miércoles, 4 de diciembre de 2013

La cuestión judía y el castellanocentrismo

ISABEL


Judío subsección UPA Dance, trayendo al mundo al heredero de Castilla y Aragón
Este lunes ha terminado en La1 de la televisión que es propiedad de todos la segunda temporada de Isabel, ese monumento audiovisual levantado (más o menos) a la gloria de Isabel I de Castilla. Si la primera temporada contaba el acceso al poder de la joven reina, esta narra la retención del poder, la acumulación de poder, la enfermiza necesidad de controlarlo todo. Isabel es en cierta forma Game of Thrones en clave castiza. O más bien Game of Thrones es una adaptación fantástica de las intrigas palaciegas del medievo europeo. Ha estado esta entrega partida en dos partes bastante diferenciadas, si en el primer tramo se narraba la guerra civil castellana que enfrentó a los partidarios de Isabel (casada con Fernando, el heredero de la Corona de Aragón) contra los de la Beltraneja (su sobrina, apoyada por Portugal), la segunda abordó la conquista de Granada por parte de Castilla. Si el primer tramo me pareció ágil, inteligente, complejo e interesante, el segundo adoleció de cierta falta de garra, al trasladarse el foco de las conspiraciones de la corte castellana a la nazarí, mucho menos interesante, la serie bajó un poco de nivel.

Dicho esto, hubo una cuestión, más allá del juego de poder que libran Isabel y Fernando (muchas veces movidos por intereses discordantes), que sí fue transversal y remarcada insistentemente lo largo de la temporada: la cuestión judía. La serie dibuja a una reina abocada por fuerzas externas una y otra vez a traicionar la confianza de los judíos, un pueblo que se caracterizó por prestar su ayuda a la reina en los momentos más débiles a lo largo de todo su reinado, o más bien hasta que ésta decreta su expulsión. Los guionistas pudieron haber pasado de puntillas por el conflicto religioso, y sin embargo, optaron por colocarlo en primer plano mostrando a judíos en el círculo de confianza real. El mensaje que lanza la serie es el de una defensa sin paliativos de un estado pluriconfesional frente al yugo represor de la Inquisición, el dibujo de Torquemada como demonio de una sola cara no hace más que ratificar esta tesis.

Cuando me preguntan que opino de Isabel siempre digo lo mismo, la historia la escriben los que ganan. No se puede ver Isabel buscando lecciones de historia que se construyan desde los distintos puntos de vista de los territorios que conforman la España actual. Isabel es una serie castellanocentrista, pero ¿al fin y al cabo no ha sido así como se ha construido España? ¿No fue España la coartada perfecta para las ansias expansionistas de Castilla? ¿Por qué sino la serie se llama Isabel y no Isabel y Fernando? La cuestión judía cuenta con muchos minutos, pero, y poniéndome chovinista, no se hace ni una sola referencia a Galicia en toda la temporada. Galicia fue maltratada y condenada al ostracismo por los Católicos por su apoyo al bando contrario en la guerra civil castellana, obviada en Cortes, dónde los intereses gallegos estuvieron representados por Zamora, el poder pasó a estar en manos de nobleza castellana instaurada en Galicia por la desconfianza ante la nobleza propia y se intentaron erradicar la cultura y el idioma gallegos. Y como pasa con Galicia pasa con muchas otras partes y muchos otros temas. Quizás una serie de la televisión pública estatal debería intentar afrontar la historia de nuestro país desde todos los puntos de vista, intentar corregir siglos y siglos de historia escrita por los que ganaron. 

Más allá de esta crítica de calado, sin duda, pero que forma parte de un debate mucho más amplio sobre el complejo estado en el que vivimos, Isabel es una serie razonablemente bien hecha (no tiene la factura de las series de Bambú, pero está bastante cuidada), bien interpretada (fantástica Michelle Jenner) y sobre todo bien contada, con ritmo, con diálogos bien escritos, con personajes que son algo más que un esbozo o un estereotipo. Isabel no es una lección equitativa de historia, pero es un buen relato sobre el poder, la ambición y, sorprendentemente, la fe.

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