jueves, 23 de enero de 2014

Un sí para el aquelarre

AMERICAN HORROR STORY. COVEN


Demasiadas zorras para tan pocas gallinas

Tras el entusiasmo inicial, muchos espectadores se sintieron decepcionados con el devenir de la tercera entrega de la antología American Horror Story, Coven (aquelarre). Si en Asylum cuanto más se sumergía uno en la historia más claro veía el plan maestro detrás del circo, en Coven pasó un poco como en la primera temporada, que la historia avanzaba a trompicones, como si las tramas fueran escritas sobre la marcha. Entiendo, por lo tanto, el desencanto de parte de la audiencia. Pero, yo he disfrutado tanto este recorrido lleno de baches y tramos cortados por obras, que no puedo negar que a mí Coven me entusiasma. Es obvio que no es Asylum, no tiene esa gravedad, esa entidad narrativa, esa complejidad, esa oscuridad malsana. Coven es puro hedonismo, diversión arrojada a calderos, duelos de zorras multirraciales (gracias), sangre y agujeros de guion muchas veces insalvables (las brujas a veces son muy poderosas y otras veces parece que no tienen ningún tipo de poder). Ah, y Jessica Lange reafirmándose en su título de GMILF definitiva.

Teniendo en cuenta esta vocación ligera, a veces incluso banal, no se le puede negar a Coven que ha sabido salpimentar los múltiples asesinatos y resurrecciones wtfuckeros con alguna reflexión interesante sobre el empoderamiento de la mujer, la aceptación (y la negación) de la muerte y la importancia de las tradiciones socio-culturales. Coven viene a profundizar en esa construcción audiovisual del sur de Estados Unidos como un lugar mágico y tenebroso, de tradiciones arraigadas, quizás frente a un norte carente de un poso tradicional marcado, industrial, urbano.

Interesante resulta también como trata la cuestión del arrepentimiento. En el penúltimo capítulo, Go to Hell (3x12, esa puta locura) Madame LaLaurie (que es un personaje histórico real) escupe que el arrepentimiento no existe, que las personas que dicen arrepentirse sólo se arrepienten de que las hayan pillado haciendo lo que no debían. Sólo se arrepienten de su propia estupidez. Es una visión muy oscura del ser humano. American Horror Story construye (como únicamente la lapidaria Black Mirror de Charlie Brooker diría yo) el retrato de una humanidad condenada a sobrevivirse a sí misma, a sus más bajos instintos. Atrapada en un círculo sin fin de fatalidad (aquí es dónde se viene a situar la cuestión racial y la esclavitud). Es imposible no ver el “la historia es una pesadilla de la que intento despertar” de James Joyce en esas pobres almas atrapadas en su propia inmortalidad.


Helen Mirren, I WIN

Volviendo al inicio, sí, Coven no ha sabido muy bien qué hacer con sus personajes, cómo dirigirlos, o más bien simplemente dirigirlos, ha jugado demasiado la carta del deus ex machina, ha dado la sensación de quedarse ensimismada en su propia mitología, atascada. Pero ha sido un producto divertidísimo, lleno de locura, muchas veces frívolo, sí, pero no hueco. Yo no me he aburrido ni un solo capítulo y en todos me he reído unas cuantas veces. El The Name Game de Asylum apuntaba a que AHS tenía mucho humor en sus cimientos que explotar. Y lo ha hecho, desde la secuencia de la motosierra a la paródica aparición de Stevie Nicks, pasando por Madame LaLaurie viendo Raíces. Ha sabido ser elegante y burda a la vez, gracias a sus actrices (todas extraordinarias, sí, hasta Precious) y a un trabajo de dirección que ha forzado una vez más los límites de la lógica visual. No sé como nadie le ha dado aún a Alfonso Gomez-Rejón una película de terror o un thriller psicológico en Hollywood para que lo dirija. Si a alguien le quedaba alguna duda de su talento, Go to Hell (el golpe sobre la mesa que necesitaba Coven para reafirmarse como un producto de primera) deja claro que Gomez-Rejón aún no ha tocado techo, o tierra, porque sus planos nunca nos dejan ver dónde tiene los pies... y la cabeza. 

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