quiere sobrevivir debe jugar a ser uno más de la manada, no demostrar ningún tipo de nivel intelectual), porque ¿cómo va a ser una cosa más valiosa que su amo?


La guerra de secesión americana terminó en 1865. 90 años después Rosa Parks se negó a ceder su asiento en un autobús a un ciudadano blanco. En 2008 un negro ganó las elecciones presidenciales. Y sin embargo sigue habiendo racismo en América y el dolor por los terribles hechos del pasado. Y aquí aún hay cargos públicos que tienen fotografías del Caudillo en sus despachos y muertos en cunetas, y mucho odio y mucho miedo en nuestros corazones. Quizás debamos de dejar de creer en que todas las heridas cierran con el tiempo, quizás sea el momento de analizarlas hasta lo más hondo, como hace Steve McQueen en 12 years a slave, para, desde el conocimiento y la proximidad, poder convivir con ellas, y así convivir entre nosotros.

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