jueves, 2 de enero de 2014

Jugar con mugre sin ensuciarse las manos

AMERICAN HUSTLE


Redefiniendo el loco loco loco mundo del cabello

La nueva película de David O’Russell (peor persona viva) narra, a grandes rasgos, cómo un agente del FBI (Bradley Cooper, lo más divertido de la función) monta junto a dos timadores (Christian Bale y Amy Adams, solventes, como casi siempre) una operación policial de ilusionismo para desmantelar una red de corrupción que implica a políticos y empresarios de la mafia. Todo ello tras una larga introducción de 30 minutos trenzada en torno a las asfixiantes voces en off de los protagonistas que nos explica como estos tres personajes tan dispares acaban trabajando juntos. Hay que reconocerle, en primer lugar, a American Hustle ser una película ágil, divertida, contada con ritmo gracias a la labor del espectacular reparto y sobre todo al trabajo de dirección de O’Russell. Nunca creí que iba a decir esto pero me ha gustado mucho la puesta en escena, con esos movimientos de cámara hacia delante, como si la película fuera una constante huida, como si el devenir de los acontecimientos se abalanzara sobre los personajes.

El problema de American Hustle es que David O’Russell se estrella otra vez contra Martin Scorsese. Si la convencional dirección de The Fighter (2010) palidecía ante el vals sobre el ring de Raging Bull (1980), en esta ocasión y a pesar de que me parece su trabajo como director más inspirado, más consistente y elegante, la pulcritud, la falta de vísceras con la que se cuenta una historia a priori sórdida y turbia, cae por comparación ante Goodfellas (1990) y Casino (1995), y, aunque aún no la haya visto, seguramente (lo que es aún peor por ser del mismo año) ante The Wolf of Wall Street. En American Hustle, O’Russell entrega un Scorsese para todos los públicos, sin sexo, sin violencia, sin sangre ni muerte, sin cocaína. Estamos ante una película tímida, demasiado correcta teniendo en cuenta que sobrevuela algo tan apestoso como la corrupción y la mafia. No ayuda el empeño de O’Russell en renunciar a darle un potente empaque visual a sus películas, la fotografía de Linus Sandgren no podría ser más anodina, carecer de menos intención.

¡Quién me va a decir a mí que no puedo poner metal en un microondas!

Hay que reconocerle, eso sí, los estallidos de humor marca de la casa(todas las secuencias entre Louis C.K. y Cooper funcionan), el preciso retrato, una vez más, del chonismo histérico de extrarradio (Jennifer Lawrence, excesiva y fantástica) y la inteligencia de construir una película divertida y dinámica sin entregarse a un montaje esquizofrénico, dirigiéndola con estilo, O’Russell no es Scorsese, pero este trabajo es un salto cualitativo en su carrera. Quizás el principal problema, además de la limpieza con la que está contada y la idealización de unos personajes moralmente muy cuestionables (esto también es marca de la casa), es que American Hustle nunca estalla. Te pasas toda la película esperando a que todo y todos salten por los aires y eso nunca llega a pasar, es un coito sin orgasmo, como si en Argo (Affleck, 2012) (no sé por qué son dos películas que me resultan similares) nos dejaran sin la secuencia del aeropuerto (y antes sin la del bazar). Es un trabajo muy entretenido pero jamás llega a ser tenso, y eso en un thriller de estas características es un problema, quizás no tanto de dirección como de guion. Incluso cuando la trama se resuelve y la operación termina lo único que sientes es normalidad, el gran giro se queda a medio camino, no hay pico (en todos los sentidos), simplemente se abalanza el final, te lo has pasado bien, pero no ha sido una noche redonda.

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