martes, 20 de mayo de 2014

Cuando avanzar es lo único que nos queda

THE GOOD WIFE - Quinta Temporada


¿Qué?

Terminó este domingo en CBS la quinta temporada de The Good Wife, el drama legal (qué cortita le queda esta etiqueta en realidad) del matrimonio compuesto por Michelle y Robert King. Y con ese último capítulo, el frenético (hasta la taquicardia) A weird year (5x22), termina un año que más que raro fue sublime. Esta quinta temporada, ya terminada pero aún palpitante, ha supuesto la entrada de The Good Wife en el selecto grupo de las mejores series de la historia. Obviamente, in my opinion. Ya se sabe, ese dónde reposan, entre otras, The Wire, The Sopranos, Twin Peaks, The West Wing (sí, todas con T), Breaking Bad u otra que no ha terminado (pero a la que sólo le quedan 8 episodios y 1 año de vida), como Mad Men. Series para la historia. Esta entrega de la ficción centrada en Alicia Florick (Julianna Margulies, la actriz más completa y compleja de la televisión) ha sido una apología intensa, rotunda, redonda, del atrevimiento como motor creativo. Del salto sin red al vacío. Una y mil veces. Volar los esquemas preestablecidos las veces que haga falta. The Good Wife este año no ha revolucionado su status-quo interno una, ni dos, sino tres veces. Tres veces la serie ha abierto nuevos y complejos escenarios. Sólo por la osadía… Guau.

A partir de aquí, spoilers a cascoporro de toda la temporada
En Hitting the fan (5x05), los King destrozaron Lockhart-Gardner para partir la serie en dos bandos enfrentados, por un lado Diane (Christine Baranski tiene que ganar este año el Emmy, sublime es decir poco) y Will (Josh Charles fue pura garra) intentando devorar a sus crías, por otro, Alicia y Cary (Matt Czuchry ha estado fantástico) matando al padre con la construcción de su propio bufete, Florick-Agos. En Dramatics, Your Honor (5x15), nos asestaron un puñal en el corazón con la sorpresiva, irracional, caótica y demoledora muerte de Will. Dejando a Diane y a Alicia sumidas en las tinieblas. Congeladas en la fatalidad. En último lugar, en la season finale, dieron otros dos giros de calado a la historia. Por un lado, Diane tocando a la puerta de Florick-Agos, cansada de luchar y abocada a perder, frente a ese glorioso eje del mal compuesto por David Lee (Zach Grenier, siempre divertido) y Louis Canning (¡qué personaje tan viscoso en su maldad agresiva ha levantado Michael J. Fox!). Por otro, el que no se veía venir, o por lo menos yo no vi venir (aunque no puede ser más lógico, más orgánico), Alicia colgando del fundido a negro… otra vez (así terminó la finale de la season 4). Entre restos de lasaña quemada y nadando en la soledad del nido vacío, Eli Gold (¡qué bueno eres Alan Cumming!) suelta la bomba que ya anunciaban sus ojos - ¿Alicia? -Sí - ¿Te gustaría presentarte a Fiscal del Estado? Boom.

Tras una temporada amarga, gris oscura casi negra, triste, bañada en una implacable melancolía, lo que nos esperó al final del camino no fue reposo, fue frenesí. No fue estabilidad en las líneas maestras dibujadas tras el fallecimiento de Will y la lenta recuperación anímico-profesional de Alicia y Diane. Fue otro game change. Si en The Good Wife los juegos de poder siempre se practicaron tanto en el terreno del derecho (los bufetes) como en el de la política, el escenario que se abre ahora se entrega definitivamente al duopolio. Por ambición (y otras drogas) Alicia traicionó al hombre que amaba. ¿Cómo iba a conformarse con poner punto y final a su proceso de empoderamiento con la consolidación de Florick-Agos? Alicia es, como diría Woody Allen hablando de las relaciones sentimentales, como un tiburón, si no avanza constantemente muere, o en su caso se sume en un hondo letargo. El salto a la política es un paso lógico. Aún más teniendo en cuenta que en 2016 Hilary Clinton, la good wife primigenia puede convertirse en presidenta. Y no hablemos ya del placer de poder ver a Alicia y a Eli codo con codo remando en la misma dirección. Será profundo y será cómico. Vamos, como la serie en sí misma.

Justamente, el humor es un elemento muy importante, aunque no se le tenga demasiado en cuenta, para explicar el éxito de The Good Wife. Como ejemplo, esta season finale, con el juego entre pantallas, el Gran Hermano y las cámaras ocultas amenizando las encarnizadas luchas de poder. Muchos críticos al hablar de dramas políticos recientes como Boss o House of Cards, les achacan un exceso de solemnidad. Una solemnidad que llega a resultar asfixiante. No hay respiro para el espectador. Todo es denso. Todo es agrio. No hay en la vida nada más que aire viciado. Esa renuncia al humor como arma de evolución dramática y narrativa hace que el relato resulte más artificial. Nadie se pasa las 24 horas del día tenso. El humor forma parte de la vida, incluso en los momentos más terribles de la misma. Por eso en la depresión post-muerte de Will, en la miserable existencia de Alicia se colaba aquella serie de televisión que parecía una parodia de True Detective. Los King han entendido, como también lo ha hecho, por ejemplo, Game of Thrones, que salpicar su serie con humor no hace que sea menos densa dramáticamente. De hecho, todo lo contrario, porque suelen aprovechar las situaciones cómicas para lanzar dardos envenenados y poner a sus protagonistas ante conflictos complejos (en la finale el derecho o no a espiar conversaciones ajenas).

La mejor risa del mundo, sin duda

En el plano exterior esta temporada ha supuesto una defensa cerrada de que una serie no debe nunca acomodarse, sino avanzar, precipitarse irremediablemente hacia el final lógico para sus personajes, aunque eso implique volar muchos puentes, realizar muchos sacrificios, arriesgarse constantemente. Mientras que en el plano interior ha entrelazado un discurso idéntico a través de Alicia, Diane y Cary (cuantos enteros dramáticos ha ganado este personaje). En la vida hay, ante todo, que seguir avanzando, porque el mundo no se detiene… nunca. Ante la posibilidad de la fusión Cary se niega en redondo a aceptarla porque no está dispuesto a volver a atrás, a retroceder el camino que tan arduamente fue construyendo para sí mismo. Este Cary ya no es el mismo que el que estaba en Lockhart-Gardner. Ha crecido. Ha madurado. Y su ambición, sus necesidades, sus prioridades lo han hecho con él. No hay vuelta atrás. Mientras que Alicia y Diane, noqueadas tras la muerte de Will, varadas a la deriva, si rumbo ni dirección, sí se han permitido jugar con la posibilidad de que el mundo se parara, con la posibilidad de desandar lo andado, de enmendar los errores cometidos, de volver a empezar. Sin embargo, la realidad les ha ido enseñado que eso no es posible. No, volvamos a decirlo, no hay vuelta atrás. Cuando hemos perdido a alguien tan importante en nuestras vidas, de tal forma que las mismas quedan profundamente heridas, al final descubrimos que avanzar es lo único que nos queda. Por eso Diane ha decidido desprenderse de su criatura, de su bufete, que no era ya nada más que una rémora para ella y por eso Alicia se encuentra, fundido a negro mediante, ante la posibilidad de saltar al terreno de la política.

Un año raro. Un año sublime. Un año para ser recordado. Una temporada de una perfección y una osadía pocas veces vista. The Good Wife se ha hecho mayor. Ahora ya puede mirar a la cara a los grandes dramas televisivos y no tener miedo de parecer inferior. La ambición y la creatividad de los King no conocen límites... aún. El relato de la buena esposa cansada de ser buena y de ser una mera esposa no entiende de conformismos ni relajaciones, sólo de la narración audiovisual como arte capaz de contar historias que agitan las ideas y los sentimientos que uno tiene alojados en su interior.

Sí, he escrito mucho sobre The Good Wife este año, quizás demasiado. ¡Qué cojones! No, nunca es demasiado.

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