domingo, 23 de febrero de 2014

El amigo chino

HOUSE OF CARDS - Segunda Temporada


¿Si me pinchas acaso no sangro? NO

El thriller político es un género que el audiovisual americano cultivó concienzuda (y brillantemente) en las décadas de los 60, 70 y 80 con films como de The Manchurian Candidate (Frankenheimer, 1962), All the President’s Men (Pakula, 1976) o Missing (Costa-Gavras, 1982). Y que con la caída del muro de Berlín y la extinción de la URSS se esfumó hasta ser casi imperceptible durante los ingenuos años 90 (aunque curiosamente la House of Cards británica se emitiera en esa década). El 11-S y la “guerra contra el terror” lo trajeron de vuelta, hibridado con el cine bélico, confundido. El género se asentó sobre todo en la dialéctica capitalismo-comunismo, USA-URSS, y cuando ésta desapareció dejó de tener su razón de ser. Dicha relación dialéctica, juego entre iguales (dos sistemas, dos estados), no puede extrapolarse al etéreo y heterogéneo terrorismo islámico, quizás ni siquiera a algunos de los países que USA ha señalado como sus enemigos en la última década, como Irán, simplemente porque no es una lucha entre iguales.

Tras la caída del bloque soviético, USA pasó a ser la única superpotencia del planeta. El sheriff de un mundo globalizado. Sin embargo, la China abierta al capitalismo y cerrada a la democracia ha ido creciendo entre las grietas económicas occidentales hasta adquirir el estatus de superpotencia. La relación entre norteamericanos y chinos marcará el devenir de la política internacional de las próximas décadas. Frente a la claridad de posicionamientos de la era soviética, ahora lo único que tenemos es confusión. Entre USA y China no hay ni habrá una guerra fría. La tensión entre ambos países no es ni militar ni ideológica, sino meramente económica, una guerra comercial. China le está haciendo a USA el abrazo del oso, al adueñarse de su deuda también se adueña de sus posibilidades de maniobra. Los americanos dependen del dinero chino pero a la vez los chinos dependen del mercado americano. Los intereses de uno y otro lado se entremezclan, se funden y al final lo que obtenemos es un escenario tan enrevesado, que la mejor política ha desarrollar es el mantenimiento del status-quo.

Por todo esto era sólo cuestión de tiempo que el thriller político pusiera su foco de atención en el amigo chino. Y House of Cards, la adaptación (libre no, lo siguiente) de las novelas de Michael Dobbs y la miniserie británica de Andrew Davies, ha venido a iniciar lo que puede consolidarse como una nueva vía (y vida) para el género, tomando el testigo de los camaradas soviéticos. Si el tema central de la serie de Beau Willimon es el poder: acumulación y mantenimiento, el eje central de esta temporada es la relación triangular entre el poder político americano, el poder económico americano y el poder político-económico chino (todo confluye en el Partido en China). Y toda la mugre que se acumula en las orillas de dicho triángulo. Quizás por esto la segunda temporada de House of Cards sea mejor que la primera. La primera era un apasionante thriller, sí, pero no buscaba trascender, no apuntaba hacia ningún gran conflicto del mundo actual. No tenía un mensaje más allá de que las esferas de poder arrojan un hedor que lo impregna todo.

Este fotomontaje made in paint parece sacado de una distopía futurista chusquera

La gracia del triángulo que ha trazado esta temporada es que todas las líneas que lo conforman son interesantes:

1) El dinero mueve el mundo, y más en este mundo cada vez más globalizado. Las relaciones económicas entre empresarios occidentales y empresarios de los grandes mercados mundiales a explotar (China, pero también India o Brasil o cualquier otra potencia emergente) marcan las agendas políticas. Cuando los dirigentes viajan a otros países, los acompañan siempre ilustres empresarios. La política es negocio. Así, en esta temporada de House of Cards, nuestro protagonista, el ególatra Frank Underwood (Kevin Spacey, mascando el personaje para escupírselo a los espectadores), tiene que moverse con astucia en medio de la relación entre el multimillonario Raymond Tusk (Gerald McRaney en modo Margo Martindale en la temporada 2 de Justified) y otro poderoso actor chino, Xander Feng, para satisfacer sus intereses por encima de los de estos.

2) La convulsa y oscura relación entre el poder económico (eléctricas, bancos, petroleras, constructoras etc.) y el poder político (gobiernos elegidos por los ciudadanos) es algo a lo que no se suele prestar atención (las empresas mediáticas se mueven en este ámbito) pero que marca gran parte de las iniciativas que emprenden los estados. Lo podemos ver hoy en día en España con respecto a los precios de la electricidad. Y House of Cards nos permite echar un ojo a como fluctúan las relaciones entre grandes empresarios y políticos, los intereses que se mueven. La relación entre Tusk y el presidente de Estados Unidos (un convincente Michael Gill) funciona como paradigma de la confusión entre legitimidades, entre poderes.

3) Llegamos así a la línea que cierra el triángulo y que ya apuntamos anteriormente. El poder económico se relaciona a nivel mundial. El poder económico se relaciona con el poder político. El poder político se relaciona también a nivel mundial condicionado por las dos clases de relaciones anteriores. Así, la relación entre el Presidente Walker y los líderes chinos se ve enturbiada por la relación entre Tusk y Feng, y la del primero con el propio Presidente, el cual confía, durante la primera temporada, ciegamente en él.

Si la primera temporada de House of Cards era hacia dentro, un viaje a la psique de su protagonista y al funcionamiento de la política en Washington, la segunda es más hacia fuera, hacia la relación entre políticos y empresarios y entre las dos actuales potencias mundiales: Estados Unidos y China. Todo ello bañado en dinero y poder, si es que en el mundo actual cabe diferenciar entre ambos. El lobbista Remy Danton sostiene en la season finale que “el poder es mejor que el dinero, mientras dura”. La serie de Beau Willimon ha elevado la apuesta, ha ido cerrando los flecos que dejó la primera temporada y roto relaciones con la House of Cards británica, nacida en el ocaso del thatcherismo. House of Cards no era una serie perfecta en su primer año y tampoco lo ha sido en su segundo, algunas tramas secundarias no funcionan (la de Rachel y Doug no lo ha hecho), no acaba de tener un reparto a la altura de las circunstancias (aunque la incorporación de Molly Parker ha sido todo un acierto) y muchas veces los engranajes narrativos resultan demasiado forzados, por muchos problemas que les surjan, los Underwood acaban saliéndose siempre con la suya.

A pesar de todas estas aristas, que no son pocas ni menores, este año la serie ha dado la sensación de estar más focalizada, de tener un mensaje más nítido. El personaje de Claire Underwood (Robin Wright, la actriz más gélida de la actualidad) ya no es un satélite, han sabido astutamente meterla en el juego de poder principal, convertirla aún más en una máquina de matar. House of Cards se confirma como una serie grande y el final de esta segunda tanda implica sin duda un paso hacia delante, una mutación del formato. La británica no lo encajó del todo bien, de tal forma que las dos miniseries que siguieron a la primera (To play the King y The Final Cut) no estuvieron a la altura de las circunstancias. Sin embargo creo sinceramente que a la americana le puede venir bien el cambio de molde: más política y menos thriller.

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