viernes, 4 de julio de 2014

Las expectativas veraniegas

Salvo Showtime, que estrenó Penny Dreadful en primavera y ha guardado para el verano sus dos estrenos más sólidos de la temporada pasada, Masters of Sex y Ray Donovan, las otras 3 grandes cadenas del cable de calidad: HBO, FX y AMC, se han reservado nuevos ases para la temporada estival. Queda así claro que en el cable todas las estaciones son campos de batalla. HBO emitirá este verano las últimas temporadas de True Blood (hallelujah) y The Newsroom (soy de los que sufren por ello), y el domingo pasado estrenó la nueva serie de Damon Lindelof (Lost), que adapta una novela de Tom Perrotta (Little Children), The Leftovers, que vendría a significar en castellano “los restos”. Antes, en el mes de junio, AMC puso en marcha Halt and catch fire, una serie ambientada en los años 80 en los albores del PC y la universalización de la informática. Mientras que FX ya ha emitido dos capítulos de Tyrant, la nueva serie de Gideon Raff (el creador de la serie israelí original que adaptó Homeland) y Howard Gordon (uno de los showrunners de Homeland, precisamente), ambientada en una dictadura pro-occidental en un país árabe (Egipto, Libia, etc.). Y aún tiene en la sala de espera, The Strain, drama paranormal de Guillermo del Toro. Teniendo en cuenta todo esto, voy a hablar de los tres primeros grandes estrenos del cable para este verano.

El malo: Tyrant

Querido papá
Con una premisa tan golosa: “el hijo de un dictador árabe afincado en USA vuelve a casa justo en el momento en el que el régimen de su padre empieza a derrumbarse”, Gideon Raff y Howard Gordon han engendrado un despropósito. Una serie en la que todos los personajes, salvo el protagonista (Adam Rayner tiene la presencia necesaria para el papel), son delirantes, sobre todo la mujer, uno de los personajes femeninos más naif que se han escrito últimamente en la televisión americana. Más que recordar a Homeland, a lo que recuerda Tyrant es a Kings, el problema es que Kings sabía usar los elementos de culebrón a su favor, para dotar a los personajes de profundidad dramática, mientras que en Tyrant todo es artificiosamente fallido. Las expectativas que la serie había generado no han ayudado. Cuando se anunció el proyecto se dijo que Ang Lee (ni más ni menos) iba a dirigir el piloto, el taiwanés acabó abandonándolo por “problemas de agenda” (ahora ya sabemos por qué) y ficharon a David Yates (el director de las últimas 4 entregas de Harry Potter) en su lugar. Y se estrellaron. No sólo los guiones y el reparto fallaron, visualmente el piloto no puede ser más anodino. La serie que tiene en su interior un enorme potencial, sobre todo para reflexionar sobre la dicotomía dictadura-orden vs. democracia-caos, que no podría estar más en boga hoy en día en los países de la Primavera árabe (Egipto está volviendo a girar hacia un régimen militar autoritario, por ejemplo). Sin embargo les falta valentía, hondura, y les sobran conflictos personales manidos. No ayuda a ver la serie que todos los personajes hablen en inglés, aunque sean terroristas islámicos o niños de barrios pobres. Cuando en la propia FX tenemos a The Americans en la que los rusos hablan en ruso, ver a un líder árabe dirigirse a su país en inglés escama. La seguiré viendo porque me entretiene y tengo la esperanza de que sepan meter el dedo en yagas políticas muy feas, pero desde luego Tyrant no es una buena serie, es una ficción fallida.

El neutro: The Leftovers

¿Por dónde se va a Mulholland Drive?
En el caso de esta serie las expectativas generadas no eran per se buenas, había gente que tenía ganas de verla por ser de Damon Lindelof, había otras personas que tenían ganas de destrozarla por ser de Damon Lindelof, y después estábamos otros espectadores que no terminábamos de posicionarse en cuanto a lo que había que esperar de la serie y de su creador. En cierta forma le ha pasado lo mismo que le pasó a Sorkin cuando estrenó The Newsroom hace dos veranos. Lindelof es una figura tan polémica desde el final de Lost y el estreno de Prometheus (el guion es suyo) que su figura enturbia el visionado y análisis de la serie. Estamos prácticamente ante un presidente del Gobierno que presenta su programa y pide la confianza del Congreso. Y posiblemente seremos los no-alineados los que decantaremos la balanza a su favor o en su contra, puesto que si no te gusta Lindelof, no te gustará The Leftovers, una serie fiel a su creador. Dicho todo esto, la serie parte de una premisa high-concept, “un día desaparece el 2% de la población mundial”, para, tras un salto en el tiempo de 3 años, desembocar en un drama de personajes que tienen que lidiar con las consecuencias de lo acontecido en un mundo ligeramente distópico. Justamente ahí reside el interés de la serie, teniendo en cuenta que sólo hemos visto el piloto. Ese mundo levemente estropeado, deformado, es la gran baza de la serie.

La desaparición del 2% de la población ha creado un caldo de cultivo en el que emergen sectas, líderes carismáticos y una fractura en los códigos morales de los supervivientes. Si los personajes por ahora no resultan especialmente interesantes, el ambiente en que se mueven sí lo es. Por ejemplo, esa fiesta a la que acude la hija del protagonista, un policía interpretado por Justin Theroux, en la que el sexo es banal y sucio, tiene mucha fuerza, es muy perturbadora. Y lo mismo se puede decir de la secta de fumadores liderada por Ann Dowd. Precisamente, para recrear ese mundo tan turbio, hubiera sido necesario contratar a un director con capacidad para incomodar y atreverse con una apuesta formal arriesgada, y desde luego Peter Berg no es ese director. En año de True Detective o Fargo, una dirección meramente funcional no es suficiente. El piloto de The Leftovers no me ha entusiasmado, pero la seguiré viendo porque creo que tiene elementos interesantes, pero al final, la clave estará en si Lindelof es capaz de dotar a los personajes de complejidad o no. Ahí es dónde se juega el partido.

El bueno: Halt and catch fire

Cómo componer un plano
Siendo justos, hay que precisar que el nuevo drama de AMC juega con ventaja frente a sus rivales porque ya ha emitido 5 capítulos, y por lo tanto tenemos una radiografía de la serie mucho más nítida. Habiendo apuntado ese dato, me atrevo a decir que Halt and catch fire es lo mejor que ha estrenado AMC desde Rubicon. De hecho tiene un tono, entre misterioso y parsimonioso, muy similar a la gran serie de espías (analistas, en realidad) que AMC canceló cuando creía que se iba a comer el mundo. Ahora, con el gigantesco éxito en audiencias que es The Walking Dead, y con sus dos grandes dramas, Breaking Bad y Mad Men, de retirada, quizás esta serie de informáticos ante la incertidumbre corra mejor suerte que Rubicon, y más teniendo en cuenta que Hell on wheels o Turn han sido renovadas por muy desapercibidas que pasen. Esta ficción está centrada en una empresa pequeña de informática texana que se mete de lleno en la carrera por desarrollar los PC, enfrentándose contra el gigante IBM. Pero más que esta premisa, lo relevante es, al contrario que en las dos series de las que hablé antes, sus personajes. Sobre todo sus mujeres, más que sus hombres. Tanto la joven Cameron (Mackenzie Davis tiene un magnetismo brutal), una especie de genio caótica, como Donna (Kerry Bishé se come la pantalla cada vez que aparece en un plano), una mujer abocada a vivir a la sombre de su marido, son dos personajes femeninos monumentales. Llenos de matices, sólidos, complejos. Ellas son el corazón de la serie, frente a ellos, que aunque son muy interesantes son tan narcisistas que es difícil cogerles cariño. Esos hombres son Joe (Lee Pace es un tipo raro y este papel le va como anillo al dedo), un sociópata obsesionado con triunfar, camelador profesional y profundamente torturado que lleva la parte comercial de la aventura informática, y Gordon (Scoot McNairy), el marido de Donna, y el jefe del tinglado informático, un hombre frustrado y obsesivo, que vive enfadado con el mundo por no haber logrado el éxito que cree merecerse (ojo, muy Walter White, pero sin cáncer y cambiando la metanfetamina por el hardware).

Y más allá de mostrarnos a un grupo de personajes interesantes danzando con varios conflictos a la vez, Halt and catch fire acierta en tono, ritmo (¡viva la slow-tv!), recreación de una época (¡la música!) y dirección. Frente a los casos anteriores, AMC contrató a un gran director, Juan José Campanella, para dirigir los dos primeros capítulos y establecer las constantes de puesta en escena de la serie, el resultado es una serie magnética, atractiva y que funciona como un reloj, sobre todo cuando empuja a sus personajes hacia territorios incómodos. Cuando me siento a verla me emboba como me emboba Mad Men, como si el cuerpo se me durmiera y mi cabeza se sumergiera en el ritmo de la serie, como si sincronizara con ella. Cuando se ponen técnicos (y lo hacen mucho) no me entero de nada, pero da igual, porque aquí sí, aquí lo importante son los personajes y su camino de empoderamiento en la industria informática.  

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