jueves, 16 de abril de 2015

Harlan en el retrovisor

JUSTIFIED - Última temporada





El condado de Harlan, Kentucky, es como el salón de El ángel exterminador de Luis Buñuel, o como casi cualquier espacio cerrado del cine de Roman Polanski. Necesitas salir de él para poder respirar, para poder ser libre, y sin embargo, no puedes abandonarlo, eres un prisionero condenado a cadena perpetua. Por muy lejos que se vaya Raylan Givens (Timothy Olyphant, en uno de los trabajos más sutiles de la TV) siempre volverá a Harlan, básicamente porque nunca se ha ido de allí, porque su pasado lo atenaza. Dado que según Eugene O’Neill “no existen ni el presente ni el futuro, sólo el pasado repitiéndose una y otra vez”, Raylan está condenado a habitar Harlan (aunque sea de forma meramente espiritual o emocional) hasta el mismo momento de su muerte. Si tuviera que señalar cuáles han sido los principales hitos de Justified, la serie de Graham Yost, que terminó tras 6 temporadas esta semana en FX, y que adaptaba las novelas del prestigioso Elmore Leonard, diría que han sido los siguientes: el uso del espacio, el dibujo de la América white trash, la reflexión sobre la paternidad, la relación entre ley y crimen como una escala de grises muy oscuros.

El espacio
Estamos acostumbrados a que el audiovisual americano se centre en el espacio urbano. Sobre todo en el espacio urbano poblado por la clase media. Sin embargo, gran parte de la última generación de cineastas americanos que ha irrumpido en el último lustro (gente como Jeff Nichols o Behn Zeitlin) ha puesto a la América rural en su punto de mira. Frente al cristal y el hormigón, la madera y el paisaje salvaje. Justified camina también por esa línea, que en el terreno televisivo aún está menos explotada, si cabe. Harlan es la metáfora de una América desaparecida, literalmente agotada, la que bajaba a la mina y vivía de la tierra. De ahí que las montañas inaccesibles del condado hayan tenido tanta importancia a lo largo de la serie, y sobre todo, en esta última temporada, en la que los protagonistas se han dedicado a intentar capturar un tesoro enterrado en sus entrañas (o más bien, a capturarse los unos a los otros).

La gente
Como consecuencia del colapso de su sistema económico, el condado de Harlan acabó poblado de white trash dedicados a explotar actividades ilegales, aprovechándose de su terreno laberíntico y alejado de la vida urbana, y por lo tanto del foco de las autoridades, de la vigilancia y el control (o del simulacro de ambas). Desde la producción y distribución de droga hasta el asalto de bancos, pasando por la prostitución o cualquier otro tipo de crimen (incluido el asesinato, claro) que se nos pueda llegar a ocurrir. Harlan no sólo se está muriendo, sino que lo está haciendo de la peor forma posible: gangrenándose. Entre mafiosos locales capaces de desarrollar estrategias dignas de Maquiavelo y paletos de poca monta, vamos buceando a través de las entrañas de esa condado camino de la perdición. Boyd Crowder (Walton Goggins, descomunal), el antagonista de todo el relato, o más bien, la cruz de la moneda en la que la cara es Raylan, y Mags Bennett (Margo Martindale en el trabajo de su vida) son dos de los villanos más interesantes que ha dado la ficción televisiva. Delinquir o desaparecer.

El padre
Empecé este artículo (¿?) diciendo que Raylan no puede librarse de Harlan porque no puede deshacerse de su pasado. Su pasado es, básicamente, una infancia y una adolescencia marcadas a fuego por la brutalidad de su padre, Arlo, un criminal curtido a base de ostias. Raylan se pasa toda Justified peleando contra la figura de Arlo. El Raylan del presente intenta enmendar el pasado y evitar un futuro que lo atormenta: convertirse en su padre, esa idea que sobrevuela a todo hijo, sobre todo con el paso de la vida, y de las experiencias, y la constatación de la repetición de determinados comportamientos. Arlo nunca fue un padre para Raylan, y sin embargo su sombra lo emborrona todo. Arlo y Boyd representan aquello en lo que Raylan no quiere convertirse: criminales (auto)destructivos. Habiéndose forjado en el mismo caldo de cultivo, el protagonista intenta ser un hombre de la ley, aunque para ello decida vulnerarla una y otra vez. No importan los medios, sólo los fines.

La ley
En Justified la única ley es la personal. Es decir, el código moral propio. Raylan Givens es un US Marshal y por lo tanto debe cumplir y hacer cumplir la ley, sin embargo, se dedica a bordearla y manipularla para conseguir cumplirla, por lo menos en esencia. Él cree que no puedes luchar contra el crimen en un espacio netamente criminal con normas legales. Sería como pelear con piedras en una guerra nuclear. Una respuesta proporcional, que dirían los estrategas militares americanos. Raylan usa métodos criminales (amenaza, ostia, disparo) para conseguir fines lícitos (“acabar con los malos”). ¿Hasta qué punto el fin justifica los medios? es la pregunta que recorre toda la serie. Justified, como la gran serie que es, no da una respuesta, deja que el espectador se la cocine en su cabeza. Por todo lo esbozado aquí, y por muchas otras cosas (el uso de la comedia, la galería de secundarios e invitados, etc.) Justified está llamada a convertirse en una serie de culto. No es una ficción glamurosa, pero sí letal.


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