lunes, 10 de marzo de 2014

Dos cadenas que buscan consolidarse y dos series que lo consiguen

THE RED ROAD, THOSE WHO KILL, HANNIBAL y THE AMERICANS


The Red Road nos demuestra que sin rebeca gris
no hay inestabilidad emocional que alguien se crea

Dos canales, dos nuevas apuestas
La temporada televisiva pasada se vio marcada por la irrupción de la plataforma Netflix en el mundo de la producción de ficción propia. Su llegada a lomos de House of Cards y el comeback de Arrested Development fue un vendaval que se ha visto confirmado esta temporada con el estreno de Orange is the new black y un millonario acuerdo con Marvel para producir series sobre superhéroes de la casa. Sin embargo, no fue el único actor en aventurarse en el cada vez más convulso panorama seriéfilo americano. Dos cadenas, Sundance Channel y A&E, también se lanzaron a la producción de ficción. La primera con la miniserie de Jane Campion Top of the lake, y el drama ¿existencial? Rectify, y la segunda con la precuela de Psycho, Bates Motel, y el policiaco ambientado en el medio-oeste Longmire. Mientras la primera tuvo más suerte entre crítica y premios, la segunda triunfó en audiencias. En esta temporada además de emitir las segundas temporadas de estas series han elevado la apuesta estrenando en los últimos días, The Red Road, Sundance Channel y Those who kill, A&E.

The Red Road es un drama actual ambientado en territorio indio en el que conflictos del pasado entre dos familias, una india y la otra blanca, tienen dramáticas consecuencias en el presente. Tiene como mayor logro, vistos sus dos primeros capítulos, una fantástica atmósfera, y como mayor reclamo a la ascendente (y magnífica, in my opinión) Julianne Nicholson (Masters of Sex, August: Osage County) interpretando a una madre deprimida entregada al alcohol y la histeria. El piloto lo dirige ni más ni menos que James Gray, uno de los grandes autores del cine americano de los últimos años, y su sello se nota en el ritmo lento pero denso del primer capítulo, casi plúmbeo, rocoso. La mente pensante tras la propuesta es Aaron Guzikowski, el guionista de la fantástica Prisoners (Villeneuve, 2013). ¿El pero? El resto del reparto (Jason Momoa incluido) no parece estar a la altura de lo que el drama va a exigir. Su primera temporada tendrá, como ya pasó el año pasado con la fantástica Rectify, solamente 6 episodios.

Si The Red Road me parece una propuesta interesante, capaz de capturar mi atención todo el rato, el piloto de Those who kill, dirigido por Joe Carnahan, se me hizo eterno. Esta serie, creada por Glenn Morgan (cuyo mayor mérito es haber escrito para X Files) es otra nueva adaptación de una serie danesa (esa raza de seres humanos superiores) que se centra en torno a una detective psicológicamente inestable (Chloë Sevigny, siempre maravillosa) y a un profesor universitario no menos desquiciado (James D’Arcy). El problema de la serie es que suena a ya vista, que los protagonistas no acaban de funcionar como pareja y que aún siendo malrollera no terminar de impactar. Pero sobre todo el enemigo está fuera, y se llama Hannibal, que jugando en la misma liga de asesinos en serie sádicos, le gana por goleada.

Hannibal y su visión mortífera del ser humano

Sophomores fortalecidas
La televisión post-Juegos Olímpicos nos ha traído de vuelta a dos de las series que más respaldo crítico tuvieron el invierno pasado. Hannibal, o el mejor drama que ha tenido NBC desde el final de The West Wing. Y The Americans, ese drama de espías (y matrimonios en crisis) en la era Reagan. Si en su primera temporada The Americans me conquistó, hasta el punto de incluirla entre lo mejor del curso televisivo, es verdad que con Hannibal no fui tan entusiasta. Sí, me fascinaba su salvaje y apabullante apuesta visual, pero muchas veces me dejaba demasiado frío, aunque es verdad que la serie fue de menos (el piloto no funcionaba nada bien) a más, como consecuencia de la vorágine psicótica en la que se iba sumergiendo su protagonista, Will Graham, el bueno de Hugh Dancy demostrando que tiene mucho talento.

Sin embargo mi escepticismo para con Hannibal ha saltado por los aires en el arranque de su segunda temporada. Lo único que tengo ahora es fascinación. Las dos secuencias que abren los dos primeros capítulos, dirigidos ambos por Tim Hunter, son brillantes. La tensión elevada a su máximo nivel. Llegué a pasarlo muy mal. El éxito de Hannibal reside en que aunque te repugne lo que ves no puedes dejar de verlo, en que aunque lo que te muestra es terrible no deja de ser hermoso, visualmente bello. Lo cual logra perturbarte intensamente. ¿Cómo puede parecerme apetitoso un trozo de carne humana? ¿Cómo puedo estar horrorizado y fascinado a la vez? Hannibal, además de un drama psicológico escrito con una precisión y unos diálogos sensacionales, es ante todo un tratado visual. Un tratado sobre la belleza del mal. Quizás sea la apuesta visual más salvaje de la televisión. Quizás no, seguro.

Frente a la serie de Bryan Fuller, está la The Americans de Joseph Weisberg, ante todo, sobria, pero no por ello menos asfixiante. Recorrido el camino inicial de este matrimonio de espías rusos que viven peligrosamente, ahora nos movemos en un estado de paranoia constante, con el cuchillo siempre cerca de la garganta de nuestros protagonistas. Cuanto más se acerca uno al precipicio para descubrir lo que hay al final de la caída, más cerca está de comenzar a caerse. Por lógica narrativa el cerco se irá estrechando cada vez más, y como pasa con gran parte de los grandes dramas del cable, al final de la partida, a los protagonistas les tocará perder. Tan interesante como el intercambio de golpes sordos entre la URSS y USA, resulta el rotundo análisis que hace la serie del matrimonio como institución social y de la familia como una crisis constante. Mantener una comunidad de vida compartida es inmensamente difícil, no sólo si eres espía o agente del FBI. No. Es difícil para todos.

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